“El tigre es la metáfora del poder y la amenaza que guía a Sara”

«Hay que igualar por arriba, hay que volar hacia arriba. No tenemos que ser todos más pobres, tenemos que ser todos más ricos»


Un trabajador muerto en una revuelta, una colonia textil donde todo se teje con hilos de poder y de silencio, y Sara Alcover, una joven entrando en un mundo a punto de estallar. En esta entrevista, Rafa Tarradas Bultó nos habla de La Protegida, su nueva novela, en la que combina la memoria de su infancia entre fábricas, la simbología del poder y la complejidad de las relaciones humanas. Tarradas reflexiona sobre la herencia familiar, la justicia, la venganza y el proceso creativo que da vida a sus personajes, mientras nos invita a adentrarnos en una historia donde nada es lo que parece.

P.—Rafa, al comenzar la novela remites a tu infancia y a los telares, incluso escribes una carta. ¿Qué recuerdos querías rescatar, sobre todo en relación con el sonido de la maquinaria y cómo este formaba parte del entorno de quienes trabajaban en la fábrica?”

R.— Mi familia fue textil toda la vida, ahora ya no lo es, pero mi infancia transcurrió entre idas a lo que llamábamos “fábrica”. No decíamos “la fábrica”, era como un sujeto en sí mismo: “vamos a fábrica”. Ese sonido de la maquinaria, el ambiente, lo tengo muy presente. Ninguno de mis primos lo olvidamos.

P.— Hablábamos de las huellas de tu infancia presentes en la novela. ¿Podrías contarnos alguna de ellas, más allá de toda la documentación histórica que has trabajado?

R.— La ventaja de esto es que hablo de un tema muy cercano: mi familia es textil, así que ya tenía muchos datos. Pero sí, la industria textil a finales del XIX y durante mucho tiempo fue enorme. Piensa que la gran crisis del textil se produce en los años 80, y antes de eso, mucha gente vivió de esto. En España, en ese momento, llegaron a trabajar cerca de 400.000 personas solo en Cataluña. Ahora son unas 6.000, así que era una industria muy importante. La documentación está ahí, pero lo que intento es que el lector no se quede solo con números; quiero que se adentre en la historia y comprenda cómo era la sociedad de aquel momento: tan diferente a la actual, con injusticias, pero también con avances que hoy quizá nos cuesten de imaginar.

P.— Rafa, comentabas la industria textil como algo del pasado, pero sigue existiendo. Desde tu perspectiva, ¿qué diferencias notas entre aquella época y la actualidad? Hablar de textil también evoca calidad y buen hacer

R.— Claro. La industria textil de la que hablo en el libro se centraba en telas y hilos de gran calidad. Hoy, la industria española se enfoca más a la moda: los productos se fabrican en otros países y aquí se distribuyen y diseñan. Entonces, la situación era muy distinta. En aquel entonces, la gente confeccionaba su ropa con las telas que compraba; era algo duradero y trabajado con esmero. Ahora, en cambio, todo es más rápido, moda efímera, productos que duran poco. La industria ha cambiado completamente, de una producción artesanal y de calidad a un modelo más inmediato y masivo.

P.— Abres la historia con una protagonista, Sara, una niña distinta a los demás niños y niñas. ¿Por qué comenzar con su infancia? ¿Tal vez porque  aún conserva la inocencia y está libre de cargas?

R.— Exacto. La infancia es un lienzo en blanco, sobre el que caen muchas experiencias que se nos quedan grabadas, aunque pensemos que no nos afectarán. Cuando regresé a la época del textil, visitando fábricas, me volví a encontrar con los olores, el ruido, la humedad y el ambiente; todo quedaba marcado. Sara vive en un entorno sencillo pero es tremendamente feliz. Sin embargo, en el fondo quiere vengarse de lo que le han hecho. Es una niña inocente y muy observadora; de hecho, ve más colores que otros gracias al tetracromatismo, algo más habitual en mujeres que en hombres. Disfruta con cada detalle del proceso de producción de una tela, de los colores y matices; para ella todo es fascinante. Durante su infancia tiene todo esto presente, y de repente su vida cambia abruptamente. En el fondo, busca vengarse, pero también adaptarse a la transformación de su mundo. Sabe que es sencilla y feliz, pero su vida no lo es tanto, y su riqueza emocional y social cambia constantemente; ¿cuándo era más rica? Eso no queda claro.

P.— Tenemos otro personaje, Lucas. Aparece también con orfandad y desamparo. ¿Te interesaba abrir con personajes que han sufrido de alguna manera?

R.— Sí, creo que el héroe es más fácil dibujarlo cuando ha vivido una desgracia y la sobrelleva con dignidad. Lucas es un personaje que me gusta mucho porque personas así existen: han tenido grandes desgracias y, sin embargo, siempre dicen “he tenido tanta suerte, he tenido tanta suerte”. A lo mejor no tanta, pero es una actitud admirable. Lucas es un héroe porque, aunque las cosas le van mal durante mucho tiempo, nunca se desanima. Siempre piensa que la vida mejorará. Tener esa actitud frente a todo es un gran ejemplo.

P.— Por supuesto, pero, como dices, quizá no es tan feliz como cree. Tal vez nos hace cuestionarnos por qué no somos felices incluso teniendo más, que otros.

R.— Lucas enfrenta la misma desgracia que Sara, pero de manera distinta. Ella responde con rencor y deseo de venganza, mientras él mantiene la esperanza y no deja que el daño defina toda su vida.

P.— ¿Qué representa el tigre en la historia?


R.— El tigre simboliza poder y preparación. Sara se va fortaleciendo poco a poco, armándose y posicionándose para enfrentarse a sus enemigos. A lo largo de la novela, se convierte en tigre, adquiriendo fuerza y determinación.

P.— Tengo la sensación de que, en esta novela, utilizas mucho la simbología: el tigre, Lucas como ejemplo de resiliencia. ¿Ha surgido de manera natural o lo pensaste de antemano?

R.— La metáfora es un recurso muy útil porque ayuda al lector a no quedarse con lo evidente. La gente me escribe diciendo “qué mala es esta y qué buena es esta”. Hay una frase que me encanta: las notas de final de curso. Esperemos a que acabe el curso y veamos los resultados. Es un poco así la novela: vemos cómo se desarrolla todo. En la vida, muy pocas veces lo que vemos al principio es lo que acaba siendo. Los personajes evolucionan, y lo que parecía bueno o malo al principio, puede no serlo al final.

P.—Arrancas con la muerte de un trabajador. ¿Qué papel tiene el crimen en la novela?

R.— En aquella época, una colonia textil era un mundo nuevo. Los trabajadores llegaban a lo que parecía un lugar seguro y mejor. Hoy nos costaría imaginarlo: una fábrica donde vivías, tenías toque de queda, dormías cuando el patrón decidía. Pero era un gran avance: casas sólidas, lavamanos, comida, colchón de verdad. Iban porque era seguro. Cuando aparece el crimen, se demuestra que no era tan seguro. El crimen en la novela es la herramienta de los malos para romper ese sueño: “Esto no es lo que piensas, te lo voy a demostrar”. Al principio parecen accidentes laborales, pero son asesinatos. La colonia debe enfrentarse a ello: “Hemos organizado todo para que esto no pase. ¿Por qué sucede? Tenemos que descubrir quién quiere romperlo”. Era perfectamente posible en aquel contexto.

P.— ¿También sirve para mostrar lealtades?


R.— Sí, claro. Cuando surge un crimen, los leales buscan tener toda la información: qué pasó y quiénes son los protagonistas para poder decidir su postura. Los que se enfadan rápido suelen ser menos leales, porque primero hay que entender la situación completa: ¿a quién defender? ¿Se hizo bien o mal? Cuando aparecen estos crímenes, una parte de la fábrica se enfada porque culpa a la persona equivocada, mientras que otra parte dice: “Espérate, veamos qué pasó exactamente”.

P.— ¿Buscar culpables también sitúa a las víctimas en un contexto de cambios sociales y políticos?


R.— Sí. Estamos en la segunda revolución industrial española. La gente del campo comenzó a trabajar en fábricas que ofrecían ventajas y seguridad que el campo no daba, pero también mostraban de cerca la vida de los más ricos. Esto generaba conflictos laborales: al comparar tu situación con la de los demás, surgían ambición, envidia y odio. De ahí nace el conflicto social.

P.— ¿Qué ecos de estas tensiones encuentras hoy en día?


R.— Ahora, gracias a Dios, todo está más equilibrado. Por ejemplo, en España, un rico puede ir a un restaurante muy parecido al de alguien de clase media, o incluso al mismo. Veranea en casas más grandes, en la costa de Levante o en el Cantábrico, lo que sorprende. La diferencia tan grande que existía entonces ya no es la misma. Pero sí hay ricos cada vez más ricos y pobres cada vez más pobres. Yo siempre digo que hay que igualar por arriba, volar hacia arriba: no se trata de empobrecer a nadie, sino de que todos podamos prosperar. Me encantaría que hubiera miles de mansiones Ortega, porque eso significaría prosperidad para todos. Claro, cuando estamos fastidiados, surge inevitablemente rencor, envidia o frustración. Son sentimientos naturales, no buenos, pero comprensibles si nos ponemos en la situación de los demás.

P.— Vamos con las metáforas. El telar, el diseño, hilar, combinar, dar formas a las telas… ¿es una metáfora de la escritura, o incluso de la vida misma?

R.— Sí, el proceso textil es muy bonito. De la nada, de una fibra que pincha y no tiene nada, se obtiene una tela hermosa. Ahora estamos acostumbrados a un mundo de servicios donde no se produce nada tangible: vendes publicidad, servicios de redes, aire… Y de repente, producir algo concreto me parece hermoso. Creo que todos deberíamos producir algo: un libro, una buena entrevista, algo que deje huella. No pasar por la vida sin que quede nada. Para mí, producir es un placer: “Esto lo hice yo, esto salió de mi fábrica, lo trabajé, creé un producto que me gusta y es bueno. Luego se vende o no, pero lo he hecho yo”. Es un orgullo.

P.— Justo lo que has hecho tú escribiendo: idear, crear, coordinar ideas, tejer…

R.— Exactamente. He tejido, he producido con la ayuda de una editorial y de mucha gente, pero es un proceso productivo real.

P.— El poder femenino. En los telares o fábricas, como suele ocurrir, la mujer estaba un poco relegada. ¿Has querido destacar eso?

R.— Sí. En la dirección de las industrias textiles había pocas mujeres, pero en mi familia hubo una empresaria importante, muy al tanto de todo. En la mano de obra, sin embargo, predominaban las mujeres, porque se decía que tenían manos más finas para separar los hilos. Además, su trabajo era más barato que el de los hombres. Los hombres hacían labores de almacén, transportaban fardos… mientras las mujeres trabajaban en los telares. Si entrabas en una sala de telares, todo eran mujeres. Y esto se mantuvo durante generaciones. Quienes vivían allí se acostumbraban a la colonia, sabían hacer su oficio y ahorraban dinero. De hecho, la primera sucursal de la Caja de Manresa se abrió en una colonia textil, porque a los trabajadores les sobraba dinero. Cuando las colonias desaparecieron, muchos compraron sus casas y conservaron sus ahorros. A pesar de que los patrones eran hombres, la vida y el trabajo eran muy femeninos.

P.— La Casa de la Caridad, la mansión Bofarul, la colonia… todos los espacios son bellos y opresivos. ¿Hay también progreso y cárcel?

R.— Sí. El urbanismo de la colonia está pensado para que todos sepan dónde está cada cosa. El río, la fábrica que mueve el río, las casas de los trabajadores… La fábrica hacía mucho ruido, los telares no paraban nunca, y la gente se acostumbraba a dormir con ese ruido. La posición de tu casa definía tu cercanía o lejanía a la fábrica. Además, había dos grandes poderes: la iglesia de la colonia y la Casa del Amo. Muchas veces el dueño no estaba presente, pero las luces siempre encendidas recordaban su autoridad. Sus dos grandes protectores —que podían ser también opresores— decidían lo que ocurría abajo. Tiene un punto medieval, pero hay que situarse en la época. Imagínate un campesino con malas cosechas y hambre: alguien le ofrece un sueldo, casa, economato, carnicería, colegio gratuito… un auténtico chollo comparado con el campo.

P.— ¿Tenemos la percepción de obrero igual a esclavitud’

R.— Sí, pero en aquel momento la gente luchaba por estar allí. En el libro hay un momento en que surge un conato de huelga, y el patrón dice: “Si no lo paráis, os vais a la calle, pero tengo cola para entrar”. La gente quería ese trabajo. Hoy nos sorprende, pero entonces la opresión no era el patrón, sino el hambre. Un campesino decía: “Prefiero mi casa nueva, colchón de verdad, paredes sólidas, calefacción”, frente a la incertidumbre del campo.

P.— El deseo de perdonar es uno de los pilares de la novela. ¿Se puede perdonar antes de vengarse? ¿O la venganza satisface solo un instante?

R.— No, así lo entiendo yo. La venganza da un segundo de satisfacción, y al instante siguiente desaparece. Se desarma mucho cuando alguien pide perdón. En la novela, Sara no puede perdonar, porque la persona de la que quiere vengarse ni siquiera es consciente de haber hecho daño. Si no reconoces el daño, no hay perdón posible.
Sara es muy leal, y cuando le fallan, siente que debe actuar. Lo hace con venganza, aunque la satisfacción sea fugaz.

P.— Por lo tanto, pedir perdón te da más fuerza que rendirse.

R.— Sí, sin duda.

P.— Tus novelas trazan siempre historias de herencia. En este caso, lo has vivido tú. ¿Qué significado tiene para ti la herencia, no solo física, no solo material?

R.— Para mí, muchísimo. Hay gente que no es sentimental con las cosas materiales; yo sí. Tengo un reloj que me regalaron mis padres y, aunque no valga mucho, para mí lo es todo.
Me gusta escuchar las historias familiares, aunque estén idealizadas. Pienso que yo no soy solo yo, también soy mi padre, mi abuelo, mi bisabuelo, y todos los que decidieron que yo fuera de cierta manera. La herencia no es solo genética o económica, es también sentimental y moral.
Por eso creo que lo mejor es transmitirla limpia, sin rencor. Eso es algo que aprendimos de nuestros abuelos tras la Guerra Civil: con todo lo que sufrieron, decidieron seguir adelante sin odio.

P.— El verdadero enemigo no siempre es quien provoca la tragedia, sino quien nos arrastra a convertirnos en lo que juramos combatir.

R.— Exacto. Ese es el error. La venganza de los que me odian es verme infeliz. Por eso, la mejor venganza es ser feliz.

P.— Dirías que La protegida sugiere vulnerabilidad más que privilegio.

R.— Bueno, tener gente que te proteja está bien, pero si te protegen demasiado, te hacen débil. En este caso, Sara parece vulnerable, pero no lo es. La protegen porque creen que lo necesita, porque es pobre, y en realidad lo que hacen es infantilizarla.
El paternalismo fue un eje en las colonias textiles: el amo protegía a los trabajadores, pero generaba dependencia. En la novela, Sara se vale de ese paternalismo, pero en realidad es un tigre que, si lo proteges demasiado, un día puede sacar las garras.

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Entrevista: Rosa Sánchez de la Vega