«El grado de civilización de una sociedad se mide por cómo trata a los animales.”

"Hay personas incapaces de dañar a un humano, pero que no tienen problemas en torturar a un animal."

«Hay libros que nacen del amor y otros de su ausencia. Cuando ellos se van, es ambos a la vez.»

Hay libros que nacen del amor y otros de su ausencia. Cuando ellos se van, es a la vez amor y ausencia. Este libro habla del silencio que queda cuando un animal muere, de esa mirada que sigue buscando, del hueco que deja la rutina compartida. En sus páginas se cruzan la ternura y la culpa, la memoria y la conciencia sobre cómo tratamos a los seres que dependen de nosotros.

De ese vacío y de la necesidad de entenderlo surge “Argos”, de Julia Navarro. Un libro profundamente personal en el que la autora reflexiona sobre la vida, la compasión y el adiós, y que nace de la experiencia de perder a uno de sus perros. Navarro publica aquí un relato íntimo, honesto y luminoso, que permite al lector asomarse a la intensidad de los vínculos que formamos con nuestros compañeros animales.

«Sí, también a sufrir. Es un libro de duelo.»

P.–Las personas que tenemos perro o un animal doméstico o hemos aprendido a mirar más allá que nos han enseñado a ellos. Creo que vamos a disfrutar, a vivir y a sufrir de este libro.

R–Sí, también a sufrir. También a sufrir porque es un libro de duelo. Es un libro que cuando se murió Argos yo no sabía cómo gestionar el vacío y el dolor que me dejaba. Y al final le escribí este libro. Es un libro de duelo. Es un libro de duelo con el que he intentado superar el dolor de su ausencia y ojalá le sirva también a otras personas que pasan por esa situación de perder a esos compañeros de vida, que son los perros o cualquier animal doméstico, ese vacío que te dejan. Yo todavía, cuando andaba en casa, inmediatamente miro hacia donde él siempre me esperaba.


«Argos era fuerte, muy guapo, muy potente, pero sobre todo tierno y cariñoso.»

P.–¿Cómo era la vida cotidiana con él?

R.—Argos era un pastor alemán, era fuerte, era muy guapo, era muy potente. Y sobre todo era muy tierno y muy cariñoso y muy protector. Era el perro de mi hijo cuando Álex y siempre hemos tenido perritos. Y Argos era su perrito, pero tú sabes que al final los perritos de los hijos terminan siendo los perritos de las madres, porque somos las que los cuidamos, las que le llevamos al veterinario, vamos a comprar la comida, les sacamos… O sea que oficialmente era el perro de Álex, pero bueno, Argos, quien le cuidaba y estaba con él, era yo.

Aunque él siempre tuvo claro que su relación con Álex era especial. Cuando llegó a casa, era un cachorrito que casi ni se ponía de pie, dormía con Álex. A mí me hacía muchísima gracia, porque cuando era pequeño, incluso a veces cuando yo iba a despertar a mi hijo por la mañana para ir al cole, los encontraba los dos. Argos, siendo cachorro, abría la cama y se metía, y yo los encontraba ya los dos con la cabeza en la almohada. Argos era como una abuelita pequeña. Y bueno, ha sido una parte muy importante de nuestras vidas.


«Todos los animales te enseñan a vivir la realidad. No te dejan tiempo para la abstracción, sino es el hoy, aquí y ahora.»

P.–¿Argos te enseñó a estar en el presente? Algo tan interesante y tan importante.

R.—Sí. Yo creo que todos los animales te enseñan a vivir la realidad. No te dejan tiempo para la abstracción, sino es el hoy, aquí y ahora. Y eso está bien porque te hace fijar los pies en el suelo. Es definitivo. Fijar los pies en la realidad.


«Nunca ha habido un momento en mi vida en el que no haya habido un perro.»

P.–Una vez leí un libro, que decía que si los perros fueran humanos, escribirían un ensayo sobre lo que de verdad importa en la vida, que es el momento.

R.—Sí, bueno, he leído algunos libros en los que parece que se psicoanaliza a los perros. Yo no estoy tan seguro de que no tengan percepción del pasado. Yo creo que la tienen. Pero disfruta. Yo he tenido perros desde siempre. Cuando yo nací, en casa de mis abuelos, donde yo vivía, había una enorme San Bernardo Yola. O sea, nunca ha habido un momento en mi vida en el que no haya habido un perro. Por tanto, hombre, yo no me atrevería a hacer un tratamiento psicológico de los perros, pero tengo dudas de algunas de las cosas.


«Argos se llamó Argos por la Odisea y la lealtad sin fisuras que los perros tienen hacia quienes viven con ellos.”

P.–¿Y por qué Argos?

R.—Argos se llamó Argos porque le puso así mi marido, Argos. A Fermín, que le apasiona el mundo clásico. Bueno, pues la Ilíada, la Odisea, sobre todo a él siempre, me acuerdo que siempre coincidimos en el impacto que nos producía esa escena final de la Odisea cuando Ulises llega a Ítaca y solamente le reconoce Argos. Se reconoce su perro, que había pasado de ser el perro del rey, a ser un perro que ya nadie le hacía caso, le daban de comer las sobras cuando le daban, estaba enfermo, totalmente zarrapastroso, ya no dormía en palacio. Y, sin embargo, cuando Ulises regresa, él, de la emoción que siente de ver aparecer a Ulises, le da un ataque al corazón y muere, y a mí se me parece una de las escenas más conmovedoras de la historia de la literatura.

Y fue Fermín quien, así como el anterior que tuvimos que también era un pastor alemán, que se llamó Tifis —Tifis era el piloto de la nave Argos que fue en busca del vellocino de oro—, pues este fue Argos, un poco en homenaje a aquel Argos, en homenaje a la lealtad sin lesión que tienen todos los perros hacia las personas con las que vivimos.


«Siempre creí que yo era partidaria de la eutanasia, pero cuando Argos enfermó, no sabía si sería capaz.»

P.–Hablas de la eutanasia con mucho pudor, con mucha honestidad.

R.—Es que Argos, yo siempre creí que yo era partidaria de la eutanasia. Cuando Argos ya estaba tan enfermo, que se quedó tetrapléjico, que no podía andar, no podía moverse, no comía, no bebía, estaba con suero para mantenerle con vida. Yo me acuerdo que en las más del 2024, ya desesperada, porque además… claro, aunque él se había ido perdiendo peso y todo eso, pero pesaba mucho. Entonces, aquello era una auténtica tragedia.

Y aquella Semana Santa nos recorrimos tres o cuatro clínicas, hospitales… no la clínica veterinaria que tienes en el barrio, sino hospitales que afortunadamente hay muy buenos, por lo menos en Madrid. Y claro, para mí fue una desolación enorme. Yo le llevaba convencida de que en algún sitio me iban a decir: “Bueno, esto tiene un tratamiento, no se preocupe, se va a curar”. Y entonces íbamos a un sitio, le veían, examinaban y decían: “Mire, ya no se puede hacer nada. Si usted quiere, le puede dejar aquí, sigue con el suero puesto hasta que aguante”.

Y yo dije: “Pero yo no puedo dejarle aquí, en una jaula, con el suero, y que piense que le he abandonado”. O sea, para mí esto es horrible. Entonces me lo llevaba a otro sitio.

Llegamos a otro sitio, examinaban, y luego salía el veterinario y me decía: “Mire, es que es cuestión… puede ser de horas, puede ser de días, tres, cuatro días, pero no va a vivir”.

Entonces hubo una veterinaria, la suya… Ella, en el último hospital al que le llevé, el veterinario me dijo: “Bueno, me gustaría hablar con la veterinaria que le ha tratado”. Le di el teléfono, hablaron, y luego ella se puso al teléfono y me dijo algo. Me dijo: “Julia, tienes que dejarle que se vaya”.

Y entonces, claro, dejarle que se vaya era que le pusieran la inyección para que se fuera. Y en ese momento yo di cuenta que todas mis condiciones saltaban por los aires. O sea, que no me sentía capaz de tomar una decisión que era poner fin a una vida que ya se estaba extinguiendo, que se estaba extinguiendo con mucho dolor, pero no me sentía capaz.

Entonces, bueno, lo reconozco en este libro.


«Hay personas incapaces de dañar a un humano, pero que no tienen problemas en torturar a un animal.»

P.—¿Qué opinas de las fiestas populares?

R.—Me escandalizan y me horrorizan que una diversión pueda consistir en maltratar a un animal, en torturarles, porque es que se les tortura.
Hay personas que seguro que serían incapaces de torturar a otro ser humano, pero no tienen el más mínimo problema en torturar a un animal. Entonces yo las prohibiría.


«El grado de civilización de una sociedad se mide por cómo trata a los animales.”

P.–¿Habría que cambiar las leyes?

R.—Habría que cambiar las leyes y aquí volvemos otra vez a la educación. Es decir, hay que educar a las personas. Yo creo que el grado de civilización de una persona y de una sociedad se mide por cómo tratan a los animales.
Entonces, en eso creo que nuestro país suspende, con un menos cero. Las leyes que se han hecho… yo creo que se ha avanzado desde el punto de vista legislativo, pero sin explicarle a la sociedad, sin educar a la sociedad, y por tanto al final es como papel mojado.
¿De qué sirve una ley? Las leyes van dirigidas a los ciudadanos. Los ciudadanos tienen que hacerlas suyas. Y yo creo que los ciudadanos de este país no han hecho suyas esas leyes que se han ido haciendo en esta pasada legislatura y en esta legislatura para proteger a los animales. Es decir, yo creo que la gente ni sabe que existe.

P.–Mencionas la Ley de Derechos Universales del Animal de 1978

R.—Eso fue una organización de defensa de los animales que presentó ese proyecto ante la UNESCO. Y ahí está.


«La superioridad del ser humano sobre la naturaleza me sobrecoge.»

P.–Pero no es algo de obligado cumplimiento.

R.—Es como una recomendación, pero bueno, fue un paso muy bonito que todo el mundo ignora y que yo creo que los países deberían de hacer suyo y que también debería estar en la Carta de Naciones Unidas. O sea, esa superioridad del ser humano de pensar que tiene derecho a todo, y que este planeta le pertenece con todo lo que hay en este planeta y que puede destrozar la naturaleza y puede destrozar a los otros seres vivos… a mí tanta arrogancia realmente me sobrecoge. Y lo que se pierden. Y lo que se pierden, claro.

P.–Pero para eso hay que educar.

R.—Educar también que una mascota no es un accesorio, no es un complemento, no es un humano. No es un juguete. Sobre todo, que no es un juguete. Es decir, a mí esos niños que le daban una patada… que había un niño, una especie de juguete, que era un palo con una ruedecita abajo, que le estaba dando golpes. Entonces, pegué un grito. Digo: “¡Pero bueno, ¿qué haces?!” Aparté al niño y la madre estaba en el cajero al lado inmediatamente. Digo: “Oiga a mi hijo”. Digo: “Bueno, pero es que su hijo está pegando a mi perrita. ¿Pero por qué le pegas?”
Además, Barbie es que es la pobre. Y la respuesta de la madre: “Bueno, no se ponga así, es solo un perro”. Bueno, dije, “¿cómo que es solo un perro? Es un ser vivo”. Y no me extraña que si usted dice esas cosas, su hijo sea capaz de maltratar a un perro. Por ahí empieza el maltrato. Claro.

¡Usted es una loca de esas que defienden a los animales!

O sea, me lo dijeron: “Una loca de esas”. Una loca de esas que defienden a los animales. O que se creen, además, que los animales son como si fueran humanos.
Es que, mira, me dio ganas de decirle: bueno, en realidad, se lo dije, dije: “Bueno, es que hay, desde luego, hay humanos que no están a la altura de los animales.


«Ahí empieza el maltrato: hoy maltrato a este perrito, mañana a alguien más.»

P.–Entonces, ese niño, seguro que será un maltratador.

R.—Pero no solamente de animales. Será un maltratador el día de mañana. Te digo, ahí empieza el maltrato y el maltratador. Claro, porque si maltratar no tiene ninguna importancia… hoy maltrato a este perrito, mañana maltrato a no sé quién, mañana pego a mi hermano, pasado le doy una patada a mi madre. Y la madre se sorprenderá porque su hijo es un maltratador y no recordará momentos como esos.
Exactamente. Pero está muy arraigado en nuestra sociedad de “solo es un perro”.
Entonces, insisto, es un problema de educación y entonces tendría que haber desde infantil hasta que se marchan del colegio, educación sobre el respeto a los animales, lo que los animales han significado en la historia de la humanidad.

P.–Los caballos que los quieren retirar de… con Sevilla y estos sitios que simplemente están para que tú te des un paseo.

R.—Bueno, y que los tienen horas, y están a no sé cuántos grados, pero bajo el sol… es que es horrible. Y si se tumban, los pegan y los ves llevando a lo mejor un carricoche con siete personas y va el pobre caballo que no puede. Es decir, bueno, en este país se maltratan los animales.

P.–No te voy a preguntar ¿Qué maltrato real te impactó más? Porque me duele solo mencionarlo

R.—Pues me duele muchísimo ver, porque no es la primera vez que he visto a niños maltratar animales. He tenido esa experiencia y otra experiencia que cuento en el libro hace años, con un pastor alemán anterior que tuvimos, Tifis, que además Tifis era enorme, y estábamos un día sentados en un lugar de vacaciones, cenando en una terraza, y un niño también se acercó y le empezó a pegar con un juguete que tenía. Y Tifis no se movió. A la segunda vez que vino, Tifis levantó así la cabeza, y yo me levanté, me fui a la mesa de al lado y le dije a los padres: “Por favor, que su hijo no venga, digo, primero, porque no debe pegar a nadie y menos… un animal, pero que no le pegue porque hasta ahora mi perro no hace nada, pero imagínese que se enfada”.
Y entonces me dijeron: “Pues le denunciaremos y además pediremos que lo sacrifiquen”. Bueno, me puse como una fiera, pero prometo que si su hijo pega a mi perro, y usted me diría… o sea, si mi perro le muerde, usted diría que le sacrifique.
Digo: “Bueno, pues que tenga mucho cuidado porque mi perro no le va a hacer nada, pero a lo mejor yo sí”.
Y entonces, bueno, me miraron diciendo: “Esto qué es. Otra loca”.
Y mi hijo me dijo: “Mami, pero…” porque Álex era pequeño, “¿serías capaz de darle una torta?”. No le respondí, pero pensé para mí: “pues a lo mejor sí”. Pues de nuevo.
Es que me indignó la respuesta de los padres. Fue brutal, fue brutal sacrificarlo. Como muerde a mi hijo, pediremos que lo sacrifiquen, porque ese era un perro agresivo. Y yo pensaba: “Bueno, si el agresivo es su hijo. Para que veas tú la sociedad. Y ustedes… más que eso, el problema lo tienen ustedes”.

«Creo que tendría que haber una asignatura en todos los colegios sobre el cuidado y respeto a los animales.»

R.—No digo que tenga que formar parte del currículum, que se tengan que examinar, pero sí tendría que haber una asignatura en la que les enseñen el amor y el cuidado de los animales y la importancia de los animales en la historia de la humanidad.
Que es la responsabilidad de cuidarlos. Y la responsabilidad, evidentemente. Se les hace responsables, se les hace cuidado.
Es verdad que hay mucha gente buena que los recoge, hay protectores, pero ponen tantas dificultades para la adopción que terminan desanimando a las personas. Yo estuve, desde que se murió Argos, unos meses, bueno, no era capaz.

P.–Luego ya decidiste adoptar y fue una pesadilla.

R.—Sí, debería ser más fácil. Una auténtica pesadilla. Yo entiendo que tienen que comprobar que los van a dar a una persona o a una familia, que los van a tratar bien. O sea, todo eso está bien, pero hay que acortar los plazos. No puedes estar meses parado para adoptar un perrito.


«Es un libro de duelo, pero hablo también de todos los perros que han formado parte de nuestra familia.»

P.–¿Por qué decide, Julia, escribir sobre Argos?

R.—Pero hablo de los otros perritos. Es un libro que es un libro de mi duelo para superar la muerte de Argos, pero hablo de Tifis y hablo de Iola y hablo de Golf y hablo de Atherraman y hablo de todos los perros que han sido, que han formado parte de nuestro núcleo familiar.

P.–Y ahora Barbie.

R.— Barbie es una schnauzer que estaba en un criadero. La tenían para criar perritos. Entonces parece ser que le murió un perro, que tuvieron que sacar los perritos de ese embarazo y que ya no podía tener perritos y la querían dar.


Entonces me enteré a través de una amiga mía, que es su veterinaria, que parece ser que también vacunaba a los perritos de ese criadero y le dijo: “Hay una perrita que nos da mucha pena porque ya no la quieren”. Entonces mi amiga dijo: “Pues yo tengo una amiga que quiere adoptar”. Y a partir de ahí fue todo rodado y la perrita, cuando yo fui a buscarla, bueno, fue amor a primera vista.
Cuando preguntó cómo se llamaba, me dijeron que se llamaba Barbie.
Ah, pues muy bien. Cuando ya la llevé a casa, yo me acuerdo que todos: “Vas a tener una perrita que se llama Barbie, pero tú eres feminista, tú no puedes tener una…”


Oye, oye, me empecé a enfadar. Dije: “¿Pero cómo que no puedo tener…? No te pega nada”, me decían. Todo el mundo me decía: “No te pega nada, pues la cambiarás de nombre”.

Y yo dije: “No, ¿por qué la voy a cambiar de nombre? Pero imagínate, con tres años, ahora cambiarla de nombre”.
Y además, entonces empecé a darme cuenta de que los que quieren luchar contra los estereotipos… a veces tienen el estereotipo metido en la cabeza. Entonces ya me enfadé. Dije: “Bueno, se va a seguir llamando Barbie”. Pero además la voy a comprar un collar y una correa rosa. Como llega el invierno, la voy a comprar un impermeable rosa. Un colchón para dormir rosa. Y todo va a tener rosa. Y el problema lo teneis vosotros. No lo tiene Barbie.
Entonces me miran todos: “¿Pero vas a hacer eso?”
Digo: “Hombre, ¿qué le voy a hacer?”
Y se va a seguir llamando Barbie. El problema es vuestro. Es que se llama Barbie y ella está feliz y está tan contenta con todas sus cosas rosas.


«Tomar la decisión de la eutanasia fue lo más difícil de mi vida. Esa decisión me perseguirá siempre.»

P.–Julia, con todos los perros que has tenido, siempre hay una despedida. Unas veces habrá sido porque no te ha quedado más remedio, otras veces…

R.—Yo nunca he tenido que tomar una decisión. Se han muerto. Pero ese duelo lo tienes de forma distinta porque se han muerto más… no he tenido que hacer. O sea, el duelo ha sido horrible, pero para mí lo más difícil fue tomar yo la decisión. O sea, esa es una decisión que me perseguirá el resto de mi vida. De la que me arrepentiré el resto de mi vida, aunque sé que a Argos le pudo quedar horas o días de vida y que, además, estaba en medio de un sufrimiento espantoso.
Pero tomar la decisión yo, para mí, fue horrible. Yo me lo planteo, creo que no sería capaz. Es que yo no era capaz.

Octifis, cuando se murió, le dio un infarto, estaba ingresado, se quedó ingresado y le dio otro infarto y murió allí.
Pero fue distinto, porque no fui yo.
Aparte de que la despedida fue, claro, porque yo dije: “Bueno, no se puede ir” y yo fuera esperando de poner una inyección. Entonces él estaba tumbadito, yo abrazada a él dándole besos y mientras le ponían la inyección y moría. Y para mí eso fue horrible. Fue fuerte, eh.
Ya te digo que yo siempre pensé que era partidaria de la eutanasia y ahora ya no sé si lo soy, o por lo menos no sé si yo sería capaz de volver a tomar esa decisión.


«Todos los días me arrepiento, aunque sé que fue lo mejor.»

P.–¿Te arrepientes?

R.—Todos los días, aunque sé que seguramente fue la mejor. Es decir, que interrumpí un sufrimiento que ya era insoportable para él y que es que no comía, no abría los ojos, no… claro. Entonces sé que no tenía ya solución.


«Cuando ellos se van, queda un vacío que solo quienes han compartido su vida con un animal saben.»