Con Amor y sexo en España, contado para escépticos, Juan Eslava Galán repasa con su habitual mezcla de humor y erudición la historia íntima del país. Se adentra en los pliegues más humanos de nuestra historia —el deseo, la culpa y el poder— con la ironía y el conocimiento de quien ha dedicado su vida a contar España desde sus rincones más reveladores.
«A medida que pasan los años y el sexo empieza a abandonarnos, la mirada se vuelve más escéptica”
P. — Aparte de lo mucho que se aprende contigo, no sabía que había escépticos también en el sexo.
R. — Sí, eso te lo da la edad. A medida que pasan los años y el sexo empieza a abandonarnos, la mirada se vuelve más escéptica. Yo ya tengo 77, así que se supone que…
“En un principio, la sexualidad era algo sagrado”
P. — Comienzas con el Homo erectus y la Venus prehistórica, un arranque potente. ¿Qué revelan esas representaciones sobre la conexión entre el sexo y lo sagrado en los orígenes de la humanidad?
R. — En un principio, la sexualidad era algo sagrado. Resultaba asombroso que del acoplamiento de un hombre y una mujer nacieran nuevas criaturas, igual que en los animales o las plantas. Todo eso tenía una dimensión sagrada. Hoy, desde nuestra mirada moderna, tendemos a ver el sexo como algo pecaminoso, pero entonces no existía el pecado. Cuando escribo sobre el masturbador del Museo de Jaén y lo comparo con un mito egipcio, quiero mostrar que lo que hoy se interpreta con picardía tenía en realidad un sentido profundo.
“La sexualidad fue, antes que nada, un fenómeno religioso”
P. — Hablas también de la zoofilia en el Paleolítico. ¿Cómo debemos interpretar esas imágenes hoy: como símbolo, mito o naturalidad?
R. — Desde nuestro punto de vista cristiano, la zoofilia parece inconcebible, aunque se practicó durante siglos, sobre todo en el medio rural. Pero sus orígenes eran otros: sagrados. El animal era el tótem de la tribu; el rey sagrado se unía a él y todo estaba orientado a la fecundidad y la supervivencia del grupo.
P. — En Mesopotamia aparece la prostitución sagrada, una unión entre lo sexual y lo divino. ¿Era una forma de libertad?
R. — Más bien de control. En el sexo siempre hay control religioso, siempre. No necesariamente se convierte en pecado, como en el cristianismo desde San Pablo y San Agustín, pero el control está ahí. La sexualidad es un fenómeno religioso.
“El falo era el símbolo reproductor por excelencia”
P. — En Roma el falo se sacralizó y se convirtió en amuleto protector. ¿Qué papel jugaba en su visión del cuerpo y la moral?
R. — El falo era el símbolo reproductor por excelencia. Se creía que la mujer era solo un vientre, y que el hombre aportaba todo. Por eso el falo tenía un sentido sagrado y protector. Los romanos lo representaban en lámparas, esculturas o medallas como amuleto, igual que los cristianos usan hoy medallas religiosas. Para ellos era algo natural. Sin embargo, siglos después, esos objetos se ocultaron: en los museos de Pompeya o Nápoles se guardan en gabinetes secretos. Lo que fue normal, hoy se censura.
“El problema del Islam no está solo en la religión, sino en la falta de evolución cultural”

P. — En Al-Ándalus, la misoginia islámica no fue menor que la cristiana. ¿Dirías que las religiones construyeron modelos semejantes sobre la mujer?
R. — Sí, y no solo por religión, también por cultura. En el Corán hay expresiones sobre la mujer muy desagradables, pero el problema va más allá del texto: está en las sociedades islámicas poco evolucionadas. En Occidente tuvimos la ventaja de la Ilustración, que separó el delito del pecado y permitió la liberación de la mujer, aunque plenamente solo llegó en el siglo XX.
P. — Bastante tarde.
R. — Sí, todavía queda mucho por hacer. Pero, comparado con otras culturas, Occidente ha dado pasos gigantescos. Lo preocupante es que parte de la nueva generación parece estar desandando ese camino.
“La mujer sigue cargando con la culpa del pecado original”
P. — La Edad Media cristiana, pecado y deseo. Dices que la misoginia medieval retrata a la mujer como tentadora y culpable. ¿Hasta qué punto?
R. — Todo parte de San Agustín, que convierte el pecado original en un pecado de sexo entre Adán y Eva. Desde entonces, la mujer carga con esa culpa. Es uno de los pilares de la doctrina católica. Aunque las sociedades occidentales se han alejado de la religión, esa visión de la mujer persiste. Por ejemplo, la Iglesia sigue sin permitir sacerdotisas. Intenta incorporar a la mujer, pero de forma vergonzante, porque necesita contar con ella. Aun así, la instrumentaliza: basta con mirar la imagen de la monja joven junto a la anciana, la negra y la blanca… es un símbolo funcional, no igualitario. Es un lavado de cara, pero nada más.
“El amor cortés fue una invención práctica: el poeta necesitaba comer”
P. — ¿Qué relación ves entre el amor caballeresco y la mística posterior, donde el deseo también se vuelve espiritual? Es tu capítulo sobre el amor cortés y el erotismo sublimado.
R. — Esa tendencia de las cortes de amor se entiende perfectamente. El poeta necesitaba a alguien que lo mantuviera, y ese alguien era el señor feudal, un hombre de guerra, incapaz de crear poesía. Así surge la figura del poeta enamorado de la dama del señor, un amor idealizado, sin sexo de por medio. Aunque, en la realidad, a veces lo hubo… y las cosas solían acabar mal.
“La resistencia femenina siempre formó parte del juego del cortejo”
P. — Como dices, la realidad siempre fue ambigua. La Iglesia censuraba, pero comulgaba con otros oficios. Desde Ovidio hasta los arciprestes, muchos sostenían que el “no” de una mujer era, en realidad, un “sí”. Y seguimos, a día de hoy, debatiendo el “sí es sí”.
R. — En mi libro defiendo la técnica del cortejo. Estas neofeministas exageradas de ahora no lo han entendido. La resistencia femenina formaba parte del juego del cortejo: resistirse solo lo justo para hacerse valer. Cuando la mujer realmente no quería, como Santa Gemma Galgani, era evidente. El hombre debía entenderlo. Pero esa pequeña resistencia inicial siempre existió; es parte de nuestra herencia cultural.
“Estamos llegando a extremos absurdos”
P. — Hemos llegado incluso a tener que negarlo, por miedo al feminismo, al machismo, etcétera.
R. — Sí, hemos llegado a extremos absurdos. Yo, por ejemplo, tengo por costumbre ceder el paso, sea a un hombre o a una mujer, por educación. Y me he visto frenándome por temor a que una mujer se ofenda. Eso demuestra el nivel de confusión. Creo que existen dos generaciones de feministas: la primera, la que quemaba sujetadores y rechazaba los tacones, luchó por la igualdad real. La segunda, en cambio, parece estar retrocediendo, sometiéndose de nuevo a los estereotipos que sus madres y abuelas superaron. Basta ver la publicidad: niñas de catorce años preocupadas por maquillarse. Todo lo que se conquistó se está tirando por la borda.
“El dinero lo arrolla todo”
P. — Hay una confusión total.
R. — En parte es culpa del negocio. Los modistos, las marcas de perfume, los complementos… Han hecho del cuerpo femenino una industria. Y el dinero lo arrolla todo.
“Cuando la mujer depende económicamente del hombre, está en riesgo”

P. — Hablas también de la repulsa hacia la masculinidad tóxica. ¿Crees que en España el abuso llegó a normalizarse y aún lo está, aunque lo encubramos?
R. — Sí. El gran problema es económico: cuando la mujer no es autosuficiente, depende del hombre, y esa dependencia genera abuso. El hombre puede actuar como compañero o como amo. De ahí surgen los malos tratos físicos y psicológicos. Es un fenómeno universal, aunque en Occidente hemos avanzado mucho.
P. — ¿Con grandes pasos o pequeños?
R. — Depende del lugar y la circunstancia. Coexisten ambas realidades. A medida que el hombre se cultiva y se vuelve más consciente, se hace más feminista. Cuanto más ignorante, menos feminista.
P. — La cultura es todo.
R. — Absolutamente todo.
“En el fondo, el hombre tiene un deseo instintivo de esparcir su ADN”
P. — Mencionas a Caballero de Gracia y a Miguel de Mañara, precursores del mito de Don Juan. ¿Qué tenían estos personajes que tanto nos fascina?
R. — Eran coleccionistas de conquistas. En el fondo, en el hombre hay un deseo instintivo de esparcir su ADN en tantos lugares como pueda. Piensa en aquel novelista belga que presumía de haberse acostado con tres mil mujeres… o en Julio Iglesias, que decía tres mil quinientas. Es el mismo impulso: poder, seducción, vanidad. Los califas tuvieron harenes, Felipe IV tuvo cuarenta hijos… Es lo mismo.
“El poder siempre ha tenido una dimensión sexual”
P. — Y sin irnos tan lejos: hablas de reyes como Enrique IV o Fernando VI, cuyos excesos eran legendarios. ¿El poder político también implicaba poder sexual?
R. — Siempre. El poder atrae. Pocas mujeres se resisten a un político triunfador, un actor o un hombre influyente, sobre todo si son jóvenes e inexpertas. Pero la política agota sexualmente: hay más piezas que saltan que las que comen, digámoslo así. También hay políticos que aprovechan ese poder. Estoy convencido de que algunos, especialmente de la extrema izquierda, entraron en política para tener acceso a mujeres jóvenes, admiradoras o discípulas. Es algo que ocurre en todas las sectas, y los extremos —izquierda o derecha— se parecen mucho en eso.
“No estoy en contra de la prostitución libre, pero la trata es un crimen abominable”
P. — Tenemos el ejemplo, sin dar nombres, de un ministro con una vida… intensa.
R. — Lo pernicioso no es que tenga relaciones, sino la hipocresía. No estoy en contra de la prostitución libremente ejercida: si una mujer elige eso como forma de ganarse la vida, lo respeto. Lo que me parece abominable es la trata. Eso sí es un crimen, y sigue existiendo, más que nunca.
“Acabar con la prostitución es una utopía: lo que hay que hacer es regularla”
P. — Hablas también de la prostitución como institución regulada, incluso con carnet.
R. — Era una cuestión de orden social. Durante el franquismo, hasta 1956, los prostíbulos estaban regulados, con revisiones médicas incluidas, y la Iglesia lo toleraba porque ayudaba a “mantener a la juventud controlada”. Hoy resulta impensable, pero acabar con la prostitución es utópico. No desaparecerá nunca. Lo que hay que hacer es regularla para proteger a quienes la ejercen libremente.
“Hace veinte años una mujer se avergonzaba de tener un hijo gay; hoy lo dice con orgullo”
P. — ¿Cuándo crees que España perdió el miedo al sexo? Llegó la píldora, el turismo, la liberación…
R. — Tengo una anécdota personal. Hace unos quince años di una conferencia en Albacete, en los clubes de lectura de Castilla-La Mancha. El público era casi todo femenino. Al final, una anciana se me acercó y me dijo con orgullo: “Tengo un hijo que es gay”. Me emocionó. Veinte años antes, esa misma mujer habría sentido vergüenza. Hoy lo dice con alegría. Eso demuestra el cambio. Creo que empezó en los últimos años de Franco, con la llegada de extranjeros y españoles que viajaron y trajeron otra visión del sexo. Nos civilizamos sexualmente. Ningún país de Europa puede darnos lecciones ya.
“El cibersexo me parece fascinante; mi capacidad de asombro sigue intacta”
P. — Y las nuevas modalidades sexuales…
R. — Sí, llegué tarde para entenderlas y he tenido que informarme por Internet. El cibersexo, por ejemplo, me parece fascinante. Mientras no sea agresivo, cualquier forma de sexo me parece válida. Mi capacidad de asombro sigue intacta.
“Todavía hay reprimidos sexuales, aunque las facilidades sean infinitas”
P. — ¿Somos más libres gracias a las redes y al cibersexo, o acabaremos saturados?
R. — No creo que lleguemos a saturarnos, pero sí existe un ensimismamiento. Igual que antes, sigue habiendo reprimidos sexuales incapaces de romper su concha, aunque hoy las facilidades sean infinitas.
“Mi vocación es entender el mundo”
P. — Has escrito sobre guerra, religión y ahora sexo. ¿Qué te atrae de esos temas? ¿Poder, culpa, placer?
R. — Mi vocación es entender el mundo. Ya no escribo novelas: me quitan tiempo de lectura. La novela enseña, pero los ensayos me enseñan más. Escribir me obliga a leer y releer. Para este libro revisé obras que había leído con diecisiete años, buscando cómo las épocas reflejaban el sexo. Escribir es mi forma de aprender.
“No entiendo tanta opinión antes de que saliera el libro: el único que lo había leído era yo”

P. — Amor y sexo en el nuevo Premio Planeta.
R. — Sí. No entiendo tanta opinión antes de que saliera el libro, cuando el único que lo había leído era yo. Viví treinta años en Sevilla, y es una historia muy sevillana: el señorito, la aristócrata, la mujer que se libera con un hombre humilde. No es un tema nuevo, pero está dignamente contado.
“En la literatura amorosa, Safo lo dijo todo hace veintiséis siglos”
P. — En las historias es difícil encontrar algo nuevo: lo importante es cómo lo cuentas.
R. — Exacto. Fíjate en Safo, siglo VI a. C. De ella solo conservamos unos pocos fragmentos, pero en ellos está todo: el amor, la pérdida, el deseo, la contradicción. Ahí está el germen de toda la literatura amorosa.
“Estamos viviendo una nueva Guerra Fría”
P. — ¿Qué estás escribiendo ahora?
R. — Desde hace un par de años trabajo en una historia de la Guerra Fría. Cuando la empecé, me di cuenta de que estamos viviendo otra, una reedición del mismo conflicto. Espero que, cuando salga el libro, dentro de un año, hayamos profundizado en ello.
“El humor me sale solo; es algo espontáneo”
P. — ¿Qué sería de tus historias sin tu humor, sin tu retranca?
R. — Es algo espontáneo, A veces, en tus lecturas o conversaciones, surge una chispa de la que nace un chiste.