“Algo que descubrí con la menopausia fue cuán emocional era mi cuerpo…un tsunami.”

"Descubrí que podía tratar de amarme a mí misma, que fue algo que no supe hacer"

La vida puede transformarse en un instante: los cuerpos cambian, los afectos se reacomodan y las ausencias dejan espacios que nunca imaginamos. En Diario de una mudanza, Inés Garlánd recorre ese territorio íntimo donde lo personal se encuentra con lo universal. A través de mudanzas físicas y emocionales, la autora nos invita a acompañarla en el aprendizaje de escuchar su cuerpo, aceptar la ambivalencia, redescubrir el deseo y reconfigurar los vínculos con quienes ama. Más que un relato sobre cambios externos, es una reflexión profunda sobre la autonomía, la memoria afectiva y la capacidad de reinventarse a cualquier edad.

“Allí había un libro, aunque al principio solo eran anotaciones para una amiga.”

P.— ¿En qué momento decides que estas anotaciones íntimas se transforman en certezas y en un libro?

R.— Nunca sé muy bien. Con este empecé a juntarlas para un intercambio epistolar con una amiga que después fracasó porque ella no era escritora y empezó a abrirse. Y yo me di cuenta: aquí tengo un libro. Entonces seguí buscando anotaciones, recordando algunas cosas, inventando otras, escuchando.
Una vez que me enfoco, empiezan a aparecer todo tipo de ayudas externas. Digo como si me las tiraran de arriba, los daimon griegos. Realmente aparece la inspiración y también aparece como si estuviera enfocada. Entonces miro, escucho y leo todo lo que necesito para seguir armando un libro.

Pero en algún momento me di cuenta de que era un libro. No te sabría decir exactamente cuándo. Fue la suma de varias cosas: no solamente de la edad, que es un punto muy, muy importante en este libro, también la muerte de tu padre, una separación…

“La sensación de que el nombre apareció antes, cuando ya había bastante material, y la necesidad de ordenar las mudanzas en ficción.”

P.— Cuéntame, ¿todo eso vino de golpe?

R.— No, algunas cosas no, otras sí, pero sí esta sensación de que el nombre apareció antes, cuando ya tenía bastante material. Creo que también tiene que ver con entender todas las mudanzas juntas, la cantidad de mudanzas que había vivido, y convertirlas en ficción, en lo que era necesario que se contara. Tal vez me gusta decirlo así.

“Es una edad en la que uno empieza a cuidar padres, ve irse a los hijos y percibe con claridad la finitud de la vida.”

P.— ¿Cómo influye la muerte de tu padre en esta exposición?

R.— Hay personas que han perdido los padres antes y otras las perderán después, pero sí es una edad en que, si no se mueren los padres, uno los tiene que empezar a cuidar. Es la misma edad en la que los hijos se van si uno ha tenido hijos. Es también la edad en que uno empieza a darse cuenta claramente de la finitud: que no vamos a estar aquí para siempre, que las cosas que no hicimos quizá ya no las hagamos, o que si las queremos hacer, tendríamos que apurarnos. Es una edad muy clave.

“El libro habla de la vida desde el momento de tantas mudanzas y también de múltiples perspectivas.”

P.— ¿El libro de lo que habla es de la vida mirada desde ese momento de tantas mudanzas, pero también como de tantas perspectivas?

R.— Así es, la emoción es tan inesperada. En cómo me afectó, todavía es algo en proceso y mi padre murió hace más de diez años.

Tuve un padre que fue muy, muy importante para mí, como para mucha gente, pero muy complicado de descifrar, y también muy complicada la relación con él. Que haya muerto me dejó con un montón de cosas por revisar. Quizás por eso empieza así el libro, porque la muerte del padre es una gran mudanza —o de la madre, pero en este caso fue la del padre.

“Fríos y calores extremos me enseñaron a comprender lo emocional de mi cuerpo y a reconocer mis límites.”

P.— Hablas de fríos y calores extremos como experiencias casi sobrenaturales que te revelan realmente.

R.— No lo sé. Los fríos son algo que mucha gente me ha comentado, pero yo nunca los había asociado con la menopausia. Yo tuve esos fríos que describo: fueron atroces. Todavía los siento a veces. Para mí, algo que descubrí con la menopausia fue cuán emocional era mi cuerpo. No me había dado cuenta de que tantas cosas le pasaban a mi cuerpo por las emociones, ni de cuán emocional era yo. Siempre la cabeza intervino para acomodar o apartarme de mis emociones.

Es como si hubiera descubierto que estaba cerrada a algunas cosas porque eran tan fuertes que abrirme significaba un tsunami. Y la menopausia me obligó a enfrentarlo. Por ejemplo, los calores estaban muy relacionados con momentos de estrés o emociones muy intensas.

Los calores me enseñaron a descubrir qué situaciones eran muy fuertes para mí. Un poco al revés, claro. Al principio los calores parecían solo molestias, pero después entendí que me estaban diciendo algo: mi cuerpo es extremadamente expresivo. Lo aprendí a la fuerza, porque antes no le daba tanta importancia a estas señales.

“Hay experiencias que solo podemos descubrir por nosotros mismos, aunque nos las hayan contado.”

P.— ¿Por qué crees que esas cosas que nos ocurren siguen siendo algo que tenemos que descubrir, por mucho que nos lo hayan contado?

R.— En mi caso, nadie me lo contó. Además, es muy personal. Por ejemplo, descubrí que la exposición —estar hablando con mucha gente, estar en lugares concurridos— me atraviesa de manera muy intensa. Por mi trabajo muchas veces me pasa, y sentí que, bueno, era lo que se esperaba de mí. Lo hacía como intentando ir por delante de lo que yo misma haría naturalmente.

Registrar que eso me afectaba tanto fue importante. Por ejemplo, comencé a ducharme por la noche en lugar de por la mañana, y descubrí que duermo muchísimo mejor. Antes no le prestaba atención, y nadie me había explicado la verdad. Pero cuando empecé a observarme, encontré a personas que sí sabían hacerlo: me dieron pautas, me explicaron cómo funcionaba y me ayudaron a entender de qué se trataba todo esto.

“La menopausia puede sentirse primero como pérdida, pero luego se transforma en algo fabuloso.”

P.— ¿En algún momento pensaste que vivir la menopausia era una pérdida o más bien una transformación?

R.— Al principio sentí mucha pérdida. Ahora, en cambio, siento que es una transformación fabulosa. No me cambiaría ni por tres días atrás: no me cambiaría por quien era a los 40, a los 30, ni hablar de los 20… ni loca. Creo que hay personas a las que no les pasa nada y otras que están todo el tiempo añorando lo que ya pasó. Pero no es mi caso.

Una de las cosas que renace o que se muestra de una forma más auténtica podría ser el deseo: es más genuino, con menos mandatos. Por ejemplo, algo que entró en mi vida es la ambivalencia. Antes era muy rígida: si amo, no puedo odiar; si odio, no puedo amar; si deseo, debe ser con todo lo que eso implica, sin peros. Y de repente empecé a ver que hay matices, que se pueden ir descubriendo y que mi cuerpo me los va señalando, que yo los puedo escuchar y debo respetar. Toda la vida me llevé por delante a mí misma; ahora siento que puedo vivir de otra manera, más completa y consciente.

P.— Dices que te llevaste por delante a ti misma toda la vida. ¿Cómo ha cambiado eso ahora en relación con tu cuerpo y tus deseos?

R.— Sí, me llevé por delante como un camión de Scania. Y de repente fue como si esa violencia contra mí misma comenzara a acomodarse de otro modo. Todavía sigo aprendiendo, porque no ha sido un proceso fácil. Mi cuerpo me lo pidió: tuve todo tipo de problemas de piel y otras señales que me hicieron preguntarme “¿qué es esto? ¿por qué sucede ahora?”

Y, al prestar atención, empecé a no ir en contra de mí misma, a no ir a contrapelo de lo que realmente deseo. Entonces descubrí algo muy potente: cuando el deseo deja de estar condicionado por mandatos o por lo que el otro quiere y yo no quiero, se vuelve mucho más auténtico.

P.— ¿Representas este cambio con dos personajes? Muy curiosos. Quizás sea la mejor forma de hacerlo, con un personaje masculino distinto para mostrar un poco las fases.

R.— Sí, Dani y el carpintero. Dani es un hombre vulnerable y tierno, muy importante en la novela, mientras que el carpintero es un machista recalcitrante. Representan dos formas de relacionarse.

En mi escritura, confío mucho en mi yo, escritora: primero dejo que todo fluya, sin censura, y después corrijo para cuidar la narrativa y el lenguaje. A veces los personajes me sorprenden: por ejemplo, Dani cobró importancia en la novela de manera inesperada, como en la escena de la fiesta, que evolucionó incluso durante la escritura.

“Descubrí que amarme a mí misma transformó también mi manera de amar a los demás.”

P.— ¿Cambió en el deseo y también en el amor? ¿Se ama de forma distinta?

R.— Me parece que sí, aunque solo puedo hablar de mi experiencia. Descubrí que podía tratar de amarme a mí misma, algo que antes no supe hacer. Me da pena admitirlo, pero fue así. Al tener eso presente, el amor por otro también cambia: se reacomodan las prioridades y aún estoy explorando lo que significa.

Sé lo que es el amor por mi hija, que es lo mejor que me ha pasado en la vida en términos de amor. Sé lo que es el amor por mis amigos. El amor por un hombre o por una pareja… ahí siento que todavía estoy aprendiendo y estudiando cómo se transforma.

“Al observar a mi madre comprendí la complejidad de verla como mujer y no solo como madre.”

P.— ¿Qué descubriste sobre tu madre al observar que tu cuerpo cambiaba?

R.— Mi cuerpo cambió, por supuesto, pero lo más curioso fue cómo empecé a mirar a mi madre. Ella no recuerda nada de su menopausia; dice que no la tuvo. Mi madre tiene un nivel de negación increíble. Tampoco fue muy estricta con la menstruación, pero sí con el cuerpo: tiene cuatro hijas mujeres y fue muy exigente en ese sentido.

Nunca la vi quejarse de la vejez o del cuerpo. Ahora, con ochenta y seis años, se ve espléndida, se siente estupenda y entra en cualquier lugar con seguridad. Para mí, como hija complejada que fui, era complicado tener una madre tan segura de sí misma.

Lo que me pasó a mí, y no hace mucho, es que empecé a verla como mujer, no solo como madre. Fue una experiencia muy distinta: me dio compasión por ella, porque aunque ella lo niegue, yo veo lo que hay detrás. Sus emociones son muy privadas, y verla frente a mi exposición pública le provoca un poco de admiración y un poco de vergüenza.

Mi madre no quedó feliz con este libro, pero con mi hija fue distinto; ella lo entendió y lo valoró.”

P.— ¿Cuándo te lee tu madre?

R.— Sí… este libro no la hizo feliz. Para nada. Y he escrito otros libros más duros sobre madres muy espléndidas, pero sé que este la incomodó muchísimo. Creo que a mujeres mayores les genera nerviosismo. Lo he visto en clubes de lectura: al principio dicen “ay, bueno, no es para tanto”, pero luego empiezan a contar lo que les pasó y se dan cuenta de que sí, había sido para tanto.

P.— ¿Y con respecto a tu hija?

R.— Con mi hija fue diferente. Le leí el archivo original antes de dárselo a las editoras, porque quería saber qué pensaba de algunas escenas muy autobiográficas de la protagonista con su hija. Me dijo que le gustó muchísimo y que no creía que hablase de mí directamente; decía que hablaba de madres con hijas adolescentes, y que todas sus amigas podían relacionarse con esas escenas, así como sus madres. También me recordó: “Mamá, yo era insoportable”.

Está muy bien que escriba sobre eso; es algo que acepta y valora. Además, es una artista, y creo que eso la ayuda a entender mejor lo que uno hace como madre y como persona.

“Los mandatos sobre el deseo femenino y la sexualidad son un tema generacional que atraviesa madres e hijas.”

P.— ¿Hubo algún mandato femenino que quisiste romper?

R.— Todos. Todos. Creo que lo más fuerte fue el tema del deseo, de la sexualidad femenina. No logré romper todo lo que me hubiera gustado. Mi hija, en cambio, rompió mucho más que yo. Si ella tuviera una hija, probablemente rompería aún más que nosotras dos juntas. Es un tema generacional, que tiene mucho peso en el libro.

Esto se refleja también en Bastardillas, que toma su título de un poema de Alfonsina Storni. Habla de los vínculos entre mujer y mujer, de generación en generación: de abuelas a madres y a hijas. Estamos muy ligadas a nuestra historia femenina.

“Mudarme en medio de tantos cambios fue un acto necesario y doloroso, pero también liberador.”

P.— ¿Qué simboliza para ti mudarte de casa en medio de tantos cambios?

R.— Fue una locura. No creía ser capaz de mudarme, pero lo hice en un momento de muchísimos cambios. No podía seguir viviendo en esa casa, y cuando mi hija se fue, me resultó doloroso. Además, hacía años que había querido vivir en otro lugar; cinco años antes de mudarme ella no quiso acompañarme, y ahora me dice: “Mamá, te fuiste enseguida, al mes yo ya no tenía el cuarto de la infancia”.

La mudanza estuvo también influida por mi ex pareja: le daban celos que viviéramos juntas. No quería que estuviera en mi casa, aunque lo visitara. Mi hija luego se arrepintió de haberse ido tan rápido, porque se dio cuenta de la responsabilidad que eso implicaba: no es lo mismo vivir con alguien que paga las cuentas, se hace cargo de la limpieza y organiza la casa, como yo lo hacía por ella.

Por suerte, cuando se mudó sola, el desorden le duró dos minutos. Después se volvió igual de obsesiva con el orden, como suele pasar: cuando nadie le ordena, se da cuenta. Cuando es tuyo, todo cambia; era curioso verla siguiendo esta rutina incluso con sus amigos.

“Mudarse fue también un aprendizaje de ambivalencia y de aceptación de imperfecciones, en la casa y en mí misma.”

P.— Por lo tanto, esa mudanza fue para ti una reconstrucción de identidad.

R.— Sí, me mudé a un barrio muy distinto. Siempre había vivido en la ciudad, en pleno centro, donde es como la pantera rosa que pone un pie en la calle y pasan autos y gente sin parar. Ahora vivo en un barrio con árboles, donde puedo hacer todas las tareas en bicicleta. No está tan lejos: a veinte minutos del centro, pero es completamente diferente. Me volví cada vez más casera, más “caserita”; ahora me cuesta salir, la verdad.

Disfruto mucho de mi entorno, de mi casa. Es planta baja; siempre viví en departamentos. Tiene sus inconvenientes, claro, como ocuparse de la humedad o de otros arreglos que no existen en un consorcio. Pero está muy bien, hay que aprender a vivir con esas imperfecciones.

Eso es otra cosa: aprender a aceptar la ambivalencia. Lo mismo sucede conmigo misma: mi casa es un espejo constante de mí, de mis imperfecciones y de cómo las voy aceptando poco a poco.

“Se debe aprender a envejecer, y también a agradecer la vida que tenemos.”

P.— Se debe aprender a envejecer.

R.— Sí, creo que se debe aprender. Lo que me pasó a mí es que apareció un agradecimiento muy grande por la vida, algo que no sentía de joven. Antes era más ingrata, siempre quería otra cosa. Estoy aprendiendo a querer lo que tengo, sin que sea solo resignación, sino valorando lo que hay.

Soy una mujer sana, grande, libre de hacer lo que quiero. Si quiero pasarme el día en pijama, lo hago; si quiero salir a bailar, también; y si quiero viajar, tengo privilegios que antes no valoraba. Ahora lo aprecio mucho más, porque antes pensaba que había años de sobra y nunca imaginé que estaríamos en esta etapa de la vida.

Obviamente, no me gustaría tener muchos problemas de salud o pasarla mal físicamente. He tenido enfermedades en los últimos años, pero encontré la manera de cuidarme: salir a caminar, hacer gimnasia, no darme por vencida. Nunca me pareció que hubiera “años de más” si uno está vital.

Lo que sí me impactó fue ver a mi abuelo, que tuvo un derrame cerebral y pasó diez años sin poder hablar: un hombre cariñoso, disfrutador, amante de la comida y el whisky, que se volvió muy frágil. Fue tremendo verlo así. Y luego mi abuela, que perdió la pasión por la vida y estuvo deprimida casi veinte años antes de morir a los 98. Eso me dejó pensando mucho: la permanencia sin cambios puede ser devastadora.

Por eso creo que tengo herramientas para que eso no me pase, aunque la parte física no la controlo. A veces bromeo con mi hija y le digo que me ponga en un geriátrico, pero “donde pongan a Barry White y no tarantelas”. Me asusta la idea de depender de alguien; lo peor sería perder la memoria y la autonomía. Hoy soy muy autónoma y valoro eso más que nunca, y pensar que podría perderlo me da susto… pero por ahora estamos aquí.Nunca es tarde para mudarse. No solo físicamente, sino que la barrera de la menopausia es como que todo se ha perdido, ese sentimiento de pérdida

“Toda pérdida trae la posibilidad de algo distinto; a veces anticipamos catástrofes que no lo son.”

P.— No existe si tú no quieres que exista; al contrario, es un momento de emprender algo nuevo. Por lo tanto, toca mudarse si hay que hacerlo.

R.— Es que como toda pérdida, las pérdidas traen la posibilidad de algo distinto. El problema es que nos queremos aferrar a cosas que ya no van. Recién me reía con lo del geriátrico, pero en realidad muchas cosas que anticipamos como catastróficas, cuando pasan, no lo son. Y tenemos la resiliencia y el humor necesarios para sobrellevarlas.

Algo de eso también descubrí: siento que es una época súper rica y de mucha cosecha para mí. Ahora que atravesé todos esos años de no saber exactamente qué me estaba pasando, me toca recoger el fruto.