Un viaje en tren, una despedida pendiente y los recuerdos de una vida que quizá no fue exactamente como la recordamos.
A veces una llamada basta para partir un día en dos. Antes de ella, todo parecía tener un orden: las obligaciones, los planes, las pequeñas urgencias. Después, casi nada conserva el mismo peso. Entonces aparece el viaje, el pasado empieza a moverse y uno descubre que quizá no recuerda su vida exactamente como fue, sino como ha necesitado contarla.
Ángel Martín lleva años encontrando en el humor una manera de contar lo que nos pasa, incluso cuando no tiene ninguna gracia. Después de Por si las voces vuelven y Detrás del ruido, se enfrenta por primera vez a la novela. Y elige un viaje en tren, un teléfono a punto de quedarse sin batería y un hombre que tiene unas horas por delante para pensar en todo aquello que quizá habría preferido no recordar.
Porque hay recuerdos que cambian cuando volvemos a ellos, personas a las que queremos sin saber muy bien cómo demostrárselo y despedidas para las que nunca encontramos las palabras. También hay momentos extraordinarios que dejamos pasar esperando que suceda algo mejor.
CUANDO UNA LLAMADA LO CAMBIA TODO
P. Todo comienza en un momento en el que la vida parecía funcionar. Una llamada obliga a cambiar de planes y a ponerse en marcha. ¿Qué viste en ese momento tan cotidiano para arrancar precisamente desde ahí?
R. Una noticia de ese tipo te obliga a replantearte si vas a ir o no. Generalmente, cuando alguien fallece, la noticia nos llega cuando ya no podemos hacer nada. O sabemos que una persona está enferma, pero tenemos la sensación de que todavía le queda mucho tiempo. No nos planteamos cuánto puede quedarle y seguimos con nuestra rutina pensando que ya encontraremos el momento de ir a verla.
Sin embargo, creo que muy pocas veces recibimos la noticia de que alguien se está muriendo y que, si queremos despedirnos, tenemos que darnos prisa porque quizá no haya otra oportunidad. Eso sí te obliga a reorganizarlo todo. Si quieres ver con vida a esa persona, tienes que cambiar los planes que tenías para los próximos días. Me parecía una situación con la suficiente urgencia como para empezar la novela ahí.
P. Una cosa es llegar tarde y otra tener todavía la posibilidad de despedirte. Es un momento de incertidumbre en el que tienes que decidir qué haces, qué dices. Y empiezas a recordar todo lo que has vivido con esa persona.
R. Abel incluso se plantea en algunos momentos si tiene sentido ir porque no sabe qué va a decirle. Además, son otros quienes están decidiendo las visitas. La persona enferma no está eligiendo a quién quiere ver o, al menos, Abel no tiene esa información.
Me parecía una situación muy potente para colocar a un personaje en un trayecto que, inevitablemente, todos vamos a hacer en algún momento, nos guste o no. Quizá no tengamos que desplazarnos a otra ciudad porque ya estemos allí, pero creo que todos nos enfrentaremos alguna vez a la posibilidad de entrar en una habitación para hablar con alguien por última vez. Y es un momento muy complicado de gestionar.

P. Acotas también el lugar en el que transcurre el viaje, un tren, y el tiempo, un solo día. ¿Por qué esa sensación de poco tiempo y poco espacio?
R. Para facilitarme la vida a la hora de escribir. Es mi primera novela. He escrito mucha ficción, pero en otros formatos, como monólogos u obras de teatro. Conozco mis limitaciones y las dificultades a las que podía enfrentarme, pero también sé qué cosas se me dan bien y cuáles puedo controlar.
Si hubiera planteado una novela que transcurriera durante muchos días o muchos años, con numerosos personajes y escenarios, corría el riesgo de equivocarme mucho, de tener demasiados dolores de cabeza e incluso de agobiarme y acabar abandonándola.
El tren me permitía escribir una historia prácticamente en tiempo real, como esas películas en las que todo sucede durante una noche. Tenía un trayecto concreto, desde una ciudad hasta otra, donde está la persona a la que el protagonista quiere ver. Y la mayor parte del tiempo transcurre en un lugar que conozco bien, un tren del que Abel no puede salir, pase lo que pase.
Eso también me apetecía. No es lo mismo enfrentarte a un problema en una ciudad, donde tienes miles de recursos, tiendas o lugares a los que acudir si necesitas algo, que estar encerrado en un tren. Tampoco puedes escapar de determinadas conversaciones o imprevistos. Así podía controlar el espacio y el tiempo.
Sospechaba que, si intentaba algo más complicado, me costaría mucho más y quizá no lo haría bien. Ahora sí me vería capaz de escribir una novela que no necesitara transcurrir en cuatro horas, pero tampoco sería el tío que decidiera contar la historia de toda una estirpe. ¡Estamos locos!
P. Para mí también tiene su dificultad cerrar una novela en un espacio y un tiempo tan pequeños, porque limita lo que puedes contar. Pero, al mismo tiempo, el tren está en movimiento mientras Abel permanece quieto. ¿Qué hace durante ese tiempo?
R. Yo viajo mucho en tren y es un medio que conozco bastante. Esta historia podría transcurrir perfectamente en un barco, pero no conozco sus rutinas y no habría sabido escribirla de la misma manera.
En los trenes, generalmente, la gente va muy metida en su mundo. O ni siquiera en su mundo. Va con el teléfono, el iPad, el ordenador, los auriculares… Está físicamente en el tren, pero mentalmente en otro sitio. Ni siquiera está consigo misma.
Por eso me apetecía colocar a Abel en un tren y, además, dejarlo con muy poca batería en el móvil. No puede utilizarlo para entretenerse y no le queda más remedio que estar a solas consigo mismo.
Necesitaba un personaje que reflexionara. Si hubiera tenido el teléfono funcionando, no habría resultado creíble que no lo consultara constantemente. Además, quería incomunicarlo parcialmente del lugar al que se dirige. Si puede llamar, recibir mensajes y saber qué está ocurriendo, desaparece parte de la incertidumbre.
En cambio, al estar desconectado, empieza a imaginar qué puede estar sucediendo al otro lado y con qué se encontrará cuando llegue.

EL MIEDO A ESTAR A SOLAS CON NOSOTROS MISMOS
P. Hay una reflexión de Abel que me gusta mucho: «Creo que el móvil no lo inventamos para poder estar más conectados los unos con los otros, lo inventamos para no tener que estar nunca solo con nosotros mismos». ¿Qué encontramos cuando por fin dejamos de distraernos.
R. Te encuentras contigo mismo y, probablemente, con la incapacidad que has desarrollado para estar a solas. Descubres que necesitas constantemente un entretenimiento, algo que te sirva de evasión.
Nos hemos acostumbrado a llegar a casa y, en lugar de cocinar en silencio, ponemos un pódcast, música, escuchamos los audios que nos han enviado o mandamos mensajes a otra persona. Necesitamos estar continuamente observando o siendo observados.
Yo tengo la suerte, supongo que tú también, de haber vivido una etapa en la que todo esto no existía. Estábamos más acostumbrados a estar solos. Podía pasar tiempo en mi habitación, fantaseando, imaginando cosas. Creo que esa capacidad se está perdiendo.
Tuve que hacer un esfuerzo importante para desintoxicarme de internet porque no quería pasar cinco horas delante de un aparato. Y entonces descubrí que incluso me costaba sentarme a mirar por la ventana.
Cuando lo cuentas, parece una locura. ¿Qué vas a hacer mirando por una ventana? Pues estar tranquilo. ¿Qué más quieres?
No se trata de espiar a los vecinos ni de estar pendiente de lo que sucede fuera. Simplemente estás sentado, desconectando de todo lo que has vivido durante el día. Creo que cada vez nos cuesta más hacerlo.
Cuando lo mencionas, parece que estás describiendo a alguien que permanece de pie delante de una ventana, con los brazos cruzados, vigilando a los vecinos. Pero no. Estás tranquilo, sintiendo el aire en la cara. Es algo completamente normal y muy sano. La cabeza baja revoluciones.
Ni siquiera tienes que estar meditando. No estás haciendo nada especial. Simplemente dejas que todo fluya.

P. Y los WhatsApp, ya que hemos entrado en este terreno, ¿han cambiado también nuestra forma de relacionarnos?
R. Creo que sí, sobre todo porque prescinden de muchas de las cosas que son necesarias en una conversación.
Nosotros podríamos mantener esta misma entrevista por WhatsApp. Tú me enviarías las preguntas y yo te respondería, pero no sabrías si estoy bromeando, si intento rebajar la intensidad porque nos estamos yendo a un terreno demasiado serio o si algo me ha molestado.
Las conversaciones tienen mucho que ver con los gestos, las miradas, los silencios, las actitudes y la sensación que te transmite la otra persona. Todo eso desaparece por WhatsApp y, cuando prescindimos de ello, nos cargamos una parte importante de la comunicación.
Además, hemos convertido cualquier cosa en motivo para enviar un mensaje. Parece que todo tiene que comunicarse inmediatamente.
Podemos estar hablando aquí y recibo un WhatsApp. Interrumpo la conversación para descubrir que alguien me dice que no había botellas de agua de litro y medio. ¿Y a mí qué mierda me importa ahora que no hubiera botellas de agua de litro y medio?
P. En la novela siguen teniendo peso una conversación, una carta, un abrazo o simplemente compartir silencio. ¿Qué valor tiene para ti el silencio entre dos personas?
R. Hay un personaje en la novela, Antonio, que en un momento determinado escucha a Abel reconocer que no sabe qué decir. Antonio le explica que no pasa nada, que las conversaciones no son un campeonato de turnos de palabra. No se trata de que ahora hables tú y después yo. A mí me llama mucho la atención una conversación que no tiene silencios. Me cuesta porque necesito procesar lo que me están diciendo.
Ahora, por ejemplo, no necesitamos demasiado silencio entre tú y yo porque estamos en una ronda de preguntas y respuestas, buscando ideas, casi haciendo una lluvia de ideas. Pero cuando me siento con mis amigos a charlar en serio, no simplemente a hacer el tonto, es diferente. Hay cuestiones para las que no tienes una respuesta inmediata. Necesitas pensar. Puedo pasar mucho tiempo en silencio con un amigo porque de repente surge una pregunta o alguien necesita resolver algo. Nos quedamos pensando y ese silencio puede durar varios minutos. No pasa absolutamente nada.
Sin embargo, hay mucha gente, aunque no todo el mundo, que no soporta cinco segundos de silencio. Parece poco tiempo, pero si ahora nos quedáramos callados durante cinco segundos se generaría una tensión enorme. Podemos hacer la prueba. Te aseguro que, mientras permanecemos en silencio, empezarías a pensar que quienes están viendo la entrevista creerán que se ha cortado la grabación, que falla el audio o que ha dejado de haber sonido.
Hemos llegado a un punto en el que cinco segundos de silencio nos parecen una barbaridad. Yo, sin embargo, puedo estar minutos sin hablar con mis amigos porque estamos pensando sobre algo que acabamos de comentar.
LOS RECUERDOS NO SON IGUALES PARA TODOS
P. Volvamos con Abel y con esos recuerdos que para él fueron decisivos, pero que quizá no significaron nada para otras personas. ¿Qué te interesa de esa diferencia entre cómo vivimos algo y cómo lo recuerdan los demás?
R. Últimamente me interesa muchísimo el universo de los recuerdos. Si tú y yo vivimos una experiencia y después la recordamos de maneras distintas, la relación que construimos a partir de ella también será diferente.
Imagínate que salgo de esta entrevista pensando: «Hostia, qué bien me cae Rosa, hemos conectado de puta madre». Y tú sales pensando: «No me podía aburrir más. De verdad».
La próxima vez que nos encontremos, yo estaré encantado de volver a hablar contigo y tú pensarás que aquello es un infierno. Nuestra relación ya será distinta porque nuestros recuerdos de lo ocurrido no coinciden.
Eso me vuela la cabeza. Además, recuerdas las cosas, pero tú ya has cambiado. Cuando eras pequeño, tu cabeza funcionaba de una manera y ahora, de adulto, funciona de otra.
No sé si te ha pasado alguna vez que vuelves a una zona de juegos donde jugabas de niño, que recordabas inmensa, donde podías pasarte todo el día corriendo sin llegar al final. Y cuando regresas de adulto descubres que es un descampado que puedes recorrer en cuatro pasos.
Te preguntas cómo podía parecerte gigantesco. Pero quizá no es que el recuerdo esté distorsionado, sino que entonces aquel lugar era enorme para ti y ahora ya no lo es.
Has crecido idealizando algo y, cuando vuelves a verlo, tienes que reconstruir ese recuerdo a partir de lo que estás viendo ahora.
P. Es mejor no volver.
R. Siempre. Es mejor no volver.
P. Abel quiere a su abuela, pero sabe que ha mantenido cierta distancia con ella. ¿Qué te interesa de esa contradicción entre querer a alguien y no estar necesariamente presente en su vida? Porque eso no significa que no la quiera.
R. Creo que ahí aparece la culpa. Hay gente que siente que no ha estado tanto como debería o que no estuvo donde tendría que haber estado. Pero quizá has estado exactamente lo que tenías que estar. Tampoco sabes si la otra persona te ha echado tanto de menos como imaginas.
Creo que tiene mucho que ver con lo que hablábamos antes de los recuerdos. Está la película que te montas sobre lo que pasó y luego está la película que te montas sobre lo que debería haber pasado y cómo deberías haber actuado. Cuando recibes la noticia de que alguien está a punto de morir, aparecen todas esas dudas.
Creo que ese es también uno de los descubrimientos que intenta hacer Abel durante el viaje: cuánto quiere realmente a esa persona. Se pregunta si tiene sentido ir, si de verdad existe algo ahí. Porque a veces sentimos la obligación de estar presentes, independientemente de la relación que hayamos mantenido con alguien. Y puede que ni siquiera vayamos por la persona que está muriendo, sino por quienes se quedan y sabemos que van a necesitar nuestro apoyo.
Entonces aparece la culpa: ¿habré estado lo suficiente?, ¿qué pensarán de mí por la relación que hemos tenido? Creo que es inevitable hacerse esas preguntas cuando llegan esos momentos.
P. Lo primero que surge es la consanguinidad. Dices: «Es mi abuela, mi abuelo, mi tío…». Pero es verdad lo que acabas de señalar. ¿Hasta qué punto tengo esa necesidad de ir?
R. Yo no considero que la familia sea algo a lo que haya que acudir siempre por obligación. Defiendo que, si no quieres a tu familia, no tienes por qué quererla. Es perfectamente válido y no te convierte en un monstruo, porque nadie sabe qué tipo de vida te ha dado tu familia.
Puede haber personas que reciban la noticia de que un familiar está muriendo y no sientan absolutamente nada. Pero en el caso de Abel es diferente. Él siente que debe ir. Y ya está.
P. Con los padres de Abel quiero andar un poquito de puntillas. Hay conflicto y hay cariño, y también entras en ese equilibrio que no siempre resulta fácil.
R. En realidad, no se habla demasiado de los padres de Abel. Él mantiene varias conversaciones con su madre durante el trayecto porque es quien le va informando de la situación. Pero esta no era una novela sobre la familia de Abel, sino sobre alguien enfrentándose a un momento concreto.
No he profundizado en sus padres porque me parecían personajes muy secundarios, colaterales a lo que estaba sucediendo. Aunque sí sirven para darnos pistas sobre el tipo de persona que es Abel.
Hay un momento en el que se enfada porque descubre que nunca han estado en un lugar donde él creía haber estado. Se había montado toda una película alrededor de ese recuerdo y de repente se pregunta qué ha pasado realmente. Esa desesperación con los padres me divierte porque creo que es algo bastante universal. Llega un momento en el que nuestros padres nos sacan de quicio y ni siquiera sabemos muy bien por qué.
Pero hay otra cuestión que me interesaba especialmente. Abel tiene que relacionarse con su madre en un momento de enorme fragilidad, y eso le obliga a recordar algo que a veces olvidamos: tu madre es tu madre, pero también es hija.
Entonces, ¿con quién estoy hablando? ¿Con la persona que me ha traído al mundo o con la persona que está a punto de perder a quien la trajo al mundo?
Esa necesidad de dividir la cabeza en cada conversación para comprender quién tienes delante, independientemente de vuestra historia, me interesaba mucho.
LO QUE NOS ATREVEMOS A CONTAR A UN DESCONOCIDO
P. En un tren tenemos tiempo para observar a quien está a nuestro lado e imaginar su vida. Pero también somos capaces de contarle a un desconocido cosas que quizá no contaríamos a un familiar. ¿Por qué crees que ocurre eso?
R. Porque no va a haber juicio. El juicio del desconocido te da absolutamente igual. Cuando le cuentas determinadas cosas a un familiar, sabes que esa conversación puede cambiar vuestra relación. Hay asuntos que, una vez planteados, modifican la manera en la que os miráis, os tratáis o pensáis el uno del otro.
Con un desconocido, o incluso con un amigo, puedes hablar de determinadas cosas porque sabes que probablemente no van a modificar vuestra relación. A veces quieres contarle algo a un familiar precisamente porque deseas que la relación cambie, pero también sabes que ciertas conversaciones familiares tienen consecuencias inevitables.
Aunque las familias digan que en casa se puede hablar de todo, determinadas conversaciones dejan huella. Cambian los comportamientos, la energía y la forma en la que te ven. Y sabes que, dentro de unos años, alguien volverá a sacar ese puto tema, porque nos conocemos.
Con un desconocido no sucede lo mismo. Si conectas con alguien en un tren y te cuenta algo que también estás viviendo o que has vivido, puedes compartir tu experiencia sin preocuparte demasiado por lo que vaya a pensar. Hablar con desconocidos es casi como ver una película. Puedes contar tu historia por si le sirve de algo a la otra persona y, al mismo tiempo, a ti te viene bien contarla. Los dos obtenéis algo de esa conversación y no existe la misma preocupación por sus consecuencias.
P. El primer amor. ¿Qué conservamos realmente de un primer amor: a aquella persona o a quienes éramos cuando la quisimos?
R. Creo que hay una diferencia entre la primera pareja y el primer amor.
P. En tu caso.
R. Sí, claro. Habrá personas cuya primera pareja haya sido también su primer amor. Tienes razón. Hablo de mi experiencia.
Yo distingo entre la primera novia y ese momento en el que ya tienes cierta madurez y descubres que lo que estás sintiendo es amor, algo diferente de lo que habías conocido hasta entonces.
A veces, además, ese primer amor ni siquiera llega a convertirse en tu pareja. Y no importa, sigue siendo tu primer amor.
Pero creo que, cuando hablamos del primer amor, solemos pensar en nuestra primera relación. Y lo que recordamos no es tanto a aquella persona ni cómo éramos nosotros, sino cómo nos sentíamos cuando estábamos con ella.
Con los años puedes mirar atrás y pensar que erais dos críos, dos tontos o lo que fuera. Cada uno tendrá una experiencia distinta y situará su primer amor en un momento diferente.
Es una pregunta muy bonita, de esas a las que merece la pena dedicarles tiempo. Tendría que pensarlo con calma porque me parece interesante. Pero creo que lo que más conservamos es el recuerdo de cómo nos hizo sentir aquella persona.
CUANDO NADA DE LO QUE TENEMOS PARECE SUFICIENTE
P. Encontrar las cosas pequeñas es otra de las particularidades que me he encontrado en el libro. ¿Por qué nos resulta tan difícil reparar en lo que ya tenemos?
R. Precisamente porque lo tenemos. No solemos darle valor a lo que forma parte de nuestra vida.
A veces empezamos incluso a buscar defectos en aquello que tenemos para convencernos de que no era lo que queríamos. Quizá no estamos teniendo suficiente paciencia o no estamos cuidando las cosas como deberíamos.
Tenemos tendencia a relacionar cualquier malestar personal con la idea de que nos falta algo. Pero puede que el problema sea que no sabemos valorar lo que ya está ahí.
Si nos detuviéramos a pensar en lo que tenemos, probablemente estaríamos bastante mejor. Muchas veces ni siquiera sabemos qué estamos buscando.
Alguien te dice que le falta algo y, cuando preguntas qué es, responde que no lo sabe. Pues vaya respuesta, amigo. Si ni siquiera sabes lo que te falta, es complicado ayudarte.
P. Insatisfacción.
R. Claro, pero ¿insatisfacción con qué?
Le preguntas si está mal en el trabajo y te dice que no. Si tiene problemas con su pareja y resulta que su pareja es maravillosa. Entonces, ¿qué cojones te pasa?
«No lo sé, me falta algo».
Pues, tío, yo qué sé. Duerme un rato.
P. Si fuera un adolescente, diríamos…
R. Claro, claro. «A tu cuarto, castigado».
P. ¿Cuándo deja la ambición de empujarnos y empieza a impedirnos disfrutar? Tiene que ver con lo que acabamos de hablar. Ser tan ambicioso que nunca te sacias.
R. La ambición me parece maravillosa. Creo que todo el mundo debería ser ambicioso, pero con una dirección clara.
Si tu ambición consiste simplemente en acumular, ser más conocido, tener más éxito, más dinero, más popularidad o más amor, acabarás viviendo en una insatisfacción constante.
Siempre podrás conseguir algo más. Y, además, empezarás a compararte con los demás. Siempre habrá alguien que, desde tu punto de vista, esté en una posición mejor que la tuya.
Tenemos mucha tendencia a hacer esa mierda.
En cambio, cuando consigues definir qué quieres realmente y puedes sintetizar tu ambición en una frase, todo empieza a resultar más sencillo.
Dejas de vivir con la ansiedad de conseguir más y entiendes qué estás construyendo. Sabes que las cosas requieren tiempo y paciencia, y puedes avanzar con calma.
ESCRIBIR UNA PRIMERA NOVELA
P. Decías antes que habías acotado el espacio y el tiempo porque era tu primera novela y te habría resultado más difícil plantearla de otra manera. ¿Qué parte de la escritura has disfrutado más?
R. He disfrutado muchísimo escribiéndola. Haber sido honesto conmigo mismo, simplificar los escenarios y elegir una historia que podía controlar me permitió disfrutar de todo el proceso.
Si hubiera intentado hacer algo mucho más complejo, probablemente recordaría más la ansiedad de tener que controlar personajes, situaciones y acontecimientos que el placer de escribir.
Además, muchas cosas fueron surgiendo sobre la marcha. A veces se me ocurría que al personaje podía pasarle algo y pensaba que aquello iba a meterme en un jardín del que no sabría cómo salir. Pero me parecía tan divertido que decidía escribirlo igualmente. Ya descubriría después cómo conseguir que saliera de allí.
Lo más difícil fue mantener la estructura. Saber cuándo una situación se estaba alargando demasiado y cuándo otra necesitaba más espacio.
Antonio, por ejemplo, era inicialmente un personaje que apenas conversaba con Abel. Pero, mientras escribía, descubrí que me gustaba muchísimo y que podía servirle a Abel para muchas cosas. Así fue creciendo hasta tener un papel mucho más importante.
Uno de los principales retos era evitar que la novela acabara convirtiéndose en un monólogo interminable de Abel.
En ese sentido, mi editora, Laura Gamondi, me ha ayudado mucho. Nos entendemos muy bien y me señalaba cuándo una parte resultaba demasiado larga, qué convenía eliminar o qué situaciones no terminaban de funcionar.
Lo más difícil ha sido sacrificar cosas que me gustaban. Pero vengo de la comedia y estoy acostumbrado a hacerlo. En buena medida, la comedia consiste precisamente en sacrificar cosas.
EL AMOR NO DESAPARECE CON LA AUSENCIA
P. Has mencionado a Antonio y quiero terminar hablando de él. Es una persona que sigue amando a pesar de la ausencia. Otro tema importante de la novela.
R. Creo que la ausencia no elimina el amor. La ausencia elimina a la persona, la posibilidad física de verla y estar con ella, pero no cambia lo que sientes. Si sientes amor por alguien, lo vas a seguir sintiendo eternamente.
Entonces habrá gente que se pregunte si eso significa que la pena va a estar siempre. Sí, siempre. Asúmelo. Vas a estar con esa pena para siempre.
Puedes llevarlo fenomenal, reírte, disfrutar de cada día y seguir con tu vida, pero te seguirá tocando las pelotas que esa persona ya no esté. Y a unos niveles muy salvajes.
Eso es así.
P. Y para terminar, Ángel, ¿cuál sería para ti la definición de El día que lo fuimos todo? Porque lo centras precisamente en eso, en un día.
R. Creo que hay muchos momentos en los que lo somos todo. En la novela hay una reflexión final que permite entender el título, pero no quiero desvelarla.
No sé si la palabra exacta es felicidad. Me refiero a esos momentos en los que de repente piensas: «Qué tranquilo estoy, qué bien estoy ahora mismo, qué paz».
Esos momentos habría que enmarcarlos porque son maravillosos. El problema es que permanecemos muy poco tiempo en ellos. Enseguida estamos pensando en otra cosa.
Si prestáramos más atención, descubriríamos muchos instantes en los que todo está bien.
Después se romperá el grifo, alguien te llamará con un problema, te echarán de algún sitio o una persona te dirá que ya no te quiere. Todo se vendrá a la mierda.
Pero incluso después de atravesar esas situaciones llega otro momento en el que vuelves a sentir esa tranquilidad y piensas: «Hostia, qué paz».
Creo que hay muchos momentos así.
P. Como mirar por la ventana.
R. Sí, sí. Hay muchos momentos así. Eso es fenomenal. Se lo recomiendo a todo el mundo.
P. Te entiendo perfectamente.
R. Es paz. Es paz eso.
Cinco ideas
1. Una despedida puede obligarnos a revisar mucho más que la relación con quien se marcha.
2. Los recuerdos no pertenecen de la misma manera a quienes compartieron una experiencia.
3. La familia no garantiza el amor ni elimina la culpa.
4. La necesidad de estar continuamente conectados nos está alejando de nosotros mismos.
5. La felicidad quizá no sea algo que debamos alcanzar, sino algo que no sabemos reconocer cuando sucede.
Lo que encontrarás en esta entrevista
Una conversación en la que Ángel Martín habla de su primera experiencia como novelista, de la relación entre el humor y la pérdida, de las obligaciones familiares, del primer amor y de la memoria. También reflexiona sobre las pantallas, los silencios, la ambición y esa extraña costumbre de buscar siempre algo más, incluso cuando no sabemos qué nos falta.
Ideal para
Quienes han leído a Ángel Martín y quieren descubrir su faceta como novelista; para quienes disfrutan de las conversaciones sobre las relaciones humanas, la memoria y el paso del tiempo; y para quienes alguna vez han descubierto que lo verdaderamente importante estaba sucediendo mientras miraban hacia otro lado.
