Inés Plana:»Ahora mismo no hay ningún lugar seguro en el mundo»

"La ideología ya no es el motor de los conflictos; ahora es la codicia de quedarse con países que molestan".

Inés Plana es la autora detrás del éxito de novelas como Morir no es lo que más duele y Antes mueren los que no aman, obras donde presentó al icónico Julián Tresser. Tras consolidar una de las sagas más personales de la novela negra española, la autora recupera a su protagonista en su entrega más ambiciosa: Los espías y el enigma de Aquiles. En esta ocasión, Plana saca a Tresser de su entorno habitual para sumergirlo en una trama de espionaje internacional que arranca en Atenas. La novela explora la vulnerabilidad humana frente a la tecnología de drones, la inteligencia artificial y los dilemas éticos de un mundo en conflicto, donde Tresser deberá evolucionar y adaptarse a un tablero de juego mucho más peligroso y global.

Hay historias que avanzan como una investigación y otras que se deslizan como una amenaza. En esta historia, la verdad no se revela: se fragmenta, se negocia y se esconde. Lo que comienza como un caso concreto termina abriendo una grieta mucho más amplia, donde la tecnología deja de ser herramienta y el poder deja de tener rostro. En este territorio incierto se mueven los personajes, obligados a decidir no solo qué hacer, sino en qué creer. 

P.—La novela arranca en Atenas, con una nota misteriosa y una explosión que lo altera todo. ¿Qué te interesaba más: situar al lector en la acción o descolocarlo?

P.–: Lo que me interesaba era descolocar a Tresser, que es el que realmente se va a llevar la peor parte. Él solo iba a ver a un amigo que le había pedido ayuda y se ve envuelto en esa explosión. Como era un amigo del CNI, luego los mandos se molestan, no confían en él y lo cuestionan: «¿Tú qué hacías en Atenas reunido con un agente del CNI?».

Además, nos enteramos de que el CNI tampoco sabía que ese agente estaba allí. Él necesita limpiar su nombre. Si descoloco al lector al mismo tiempo que a Tresser es porque esta es mi novela más actual y ocurre casi en tiempo real. Esa explosión del yate contiene las claves y el sentido de toda la historia. Así coloco al protagonista y, al mismo tiempo, al lector.

P.–: Aquiles nace como un proyecto defensivo, pero termina convertido en una amenaza global. ¿En qué momento una tecnología deja de pertenecer a quien la crea y pasa a definirse por quien la controla?

R.–: Ahí está el punto. Cuando se crea un artefacto bélico —como los jóvenes científicos de esta novela, que lo hacen para defender a Ucrania— ellos piensan que es útil para ese fin, pero no deja de ser una máquina. ¿Está en manos equivocadas? ¿O igual son las manos correctas? Un artefacto de matar es un peligro para todos porque mata. Si pasa a unas manos más terribles, pues peor todavía, porque la maldad siempre circula en torno a la guerra; son pareja de hecho. Si fabricamos máquinas de matar absolutamente imprevisibles, en algún momento se pueden volver contra nosotros. Elegí el dron porque es un objeto cotidiano, lo vemos y pensamos que lo dirige alguien bueno, pero no siempre ocurre.

P.–: Te diría que el arma no solo destruye, sino que también altera equilibrios políticos. No sé si te interesaba más esa capacidad de matar o la capacidad de reorganizar el poder.

P.–: Esta novela plantea muchas contradicciones. Hay un debate ético; Tresser tiene un «dolor moral» porque se ve envuelto en una trama de espionaje donde la ley no es tan importante como cuando él está en la policía judicial.

Nos movemos en un mundo donde se ha roto el tablero de juego. La invasión de Ucrania pilló a las agencias de inteligencia con el pie cambiado porque pensaban que Putin iba de farol. A su vez, Putin no pensó que los ucranianos resistirían así. Todo este mundo convulso e inseguro genera una crisis económica brutal.

P.–: ¿En Oriente Medio lo que ocurre con los drones es que es una máquina de matar donde no hay enfrentamiento humano?.

P.–: Exacto. Es frío, como el software. Si al software le dicen «haz esto», lo hace. Tiene capacidad para reaccionar por sí mismo si le atacan y tomar decisiones al margen de su creador. Le puedes pedir todo, y si tiene que matar, lo hará. Afortunadamente, es un dron que me he inventado, aunque hay cosas basadas en la realidad. Por ejemplo, el motor iónico: me documenté y vi que de momento solo consiguen velocidades muy bajas, pero yo quería un dron que no existiera. Le pregunté a la IA si ese dron funcionaría y me dio datos para perfeccionar la máquina. La IA me dijo que un artefacto así tardaría años en hacerse, sobre todo por ser un motor eléctrico, iónico y silencioso.

P.–: Vamos al título, que pone el foco en «las espías». ¿Qué te interesaba explorar en estos personajes femeninos dentro de un mundo tradicionalmente masculino?

R.–: He querido reivindicar a las mujeres espías porque apenas están en las novelas o el cine. Cuando aparecen, suelen estar apartadas como «Mata Haris» o prostitutas que cambian sexo por información. No nos han mostrado la imagen real de una agente de inteligencia trabajando. He querido echarles un capote y singularizarlas. En esta novela ellas cumplen las mismas reglas que sus homólogos masculinos y aportan bastante más. No necesitan acostarse con nadie para sacar información, aunque a veces sea un recurso.

Me interesó su profesionalidad. El personaje de Alessia no tiene dudas; trabaja por un objetivo y es el dolor de cabeza de Tresser porque lo acosa para que se meta en la trama. Pero sus vidas privadas no las envidio. Viven una doble vida, una soledad inmensa donde no pueden desahogarse con nadie de su familia. Hay que estar hecho de una pasta especial para soportar esa pérdida de identidad.

P.–: ¿Tresser se adapta a esto o muestras el desgaste que tiene como personaje?

R.–: No creo que tenga desgaste; es un personaje que se reinventa en cada novela. Aquí se enfrenta a circunstancias inéditas para él. Yo lo dejo descansar entre libros y cuando vuelvo a él, lo hago evolucionar. En esta novela lo vemos como padre, tratando de conciliar. En cambio, Adelaida se ha quedado estancada en sus ideas de que no le gusta que él sea Guardia Civil, y eso desgasta la relación, aunque ella sea el amor de su vida.

P.–: La violencia en la novela no solo destruye, también demuestra. ¿Te interesaba trabajar el terrorismo como un acto pensado para ser recordado? Hacer de la muerte un espectáculo.

R.–: Totalmente. El «Triángulo del Mal» que aparece en la novela quiere mostrar cómo funciona el artefacto con munición real para convencer a los inversores. La vida humana no les importa. Es una violencia gratuita y espectacular, similar a la que hacía el ISIS con sus ejecuciones cinematográficas. Buscan el impacto mediático. Se permiten la chulería de ir a lugares con espacio aéreo protegido para decir: «mirad lo que puede hacer esta máquina». Demuestran que no hay ningún lugar seguro en el mundo. Ahora mismo Europa se está rearmando y países como Alemania replantean el servicio militar. Estamos en una situación muy delicada.

P.–: Hamal y Osman operan desde una lógica empresarial. El mal contemporáneo no es caótico, es eficiente.

P.–: Eso es lo peor. La tecnología y la IA hacen que el mal sea muchísimo más eficaz. Aunque la maldad empiece en la mente de alguien, cuando toma forma tiene todas las máquinas a su favor para que no haya errores. Estamos vendidos ante esa eficacia absoluta.

P.–: ¿Crees que la ideología sigue siendo el motor real o es una coartada para justificar el poder?

R.–: Es una coartada. La ideología ahora es la conquista: «me quedo con lo que me molesta». Israel ataca porque quiere el territorio y que Irán no le moleste. Ya no es un motor de ideas, es codicia pura. Estamos en una fase de incertidumbre absoluta.

P.–: ¿Por qué escribes esta historia ahora? Tienes poder, tecnología y miedo. ¿Cuándo se te ocurrió?

P.–: Hace más de dos años. Tenía la ilusión de escribir una novela de espías, pero es muy compleja por la psicología de los personajes. Esperé a verme preparada. Toda novela de espías necesita una amenaza tecnológica. Pensé en el dron porque es algo cotidiano a lo que no le tenemos miedo, pero según lo que cargue, es un peligro. Es el enigma que guarda Aquiles lo que mueve toda la trama.

P.–: ¿Aquiles como talón y como grieta?

R.–: Así es. Se llama Aquiles por el guerrero mitológico, que era perfecto salvo por su talón. Es una lección: nada es perfecto. Las máquinas también acaban teniendo una fisura. En cualquier grieta se nos cuela el fracaso cuando estamos en el éxito.

P.–: Atacar con drones va a deshumanizar la guerra. No habrá personas, no habrá soldados.

P.–: Los soldados e infantería siguen siendo necesarios para conquistar el terreno, pero es cierto que están vendidos ante un misil que llega y lo carga todo. Ucrania e Irán están en lo más alto de esta tecnología. La guerra se vuelve quirúrgica por un lado, pero por otro mantiene esa pasión ancestral de destrozar vidas para generar terror. Se nutre de vidas humanas.

P.–: Has hecho un esfuerzo brutal en estudiar este dron, en colocarte del lado de las espías y en esta actualidad tan incierta.

R.–: Soy ambiciosa. Me gusta serlo con mis novelas e intentar siempre algo distinto para no aburrirme yo ni aburrir a los lectores. Muchas gracias.

P.–: Pues Las espías y el enigma de Aquiles. Inés, un placer.

P.–: Un placer igualmente, querida. Gracias por esta entrevista. Siempre tienen mucha sabiduría y están muy trabajadas.