Entre piedras milenarias y ruinas que parecen dormidas, José María Pérez “Peridis” recuerda que lo que se siembra se recoge. Arquitecto, humorista y cronista, ha dedicado su vida a rescatar patrimonio, enseñar con pasión y narrar la realidad con humor y mirada crítica.
En su libro “El tesoro del convento caído”, Peridis nos muestra cómo un convento abandonado puede convertirse en escuela, cómo la historia se transmite de generación en generación y por qué conservar, crear y emocionarse sigue siendo un acto revolucionario.
“Hasta una ruina puede ser una esperanza.”
P. —¿ El convento de Santa María la Real es un personaje más, o una metáfora de usted mismo y de su propia generación?
R. — Son las dos cosas. El convento caído es una enorme metáfora. Unamuno lo descubre en 1921 cuando visita Aguilar; lo escribe en Visiones y andanzas españolas y ve el monasterio, diciendo que hasta una ruina puede ser una esperanza.
Allí estaba, arruinándose, y ha sido una enorme esperanza, porque los logros obtenidos con la resurrección del convento son muy grandes como ejemplo de lo que significa el patrimonio: como riqueza, como tesoro, y como metáfora de hasta qué punto lo que la sociedad desecha tiene un valor incalculable: edificios, personas, jóvenes sin trabajo, mayores solos, discapacitados, desfavorecidos… Todo eso es un tesoro inmenso. Lo hemos demostrado a lo largo de 40 o 50 años, convirtiendo las ruinas en escuelas, los jóvenes tirados por la calle en artesanos, los artesanos en maestros de otros artesanos, y los chavales sin escolarizar, que al cabo de unos pocos años son profesores de instituto, cerrando así el círculo.
Además, un arte abandonado como el románico, porque está en la España despoblada, se convierte, con los estudios que hemos hecho en la enciclopedia, en un atractivo de valor incalculable.

“El patrimonio es uno de nuestros grandes atractivos.”
P. — ¿Podría ser el propio patrimonio un motor de conexión dentro de la España despoblada?
R. — No es que podría ser, es que lo es. En toda España, el patrimonio es uno de nuestros grandes atractivos por su variedad, que se corresponde con la climatología, la orografía y la historia. Hasta el siglo XII había media España cristiana y media musulmana, además de Portugal. ¿En qué país europeo hay un edificio como la Mezquita o la Alhambra?
“El románico es arte al aire libre, en armonía con la naturaleza.”
P. — ¿Qué nos enseña el románico sobre el equilibrio, el arte, la naturaleza y la comunidad?
R. — Todo porque es el arte en el paisaje. Recuerdo cuando se hizo en el puente de Juan Bravo, se colgó el Chillida y hubo mucha polémica: era arte en la ciudad, en la intemperie, al aire libre. El arte al aire libre es el románico. Tiene arquitectura, escultura, pintura, música, y además una belleza, proporción y armonía que el arte contemporáneo muchas veces no tiene. Es mucho más invasor.
“La patria es la infancia y es el patrimonio.”
P. —Del arte románico se dice que fue el arte de la repoblación; en su tiempo lo fue, y hoy lo es de la despoblación.
R. —Sí. Desde el siglo IX hasta el XII, toda la meseta norte se repoblaba desde los reyes asturianos, y cada iglesita en cada pueblo es románica porque era el arte que se llevaba. Ahora, en las zonas rurales y a cierta altura ya no cabe mucha gente, y se despuebla. Tenemos la enorme responsabilidad, nuestra generación y las que vienen, de conservarlo.
¿Qué es mucho? No es nada. ¿Cuánto cuesta una autopista? ¿Un aeropuerto? ¿La defensa? ¿Y por qué no pensamos en defender el patrimonio también? Si ahora gastamos cantidades enormes en armamento, ¿por qué no en patrimonio? La patria es la infancia y la patria es el patrimonio. Lo primero que hay que defender es el patrimonio, pero no se hace, no se emplea dinero.
Estamos en una sociedad que ha perdido la proporción porque es de consumo, de usar y tirar. El patrimonio debe ser usado y conservado, pero sobre todo conservado. Ya lo dijo Raskin hace dos siglos: no tenemos derecho, tenemos que conservarlo. No nos pertenece a nuestra generación; pertenece a los que lo hicieron, a todas las generaciones que lo han usado y conservado, y a los que todavía no han nacido y tienen derecho a conocerlo.
P. — Pero en una sociedad en la que vivimos en la inmediatez, ¿cómo podemos calmarnos y reconocer lo que de verdad tiene valor?
R. — Es muy sencillo. Necesitamos calmarnos. Vivimos aceleradamente. Yo cuento en mi novela que, para dar a conocer el románico y valorarlo, hacíamos romerías con concierto, recital poético, representación teatral…
Iba un día con Antonio Gala subiendo a la ermita de Santa Eulalia, en Barrio Santa María, al lado del pantano. Era un día de verano precioso, bucólico. La iglesia en la loma… Yo caminaba con Antonio Gala y de repente apareció un rebaño de ovejas alrededor de la iglesia. Antonio me dijo: “¿Pero cómo ha podido llegar ahora este rebaño?” Le contesté: “El rebaño ha sido fácil, lo difícil ha sido traer la iglesia durante 800 años”. Es una paradoja: algo que lleva ahí 800, 900 años marca un paisaje distinto, especialmente si es románico.
El paisaje es trascendente, no es un paisaje cualquiera. Fíjate en Stonehenge, por ejemplo, el culto que hay…
P. — Pero es un culto distinto por un tema del más allá. Es una comunicación distinta.
R. — Bueno, porque piensan que es mágico. La misma magia aún más, tiene una ermita románica en un cerro de Castilla o de La Rioja. Entonces miras a una colina, qué paisaje más hermoso. Miras una colina que tiene una ermita perdida en el campo, que aparece de repente, y te está diciendo que ese paisaje es trascendente y ha habido generaciones que han mirado hacia arriba haciéndose preguntas.
“Tiene que haber un responsable de cada patrimonio, siempre.”
P. — ¿Qué papel o qué responsabilidad tiene la Iglesia en mantener el románico?
R. — Eso me gustaría saber. La responsabilidad es del propietario. ¿Qué medios tiene? Pues no sé si los tiene, pero si no los tiene, habría que buscar una fórmula jurídica donde lo que ya no se use tenga una entidad responsable de la conservación. A mí me gustaría que cada vez que voy a una iglesia, cerrada o abierta, hubiera una placa que dijera: iglesia de San Martín de Cuesta Arriba, año, siglo, entidad responsable, teléfono… Es decir, tiene que haber un responsable. No lo hay. Cada vez hay más puertas cerradas.

“El lío competencial hace que nadie se responsabilice.”
P. — Sí, pero es que lo que hay es un muro de una niebla, de ignorancia, de no se sabe.
R. — Así es. Entonces, cuando se rompe… “No, eso es del ayuntamiento.” ¿Un pueblecito? Dile que… ¿Cuántos vecinos quedan? Cuatro, la mayor parte viejucos. “¿La diputación?” No. “La comunidad?” Eso es de la Junta. Es el lío competencial que tenemos para cualquier cosa.
“Manos es más: la dignidad del trabajo manual es fundamental.”
P. — Repite la idea de: “manos es más”. ¿Cómo se recupera la dignidad del trabajo manual en un mundo tan digitalizado?
R. — Primero, el trabajo manual es imprescindible. Segundo, es carísimo lo que hay, no hay albañiles para las miles de viviendas que hay que construir, ni quien arregle una avería urgente. En nuestra cultura castellana, durante siglos, el trabajo manual denigraba a la persona, y eso ha llegado hasta nuestros días porque los padres no quieren que sus hijos sean obreros.
Los niños aprenden con las manos: exploran el territorio, hacen manualidades, tiran el chupete, descubren. Pero luego en la escuela les damos teoría pura: la P con la A, ecuaciones, sintaxis… y los obligamos a aburrirse. No tenemos artesanos, ni educación práctica. Para mí, hasta los 18 años todos deberían salir con un oficio, y después hacer una carrera si quieren.
Seguimos dándole a la máquina y llamando fracaso escolar a lo que es fracaso de la teoría mal aplicada. Debe haber objetos útiles, cosas que puedan arreglar en casa. No todos los niños sirven para lo mismo; no puedes meter teoría pura a todos, especialmente en barrios desfavorecidos.
“Hay que pedir como cuando hacemos la oración: con atención, humildad, confianza y perseverancia.”
P. — ¿Qué ha aprendido sobre el poder y la burocracia a lo largo de su experiencia en proyectos patrimoniales?
R. — Pues que hay que tener mucha paciencia, saber pedir y llevar soluciones con credibilidad. Esto lo aprendí, por ejemplo, con el obispo de Huesca cuando hicimos la enciclopedia románica de Huesca. Le dije al obispo que hay que pedir como cuando se reza: con atención, humildad, confianza y perseverancia. Tienes que mirar al patrocinador con respeto.
Si no das la mano correctamente, es soberbia o humillación; hay que entregarla con la postura adecuada, como quien entrega las llaves. Pedir es difícil. Hay que tener paciencia para encontrar el momento adecuado, no desfallecer nunca, conseguir apoyo del entorno y recuperar el patrimonio con un uso adecuado. No todos los edificios son para museo. Hay que tener competencia profesional, coger el “miura por los cuernos” y hacerlo poco a poco, que cueste poco dinero. La idea del progreso se construye desde abajo.
“Sigo creyendo firmemente en la política como servicio público.”
P. — ¿Sigue creyendo en la política como servicio público?
R. — Sí, la política es una de las funciones más importantes que tiene la sociedad y el ser humano. La politica es la ciudad, y el bien común es fundamental. Platón ya lo decía. El bien común consiste en evitar diferencias sociales abismales, garantizar que nadie duerma en la calle y que el trabajo tenga una remuneración digna. La política es sagrada, un verdadero sacerdocio.
“España está en un proceso de reconstrucción, pero asomándose al abismo de la destrucción.”
P. — ¿España sigue en proceso de reconstrucción?
R. — Todos los países están en un proceso constante de destrucción y recuperación. España está en ese proceso, pero la historia nos demuestra que no se aprende nada de lo que pasó antes; solo aprendes de tu experiencia personal y de tu tiempo. Lo vemos ahora mismo en nuestra sociedad.

P. — Pero es necesario conocerla.
R. — Es fundamental. Conocer hechos históricos es útil, pero la verdadera lección se aprende cuando ocurren las cosas y cómo las interpretas.
P.–¿El humor sigue siendo un acto de resistencia?
R. — No, es un arte de sanación. Sin humor, la vida sería terrorífica. Lo percibes desde niño, cuando pierdes a alguien cercano. El humor ayuda a sobrellevar la vida y a mirar la muerte con un poco de perspectiva.
“Un caricaturista de la realidad política, es como un dramaturgo de cada día.”
P. — Lleva dibujando la actualidad en el país durante décadas. ¿Cómo ha cambiado su mirada hacia el poder desde el punto de vista de…?
R. — Ahora voy a cumplir 50 años en esto, desde el primer día. Como dibujante, ves la condición humana con mucha claridad. La política es donde mejor se observa esa condición. Ves a líderes, sus ambiciones, errores y comportamientos, y aprendes a interpretarlos, no solo en España sino comparando con otros países como Francia.
“El político tiene que conquistar el poder y ejercerlo por el bien común.”
P. — ¿Qué política tenemos ahora? ¿Cómo la dibujamos?
R. — Pues yo todos los días lo hago como puedo, con benevolencia, no con complicidad. El político tiene que hacer dos cosas: conquistar el poder y luego ejercerlo por el bien común. Conquistar el poder significa pasar el primer término y mantenerlo; y eso significa mejorar tus condiciones de vida y las de los que te rodean.
Pero te acostumbras a eso y es peligroso. Un joven de 26 años puede llegar a un ayuntamiento y quedarse paralizado; eso tiene efectos como movimientos sísmicos: afecta al concejal, a su familia, y mucho más si es alcalde. Llegan aduladores, la corte… y no es de ahora, ya estaba en El Lazarillo. El poder y la ambición son parte de la condición humana.
“Un caricaturista de la realidad política es como un dramaturgo de cada día.”
P. — Bueno, pues ya que ha dicho 50 años, ¿cómo llega al País?
R. — Me gustaba hacer caricaturas desde niño. En Palencia, mientras estudiaba bachillerato, dibujaba en el colegio. Tenía un primo falangista, abogado, muy majo, que cuando le enseñaba mis dibujos me decía: “Aquí gobierna Franco; a Franco no le gustan las caricaturas. Procura hacer una carrera”. Y eso hice: contra viento y marea, estudié y trabajé, pero nunca dejé de hacer caricaturas.
Cuando leí en Informaciones que iba a salir un periódico liberal progresista, pensé: “Ahí debo estar cuando salga”. Para eso, debía ser conocido como dibujante. Conocí a un periodista a través de un compadre y le enseñé mis dibujos de política internacional, muy originales, con un estilo propio que no imitaba a nadie. Les gustó y me enviaron a Eduardo Barranchea; allí presenté mis caricaturas y, finalmente, me hicieron una entrevista y publiqué mi primera tira con Pompidou.
Lo que aprendí es que la caricatura política no bastaba: había que crear personajes, dramatizar, como en una novela o un teatro. La política es un gran teatro del mundo, y mi idea fue hacer una tira tipo Carlitos y Snoopy o Mafalda, convirtiendo a todos los políticos en personajes de historieta.
Cuando el periódico El País salió, estaba en el momento justo, con el diseño adecuado, y mis caricaturas empezaron a captar a los políticos. Recuerdo una anécdota con Suárez en el Parlamento: y dijo que nunca se bajaría de la columna de Peridis, y yo, allí en medio, me puse colorado. Son muchas anécdotas que forman parte del aprendizaje.
“Lo que queda es la capacidad de sorprenderte y emocionarte, igual que de niño.”
P. — ¿Qué queda del niño que se quedó asombrado mirando las ruinas?
R. — Lo mismo: la capacidad de sorprenderse y emocionarse. Es importante tener experiencia en la vida, pero seguir con una mirada de niño y con ilusiones disparatadas. Pensar que se podía recuperar aquella ruina —que había fracasado dos veces, que no tenía uso y el país estaba medio arruinado por la crisis coincidiendo con la transición— era un desafío.
Planteé proyectos concretos para el monasterio y empecé a andar por despachos intentando convencer, con estudios y referencias: conocía el monasterio, sabía que reunía condiciones extraordinarias, y que había modelos de recuperación en Europa, como el plan de rescate del centro histórico de Bolonia. Contacté con expertos y me rodeé de quienes sabían y aconsejaban.
Cuando asumes una tarea así, hay que poner todos los medios. Me he volcado en la recuperación del patrimonio, la implantación de ideas distintas y he dedicado todas mis energías a ello.

“El tesoro del convento son sus personas y sus proyectos, y todo lo que enseña.”
P. — ¿Cuál es el tesoro del convento caído?
R. — El tesoro es el convento mismo, el agua, las personas que estudian allí y los proyectos que se han monetizado. Un instituto es una fábrica: genera 60 o 70 puestos de trabajo.
El profesor de latín fue alumno del instituto y vive a 10 minutos en coche de allí. La directora pasó por una escuela-taller, conoció a su pareja trabajando en el patrimonio y ahora tienen hijos que estudian en el instituto. Así, la historia gira y se transmite. Las ruinas enseñan: todo lo que fue Roma lo enseñaron estas piedras. El monasterio de Aguilar es un instituto y no hay ni una pintada en los baños; está como nuevo, pese a su edad.
“La ruina necesita decoro, no ser un vertedero.”
P. — ¿Cómo cambiamos el concepto de ruina?
R. — La ruina tiene muchos matices. Algunas, como conventos o monasterios destruidos por Cromwell, son maravillosas y hay que preservarlas y disfrutarlas. Otras ruinas urbanas tenían un uso y se arruinaron por cambios económicos o sociales; nos enseñan sobre la sociedad que las construyó.
No siempre hay que reconstruirlas; depende del tipo de ruina y de las necesidades. Pero siempre hay que conservarlas con decoro. No puede ser un vertedero, como tantas ruinas abandonadas. En España confundimos lo viejo con lo antiguo. Lo antiguo merece respeto; lo viejo es despectivo. Aplicamos el término más despectivo a piedras que forman parte de nuestra identidad, sensibilidad y cultura.
El patrimonio habla de nuestra historia y debe conservarse. No tenemos cultura de conservación; lo que tenemos es mucho descuido y abandono. El respeto y la veneración hacia lo antiguo es lo que nos conecta con nuestra historia y nos permite aprender de ella.