Carmen, el personaje que interpreto en “La encrucijada” lleva un poquito de mí en cuanto a cercanía y sensibilidad

Ella es cuidadora y sensata, ama a quienes la rodean, pero guarda la profunda herida de haber perdido a su hijo pequeño.”

Saida Santana da vida a Carmen en La Encrucijada

La Encrucijada, la nueva serie de Antena 3, entrelaza secretos familiares, traición y amores imposibles entre Amanda y César Bravo. Entre sus personajes destaca Carmen, la ama de llaves de los Oramas, que canaliza el amor que perdió con su hijo hacia quienes la rodean.

Carmen cobra vida gracias a Saida Santana, actriz con una sólida trayectoria en cine, teatro y televisión, que aporta al personaje sensibilidad, fuerza y una complejidad emocional intensa. En esta entrevista, Santana nos habla de lo que supone dar vida a Carmen y del viaje emocional del personaje a lo largo de la serie.

P.— La verdad es que, acostumbrada a libros y autores, hablar hoy con una actriz impone un poco.

R.— Cero, yo creo que soy muy cercana, y de hecho el personaje que interpreto en La Encrucijada lleva un poquito de mí en ese sentido. Los actores, en general, somos seres que estamos al revés: deseosos de amor y de que nos quieran, así que todo lo contrario.

P.— ¿Cómo es Carmen?

R.— Carmen es cuidadora, sensata, ama a quienes tiene alrededor e intenta ayudar siempre. Lleva una herida del pasado: perdió a su hijo pequeño. De alguna manera, compensa ese amor cuidando a los niños Oramas, como si fueran suyos.

P.— En la serie, Carmen empieza como ama de llaves y va ganando protagonismo. ¿Cómo viviste esa evolución?

R.— Al principio sabía que iba a estar ahí, pero muchas cosas se fueron escribiendo mientras grabábamos. Desde la mitad hasta el final, el personaje adquiere más protagonismo y recibir ese peso extra siempre es una bendición. Fue una sorpresa muy gratificante, y yo feliz con el reto.

P.— ¿Ha sido complicado conectarse emocionalmente con un personaje como Carmen, que ha perdido un hijo?

R.— Cuando estudiamos interpretación, aprendemos que todas las pérdidas son universales. Aunque yo no haya perdido un hijo, todos hemos perdido seres queridos; esa cicatriz está en nosotros y puedes recurrir a ella. No siempre tiras de tu memoria emotiva, pero está ahí y aflora cuando toca.

P.— Carmen evoluciona como cuidadora, pero también busca justicia, incluso venganza. ¿Cómo ves esa dualidad?

R.— Todos somos yin y yang: tenemos una parte luminosa y otra oscura. En el día a día luchamos por que salga lo bueno. Esa dualidad también está en Carmen. Buscar justicia es positivo; vengarse no lo es. La justicia ayuda a ti y a los demás.

P.—De todos modos, buscar justicia es algo también positivo. 

R.— Buscar justicia no es lo mismo que vengarse.  Yo creo que hay una diferencia y lo que es justo pues al fin y al cabo estás haciendo una labor buena para ti y para los demás.  Así que creo que esa sería la diferencia. 

P.— La define también como una loba que protege a su manada. Fíjate, incluso es algo instintivo, sobre todo en una mujer madre: proteger a tu manada. La cuestión es cómo se comporta a la hora de hacerlo, un poco lo que acabas de decir entre justicia y venganza.

R.—Claro se puede proteger de muchas maneras. Yo pienso en una loba: si tiene que matar por sus crías, lo hace. Carmen, como ser humano, no tiene ese instinto tan animal, pero sí protege a los suyos de otra forma: amando a quienes quiere, siendo honesta, diciendo la verdad y pidiendo transparencia. Por ejemplo, insiste con su marido: “Cuéntame, cuéntame, cuéntame”. Esa es su manera de equilibrar su instinto de loba con la realidad humana.

Además, Carmen es muy observadora. Aprende, ve, calla, conoce a los que la rodean, y eso le da poder. A veces ni siquiera es consciente de lo que sabe o de cómo influye en los demás. Y creo que eso nos pasa a todos: cuando estamos pendientes de los demás, a veces dejamos de mirarnos a nosotros mismos. La observación externa nos protege, nos ayuda a entender a los otros, pero también puede alejarnos de nuestra propia introspección. Llegará un momento en la vida, y también en la de Carmen, en que hay que mirar dentro y enfrentarse a uno mismo, aunque a veces eso duela.

P.— En la interpretación, ¿ha habido escenas especialmente intensas?

R.— Bueno, como aún faltan capítulos por ver, no voy a entrar en detalles. Pero sí puedo decir que trabajar con emociones intensas es algo muy especial. Aunque suene un poco sádico, disfruto del sufrimiento del personaje. Es decir, hay un goce para la actriz en decir: “Tengo que sentirlo al máximo para que sea auténtico”. Es un proceso donde se sufre, se padece, pero al mismo tiempo es increíblemente satisfactorio; es una mezcla extraña de intensidad y plenitud que no sabría definir con palabras, pero que hace que la interpretación cobre vida de verdad.

P.— En tu experiencia en cine, televisión y teatro, ¿cambia la forma de interpretar según el formato?

R.— Sí, varía mucho. No es lo mismo interpretar un personaje pequeño que uno grande y con continuidad, donde hay una construcción más compleja y relaciones que evolucionan. En televisión todo es más rápido y fragmentado: puedes empezar grabando el capítulo 15 y luego volver al 1, así que tienes que tener muy clara la evolución del personaje en tu cabeza. El actor es como un guion emocional de sí mismo, debe mantener la continuidad, saber por dónde transita, para no equivocarse ni anticiparse.

En teatro, en cambio, el personaje evoluciona en tiempo real, todo es más orgánico y natural, y lo acompañas con la mirada del público, que es muy diferente a la de los técnicos y el equipo cuando grabas. Cada formato tiene su magia. En televisión, además, hay que repetir la emoción una y otra vez: en distintas tomas, en distintos planos… y no siempre sale perfecto, pero ese desafío constante es muy estimulante. Es como estar siempre en la escuela, poniéndote a prueba, y cuando lo consigues, es una satisfacción enorme.

P.— Siempre que voy al teatro, noto que cada función es distinta, aunque la obra y el papel sean los mismos.

R.— Exacto. Ahora, en un monólogo es distinto porque no interactúas con otros actores, pero en diálogo todo cambia: un compañero modifica una frase, tú reaccionas de otra manera. Todo ocurre en el aquí y el ahora, y lo que recibes hoy es distinto a lo que recibiste ayer.

El público también es diferente, la atmósfera cambia, y cada función se vive de forma única. No somos robots. A veces intentas generar una emoción en un momento exacto, como hice en una obra que hacía, Sahra Favorita Al-Andalus, donde el personaje moría en un viaje en patera. Pero la emoción surge cuando quiere el personaje; puedes preparar el ambiente, regar la semilla, pero luego crece a su ritmo. No todo se puede controlar y, de hecho, eso es lo maravilloso del teatro: te sorprende constantemente y te obliga a vivir cada función de manera genuina.

P.— Volviendo a La Encrucijada, ¿cómo es la conexión con el resto de los actores?

R.— Maravillosa. Venía de un trabajo muy solitario, de un monólogo, y de repente estar con compañeros es lo mejor: aprendes y te nutres. Me encantaba aprovechar cualquier hueco entre escenas para verlos, incluso cuando no tenía que actuar. Es como ser espectadora y disfrutar de ellos sin presión.

Los compañeros han sido maravillosos y generosos: Óscar de las Fuentes, que hace de mi marido, es un actor al que admiro muchísimo; Abel Ford, la camada más joven, Astrid, Ángela Chica, Antonio Velázquez, Paula Pérez… todos me han enseñado algo solo con observarlos.

P.— La serie habla de poder, venganza, secretos familiares, pero Carmen, al menos en apariencia, transmite ternura y compasión. ¿Interpretarla te ha llevado a alguna reflexión concreta sobre ella?

R.— Nada concreto, la verdad. Sí se me han quedado cosas, igual que creo que ella ha tomado algo mío, pero más como puntos suspensivos o interrogantes. Dudo mucho, y no creo que la duda sea negativa; a veces te lleva por millas de lugares. Reflexiono sobre cómo habría gestionado yo ciertas situaciones de Carmen o cómo no lo habría hecho, pero no hay una frase ni conclusión concreta: es un mundo abierto, lleno de caminos por explorar y seguir explorando.

P.— Y esta convivencia con Carmen, ¿se vive igual que con un personaje de teatro o cine? Una serie dura mucho más, ha crecido, ha tenido más público… ¿Te lo llevas a casa, convives con ella?

R.— Sí, duró casi siete meses estar metida en Carmen, y entre medias estaba también mi monólogo. Lo curioso es que ambos personajes tienen cosas en común: lenguajes diferentes, acentos distintos, pero un poco el alma similar. No sería sano vivir con el personaje todo el tiempo; cortas y ya eres tú misma, te vas a casa, estudias lo que toca al día siguiente. Pero sí dormía con ella por las noches mientras repasaba el texto nuevo, de una manera bastante sana.

P.— La Encrucijada es una adaptación de una serie turca. ¿Qué significa dialogar entre esas dos culturas y qué aporta eso a Carmen?

R.— La nuestra es muy europea y moderna, y el resultado final poco tiene que ver con la versión turca. Allí los folletines son más melodramáticos, se nutren de la tradición de las telenovelas latinas y buscan enganchar con giros muy concretos para mantener al público enganchado durante muchas horas. Nuestra versión, en cambio, está adaptada a nuestra realidad: los personajes son muy cercanos a nuestro entorno y todo lo que ocurre podría pasar aquí, así que el espectador se identifica de inmediato.

Ese matiz también aporta mucho a Carmen: su carácter, sus decisiones y sus emociones se sienten auténticas en nuestro contexto. No es un personaje trasladado literalmente de otro país, sino que ha sido moldeado para encajar en nuestra sociedad y nuestra cultura, lo que le da una profundidad y naturalidad especiales. Aun así, me encantan las series turcas y las telenovelas; trabajé en Miami en una telenovela pura y dura, y es un formato fascinante. Hoy en día, una serie de siete u ocho capítulos puede ser tan potente, intensa y emocionalmente completa como estas producciones más largas y folletinescas.

P.— ¿Por qué crees que nos gusta tanto consumir series en pequeñas dosis? Esa espera diaria mantiene cierta tensión y expectación, aunque no sea como vivir con el personaje de Carmen.

R.— Claro, creo que hay público para todo. Los jóvenes suelen preferir “atracones” de fin de semana, ver varios capítulos seguidos. En cambio, quienes somos un poco mayores tenemos más paciencia y disfrutamos de esperar capítulo a capítulo. Por eso las series diarias triunfan: hay una especie de ritual, un momento que esperas cada día. Recuerdo cuando veía series con mi abuela o mi madre, y esa espera formaba parte del disfrute.

No todas las series están pensadas para ser devoradas de una vez; por ejemplo, mi telenovela Cosita linda tuvo más de 250 capítulos, imposible de ver de golpe. Cada formato tiene su público y su ritmo, y hoy en día hay productos para todos los gustos. Yo, personalmente, disfruto de la espera: cada semana ver lo nuevo es un pequeño evento. Pero también puedo permitirme un fin de semana para ver otra serie de golpe. En definitiva, somos consumidores polivalentes, y eso es lo ideal.

P.— Eres además de actriz, docente y periodista. No sé si te sientes más cómoda en alguna de ellas o trabajas más en alguna en particular.

R.— La verdad es que llevo toda mi vida en esa dualidad: periodista, guionista y actriz. Ha requerido muchos sacrificios porque cada ámbito exige disponibilidad: a veces he renunciado a trabajos muy bonitos como periodista para poder actuar, y al revés. Pero me encanta todo.

Trabajé con Juan Ramón Lucas en Noches como ésta, y presenté formatos de entrevistas en profundidad, que me fascinan: pasar jornadas enteras con los entrevistados, como hacía en Ida y Vuelta en la televisión canaria, con 110 entrevistas en tres continentes en 22 días, una locura maravillosa. También he trabajado en prensa escrita, incluso en Miami, colaborando con medios quincenales. Siempre digo a los alumnos que un periodista debe estar activo, despierto y curioso: en plantilla o como freelance, siempre se puede hacer una buena entrevista y buscar historias interesantes.

Como guionista de ficción, también sigo activa: escribí para Telemundo en Miami y continúo desarrollando mis historias. Los que escribimos tenemos que mantenernos en movimiento; si no, lo perdemos.

P.— La Encrucijada se estrenó en julio en Antena 3 y se prolongará hasta octubre. ¿Crees que habrá más Carmen?

R.— Ay, ojalá… No lo sé, de verdad, no tengo ni idea. Pero sería maravilloso. Por ahora lo dejamos abierto.

https://youtu.be/uwLii_BvnEs