Tras el buen recibimiento de Ofensa al frío, Toni Sánchez Bernal, guionista, director y escritor regresa con Atrapada en la oscuridad, un thriller vertiginoso que arranca con el hallazgo de una mujer ejecutada frente a una comisaría de Madrid… veintisiete años después de haber desaparecido. Con esta nueva novela, el autor profundiza en una ciudad llena de secretos y en personajes que se mueven entre la ética y la desesperación. Hablamos con él sobre silencios, abismos, justicia y ese subsuelo —literal y emocional— por el que transita su historia.
P.— La historia arranca con la ejecución pública de una mujer desaparecida hace 27 años. ¿Qué te llevó a comenzar con una escena tan potente y cargada de simbolismo?
R.— Muchas gracias, Rosa. Y gracias también porque sabes que te admiro mucho, te sigo, escucho siempre tus entrevistas. Quiero dejar constancia de que este libro, en parte, existe gracias a ti. En un momento importante me diste un consejo clave: me dijiste “lúchalo”. Esta novela ha sido una lucha personal, también contra mis propios demonios, y tus palabras me han acompañado mucho.
P.— Me alegra que te hayan servido y que te ayudaran a seguir. Y sigues muy bien, por cierto.
R.— Gracias. Es un momento curioso: tras tantos años trabajando en soledad en la historia, ahora al compartirla hay cierta vulnerabilidad. Me pregunto si los lectores se emocionarán con lo mismo que yo. Estoy expectante con los primeros feedbacks; las entrevistas también me ayudan a entender qué novela he escrito.
P.— Rescatas a una mujer después de 27 años y la haces reaparecer solo para morir. ¿De dónde sale esa idea?
R.— No fue una idea única, sino retazos que se fueron conectando con el tiempo. Durante años me acompañó un personaje: un policía novato, idealista, recién llegado a homicidios, que además debía investigar a sus propios compañeros. Pero no sabía qué caso le iba a tocar. Tenía escenas sueltas en libretas, en el móvil… Hasta que un día, en la Puerta del Sol, vi una papelera llena de pañuelos ensangrentados. Pensé: “Obviamente no es nada grave, estamos en pleno centro, ya habría policía”. Pero imaginé: ¿y si se analizara esa sangre y resultara ser de alguien desaparecido hace años? Esa imagen disparó la historia: una mujer ejecutada tras llevar décadas desaparecida. La gran pregunta no es solo quién la mató, sino dónde ha estado todo ese tiempo.
P.— ¿Por qué sitúas su muerte justo frente a una comisaría?
R.— Quería que la novela empezara con fuerza, como un tren en marcha. Me atraía esa imagen potente: una mujer escapando por fin de su cautiverio, corriendo hacia la comisaría, buscando ayuda… y cayendo justo antes de lograrlo. Es una escena que visualmente me impactaba, y me pareció una forma directa de arrancar la historia.


P.— Creo que el silencio es uno de los ejes de esta novela. La construyes sobre lo que no se dice. ¿Qué papel juega?
R.— Para mí, en la vida y en la literatura, es más importante lo que callamos que lo que decimos. Lo que expresamos es solo la punta del iceberg; el resto está en el subconsciente. Me interesa explorar las sombras de los personajes, sus contradicciones. Como dice Javier Cercas, la literatura es autoconocimiento. Escribir me ayuda a entenderme y espero que al lector también le plantee preguntas: “¿Yo qué haría en su lugar?”. A veces se trata de dilemas extremos, pero otras son detalles cotidianos: cómo te comunicas con tu pareja, si respondes o no un mensaje… Me interesan esas pequeñas decisiones que todos enfrentamos.
P.— ¿Qué te gusta más como narrador: lo que les sucede a los personajes o lo que sienten mientras les sucede?
R.— Creo que ambas cosas. Como dice Juan José Millás, lo difícil es conjugar peripecias con razonamientos. Si solo cuentas peripecias, puede ser entretenido pero se olvida pronto. Si solo reflexionas, es más un ensayo que una novela. A mí me gusta combinar ambos mundos: entretener y emocionar. Lo extremo puede pasar, pero tiene que ocurrirle a personas reales. Siempre visualizo una trenza: personaje–trama–personaje–trama. Esa es la imagen con la que trabajo.
P.— Vamos con los personajes. Empecemos por la víctima. Descríbemela.
R.— Es una chica, en principio inocente, de 21 años, perteneciente a una familia muy influyente en Madrid. Desaparece de forma misteriosa. Su coche aparece abandonado, pero no hay forma de tirar del hilo. No se sabe dónde está ni quién está implicado. Cuando reaparece, muerta, empiezan a aflorar sombras en su entorno. La vamos conociendo mejor a través de capítulos en forma de flashback, insertos en la trama.
P.— ¿Quién lleva a cabo la investigación?
R.— Arturo Yanni, un policía novato e idealista. Es vocacional, cree de verdad en su papel como servidor público. Para él, ser policía implica una responsabilidad ética muy fuerte. Me gustaba la idea de este “caballero” moderno, porque para mí la novela negra es una actualización de la novela de caballería. Arturo trabaja junto a Tania, una inspectora de 50 años que ya conoce bien las sombras del sistema. Me interesaba esa tensión: ¿se puede salir indemne de la lucha contra el mal? ¿Se puede ser buena persona a pesar de todo? Tania, por ejemplo, tiene un hijo adicto a las drogas. Amar a un adicto duele mucho, y puede empujarte a cruzar líneas que antes creías infranqueables.
P.— Has construido personajes con profundidad, lo cual no es fácil en este género, donde es fácil caer en arquetipos.
R.— Sí, yo también como lector o espectador noto cuando un personaje no está vivo. Para mí era clave que estos personajes lo estuvieran. ¿Cómo se consigue? No lo sé del todo, pero creo que hay que darles mucha verdad: algo de ti, de amigos, de gente que ves por la calle. Todos tenemos miedos, sombras, contradicciones. Me acuerdo mucho de lo que decía Vargas Llosa: escribir una novela es hacer un guión al revés. A veces se cree que un autor solo se refleja en novelas autobiográficas, pero también nos reflejamos en el thriller. Ahí también está la verdad. Saber que te vas a morir te hace libre.
P.— ¿Crees que el miedo a morir es el motor de muchas decisiones humanas?
R.— Creo que sí. Hay juegos mentales: si sabes que te quedan 50 años, haces una cosa; si sabes que te queda un año, priorizas; si sabes que puedes morir esta tarde, todo cambia. Tal vez dejarías lo que estás haciendo para estar con un ser querido o llamarías a ese padre al que no hablas hace tiempo. Esa conciencia de la muerte, para mí, es liberadora. Sé que a mucha gente no le gusta hablar del tema, pero a mí me da perspectiva. Hace poco perdí a una chica más joven que yo, de forma inesperada. Eso te hace pensar y te obliga a ser más coherente contigo mismo y a priorizar lo esencial.
P.— Vamos con la ambientación: Chamberí, Aluche, Lavapiés… zonas distintas dentro de una misma historia.
R.— Sí, me interesaba mostrar distintos barrios de Madrid, no solo por geografía, sino por lo que representan. Cada uno tiene su alma, su energía, sus fantasmas. Chamberí, por ejemplo, tiene esa apariencia más señorial, pero también esconde secretos. Lavapiés tiene una mezcla de culturas, un dinamismo que a veces roza el caos. Y Aluche me interesaba por lo periférico, por lo familiar. Quería que la ciudad también fuera un personaje más, que se sintiera viva, que se respirara.
P.— Has mencionado antes que esta novela también ha sido una lucha personal. ¿De qué manera escribirla te enfrentó a tus propios demonios?
R.— Esta novela me ha acompañado en momentos difíciles. Durante su escritura he atravesado etapas complicadas a nivel emocional y mental. Hubo momentos en los que sentía que no podía más, que no salía. Pero la historia seguía ahí, como un faro. Cuando dudaba, me recordaba a mí mismo: lucha. Y ahí estabas tú, Rosa, con ese consejo que no olvido. Escribir este libro ha sido, en parte, una forma de salvarme.
P.— ¿Y sientes que los lectores, al leerlo, también atraviesan algo parecido?
R.— Ojalá. A mí me gusta pensar que la literatura no solo entretiene, también nos remueve. Cuando leo, y espero que cuando me lean, se despierten preguntas: ¿qué haría yo?, ¿qué he callado?, ¿qué decisiones tomé por miedo?, ¿qué soy capaz de hacer por amor, por miedo, por dolor? Me interesa ese espejo que nos pone la ficción delante.
P.— ¿Por qué eliges estos puntos concretos de Madrid?
R.— Porque soy un enamorado de Madrid. Llevo once años viviendo aquí y me fascina. Me gusta su estilo de vida, sus contrastes. Quería ambientar la novela en lugares reales. Recuerdo que cuando llegué a la ciudad leí Música para feos de Lorenzo Silva, y me sorprendió ver que transcurría en calles por las que yo pasaba a diario. Pensaba: “¡Ostras, aquí es donde se conocieron los protagonistas!”. Eso me dio un plus de disfrute como lector, y me apetecía provocar esa misma sensación en otros. Yo soy de Tarragona, he vivido en Alicante y en Cuba, y no hay mucha literatura ambientada en esos lugares. Así que me gustó la idea de dialogar con los espacios reales desde la ficción.
P.— ¿Y qué hay del subsuelo?
R.— Escribir esta novela también ha sido sacar a mi niño interior a jugar. Desde pequeño siento fascinación —y miedo— por los espacios subterráneos. Recuerdo que en Tarragona se descubrió una cueva bajo la calle Gasómetro, justo donde estaba la biblioteca y la tienda de cómics a la que iba cada semana. Pensar que había un lago debajo de esa calle era alucinante. Ya en Madrid, todo está lleno de historia viva. En el Ateneo, por ejemplo, hay un muro de ladrillos que tapa un supuesto pasadizo al Congreso. En el Barrio de las Letras hay túneles enterrados, y otros que conectaban palacios y conventos. Incluso, se decía que un rey los cruzaba en góndola. Hace poco el Metro de Madrid publicó imágenes de un túnel abandonado entre Noviciado y Plaza de España, calles que recorro cada semana. Me encanta pensar que bajo mis pies hay historias ocultas.
P.— Tártaro… ¿existe?
R.— Espero que no.
P.— Pero viene a resumir justo lo que acabas de contar. Tiene algo de mitológico.
R.— Sí. Tártaro materializa una idea que creo que está muy presente en la sociedad: la sensación de impunidad. Parece que pocos pagan por sus crímenes. Me parecía interesante plantear la pregunta: ¿cuál es el sentido real de la justicia? ¿Debe seguirse al pie de la letra o habría que hacerla más ágil? Sé que es un tema sensible y que puede parecer político, pero me interesa desde un lugar humano. Por ejemplo, el drama de los narcopisos. Desmantelarlos es difícil, y cuando se cierra uno, abren dos más en la misma calle. Es una lucha titánica. He visto a amigas tener que cerrar su tienda o cambiar de domicilio porque tenían eso al lado. Recuerdo visitar un taller de artesanía donde, en la puerta, había gente pinchándose. Es atroz. Y claro, te preguntas: ¿de verdad no se puede hacer nada más rápido? ¿No se puede actuar con más contundencia? Entiendo que vivimos en un estado de bienestar, y eso es bueno, pero también hay realidades que exigen respuestas urgentes.
P.— ¿Tú crees que hay que estar al borde del abismo para saber quiénes somos?
R.— Puede ser. Hay un dicho oriental que dice: “Lleva a una persona al borde de un volcán en erupción y descubrirás su verdadera naturaleza”. En la novela hay una frase que me acompaña: el amor no mata. Escuchamos canciones que dicen “si no estás, me muero”, pero tú y yo sabemos que nadie ha muerto de amor, aunque el desgarro sea real. Pero creo que un hijo sí puede llevarte al límite. Solo un hijo —o una hija— puede obligarte a cruzar límites que nunca imaginaste. Lo decía Umbral: “Un hijo puede matarte en vida”. Eso es conocer el infierno en la tierra.
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Entrevista: Rosa Sánchez de la Vega