Un hombre camina por las calles de Alcalá de Henares con una bufanda apretada al cuello. Cuenta mujeres: 20, 40, 60… hasta detenerse en una. Ella será la elegida. Ella será la víctima. Así comienza Henares, una novela que huele a frío, a río y a silencio, donde un crimen funciona como espejo de un país entero. La corriente del Henares arrastra el miedo, la culpa y la memoria de una España que aún no ha aprendido del todo a hablar de sí misma.
Henares ha sido reconocida con un premio de la Policía Nacional, y su autor, José María Solís, nos acompaña para hablar de la novela, sus personajes y la España que refleja.
P. —Es la primera vez que oigo hablar de un premio de este tipo. ¿Cómo fue para ti descubrirlo?
R. —Pues a mí me pasó algo parecido. Los escritores vivimos modestamente, y muchas veces nuestras publicaciones dependen de los premios literarios. Por eso estamos atentos a cualquier convocatoria. Este de la Policía Nacional era una oportunidad excelente.
No era para esta novela, sino para otra mía, muy policial. Me gusta mucho la historia de la policía; incluso me habría gustado situarla a finales del siglo XIX, en la Restauración, que es una época maravillosa para historias policiales.
La idea original era para otra novela, que no logré completar. Tenía esta, que combina lo policial, un toque histórico y algo autobiográfico. Para mí ha sido un disfrute, con guiños constantes hacia mí mismo y hacia otras personas.
Cuando finalizaba el plazo para presentarla, vi que cumplía los requisitos mínimos y me parecía bien escrita. La envié y me llevé una enorme sorpresa cuando el presidente del jurado me llamó para decirme que la habían elegido.

P. —¿Cómo nació la idea de este crimen?
R. —Todo empezó como un homenaje. Mi vida ha sido un poco peculiar: a los 14 años empecé a trabajar, no por necesidad, sino por curiosidad. Fui portero en un colegio, lo que entonces se llamaba “botones”.
Mis amigas siempre me recuerdan lo extraño que era: “Trabajabas de portero, pero luego volvías a tu casa familiar acomodada”. Pero yo vivía en ese mundo y me fascinaban las historias de mis compañeros, muchos mucho mayores que yo, de 20 a 60 años. Me contaban sus vidas, sus anécdotas, historias grandes y pequeñas, y siempre quise plasmarlas.
Durante 15 años escribí libros de derecho; hace 25 publiqué mi primera novela. Después tuve un parón desde 2008, dedicado solo al derecho, y sentí ganas de escribir de nuevo sobre otros temas. Empecé con historias del poder, pero luego me atrajo la novela negra.
Decidí introducir un crimen, pero quería que los personajes no fueran enteramente malos. Busqué historias que me contaron o que viví, y traté de encajarlas en dos periodos históricos que me interesan. Así nació un personaje que no fuera un villano absoluto.
Tampoco quería necesariamente un asesino, aunque las circunstancias a veces cambian las cosas.
P. —La novela está ambientada entre 1960 y 1980, dos momentos en los que el país cambia profundamente, aunque muchos fantasmas parecen permanecer. ¿Qué querías mostrar con ese diálogo entre dos Españas?
R. —Primero, disfrutar investigando, que para mí es apasionante, y además era más sencillo que estudiar épocas más lejanas, donde las fuentes son más complejas. Soy lector de periódicos: me los leo enteros, incluso los de 1930, y los vivo como si fueran actuales.
Elegí 1960 porque me interesaba la dictadura y lo que me permitía explorar un microcosmos como el colegio. Siempre me llaman la atención estos microcosmos, muy organizados, donde no puedes salirte del raíl. Dependiendo de tu sexo o nivel social, unas cosas se permiten y otras no. Por un lado quería eso, y por otro, mostrar el inicio del cambio.
El año 1980 me permitió conectar con recuerdos de mi infancia. No era solo investigación, también quería confirmar experiencias personales, hasta detalles como los precios de los productos, por ejemplo los donuts que menciono en el libro. Era otra época, otra sociedad. Quería mostrar tanto el final de la época anterior como el inicio del cambio.
Además, buscaba que dos personajes que vivieron la situación de 1960 hubieran madurado lo suficiente en 1980 para reflexionar sobre lo que vivieron y sobre la relación entre ellos.
P. —¿Qué te interesa más, el crimen o la conciencia?
R. —Me interesan ambas cosas, muchísimo. El crimen es un acto sucio, feo, pero también tiene un atractivo que lo hace fascinante, como en la novela negra o en ciertos espacios televisivos.
Pero me interesa aún más la conciencia. Estoy convencido de que casi todo el mundo, salvo el psicópata de mi libro que carece totalmente de empatía, termina reflexionando sobre lo que hace y sus consecuencias. Por ejemplo, hay una frase en la novela donde se muestra que él no sabe que está destrozando la vida de alguien. Quería reflejar que, más allá del acto concreto, esta persona está afectando profundamente a otros.
Incluso añadí detalles que no eran estrictamente necesarios para la narración, como un informe de la Guardia Civil, para mostrar cómo alguien vive y siente lo que le sucede. Quería dejar constancia de la conciencia, además del crimen en sí.
P. —Tenemos un culpable, o un pecador, que actúa con fe, poder y quizá sin culpa. Estamos hablando del padre César. Para mí refleja la contradicción entre ser guía espiritual y cómplice del abuso, algo que, aunque se asocie al pasado, sigue doliendo hoy.
R. —Es un tema muy complicado. Soy sincero: trabajé en un colegio de una comunidad religiosa desde 1986, tenía llaves de allí antes que de mi casa, circulaba libremente y jamás vi nada extraño.
Pero en el padre César hay aspectos que trasladé de experiencias que conocí: un abuso de poder, una falta de conciencia de lo que uno es. He conocido personas admirables y otras que no lo eran en ese mismo ámbito.
Eso es lo que buscaba mostrar en el padre César: una persona que debería actuar de manera responsable y no lo hace. Incluso con el tiempo, sigue repitiendo los mismos actos. Podría haberse detenido o reflexionado, pero vuelve a lo mismo. Por ejemplo, en 1980 actúa igual que 20 años antes, destrozando la vida de alguien, y quería que quedara claro que sigue siendo el mismo.

P. —¿Puede haber perdón sin verdad?
R. —Es complicado. Creo que siempre puede haber perdón, y además creo mucho en ello. Pero para que sea un perdón completo y real, es importante conocer la verdad. La verdad, claro, también es subjetiva.
Perdonar sin conocerla… ¿qué perdonas realmente? A veces puede ser un acto de generosidad, o simplemente perdonas porque lo necesitas para cerrar algo. Puede ser, y seguramente se aplica a más de un personaje.
P. —En la novela aparecen mujeres que sostuvieron la vida entre el miedo y la resignación. ¿Qué dudas tenías sobre ellas, y por qué necesitabas escribir sobre ellas?
R. —Me hace muchísima ilusión que me preguntes esto. Probablemente la gente no lo note, y yo tampoco lo pensaba demasiado, pero desde los 14 años trabajé con unas compañeras con las que hablaba todos los días y con las que he mantenido contacto con el tiempo.
Tenía una compañera que se jubilaba; entró a trabajar con 15 años, venía de un pueblo de León, Mora de Luna. Se llamaba Rosa María Pérez y era una persona magnífica. Dedicó toda su vida a trabajar y cuando se jubiló, hubo un acto para otros jubilados del colegio. Había tres no docentes que se jubilaban: dos hombres y una mujer del mantenimiento muy querida. A ella, sin embargo, no la nombraron.
Tuvo un asco enorme, que le duró más de un año. Y muchos amigos míos dicen que esa pena contribuyó incluso a su fallecimiento.
Esas son las historias que quería contar. Permíteme otra anécdota: me encantan estas cosas porque muestran la inocencia y humanidad de estas personas. Por ejemplo, iban al cine por la tarde, se metían en la película, veían el reloj de la película y, al salir, tomaban el tranvía de vuelta a casa. Esa inocencia, esa forma de vivir, era lo que quería reflejar.
Era fácil engañarlas, pero también refleja cómo con el tiempo analizas quién eras, qué hacías y cómo no siempre fueron justos contigo. Parte de estas historias son de esa persona y parte de otras que conocí, y quería incluirlas en la novela.
P. —¿Y te obligaste de alguna forma a revisar tu propia mirada como autor?
R. —No. Siempre he pensado que habría sido de mí si no hubiera comenzado a trabajar tan joven y tenido las experiencias que tuve. Además, como niño tenía un observatorio privilegiado: como decía una amiga, estaba en un escaparate. Observaba todo: entraba, salía, miraba con curiosidad, leía y veía el mundo como un loco.
Desde pequeño noté lo injusto que era todo, empezando por mí —la suerte que tenía yo frente a la que no tenían otros— y creo que eso lo mamé más que lo pensé.
P. —En tu novela, la culpa se hereda.
R. —Sí, totalmente.
P. —¿Crees que podemos separar la responsabilidad individual de la memoria histórica?
R. —Me cuesta mucho. Creo que todo forma parte de lo mismo. Por supuesto, cada uno tiene un margen de discrecionalidad: siempre puedes decidir qué hacer y qué no. Pero cuando vives entre tinieblas, ¿quién es el culpable? ¿El que las causa o el que está dentro y hace el mal? Quizá ambos, y quiero creer que sí.
Es fácil decir que alguien no tiene culpa por su infancia difícil, pero conozco ejemplos que muestran cómo la determinación y las oportunidades marcan la diferencia. Por ejemplo, un compañero licenciado en Derecho, trabajador social, llegó en patera y vivió en una chabola; hoy es número uno de su promoción y funcionario. La vida puede influir, pero la responsabilidad individual también existe.
P. —Hablábamos de la época, la época del franquismo en la que se desarrolla parte de la novela. ¿Crees que fue más el silencio que la represión lo que consolidó el verdadero mecanismo de poder del franquismo?
R. —Sí, seguramente sí. Esta novela es como un juego: yo decido qué ciudades quiero, qué lugares concretos, como el colegio o el ayuntamiento. Y en cuanto a la época, la mayoría de los personajes parecen ficticios, pero son reales. Por ejemplo, había un señor que pegaba a mi clase y llegaba a sacar una pistola y ponerla sobre la mesa. Yo viví los últimos coletazos de aquello.
El miedo estaba presente incluso sin necesidad de represión explícita. Las personas se comportaban de cierta manera porque el estado de las cosas lo exigía; había un miedo que era difícil de subvertir.
P. —Con el miedo bastaba. Alcalá de Henares, ¿puede una ciudad convertirse o ser cómplice de un crimen?
R. —Sí, seguro que sí. Lo hemos visto, fíjate en Fuente Ovejuna. Alcalá, para mí, es un homenaje: llevo 18 años viviendo allí, me apasiona su historia y escribir sobre la ciudad ha sido un disfrute absoluto. Podría haber ambientado la novela en cualquier lugar, pero Alcalá encajaba perfectamente con el microcosmos del colegio, algo cerrado y provinciano, con su rigidez social. Por eso sí, una ciudad puede ser cómplice en cierto sentido.
P. —Sobre el padre César, ¿qué se siente cuando el silencio se convierte en su último o tu último sermón?
R. —No lo sé. Dependerá de si sientes la necesidad de aclarar algo o no. El silencio existe porque todo sigue igual.
P. —Dori, ¿qué pesa más: el miedo a saber la verdad o el miedo a aceptarla?
R. —Al principio pesa tanto el miedo a saber como el miedo a aceptar la verdad, porque hay dos cosas distintas: lo que yo quiero de Dori y lo que ella quiere de la vida. Yo quería que reflexionara y fuera consciente de que la vida ha sido injusta con ella. Es brillante, inteligente y, aunque pobre, ha logrado moverse dentro de lo que le permitieron. Quería que se viera esto en contraste con Chema, que también es pobre y huérfano, pero ha tenido otras posibilidades.

P. —¿Qué quiere Dori?
R. —Creo que quiere ver confirmado lo que siempre ha pensado. Tal vez no sea la verdad completa y le cueste aceptarla, pero al final termina haciéndolo.
P. —¿Y Chema, qué teme más? ¿No encontrarse a sí mismo o no descubrirse?
R. —Tiene un síndrome absoluto del farsante. Ha progresado y ocupa un puesto importante dentro de un microcosmos cerrado, un distrito que diseñé así a propósito. Cree que no merece estar ahí por las tinieblas en las que creció. Desde pequeño sentía que no merecía nada, solo pequeños premios ocasionales.
P. —¿Un psicópata se hace o nace?
R. —Estoy convencido de que hay un componente genético importante, pero también influyen las circunstancias. Depende del contexto. Hay psicópatas en el mundo por todas partes, y hay lugares con más que otros. Por ejemplo, dentro de la administración pública se estima que puede haber un 10%. Eso no significa que actúen como los vemos en la ficción.
P. —¿Eres jurista?
R. —Sí.
P. —Me imagino que es una profesión metódica.
R. —No tanto. La sorpresa está en el ejercicio profesional. Me he dedicado a la formación en derecho y he trabajado en distintos sectores y administraciones: cuatro ayuntamientos, dos comunidades… He variado mucho. El gran cambio entre la carrera y el ejercicio profesional es lo poco rígido que resulta.
En la carrera piensas que todo está escrito en la norma, pero luego descubres que el derecho es lo que dicen los jueces, no solo lo que aparece en la ley. Mi padre, un hombre excepcional y lector voraz, me transmitió esa pasión. Recuerdo en primero de carrera que hablábamos de Dewi y decía que el derecho es lo que opinan los jueces; no lo entendí entonces, pero ahora me entusiasma. No es rígido, aunque no sé si eso siempre es bueno.