«El silencio es el gran cómplice del genocidio y del ecocidio.”

Brutal Noir” – el género que propone el personaje Misericordia Daguer para describir la novela sobre genocidio.

En un mundo donde el poder se ejerce con violencia y la moral se encuentra en constante tensión, Laura Restrepo nos ofrece una historia que confronta al lector con lo más oscuro y lo más humano de nuestra existencia. Un verdugo enamorado, un dios que gobierna con crueldad y una daga que brilla como si tuviera voluntad propia son los protagonistas de este relato, donde el caos se mezcla con la tragedia y la farsa, y donde los límites entre el amor y la obediencia se vuelven difusos. Soy la daga y soy la herida se despliega como un espejo de nuestro planeta, ofreciendo una parábola feroz sobre la violencia, el poder y la esperanza de redención. Con esta obra, Laura Restrepo nos invita a mirar de frente lo que nos rodea y a explorar las complejidades de la condición humana con una narrativa intensa, provocadora y profundamente humana.

P.–Este libro parece un experimento extraño, ¿cómo se te ocurrió y por qué?

R.–Yo creo que estamos viviendo un mundo distinto. Uno que está cercado, por un lado, por el ecocidio, donde la destrucción del único hábitat que tenemos es nuestra realidad, cada vez más acuciante. Y atenaza con eso el genocidio, como método de control, o sea, el recurso inmediato a la muerte por parte del poder, saltándose todas las instancias de legalidad o de respeto a la vida que se habían construido a partir de la Segunda Guerra Mundial, sobre todo.

Pero también del conocimiento milenario de la humanidad que lo procura por su propia sobrevivencia y por el cuidado de la especie y el cuidado de los demás. Hoy tenemos unas instancias de poder que han pasado por alto esas dos amenazas letales.

La idea era, ¿por qué seguir escribiendo igual cuando el mundo que vivimos es otro?

En GAZA, sí marca un antes y un después. No porque no hubieran sucedido los genocidios, de hecho venían sucediendo, pero tal vez nunca fueron tan totales, tan definitivos, con la anuencia de los poderes, con el visto bueno de lo que siempre consideramos la autoridad, de los países más avanzados, más desarrollados, y resulta que de pronto auspician un genocidio.

Y el ecocidio, pues ahí sigue su marcha, sin que nadie tome de verdad medidas definitivas para hacerlo, el capitalismo va arrasando, parece preferir el armagedón a la posibilidad de cambiar. Entonces, ¿cómo escribir lo mismo? ¿Cómo había que cambiar la escritura? Entonces, es un intento, es un intento a ver qué pasa, de cambiar ciertas reglas, de buscar una expresión más directa, más irónica, a través de la sátira, pero que no recurra a los eufemismos. Y al mismo tiempo, Yo creo que en mucho tiempo no se había escrito tanto ensayo tan profundo como se está escribiendo ahora.

Pensadores disparados tratando de entender la nueva realidad. Pero en literatura, ¿qué se está haciendo para aludir a ella? Era la idea. Entonces, intento haber lanzado al aire, ver qué pasa.

P.—¿Qué te interesaba más? ¿Retratar la violencia o la conciencia de quien la ejerce?

R. Me interesaba la rebeldía frente a la autoridad absoluta y, al mismo tiempo, la posibilidad de crear o al menos proponer nuevos mitos populares. Cuando la realidad es tan avasalladora, tan brutal y nos hiere tanto —y además nos produce vergüenza, porque todos sabemos que no hacemos lo suficiente—, mirar de frente se vuelve difícil. Los mitos populares ayudan a eso: a poder ver, a poder sostener la mirada.

Los personajes están pensados en esos términos, casi como caricaturas que permiten jugar, burlarse un poco de esas instancias absolutas de poder. Esa era la idea. Misericordia Dagger representa, de alguna forma, la burocracia del mal absoluto, lo que Hannah Arendt llamaba la banalidad del mal. Esa misma estructura que hoy seguimos viendo: grandes instancias de poder, Naciones Unidas, la Unión Europea, todos reunidos para decidir… y al final lo que hay detrás es una matanza brutal y una destrucción total de la naturaleza. En la novela, Abismo encarna ese poder: el malo malazo, el dios del caos cuya arma inmediata y directa es la matanza, el terror como método de control.

P.–¿Está aterrorizada la sociedad?
R. Yo creo que estamos viviendo una era de terror, pero no se dice. Tal vez sentimos empatía con lo que vemos, con el dolor ajeno, pero esa empatía se queda corta: se vuelve compasión, indignación, apoyo… y nada más. No nos damos cuenta de hasta qué punto todo esto nos involucra, porque el terror se ha vuelto un método universal.

El visto bueno a lo que pasa —el silencio, la pasividad— implica que aceptamos las reglas del juego. Enviar armas a un genocidio significa que la mentalidad genocida ha cundido por todas partes. Y la pasividad frente al ecocidio demuestra que estamos de acuerdo. Las grandes instancias de poder lo están: asumen que el planeta puede agotarse, que luego nos llevarán a Marte o que los millonarios encontrarán una salida. Mientras tanto, la calle vibra de indignación, reacciona con vida, pero el poder sigue impertérrito, acomodado a esa modalidad.

En ese contexto aparece Misericordia Daguer, el verdugo de sangre fría, aséptico, con una ética particular: dice respetar a las víctimas, pero igual las mata. Sin embargo, en esa frialdad hay algo que lo ablanda: alguna vez fue amado. Tuvo una abuela, Adela —la ciega de la calle Loca—, que lo quiso de niño. Por ahí se filtra su humanidad, la posibilidad de rebelarse o de hacerse la única pregunta que un verdugo no puede permitirse: ¿matar o no matar?

Me gustaba concebirlo como una especie de bufón hamletiano que mata y, al mismo tiempo, se pregunta.

P.–¿Abismo representa el poder absoluto?

R. Abismo representa el poder absoluto, con la muerte como herramienta directa e indiscriminada. Es un poder que ya no se cuestiona, que no se limita por convenciones; como he dicho, un trompo al demonio con todas las instancias de la justicia. En este contexto, el dinero y el poder de matar se convierten en herramientas de dominio a una escala global que probablemente nunca antes se había visto en la humanidad.

Luego está Dix, una adolescente campeona de natación que está enferma. Ella suscita en Misericordia la duda: es como una espina que se clava en su impasividad, porque recibe la orden de matar a la abuela de Dix, y Dix es huérfana y vulnerable. Esto genera en Misericordia un conflicto ético: ¿matar a la abuela o no hacerlo?

Y después está el Príncipe de Sangre, un personaje que a mí me horrorizaba y a la vez me hacía reír. Quería ver si era posible manejar juntos esos dos elementos: el horror y el humor.

P.– ¿Y lo has sabido manejar?

R.– Esa era la idea: mezclar horror y humor. Creo que una cosa necesita de la otra; el horror siempre requiere algo de humor, de lo contrario sería imposible, inmanejable. Al mismo tiempo, el humor funciona como herramienta de rebelión. Hoy, por ejemplo, considero que Banksy es un gran maestro en esto, más que la novela misma.

En cuanto al ensayo, hace mucho tiempo que no se escribía con tanta profundidad para entender la condición humana y el momento específico en el que vivimos. Estamos en una era terminal, y los ensayistas están produciendo obras realmente maravillosas. Seguramente hay mucho más que aún no conozco y habría que descubrirlo.

En cambio, la novela me parece que ha quedado algo limitada, muy atenta a normas convencionales, con un pequeño baño de corrección política y cierta reticencia para abordar directamente los temas más crudos. Por eso mi libro tiene en la carátula heridas, dagas, puñales, sangre: porque quería mostrarlo todo, sin disfrazar la brutalidad de la realidad.

Tiene todo. A manera de caricatura, pero si miramos esto de frente, porque eso es lo que estamos viviendo. Sí, no hay que que apartar la mirada.

P.– ¿Has creado un nuevo género, brutal, noir?

R. –Misericordia Daguer, que es un pedante, cree que sí lo es. Él habla en primera persona y nos relata su vida como verdugo. Según él, si la novela de crimen se llama Noir o Negra Noir, entonces la novela sobre genocidio debería llamarse Brutal Noir. Incluso propone una serie de pautas para escribir este Brutal Noir, estableciendo su propia forma de narrar el horror y la violencia.

P.– En tu libro La muerte se convierte en espectáculo, dirías que la sociedad vive también hoy esa fascinación de violencia.

R. Abismo es el dios del caos, pero también el dios del nuevo orden: el orden de la muerte. Es como un gran ego universal, cósmico, que nos envuelve, nos domina y nos hipnotiza. Mata incluso por capricho, aunque la novela explica algunas de sus razones: por ejemplo, con la condesa, la abuela de Dix, forma parte del espectáculo que quiere montar. Pantallero es un dios mediático, aficionado a los medios, que se aparece de formas llamativas —como un cisne sobrevolando aguas y ocasionando tormentas— siempre buscando lo vistoso, lo barato, lo espectacular.

Luego está Misericordia Dagger, el verdugo ilustrado. Cita a Nietzsche, a los Rolling Stones, disfruta del cine considerado de gran arte y mezcla lo que se llama alta y baja cultura con pedantería, pero con ternura en el fondo: conserva el recuerdo de su abuela, que lo quiso de niño. Esa memoria lo humaniza y se filtra incluso en su manera de juzgar a otros. Por ejemplo, cuando evalúa a su discípulo, el Príncipe de Sangre, se da cuenta de que un niño no amado puede convertirse en un matón enormemente cruel. Para Misericordia, la crueldad no existe en sí misma: lo que hay es obediencia ciega. Él corta cabezas, pero no hay saña; su única ética es el ejercicio impecable de su oficio de matar.

P.– La novela retrata tiempos dominados por líderes delirantes y masas que celebran el caos. No sé si es una advertencia, una sátira o un retrato de la que ya sabemos.


R.– Dix es una adolescente campeona de natación que está enferma, y suscita en Misericordia la duda. Es como una espina que se clava en su impasividad: recibe la orden de matar a la abuela de Dix, y ella es huérfana y vulnerable. Este dilema genera en él un conflicto ético fundamental: ¿matar a la abuela o no hacerlo? Al mismo tiempo, aparece el Príncipe de Sangre, un personaje que a mí me horrorizaba y, a la vez, me hacía reír. Quería ver si era posible manejar juntos esos dos elementos: el horror y el humor, que son inseparables en la narrativa de la novela.

Yo creo que las tres, las tres que tú mencionas. Yo quería hacer un retrato de la realidad actual, pero filtraba a través de la comedia, de la parodia, y en reivindicar el humor. Yo creo que en medio de la absoluta impotencia con la que vivimos, esa tenaza de genocidio y ecocidio, tenemos la capacidad de narrarla, de aludir a ella, de no callarla, de romper el silencio. Lo primero es eso, romper el silencio. Que es claro, el copartícipe del ecocidio y del genocidio es el silencio. Y de hacer reír, recuperar el humor como arma, la palabra, y el humor como las dos armas que tenemos contra lo implacable de la destrucción absoluta en la cual nos están empujando.

P.– En tiempos de saturación informativa, ¿tú crees que, o más bien te pregunto, por qué sigue siendo necesaria una novela que hable sobre la violencia y que sea justicia? ¿Cómo la callas?


R.–Mira, lo que yo siento es como te digo, en la calle el ruido suena y lo han llevado y en la calle, en todas partes del mundo está denunciando y manifestando la indignación. Pero a nivel oficial es un gran silencio y construir cultura sobre ese silencio, yo creo que es como un castillo de naipes que se nos va a venir abajo. Entonces, recuperar cierta capacidad que existía en la antigüedad de mencionar la sangre, la herida, la muerte, el moribundo, se ha tendido como una capa de pudor sobre esa parte de la realidad humana que es el 80 % de lo que somos, un destello de vida en medio de un proceso de destrucción y de muerte.

Yo viví mucho tiempo en México. Yo creo que los mexicanos son un pueblo con una habilidad enorme de mencionar ese otro lado, convirtiéndolo en mito popular, en broma, en caricatura. Para ellos la muerte es también la Catrina, que es una señora que baila y que tiene una guitarra y flores en la cabeza. Tiene una manera de mirarlo, heredado sin duda de su tradición precolombina. Pero el propio cristianismo, el propio cristianismo es toda una religión basada en el sacrificio, en imágenes más sangrientas que las religiosas. La propia misa es el culto donde se celebra el sacrificio, la sangre, el sufrimiento. Miraba yo, por ejemplo, los autos sacramentales. En los autos sacramentales había un desparpajo para mirar de ese lado de lo humano que la literatura ha perdido, porque lo camuflamos. Entonces, yo creo que eso hay que recuperarlo, el desparpajo frente a lo otro.

En Estados Unidos, por ejemplo, ya afortunadamente nosotros que hacemos parte de la latinidad somos en eso más sangre y ligeros, pero en Estados Unidos preguntarle a alguien de que está enfermo es como una ofensa.

Son parte de los secretos, de eso no se habla. La veneración por la eterna juventud, de alguna manera el engaño de la inmortalidad individual. Son mitos que nos han ido copando sin que nos demos cuenta. Yo creo que hay que quitar el polvo de todo eso y volver a traer la realidad de Quevedo: “de polvo somos, más polvo enamorado”, que eran metáforas tan profundas. El Siglo de Oro y los místicos españoles tenían la potencia tremenda de mirar esa esquina donde la vida y la muerte se miran cara a cara. Eso seguramente no se logra de manera individual, eso tiene que ser el espíritu de una época. Pero yo creo que hoy en día, con formas más infantiles de mitología popular, podemos por lo menos acercarnos a un nivel de desparpajo mayor.

P.–Cuando creas personajes tan oscuros, ¿te protege la visión o te obliga a mirar hacia lugares en los que a lo mejor no había sentido?

R.–Hacia adentro. Eso era la idea, tal vez recorrer caminos más cercanos a nuestra impotencia y más cercanos a nuestra propia miseria para tratar de ver la miseria de la realidad universal que estamos viviendo.

P.–¿Soy la daga y soy la herida, se confunden?
R.– Sí, pero quería decir también no somos inocentes, ninguno de nosotros es inocente tampoco, somos la herida. Sufrimos en carne propia lo que está pasando, pero también somos la daga de nuestra propia complicidad, de nuestro silencio, de nuestros miedos. Eso es Misericordia, ¿no? Misericordia Dagger tiene todas las ambigüedades de su nombre.

La misericordia por un lado es la piedad cristiana de la compasión y por el otro lado era el arma afilada como una aguja que utilizaban los guerreros antiguos para rematar al moribundo, al que habían herido, supuestamente por el acto de caridad de que la agonía no fuera tan dura. Lo mismo que la guillotina, la guillotina se la inventó un médico para que la muerte no sea tan brutal, para que fuera rápida. El gesto lo dice todo. Que el corte fuera limpio.

P.– Cuando has terminado de escribir esta historia, este experimento tuyo, ¿has pensado que has dicho demasiado o que todavía tenías que haber dicho más? ¿Has pensado que has dicho demasiado? que tenías todavía pendiente de decir muchas más cosas?


R.– Mira, la novela es un experimento y en realidad depende del lector. ¿Qué pasa con los lectores? ¿Qué mueve? ¿Qué no mueve? Entiendo que hay gente que no puede pasar de las primeras páginas porque siente que le están enfrentando a una cosa muy bárbara.

Pienso que cuando se pasa de las primeras páginas y se cae en cuenta de que de todas maneras es humor, es una sátira. Entonces pueden seguir. Vamos a ver qué pasa. Es interesante y es un riesgo. Es una propuesta, Misericordia, que es mucho más pedante que yo, quiere proponer una forma de escritura o inclusive una forma de caricatura o una forma de graffiti o de novela gráfica que pase por eso, una conjunción de humor y horror y de una manera desparpajada y gráfica de mostrar la miseria humana.

P.–¿Qué hay de ti en Misericordia?

R.–: Es que me llamaba la atención que él tuviera como esa capa de cultura. A mí me hace reír porque entonces él se mete con Nietzsche. Nietzsche dice que cree en un dios que baile. Yo digo que creo en un dios que sangre. Y se mete con los Rolling y con los Beatles. Dice contra el Let it be de los Beatles. Yo estoy por el Let it bleed de los Rolling. Se mete con Bertolucci. Tiene como ese baño de cultura callejera. Me gustaba la manera como mezcla lo que se considera alta cultura y baja cultura. Y por ese lado, esa erudición callejera de Misericordia me parecía que se podía colar esos elementos de rebeldía en la persona.

P.– ¿Eres más daga o más herida?

R.– Yo creo que es una evolución. Me parece que en toda novela los personajes tienen que ser móviles. Y me gustaba, sin hacer spoilers, que en Misericordia la duda, la única duda que no se puede permitir un verdugo, que es matar o no matar, lo fuera llevando a, por lo menos, oscilar entre la daga y la herida, y lo fuera llevando a evolucionar.

P.– ¿Y qué te parece que es más difícil? ¿Matar o perdonar a un personaje?

R.–Esa es la duda que se le plantea al rector. ¿Qué haces con este personaje?, ¿lo matas o…? ¿Qué haces con ese personaje? Yo creo que yo no lo resuelvo, sino que lo dejo abierto de alguna manera para que siga vivo, para que él siga desarrollando su disyuntiva, pero también para que el lector vea qué hace con él.

Me encantaría ver a Misericordia pintado por ahí en un muro. De alguna manera es un personaje que nace más del graffiti que de una tradición literaria. Está inspirado en un pueblo de Colombia, en una Semana Santa, que a mí me tocó ver de niña, una crucifixión representada con gente del pueblo. Entonces, a la hora de la crucifixión, la gente agarró a piedras, los centuriones y lo dejaron crucificar al Cristo. Ese tipo de expresión artística con una relación no melindrosa con la realidad me llamaba la atención.

P.–¿Qué preferirías borrar ahora, la crueldad o la injusticia?

R.– De todas maneras esta novela es una novela de amor. Esta lo que reivindica es la empatía. La crueldad es el polo opuesto, es el desconocimiento del otro ser humano. Y también la crueldad consigo misma, en la medida en que es un tapabojos sobre la inminencia de la propia destrucción como especie. Entonces, al estar por la empatía, yo creo que hay que decir que la crueldad es un enemigo primordial.

P.– Pues acabamos con algo dulce. ¿El amor salva o confunde?

R.– Yo creo que el amor entendido como empatía en todos los niveles, como comunicación, como preocupación por el otro, como derrota del ego, es la única puerta que nos queda abierta por esos temas como el de la familia, las abuelas.

P.– De alguna forma la novela es un homenaje a las abuelas también.

R.– Hay una línea de la antropología que dice que si el ser humano logró su situación de preeminencia sobre los demás animales es porque es el único que tiene dos madres, la madre y la abuela. En el libro aparecen dos abuelas, está la abuela de Misericordia, la ciega Adela de la Calle Broca, y está la abuela, la condesa, la abuela de Dix, como un recorderis de que ese cuidado maternal se contrapone a las grandes esferas del poder criminal.

P.– La carátula del libro que es impresionante y me encanta tu experimento Laura.

R.– Muchísimo mensaje, mucha conciencia, mucho quedarse y pensar, o sea no vale leerla de prisa, el lector puede encontrar sus temores y sus expectativas, tambien su risa.