No escribo para darle lecciones a nadie, sino para aprender

Ken Follett y el círculo de la imaginación

El Nobel tiene su idea de literatura; la mía es entretener

Madrid — 9 de octubre de 2025.
Ken Follett ha regresado a Madrid con el aplomo de quien ha contado muchas historias, pero aún conserva la curiosidad intacta. En el Cupra City Garage, convertido por unas horas en una cueva neolítica con pantallas, maquetas y aroma a piedra húmeda, el escritor galés presentó El círculo de los días, su nueva novela sobre el misterio de Stonehenge. “Los que entregan el Nobel tienen su propio concepto de literatura —dijo con media sonrisa—. Yo tengo el mío: quiero que el lector disfrute”.

A su alrededor, periodistas, cámaras y editores escuchaban al autor de Los pilares de la Tierra, que a los 75 años parece seguir escribiendo como quien levanta una catedral, piedra a piedra, palabra a palabra. No necesita premios para medir su éxito —198 millones de libros vendidos lo respaldan— ni excusas para defender su estilo. “No escribo para enseñar nada a nadie. Mis lectores son listos. Solo quiero que pasen página con ganas.”

El círculo de los días vuelve a ese territorio follettiano donde la historia y la imaginación se dan la mano. En lugar de monjes y andamios medievales, esta vez hay sílex, fuego y mujeres que miran el cielo buscando sentido. “Siempre se cree que todo lo hicieron los hombres —recordó—, pero las mujeres también guiaron, también soñaron. ¿Por qué no pudo ser una sacerdotisa la que liderara Stonehenge?”

La novela tiene dos protagonistas: Seft, un minero que podría pasar por ingeniero avant la lettre, y Joia, una sacerdotisa carismática capaz de movilizar a todo un pueblo. Entre ambos se juega la vieja tensión entre el esfuerzo físico y la fe, entre la razón y la visión. Y, como siempre en Follett, entre los héroes y los villanos que intentan detenerlos.

El escritor confiesa que esta es su obra más imaginativa: “Normalmente mezclo información e invención a partes iguales. Aquí hay un veinte por ciento de hechos y un ochenta de imaginación”. En el fondo, es una licencia inevitable: el Neolítico no dejó diarios ni crónicas, solo preguntas. Y Follett parece sentirse cómodo en ese vacío, en ese terreno donde todo puede inventarse sin traicionar a la historia.

Cuando le preguntan por el futuro del libro —una saga, una película, una serie—, se encoge de hombros con humor británico: “Hollywood es un misterio mayor que Stonehenge. A veces dicen que harán algo, luego cambian de jefe y desaparece el proyecto. Es un mundo extraño.”

Quizá por eso, Follett prefiere seguir haciendo lo que mejor sabe: construir mundos sólidos con materiales invisibles. “Escribir es como levantar un monumento —dice, casi para sí—. Solo que nuestras herramientas son las palabras.”

Y ahí está, precisamente, su círculo de los días: una novela sobre las primeras piedras, pero también sobre la obstinación humana por dejar huella. Follett, con su serenidad y su oficio, sigue haciéndolo a su manera. Sin Nobel, sin pretensiones, pero con esa fidelidad al lector que, libro a libro, se ha vuelto su auténtico templo.