La literatura, a veces, requiere un tiempo de maduración que no entiende de las prisas editoriales. Pablo Álvarez lo sabe bien. Tras décadas de prestigio como editor y agente, cruza al otro lado del espejo por la puerta grande: como ganador del Premio Azorín de Novela 2025. Su debut, La necesidad de amar, es un sofisticado ejercicio de memoria y libertad que reivindica el afecto como la única urgencia biológica definitiva.
Roma, 1987. Un verano que todavía huele a mármol caliente y a una libertad que se estrenaba con la urgencia de quien no tiene nada que perder. Martín Rocamora llega a la ciudad eterna con los bolsillos llenos de silencios familiares, sin saber que los pasillos de la Academia y la penumbra de los palazos serían el escenario de un despertar sensorial tan hermoso como arriesgado. Es la historia de una memoria que se hace carne, de un deseo compartido entre tres y de ese momento exacto en que la juventud se quiebra para dar paso a la verdad.
P.—Antes de nada quiero darte la enhorabuena por el premio; imagino que lo habrás recibido con mucha alegría.
R.—Con mucha emoción y agradecimiento. He escrito artículos y guiones, pero como novelista es la primera vez y ha sido un trabajo brutal.
P.– Tras toda una vida como editor y agente de grandes autores, ¿cómo has gestionado ese juicio contigo mismo?
R.– Ha sido una lucha constante durante los diez años que he estado escribiendo la novela. Me costaba mucho dar el paso por pudor; mi trabajo siempre ha sido el de editor y me da bastante respeto. Pero al final me he hecho mayor y he decidido hacer lo que realmente me apetece. Y ha salido bastante bien.

P.– Diez años es bastante tiempo. Cuentas que la novela nace tras descubrir la lápida de Beatrice Cenci en un convento franciscano. ¿Fue ese encuentro fortuito lo que te obligó a escribir o ya tenías la necesidad previa de contar esta historia?
R.– Siempre he tenido la necesidad de escribir una novela, pero no lo hacía por mi oficio; no me atrevía. Viajé a Roma a visitar a los becados de la Academia de España y, visitando las instalaciones, descubrí que en el altar mayor estaba enterrada Beatrice Cenci. Me explicaron su historia, una de las tragedias más grandes de la Ciudad Eterna, y pensé que quizá uno de esos chicos becados podía estar escribiendo sobre ella durante su año en la Academia.
P.– Ahí entra Martí Rocamora, que huye de una estructura familiar asfixiante. ¿Es la escritura, al igual que el viaje, una forma de romper definitivamente con esa experiencia?
R.– Posiblemente. Martí tiene muchas cosas mías que no he podido evitar. Para mí la escritura ha sido siempre sanadora. Desde los 11 años, cuando hice una redacción sobre mi abuelo y gané un premio en la escuela, escribir ha sido mi manera de sanar.
P.– ¿Escribir más que leer, Pablo?
R.– Las dos cosas. Pero cuando escribes, cuentas parte de ti. En La necesidad de amar están reflejados mi manera de ver el mundo, mis miedos, mis inseguridades y mis pasiones.
P.–El mismo título es ya como una urgencia biológica.
R.– Sí. Para mí es algo que lanzo un poco al mundo. Creo que falta mucho amor; se nos está olvidando o se está relativizando muchísimo. No me gusta cómo se está tratando y creo que hay que reivindicarlo.

P.– ¿En qué sentido crees que lo estamos tratando mal?
R.– De una manera frívola, de «usar y tirar». Tengo sobrinas de 16 y 19 años y cuando hablamos de relaciones les digo que su cuerpo es suyo y no pueden entregarlo de cualquier forma. Soy una persona liberal, cada uno debe hacer lo que quiera, pero respetándose a uno mismo. Se ha perdido el romanticismo y la conciencia; el amor hay que regarlo cada día. La gente joven está acostumbrada al scroll, a pasar páginas rápido. ¿Cuántos recuerdos les quedan si consumen todo de golpe? Nosotros asociamos una canción a toda una época, pero ahora hay tanto de todo que resulta apabullante. Es el consumismo y estamos haciendo lo mismo con nuestro cuerpo.
P.– Volvamos a Roma, esa ciudad luminosa y decadente. ¿Es esa decadencia el espejo perfecto para que un joven como Martí llegue con su inocencia a punto de quebrarse?
R.– Roma me encanta. Me parecía un lugar maravilloso para ubicar esta historia; los desconchones de las paredes y esa decadencia te hacen ver que hay un pasado al que mirar y del que aprender o, como en el caso de Beatrice Cenci, del que huir.
P.– Roma se presenta casi como una mujer hermosa donde cada curva cuenta una historia.
R.– Así lo creo. Roma está llena de detalles. Siempre digo que en Roma empezó el mundo y, de alguna manera, Martí empieza a vivir allí.
P.– La Real Academia de España en el Gianicolo es el corazón de la obra. ¿Qué tiene ese edificio que lo convierte en un refugio ideal?
R.– Tiene una energía brutal. Me inspiró muchísimo ver a tantos jóvenes queriendo cambiar el mundo a través del arte. El lugar es increíble, en el Monte Jano, albergando disciplinas distintas desde el siglo XVI. Era imposible no inspirarse allí; si las paredes hablasen, habría material para muchas novelas.
P.– ¿Contrapones esa Roma con la Barcelona preolímpica?
R.– Roma tiene belleza en lo decadente, mientras que a la Barcelona de aquella época se le lavó la cara para abrirla al mar. Me interesan mucho esos momentos fronterizos en la literatura y el cine, por eso elegí esa época.
P.– ¿Qué Barcelona queda hoy tras aquel lavado de cara?
R.– Ha cambiado mucho. He vuelto a vivir allí después de veinte años en Madrid y veo cambios para bien y otros no tanto, pero espero que vaya a mejor.
P.– Hablemos del triángulo amoroso entre Martí, Viola y Tomás. Viola Reno es un personaje excéntrico y lleno de contrastes.
R.– Viola está marcada por el sufrimiento; sus padres no se hicieron cargo de ella y la crió Milena, su tata. Es una superviviente, valiente y generosa, que decide ayudar a los mendigos y a los artistas. Me gustaba ese contraste: tenerlo todo y decidir ayudar a los demás siendo fiel a su manera de entender el mundo. Por eso en Roma la llaman «loca», porque todo lo que sale de lo normal se etiqueta así, y más si eres mujer. Viola es como la propia Roma: ofrece muchísimo a quien pasa por ella.

P.– Y Tomás, el irlandés discreto y misterioso.
R.– Tomás es la parte intelectual, el contrapunto. Quería que estuviera marcado por la tragedia del terrorismo del IRA y la muerte de su hermana. En su búsqueda de sanación llega a Roma, se encuentra con Viola y se salvan mutuamente.
P.– ¿Es posible amar a dos personas sin que la traición sea el sentimiento predominante?
R.– Esa era la parte más difícil de la historia. No quería que se basara en el morbo o solo en el deseo sexual; quería que los lectores sintieran que se habían enamorado por distintos motivos y como conjunto. Creo que es posible y me servía para demostrar que todo el mundo puede amar de la manera que quiera.
P.– En la relación predomina el amor y el respeto.
R.– Exacto. Se funden en un puzzle que acaba encajando. Para Martí, ellos son sus referentes: la cultura de Tomás y la libertad de Viola. Lo que encuentra en el Palacio Reno es un hechizo.
P.– La novela evoca La gran belleza de Sorrentino. ¿Son esas fiestas el escenario donde los personajes ocultan su soledad?
R.– Soy muy fan de Sorrentino, ha sido una inspiración, pero esos ambientes siempre me han llamado la atención. Estuve un tiempo en la Academia y he vuelto mucho para documentarme. Cada viaje es una Roma distinta. Ahora ya tengo mi propia Roma y espero volver para presentar la novela y ver mi «propia Roma» de otra manera.
P.– Hablemos de la banalidad social, el enemigo de la conexión que busca Martí.
R.– Martí viene de una familia muy conservadora que ya le había marcado el camino. Él huye de eso y en Roma descubre que existen otras posibilidades de vivir.
P.– La libertad sexual de los 80 se trunca con la erupción del SIDA. Es algo que deberíamos tener presente, porque aunque parezca lejano, las enfermedades de transmisión sexual están creciendo mucho entre los jóvenes.
R.—Fue algo que marcó a una generación; hubo muchas muertes y el estigma sigue ahí. Quienes teníamos alrededor de 20 años en aquella época vivimos con mucho miedo, lo que limitó enormemente la libertad sexual de toda una generación, en un momento en el que estábamos empezando a experimentar y a buscarnos. No había información y circulaban bulos, como que se contagiaba por los besos o el aliento, lo que generó muchísimos problemas psicológicos. Entrabas en un bucle de miedo. El mundo parecía de colores y, de pronto, se tiñó de oscuridad. Incluso se utilizó en ocasiones como propaganda negativa. Me parecía importante recuperar este tema porque muchos jóvenes pueden sentirse identificados con el protagonista.
P.– El origen de la historia está en Beatrice Cenci, espejo histórico de la culpa y el castigo. ¿Por qué su tragedia resuena todavía?
R.– Es muy curioso porque, cuando te documentas, no hay mucho escrito sobre Beatrice. Sí que te explican lo que pasó, pero no hay un desarrollo amplio. De hecho, todo lo que yo cuento es inventado: desde el nacimiento, la bruja Saturna y todo eso que hay dentro de la historia de Beatrice.
Y lo importante es lo que tú acabas de mencionar: que todavía a día de hoy, el 11 de septiembre —además, esa fecha tan señalada— se celebra la efeméride en Roma y la gente sale a las calles y se disfraza de época del Renacimiento. Hay muchísima fiesta para reivindicar una vez más la figura de Beatrice Sensi, que fue una valiente. No le dio tiempo a muchas cosas porque murió muy joven, pero murió haciendo algo importante, que es rebelarse contra el poder masculino y de la Iglesia. Y eso era mucho, siendo tan joven. Al final, el papa del momento la mandó ejecutar y el pueblo de Roma la convirtió en una heroína.
Y sí, a mí me llamó muchísimo la atención todo lo que había en torno a Beatrice Sensi, por la similitud con el día de hoy, en el que siguen ocurriendo estas barbaridades, siguen habiendo muchísimas violaciones, cada vez además más surrealistas, como manadas y gente que se reúne para ir a violar a una muchacha. Y bueno, pensé que también era una manera de traer este tema y de hablar de él. Ayer un compañero decía: “¿pero es necesario?”. Yo creo que mientras existan estas cosas, es necesario seguir hablando de ellas. La novela también tiene esta parte que descubro yo mismo en mí, bastante reivindicativa, con la gente que vive en los márgenes, con los incomprendidos, y este caso es uno más dentro de todo ese abanico.
P.– Organizas la novela como una obra de teatro en tres actos y un epílogo.
R.– Quería escribir algo épico, una tragedia romana, y la sentía casi como una gran ópera. Es un juego narrativo, ya que hay mucha música clásica en el texto.
P.– Tras años editando a otros, ¿qué autores te han influido?
R.– Todos. Llevo trabajando con autores desde los 18 años y he aprendido de todos. Alice Kellen es una de las autoras con las que más hablé de la novela; de hecho, el personaje de Silvia está inspirado en ella muy sutilmente. A través de los secundarios intento mostrar distintas formas de inspiración.

P.– Escribir y ganar un premio importante a la primera es un hito.
R.– Lo he hecho con mucho respeto. No pensaba en ganar, mi motor era hacer una novela con la que yo me quedara satisfecho y que estuviera a la altura de mis conocimientos literarios. Exponerme de esta manera ha sido un acto de valentía. El premio lo agradezco muchísimo porque lo coloca todo en otro lugar, pero no escribí pensando en él.
P.– Creo que el verdadero premio es la forma en la que has escrito.
R.– Me costó mucho editarme. A mis autores les digo fácilmente qué no funciona o qué hay que adelantar, pero conmigo mismo no sabía hacerlo. Tuve que hacer varias lecturas: como lector, como editor y como autor para poder mejorar el texto.
P.– Enhorabuena por el premio y por la novela. Gracias, Pablo.
R.– Gracias a ti, ha sido un placer conocerte. Espero que se repita muchas veces.
