“Hoy las guerras se deciden desde despachos por ambiciones políticas y económicas, no pensando realmente contra quién se lucha.”

“César no fue un dictador ni un genocida; perdonaba a sus enemigos y los incorporaba al Senado.”

Julio César, líder audaz y estratega brillante, vuelve a cobrar vida en Los tres mundos, la tercera entrega de la saga de Santiago Posteguillo. La novela recorre Galia, Roma y Egipto, donde la ambición, la política y la guerra moldean la historia. Entre alianzas frágiles, tribus implacables y la astucia de Cleopatra, Posteguillo reflexiona sobre la vida íntima de César y extrae paralelos con nuestra época: la polarización política, la importancia de humanizar a los líderes y cómo las decisiones tomadas desde despachos lejanos pueden afectar a millones.

P. —Tras Roma soy yo y Maldita Roma, ahora nos encontramos con un César más maduro. ¿Cómo influyen sus experiencias y vivencias previas en las decisiones y el liderazgo de esta etapa?

R. —En esta novela vemos que todo se sostiene sobre varios equilibrios. Además de los tres mundos —Galia, Roma y Egipto—, hay un equilibrio entre lo público y lo privado. Me interesa mucho mostrar, en esos tres escenarios, la parte más íntima de Julio César y cómo su vida privada influye profundamente en las decisiones que toma y en los grandes acontecimientos históricos que él mismo provoca, como la Guerra de las Galias.

P. —Danos algún apunte de cómo era él en su vida privada a esta edad.

R. —A esta altura de su vida, César siente una gran preocupación por su hija Julia y por su bienestar. Julia, en cierto modo, se ha sacrificado por el poder político de su padre al casarse con Pompeyo, su gran enemigo político, aunque Pompeyo la trata bien. Sin embargo, César mantiene sus dudas y vive pendiente de ella, de su madre Aurelia y de todo lo que ocurre en Roma con su familia y sus amigos. La Guerra de las Galias lo obliga a pasar varios años lejos de la ciudad, y eso le genera la preocupación de quien está ausente y quiere asegurarse de que sus seres queridos estén bien. Julio César, además, tenía la capacidad de perdonar a sus rivales, incluso a aquellos que más tarde lo traicionaron.

P. —¿Dirías que hay algún eco de todo esto en la época actual? ¿Sabemos perdonar?

R. —Creo que hoy vivimos en un momento de polarización. Y en la polarización, los oponentes no saben encontrar puntos de encuentro, solo de disenso. Si algo nos enseña la historia de Julio César es que, cuando se agudizan las divisiones y se enfatiza lo que nos separa en lugar de lo que nos une, las cosas suelen acabar bastante mal. Veremos cómo esa polarización política conduce irremediablemente a la guerra civil en la siguiente novela de la serie.

P. —César combina audacia, estrategia y diplomacia. Eso lo hace único frente a otros líderes históricos y, diríamos, contemporáneos.

R. —Lo peculiar de un líder como César es algo que, sin embargo, era relativamente común en su época: lo político y lo militar iban de la mano. No era un político que, desde un despacho, decidiera cuestiones que luego afectaban a los movimientos militares, sino que él mismo estaba integrado en ellos.
Eso hacía que el político viera la guerra en primera línea, en toda su crudeza, y comprendiera que es una herramienta que ojalá no deba usarse nunca, pero que quien la ha visto de cerca entiende que solo puede ser algo excepcional. En los siglos posteriores, cuando las guerras empezaron a decidirse desde los despachos —incluso en la propia Roma imperial, con emperadores que ya no iban al frente de combate—, las decisiones comenzaron a tomarse con demasiada ligereza.

P. —Cleopatra: astuta. ¿De qué forma influye en el papel de César y en la política romana?

R. —La novela se titula Los tres mundos porque, si bien quería contar la historia de la conquista de la Galia por César, entendía que debía hacerlo en dos mundos: el segundo, Roma. Mientras César está en la Galia, piensa constantemente en la disputa política en Roma.
Pero entonces surge la rebelión de un personaje: Cleopatra. Ya la había introducido en Maldita Roma con su nacimiento y su infancia, pero es un personaje que, como Augusto Pérez en Niebla de Unamuno, se rebela contra su autor. Y eso es justo lo que hace Cleopatra conmigo: se ha rebelado y exige páginas.

¿Quién soy yo, humilde juglar del siglo XXI, para negarle páginas a toda una Cleopatra? Así que me he rendido. Decidí no discutir con ella —una discusión que no iba a ganar— y cederle un buen número de páginas.
El mundo de Egipto se incorpora así plenamente a la historia, y Cleopatra me ha hecho ver que esos años, del 58 al 53 a. C., ya no se pueden entender sin la interrelación entre lo que ocurre en la Galia, en Roma y en Egipto.

P. —¿Hasta qué punto te has permitido licencias creativas? Antes me decías que con Cleopatra no pudiste contenerte, pero insisto: ¿qué tipo de licencias te has permitido, o cuál dirías que es la más significativa?

R. —Bueno, hay una pequeña licencia inevitable para mí, como lector apasionado en mi adolescencia de Astérix y Obélix. No se puede narrar la conquista de la Galia por Julio César sin pensar en Astérix y Obélix, ¿no? Así que será bastante inevitable que el lector, en algún momento, perciba la presencia de Astérix y Obélix en algún pasaje de Los tres mundos. ¿Quién podría evitarlo?

P. —Astérix y Obélix y Mortadelo y Filemón marcaron tu infancia. ¿Qué recuerdos te traen?

R. —Recuerdos buenísimos y entrañables. Astérix y Obélix y Mortadelo y Filemón, con el gran Ibáñez —tan poco valorado en España—, fueron fundamentales para mí. Ibáñez es probablemente el autor de cómic que más tiempo ha trabajado con los mismos personajes: más de sesenta años. Ojalá sus obras sigan vigentes.

Una de las mayores alegrías de escribir estas novelas fue que, un día, Ibáñez quiso comer conmigo porque le gustaban mis libros. Fue una de las experiencias más bonitas y emocionantes que me ha dado la escritura: alguien que me entretuvo en mi adolescencia me decía que yo le entretengo ahora.

P. —La conquista de la Galia y la estrategia militar abarcaron territorios que hoy son Francia, Bélgica, Suiza, Países Bajos, partes de Italia, Britania y el sur de Alemania. ¿Por qué es fundamental comprender esta geografía?

R. —Porque hoy, la palabra “galo” —como incluso recoge el diccionario de la Real Academia Española— se asocia con “francés”, y “Galia” con “Francia”. Pero en la antigua Roma, la Galia incluía todos esos territorios modernos.
Que César lograse anexionar y unir a una Hispania ya romanizada y al núcleo del Estado romano en Italia fue, si lo piensas bien, la forja de Occidente.

Podemos debatir si Occidente ha sido bueno o malo en la historia, pero lo que me parece incuestionable es que quien lo forja es Julio César, entre los años 58 y 53 a. C.
Y eso, sin duda, fue una transformación del mundo. Por eso César es tan especial.

P. —César se enfrenta a numerosas tribus. ¿Qué tácticas emplea para dominarlas?

R. —Una de sus principales tácticas es la de dividir y vencer. Juega a dividir a las tribus: busca que unas se alíen con él —a las que premia— y margina o combate a las que se le oponen.
Además, utiliza la estrategia más inteligente de todas en cualquier guerra: estudiar al enemigo. Comprende que cada enemigo es distinto y que, por tanto, cada uno requiere una estrategia diferente. Eso es algo que muchos personajes históricos han olvidado al aplicar la misma táctica a circunstancias distintas.

César, por ejemplo, con el rey germano Ariovisto, sabe que este quiere cortarle las líneas de suministro, así que lucha para impedirlo.
Si combate contra los vénetos, en las costas, necesita refuerzo marítimo y manda construir una flota. Esa es la gran inteligencia de César: pensar siempre contra quién está luchando.

P. —¿Crees que hoy las guerras se libran con esa misma reflexión, pensando realmente contra quién se lucha?

R. —Creo que no. Hoy las guerras no se hacen pensando contra quién se lucha, sino por ambiciones político-económicas muy concretas y, como decía antes, muchas veces desde la comodidad de los despachos.

P. —César, Pompeyo y Craso: ¿cómo equilibran la ambición personal y la política?

R. —El pacto a tres, conocido como el Triunvirato, se basa en intereses mutuos. Funciona porque buscan el mínimo común denominador que los une, pero es un pacto frágil: cada uno de ellos tiene objetivos finales distintos.
Y una de las cuestiones que puede romper ese equilibrio es Egipto. Por eso entendí que Cleopatra tenía razón cuando reclamaba su presencia: porque Craso había puesto sus ojos en Egipto.

A Craso le faltaba un reconocimiento político y militar, y pensaba que si anexionaba el legendario Egipto a Roma obtendría ese prestigio.
Pero Pompeyo no quería que eso sucediera. Así que, de pronto, Egipto se convierte en una pieza de discordia dentro del propio Triunvirato.

P. —¿Cómo afecta la gestión de alianzas al éxito o fracaso de un Estado, tanto en el pasado como en la actualidad?

R. —Bueno, como vemos, cuando hay alianzas y se buscan esos mínimos comunes denominadores, puede haber tensiones, pero no se llega a la violencia extrema. Sí que existía algún tipo de violencia, por ejemplo con el tribuno Claudio en algunas elecciones, pero no derivaba en guerra.
En cambio, cuando sistemáticamente se enfatiza la división, como ocurrió en Roma, finalmente se llega a la Guerra Civil. Lamentablemente, esto es extrapolable a cualquier otro periodo histórico.

P. —¿Su guerra era física, política y mediática?

R. —Sí. Era física porque se trataba de una guerra real, primero en la Galia y luego en la Guerra Civil. Era política porque se luchaba por el poder. Y era mediática porque César sabía —como sabemos hoy— que controlar la narrativa es fundamental.
Si no, ¿por qué habría dejado por escrito sus Comentarios sobre la Guerra de las Galias y sus comentarios sobre la Guerra Civil? Porque sabía que contar la historia uno mismo es la mejor manera de asegurarse de que tu versión perdure en el tiempo.

P. —Construir un puente sobre el Rin en diez días: ¿lo considerarías un acto de audacia o un genio militar?

R. —Es una audacia militar que César pudo llevar a cabo gracias a su enorme personalidad, capaz de motivar a miles de personas a realizar tareas que parecían imposibles. Además contaba entre sus filas con un joven ingeniero llamado Vitruvio, que luego nos legaría un tratado de ingeniería y arquitectura que influiría durante siglos.

Esa combinación —un gran ingeniero y la visión y audacia militar de César— es lo que hizo posible algo que a todas luces parecía imposible: construir un puente en tan pocos días sobre un río tan caudaloso como el Rin con la tecnología de la época.

P. —La transición de la independencia gala a Roma fue dura. Volviendo otra vez a la época actual, ¿qué paralelos ves con los cambios políticos de hoy?

R. —Una cosa importante es recordar que Julio César, al contrario de lo que a veces se piensa… Hoy día solemos evaluar a personajes del pasado con parámetros del presente y no tenemos en cuenta el contexto de su época.

César pudo ser violento con sus enemigos de la misma manera que ellos lo eran con él. De hecho, en Los Tres Mundos vemos cómo los galos aniquilan a una legión y media que no cumple sus órdenes, rodeándola. Pero César ni fue un dictador, como entendemos hoy, ni un genocida. No fue un dictador porque perdonaba a sus enemigos políticos; de hecho, como se mencionó antes, fue asesinado el 15 de marzo del 44 a. C. por ser magnánimo, porque aquellos a quienes perdonaba y reingresaba en el Senado fueron quienes lo rodeaban y conspiraron contra él.

No habría sido un genocida, a diferencia de lo que ocurrió, por ejemplo, en Estados Unidos, donde la expansión hacia el oeste casi eliminó a los pueblos indígenas. La política de expansión de César en la Galia buscaba anexionar territorios ricos, y aunque la anexión fue dolorosa y hubo muchas muertes por ambas partes —porque hubo quien se resistió legítimamente—, cuando él ganaba no imponía la eliminación de la población local. Su objetivo era integrar a los galos en Roma.

De hecho, fue la primera vez que se incorporaron senadores no itálicos al Senado de Roma, lo que demuestra que la intención no era aniquilar un pueblo, sino incorporarlo a la estructura romana.

Por supuesto, se puede discutir: los galos tenían derecho a permanecer independientes, pero la extensión de la frontera romana hasta el Rin no fue un capricho. Los galos habían atacado a Roma numerosas veces e incluso se aliaron con Aníbal. Los romanos preferían transformar la Galia en una región aliada y romanizada, que no representara un peligro para Italia.

Así que sí, hubo violencia y guerra, pero no existió un deseo de eliminar la cultura gala: esta no fue erradicada, sino integrada.

P. —¿Cómo se vivía la vida cotidiana en Roma frente a los pueblos ya conquistados, y qué reflejo tiene eso hoy, respecto a los habitantes de esos territorios?

R. —En Roma, había mucho interés por lo que sucedía fuera de Italia: los ejércitos que Roma podía tener en Oriente, en Asia, o en Egipto. Por ejemplo, las legiones de Craso enviadas a atacar Partia, o lo que le ocurría a César en la Galia, todo eso era noticia y fuente de preocupación para el pueblo romano. Hoy nos pasa algo parecido: cuando un país envía tropas al extranjero, la ciudadanía se interesa por su situación y por lo que hacen.

Por ejemplo, España tiene misiones militares en distintos lugares. Creo recordar, aunque no estoy al día exacto, que tenemos tropas en el Líbano como fuerzas de interposición, y algo de aviación en las repúblicas bálticas, como parte del sistema defensivo de la OTAN para prevenir una posible agresión de Rusia. Hay mucho interés público en estas cuestiones. De hecho, cuando ha habido algún problema con tropas españolas fuera, siempre ha sido delicado.

Lo mismo ocurre con Estados Unidos: los políticos norteamericanos se lo piensan mucho antes de actuar, porque saben que la opinión pública se preocupa por sus compatriotas enviados al extranjero. Por eso, aunque haya presidentes como Trump que amaguen con intervenciones, no actúan de manera impulsiva: cualquier decisión militar se mide con mucho cuidado.

P. —¿Crees que hoy también es importante conocer el lado más humano de los líderes, más allá de su faceta política?

R. —Sí, creo que está bien conocer parte del lado humano de los grandes personajes o de los políticos. Humanizar a los líderes es importante porque uno de los procesos que alimenta la polarización es eliminar cualquier rasgo de humanidad en el oponente. Transformar al adversario en algo deshumanizado puede justificar su eliminación, incluso física.

Si reconocemos que el oponente es humano, con sentimientos y una vida privada, como cualquier persona, se evita que la polarización lleve a extremos. Por eso es importante mantener la humanización de los líderes políticos.

P. —¿Has aprendido algo sobre la condición humana a lo largo de la vida de Julio César, ahora que este es ya el tercer tomo?

R. —Sí. Por ejemplo, en este tomo me he dado cuenta de que a veces pensamos que lo que marca la vida de los grandes personajes son los grandes acontecimientos históricos. En César, podemos pensar en la conquista de la Galia, cruzar el Rubicón o la Guerra Civil.

Pero luego piensas en tu propia vida: ¿qué marca un antes y un después? ¿Un galardón, superar una posición en la universidad? Te das cuenta de que, al final, tu antes y después tiene que ver con tus seres queridos: la pérdida de un padre, de una madre, de un hijo, de alguien cercano, o el desarrollo de relaciones personales.

Con César pasa lo mismo: incluso alguien tan importante históricamente, sus verdaderos hitos personales están relacionados con lo privado, con aquello que en los libros de historia se despacha en una línea. Y sin embargo, para él probablemente era lo más importante y necesario que conozcamos.

P. —¿Qué hay después de Los tres mundos?

R. —Después de Los tres mundos, que cierra las tres primeras novelas de la “trilogía del ascenso” de César, vendrá la trilogía del poder absoluto. Serán otras tres novelas en las que cubriremos la rebelión de Vercingetorix, la Guerra Civil, Cleopatra y la conspiración para asesinar a César.