“Europa está perdida; solo un milagro puede salvarla”


“Lepanto es una batalla inconclusa que sigue resonando hoy”

Marcelo Gullo, politólogo y ensayista, desarrolla en Lepanto. Cuando España salvó a Europa su visión sobre la famosa batalla y sobre lo que esta representa para la historia y la identidad europea. En esta conversación habla de la pérdida de raíces culturales, del papel de la fe, de la inmigración y de los problemas que, según él, atraviesa hoy Occidente. Su enfoque mezcla historia y análisis político para entender el presente a partir del pasado.

P.–¿Por qué decide contar esta historia y por qué piensa que es el momento de reivindicarla hoy?

R.– Todos mis libros tienen la misma estructura: voy al pasado para volver al presente con hipótesis que permitan entrever el futuro. La historia sirve justamente para eso. Si no, sería como mirar un cuadro sin sentido. Nadie puede predecir el futuro, pero sí formular hipótesis a partir de hechos anteriores.

Para uno de los dos contendientes en Lepanto, la batalla es inacabada. Eso es un desafío enorme para una Europa que ha renegado de su herencia cultural grecorromana y cristiana, que ha tirado por la borda como quien pierde la herencia de su padre y su abuelo. Esa Europa hoy se enfrenta a una inmigración que no comprende, mientras que la dirigencia política musulmana —no el trabajador común— considera Lepanto una batalla inconclusa y mantiene los objetivos de entonces: convertir San Pedro en la mezquita más grande del Islam y recuperar Andalucía.

P.– ¿Cree que Europa fue consciente en aquel momento de lo que se jugaba, su supervivencia cultural y espiritual?

R.—El pueblo europeo lo entendía perfectamente. Cuando se produjo la victoria, incluso en países protestantes la gente salió a festejar en Alemania, Suecia, Noruega. Lo más llamativo: el pueblo de Londres inundó las calles celebrando la batalla, a pesar de que Inglaterra era enemiga de España bajo Isabel I. La gente pedía fuegos artificiales y la reina tuvo que pagarlos porque el pueblo los reclamaba.

P.–¿Qué representa Lepanto dentro del relato del Imperio Español? ¿Una defensa de la fe, de la libertad o un punto de inflexión en el destino de Occidente?

R.–Representa las tres cosas. Si se perdía Lepanto, Francia estaba preparada para invadir España cruzando los Pirineos, pactada con la quinta columna morisca para provocar una rebelión que permitiera un desembarco turco en Andalucía. Después caerían Sicilia, Nápoles y Roma. En el sur de España e Italia solo veríamos los ojos de las mujeres bajo el velo. Se jugaba la fe, la libertad, el destino del continente y la permanencia de toda la herencia cultural grecorromana.

P.–¿Qué papel jugó la fe y la condición moral frente al poderío material del Imperio Otomano?

R.– Ambos bandos eran fuertes y tenían una fe profunda. Don Juan de Austria tenía apenas 24 años, pero fue capaz de imponer su autoridad sobre comandantes venecianos y genoveses de 60 y 70 años. Ese carisma le permitió convertir la flota, donde muchos ni siquiera eran cristianos practicantes, en una flota profundamente cristiana. Sabía que para vencer a un enemigo con una fe tan sólida debía tener otra fe igual de fuerte.

Logró algo insólito: que toda la flota se confesara y comulgara antes de la batalla, incluidos 700 protestantes que no creían en esos sacramentos. Muchos confesaron asesinatos, adulterios, robos. Don Juan consiguió insuflarles una auténtica mística religiosa, y eso fue decisivo para la victoria.

P.–Plantea que Europa vive una invasión silenciosa, protagonizada por el mismo poder que España detuvo en Covadonga y Lepanto. ¿Por qué sostiene eso?

R.– Ese planteamiento aparece en el último capítulo, “Lepanto, una batalla inconclusa”. Utilizo la metáfora del paciente que consulta varios médicos: presento los diagnósticos de distintos autores.

Giovanni Sartori, gran politólogo italiano, dice que sí hay una invasión. Gilles Lipovetsky considera que es un pensamiento apocalíptico. Jacques Attali va incluso más lejos en esa crítica. Diego Fusaro, marxista, cree que sí hay una invasión. El cardenal Sarah también. Reúno todos esos análisis para que el lector decida cuál le convence más. Y por supuesto, yo también doy mi opinión.

P.–¿Europa ha renunciado a su identidad por exceso de autocrítica o por miedo a afirmarse?

R.– Ha renunciado a su identidad por un largo proceso histórico cuya última etapa es la adopción del pensamiento “woke”. Ese pensamiento parte de la premisa falsa de que el hombre blanco europeo es culpable de todos los pecados de la humanidad, sobre todo de la esclavitud.

La esclavitud fue universal. Entre 1500 y 1700 llegaron a América 400.000 africanos esclavizados, pero en ese mismo periodo dos millones de cristianos fueron capturados y vendidos como esclavos en Constantinopla, el mayor mercado del mundo. Los árabes y luego los turcos esclavizaron a africanos, y también a mujeres españolas, griegas, ucranianas o rusas para uso sexual. A los niños fuertes los convertían en jenízaros; a los débiles los castraban.

El problema no es “el hombre blanco europeo”. Pero Europa adopta una ideología basada en premisas falsas y termina suicidándose al verse como lo peor del mundo sin considerar sus virtudes.

P.–¿Europa puede unirse en una causa común o el espíritu de la Liga Santa ha muerto?

R.– Creo que Europa es una anciana que se está muriendo. Solo un milagro, o un hecho extraordinario, podría cambiar ese destino. España, sin embargo, sí tiene posibilidad de salvarse gracias a la inmigración hispanoamericana, que comparte lengua, religión y valores y se integra de inmediato. No ocurre lo mismo con otros grupos que caminan por las calles de Sevilla o Granada diciendo que esas ciudades fueron suyas y volverán a serlo.

P.– Por lo tanto, ¿Europa ha dejado de creer en sí misma?

R.– Totalmente. No solo ha dejado de creer, sino que reniega de su propio pasado. Es como insultar a tus padres y abuelos. Eso es gravísimo. Y se ve constantemente. El ejemplo más claro es Francia y lo sucedido en las Olimpiadas, donde se montó un espectáculo destinado a negar la cultura que dio origen a Francia: el catolicismo. Incluso para un ateo, eso no tiene sentido: uno pertenece a un ámbito cultural concreto.

P.–Mencionó la tesis del choque de civilizaciones. ¿Qué propone para comprender estos conflictos?

R.– El “Choque de civilizaciones” de Huntington fue un libro escrito a pedido de la CIA para justificar la intervención norteamericana en Oriente Medio. Bajo esa excusa destruyeron el régimen laico de Hussein, donde los católicos formaban parte del gobierno. También destruyeron Libia y Siria, donde los cristianos vivían en paz, para colocar a un fundamentalista que degollaba cristianos con sus propias manos. Y aun así algunos líderes europeos lo recibieron como jefe de Estado. Era pura geopolítica. Huntington fue una excusa del imperialismo norteamericano.

P.–Gaddafi y Erdoğan hablan de una “victoria sin espadas”. ¿Qué piensa?

R.– Que Estados Unidos usara el “choque de civilizaciones” para sus fines no impide ver la otra realidad: la dirigencia musulmana sigue soñando con la conquista de Europa. Sus declaraciones son claras y están recogidas en el libro.

P.–¿Cuál es el verdadero enemigo de Occidente? ¿El islamismo, el relativismo o la pérdida del sentido histórico?

R.–El enemigo es Occidente mismo. Al abandonar su fe fundante, su cultura y sus valores, cae en el relativismo y el nihilismo. La gente deja de tener hijos y la sociedad se convierte en una pirámide funeraria: mueren más de los que nacen. Entonces esa sociedad atrae, como explicó Arnold Toynbee,en cuarenta tomos. Si ese grupo tiene valores antagónicos, cuando sea mayoría impondrá su visión. El recién llegado solo sigue su lógica; el problema es que Occidente los atrae por haber abandonado sus propios valores.

P.–¿Qué papel debe tener el historiador? ¿Cronista imparcial o despertador de conciencias?

R.–El historiador obtiene la materia prima con la que trabaja el científico político. Como en un restaurante: el chef necesita buenos ingredientes. El historiador va al archivo y consigue los datos duros; el científico político los interpreta para comprender el presente y prever el futuro. Si puedo prever un accidente, puedo frenar y evitar estrellarme. Si no, me estrello.

P.–¿Por qué seguimos repitiendo los mismos patrones?

R.–Porque se ha abandonado el estudio de la historia.  Es una sociedad ahistórica.  Si preguntamos a los jóvenes en la calle, ¿quién fue Juan de Austria?  ¿Quién fue Jeromim?  Dirán cualquier cosa, un jugador de Leganés.  Porque no saben nada.  Es decir, se ha provocado a propósito, los jóvenes no saben nada de historia.  Y si no saben nada de historia, no entienden que el origen de la mala política es la falsa historia y no pueden interpretar el presente. 

La verdad que hoy los jóvenes españoles, la educación que reciben es una vergüenza.  Estoy generalizando, claro.  Toda generalización será falsa.  Habrá algunos que no, algunos colegios que no, pero la mayoría, uno le pregunta, se entiende y no saben nada, ni de historia, ni de geografía, ni de Hispanoamérica, ni de todo el mundo.  La batalla de Lepanto, ni nada.

P.–¿Por qué ocurre eso?

R.–Fue buscado a propósito. Los políticos saben que la mejor forma de dominar a un pueblo es que olvide su historia. Si no sabes que a tu padre y a tu abuelo les dieron una pastilla que los mató, el médico puede darte la misma y te mata. Si conoces tu historia, puedes decir: “esa pastilla no me la dé”. Sin memoria, repites los errores.

P.– El libro se titula Lepanto, cuando España salvó a Europa, pero usted afirma que Europa no se salvará, solo España.

R.– Así es. Todo puede cambiar con un acontecimiento extraordinario, pero si uno proyecta las variables sociológicas, económicas y culturales actuales, Europa no tiene salvación. No lo digo yo: un informe de 14 generales franceses afirma que en 25–30 años Francia tendrá que elegir entre convertirse en una república islámica o enfrentarse a una guerra civil.