Están todos un poco perdidos, un poco rotos, un poco intentando llenar huecos

Si no le pones humor y no te ríes de las cosas, la vida va a ser terrible.


Un joven sin raíces navega entre un hotel en ruinas, fiestas extravagantes y vínculos ambiguos. A través de él, se despliega una historia sobre la soledad, la memoria y la necesidad de inventarse. En El efecto deseado, Guillermo Alonso firma una novela íntima, irónica y extrañamente luminosa. En esta entrevista, hablamos del impulso de narrar, del humor como forma de resistencia y de los fantasmas —reales o no— que seguimos llevando a cuestas.

P.–La muerte de la madre de Gaspar marca un antes y un después radical en su vida. ¿Fue esa pérdida una forma de abrir al personaje hacia una transformación? ¿Pensaste en esa ausencia como motor narrativo desde el inicio?

R. Sí, me interesaba mucho tener un protagonista que no tiene ninguna sujeción y está solo, porque eso abre muchas posibilidades narrativas. La total independencia de un personaje joven y roto es fascinante: un protagonista feliz con familia estructurada no te da tanto juego. La infelicidad nos mueve, nos hace buscar alternativas y nuevas vidas. Y me gustan mucho los protagonistas que se equivocan continuamente; eso da muchas vías para la historia.

P. Es solo un personaje, pero me has hablado de ti, que te gusta quedarte quieto donde estás porque cambiar te supone afrontar nuevas cosas. No lo sé, no te estoy analizando para nada.

R.–Analiza lo que quieras. Gaspar vivió dependiente de su madre, o quizás era más un cuidador que un cuidado. Cuando ella muere, enfrenta una gran soledad y despiste. Esa independencia extrema y sensación de pérdida pueden generar un “síndrome del cuidador” inverso, y eso le pasa a él en parte.

P. ¿Crees que somos más lo que recordamos que lo que vivimos realmente?

R. Posiblemente sí. Los recuerdos los inventamos en parte: a veces exageramos los malos para justificarnos o nos quedamos solo con los que nos ayudan a sobrevivir. Gaspar lo dice en la novela: llega un momento en que los recuerdos y las personas que hemos conocido hay que inventárselos porque no recordamos todo con exactitud.

P. Sobre todo porque a veces los mitificamos. ¿Te atraen los personajes que dejan de ser espectadores y pasan a actuar en su vida?

R. Sí. Gaspar, aunque no es un spoiler, acaba escribiendo la historia. Me gusta crear confusión sobre si el narrador dice toda la verdad; algunas cosas pueden haber ocurrido así o no exactamente. Eso refleja cómo funcionan los recuerdos: la verdad es maleable y no altera el valor de la historia.

P. Has dicho “escritor”. Te gusta poner personajes que escriben.

R. Sí. En esta y otras novelas los protagonistas son escritores. Nos resulta más fácil escribir sobre nosotros mismos; imaginar a un electricista, por ejemplo, no me inspira tanto. Los escritores observamos mucho, analizamos y también somos muy quietos. Si además eres gallego, como yo, la tendencia a observar antes de actuar se acentúa: reflexionamos mucho antes de reaccionar.

P. ¿Escritor gallego?

R.  Sí. En el carácter gallego hay tendencia a pensar antes de actuar; otros saltan de inmediato, nosotros reflexionamos días o semanas antes de decidir. Para escribir es perfecto, aunque en la vida cotidiana puede ser incómodo.

P. ¿Cómo nacen tus ideas?

R. A menudo de imágenes que veo y me impactan. A veces de noticias, pero lo que me fascina es la imagen que las acompaña. Por ejemplo, en una novela anterior, un chico se quedó dormido en un pato de goma en la ría de Pontevedra. La imagen del pato serio y el chico aterrorizado pero contento me inspiró toda la historia.

P. ¿Y “El efecto deseado”? ¿Cómo surgió?

R. Surgió de varias imágenes. La más poderosa: en una isla griega vi a un chico empujando una silla de ruedas con alguien envuelto en telas, imposible saber su género. Pensé: ¿y si el chico tampoco lo sabe? De ahí surgió una relación extraña. También leí un artículo sobre el peor hotel de España: eso me llevó a la historia de Gaspar y su madre. Las ideas vienen de muchos sitios; al final es un “collage” de imágenes y situaciones.

P. Hablemos de Pandora. Es un personaje que no tiene problemas económicos y pretende cambiar su entorno. ¿Refleja las redes sociales?

R. Puede ser. Pandora es excéntrica, millonaria y un poco loca, da fiestas todos los días para olvidar su soledad y rodearse de gente rara que la hace sentir normal. Pide fotos perfectas de los eventos, como en Instagram: todos quietos para la foto ideal, no para la realidad.

P. Cambiar de registro a veces sirve de alivio. El humor, ¿cómo lo usas?

R. Es imprescindible. La vida suele ser ingrata, y si no te ríes de ti mismo, es terrible. Incluso en tragedias surgen momentos cómicos. Por ejemplo, leí unas memorias fascinantes de Mari Jankovic: sobrevivir como clandestina en Berlín durante la Segunda Guerra Mundial le deparó situaciones absurdas que la salvaban. El absurdo nos salva, y en mi novela también hay mucho de eso: un mono vestido con plumífero, por ejemplo.

P. ¿Fantasmas muy presentes? ¿Vivos o muertos? ¿Son necesarios?

R. Sí, en la vida y en las novelas. Están en nuestra cabeza y a veces nos gustaría que también existieran fuera. No sé si son necesarios, pero sí imposibles de quitar. En la novela interactúan y alteran el destino de los protagonistas.

P. ¿Son literarios?

R. Muchísimo. Siempre he querido escribir una novela gótica, pero no me sale; aún así dejo caer elementos de terror. Los fantasmas no dan miedo, pero están ahí. Acompañan, aunque a veces “den por el culo”.

P. Tu novela se desarrolla en ambientes muy dispares: decadencia, lujo y aislamiento…

R. Sí. Quería que existieran compartimentos estancos que a veces colisionaran, como en la vida: burbujas sociales, económicas y emocionales separadas que chocan y generan tensiones divertidas o trágicas.

P. La mansión de Pandora, ¿absorbe a los demás?

R. Totalmente. Es casi un personaje más, hecha para atrapar y descolocar, como un escenario de teatro. Los personajes pierden un poco el norte; el espacio los transforma.

P. ¿El aislamiento también está presente?

R. Sí. Incluso en medio del lujo, los personajes están solos. Esa soledad de fondo puede ser bella o devastadora; no depende de la cantidad de gente a tu alrededor.

P. Los personajes buscan algo, ¿no?

R. Exacto. Están perdidos, rotos, llenando huecos a su manera: uno se pone un abrigo raro, otro monta fiestas, otro cuida de alguien sin saber quién es realmente. Hacen lo que pueden con lo que tienen, y a veces lo que tienen es casi nada.

P. Hay mucho amor en la novela, ¿verdad?

R. Sí, no siempre romántico, pero hay amor. Torpe, malentendido o doloroso, pero está ahí. Todos queremos querer y ser queridos, aunque no sepamos hacerlo bien.

P. ¿Cómo te sientes al cerrar esta novela?

R. Como después de una fiesta en casa: solo recogiendo vasos, con algo de tristeza pero también alivio. Ves lo vivido y piensas: “Qué locura, pero qué bien lo pasamos”.

P. La evolución del personaje, ¿cómo afecta los ambientes?

R. Lo conforma. Gaspar pasa del hotelucho decadente a la mansión de Pandora, y eso le da una idea clara de quién es. Allí convive con gente rica de dinero viejo, despreocupada, lo que lo hace tan libre como él, pero de manera diferente. La diferencia social se vuelve evidente.

P. Los personajes “secundarios”, ¿cómo manejas su peso?

R. No me gusta llamarlos secundarios; a veces son más interesantes que el protagonista. Los dejo hablar, y su propio peso en la trama se define solos. Pandora, por ejemplo, iba a aparecer poco y terminó ocupando casi la mitad de la novela. Esto dice algo de mí: dejo que los personajes y la historia me hablen.

P. ¿Cómo trabajas la estructura sin controlarla desde el inicio?

R. Me vienen ideas y luego organizo. No sigo la estructura rígida de un thriller, pero no es un caos: cada semilla narrativa lleva a un lugar concreto. No sé cómo acabará la historia, y eso hace que escribir sea divertido y desafiante.

P. Si tuvieras que describir a Gaspar por emoción, no por acción, ¿cómo sería?

R. Observador. No es un peso muerto; pasa de ser presa a cazador, como dijo mi editor. Primero se adapta, luego sobrevive, y luego ataca.

P. ¿Cuál sería tu efecto deseado?

R. Que la lea mucha gente, que entretenga, haga reír y conmueva. No quiero novelas que busquen enseñar lecciones del mundo; quiero que el lector disfrute y se emocione. Y, claro, hacerme rico también sería estupendo.

P. Como eres muy observador y visual, ¿cómo sería el efecto deseado en imagen?

R. Imagino la escena en la playa: un ambiente de lujo donde todo parece en orden, y de repente algo perturbador ocurre, como el chico empujando la silla con la criatura extraña. Esa mezcla de normalidad y perturbación sería la imagen del efecto deseado.

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Rosa Sánchez de la Vega