Jesús era un hombre de carne y hueso, con todas sus emociones y contradicciones.”

“Es increíble cómo la fidelidad de las mujeres en los momentos difíciles quedó silenciada por la historia.”

Hay historias capaces de atravesar el tiempo y dejar huella en generaciones enteras. El Profeta, de José María Zavala, nos acerca al lado más humano de un hombre que transformó la historia. En el siglo I, un oficial romano condenado por un crimen debe seguir a alguien que todos mencionan, pero pocos conocen. Lo que comienza como vigilancia se convierte en un viaje íntimo y revelador, donde cada paso enfrenta al oficial con sus sombras y lo acerca al poder transformador de aquel hombre excepcional.

P. — Empiezas con la tumba vacía y el misterio de la desaparición de Jesús. ¿Qué significado literario y simbólico buscabas al abrir la obra con este episodio?

R. — Yo creo que hay un momento culminante en la historia de Jesús de Nazaret: la desaparición de su cuerpo después de descolgarlo de la cruz. Ahí se desatan todo tipo de cábalas sobre si fueron los apóstoles los que robaron el cuerpo, si fueron los miembros del Sanedrín judío o incluso los romanos. Es un tema que siempre me ha fascinado y sobre el que investigo históricamente en otros ensayos —en Los 12, en Últimas noticias de Jesús— y que ahora también aparece en El porfeta.

P. — Lucio Fredo es la lente a través del cual descubrimos la vida de Jesús. ¿Por qué presenta a este personaje? ¿Cómo logras esa transformación desde un oficial romano escéptico y marcado por la culpa?

R. — Lucio Fedro es, de algún modo, una proyección de mi propia vida. Siempre veía a Jesús de Nazaret como alguien lejano, hasta que lo percibí cercano. Por eso lo pongo en la piel de un guardia romano encargado de desenmascarar a Jesús, considerado un impostor y una amenaza para Roma y el Sanedrín. En ese viaje se produce su transformación.

Lo importante no es que creas o no, sino dejarte llevar por un personaje humano, de carne y hueso. Esa transformación también la perciben muchos lectores, incluso no creyentes. Jesús representa una puerta de esperanza en una sociedad que la necesita.

Carmen Romero, directora de ficción de Ediciones B, me planteó el reto: “¿Quién es el personaje más importante de la historia?” Algunos dijeron Julio César o Napoleón, y ella respondió: “Jesús de Nazaret”. No pude rechazar la oportunidad de contar su historia.

P. — Gran parte del libro busca humanizar a Jesús, mostrarlo como una persona de carne y hueso. ¿Qué dificultades encontraste para darle vida al profeta?

R. — Nos han contado miles de veces la misma historia; sabemos cómo termina. Sin embargo, yo me enfrento a este reto literario, que para mí es superlativo en mi carrera, y más aún habiendo publicado básicamente ensayo. Yo no soy un autor de novela.

Y era una novela histórica, compleja, con tramas. Durante un año me levantaba a las seis y media de la mañana y me iba a escribir a un guardamuebles. Vivíamos de alquiler, en una vieja casa de pueblo, y en la calle paralela estaba el guardamuebles. Tengo muchos libros y no caben todos en casa. La puerta tenía un enrejado que parecía una cárcel. Allí me sumergía. Tuve que instalar un radiador eléctrico porque en invierno hacía muchísimo frío y una máquina de café; me tomaba seis o siete diarios.

Trabajaba de seis y media de la mañana a tres de la tarde. Pero también trabajaba por la noche, porque soñaba con Jesús de Nazaret, con Lucio Pedro, con Flavia, con Petronila, con Lía, la mujer de Pedro, y con todos los personajes históricos y de ficción. Así, cuando me levantaba al día siguiente, ya sabía lo que iba a escribir.

El grado de inmersión en el siglo I fue tal que, cuando terminé la novela, no sabía si lo que había escrito era decente, literariamente hablando. Necesitaba una mirada exterior antes de entregarla a la editorial. Soy muy pudoroso con eso. Agradezco a Ediciones B que me dejasen trabajar con absoluta libertad: no me pidieron capítulos sueltos. Les dije que no entregaría nada hasta tener la novela terminada.

P. — Hablemos de la misión Columba. ¿Qué aporta este recurso narrativo a la historia y cómo permite explorar la tensión entre poder, moral y fe?

R. — La misión Columba tiene como protagonista a Lucio Fredo, un guardia pretoriano. La utilizo como recurso narrativo porque escribir una historia sobre Jesús y Nazaret supone un enorme reto. Para abordarlo, me coloco en la postura del escéptico, incluso del anticlerical.

Lucio Fredo es un hombre que ha cometido un crimen de sangre y estaba condenado a decapitación. Tiberio, el emperador de Roma, junto a Macrón, el perfecto del pretorio, lo saca de la cárcel y le ofrece liderar la misión Columba. 

Fredo parte hacia el puerto de Cesarea Marítima y luego a Jerusalén, con el objetivo de desenmascarar a un farsante llamado Jesús de Nazaret, que representa una amenaza tanto para el sanedrín judío como para Roma.

Lucio Fredo adopta una postura de rechazo absoluto frente a Jesús, fiel hasta la muerte a Roma y a sus dioses, mientras intenta desenmascarar a este “impostor”. A partir de ahí se desarrolla toda la trama, y a través de su mirada conocemos los tres años de dedicación pública de Jesús.

P.—En la novela das voz a mujeres que la historia ha silenciado. ¿Qué papel tuvieron realmente en la vida de Jesús y cómo quisiste reflejarlo en la obra?

R. — Las mujeres tienen un papel fundamental en la novela, tal como lo tuvieron en la vida de Jesús de Nazaret.

Solo hay que trasladarse al Gólgota para ver quiénes estaban al pie de la cruz. Solo estaba Juan entre los hombres; los otros once habían huido, muertos de miedo, porque el miedo también es muy humano. Pero estaban María de Nazaret, María Magdalena, María de Cleofás, Salomé y todas las mujeres que rodeaban a Jesús, a quienes yo quiero rendir homenaje.

Estas mujeres, preteridas por la historia y excluidas aparentemente del círculo de Jesús, no buscaban protagonismo. Los doce discípulos suelen acapararlo en los relatos, pero en los momentos difíciles eran ellas quienes permanecían firmes, al pie del cañón. Su papel, muchas veces ignorado, me conmueve profundamente y por eso he querido rescatarlo en justicia, destacando su fidelidad y su compromiso con el profeta.

P. — ¿Qué rasgos de Jesús destacas en la novela: su humanidad, su cercanía, su fuerza moral? Todo está en la obra, pero ¿cómo lograste transmitir su personalidad y darle vida al personaje?

R. — Jesús, tal y como lo conocemos por los evangelios, suele presentarse como un personaje muy plano. Al igual que los apóstoles, a quienes se tiende a poner en un pedestal, eran hombres de carne y hueso, con sus miserias y defectos. Seis de ellos eran pescadores; Judas, un traidor por propia decisión; hombres toscos y a veces maleducados, a quienes Jesús tenía que apaciguar mientras se enfrentaban entre sí. La idea de que todo era perfecto no se corresponde con la realidad.

Con Jesús sucede lo mismo. Es un hombre —aunque, para mí como católico, también sea Dios— y yo no escribo esta novela desde la perspectiva de un creyente, sino desde la admiración por el personaje histórico. Tras años de investigación, quería que el lector descubriera a Jesús como un personaje distante, y paradójicamente, aún hoy, desconocido.

La novela es muy visual. En una presentación con Julia Navarro y Moisés Rodríguez, de Televisión Española —quien sabe mucho de cine— comentaron que parece un guion cinematográfico. Los capítulos son cortos, como escenas de película o serie de televisión, con la intención de que el lector “visualice” los acontecimientos. Así, ves a Jesús enfadarse, sonreír, llorar, comportarse como una persona en su naturaleza, con toda su humanidad.

P. — La novela toca de manera notable el tema de la culpa y la redención. ¿Fue un episodio difícil de trabajar? ¿Cómo querías mostrarlo y cómo ha quedado finalmente en la obra?

R. — La culpa y la redención son temas muy actuales. Hoy en día, vemos personajes famosos que los exploran: Jaime Lorente, actor de La Casa de Papel, que ahora rueda su primera película y ha estrenado recientemente una nueva versión; René ZZ, un youtuber muy conocido con el cuerpo lleno de tatuajes, que también lo ha mostrado públicamente; Rosalía, la cantante, que hace lo mismo; y Antonio Banderas, que acaba de estrenar un musical maravilloso, Gospel, sobre Jesús de Nazaret.

El fenómeno de Jesús de Nazaret sigue vivo, como lo demuestra la serie Chosen, estrenada en 175 países y que se traducirá a 600 lenguas para que cada persona pueda verla en su lengua materna. Esta novela, El Profeta, aunque entretenida y accesible, no es un simple relato teológico ni una novela negra cualquiera: tiene un fundamento profundo. No es una obra oportunista; deja poso en muchos lectores y les descubre a Jesús de Nazaret, un personaje aún hoy desconocido o tergiversado.

Jesús, por ejemplo, cuando resucita a su amigo Lázaro, llora. En esos momentos, le pide a su Padre Celestial, aparte de la aceptación del cáliz que le corresponde, que le ayude a soportar su sufrimiento: él es hombre y sufre, y llega a sudar sangre en situaciones extremas de máximo estrés. Esto nos da una idea de lo que Jesús sufrió humanamente, dejando aparte su divinidad.

P. — Estamos hablando de El Profeta. Por cierto, ¿qué es un profeta?

R. — Jesús era conocido como el profeta, como el Mesías; él decía llamarse hijo de Dios. Pero un profeta es, literalmente, alguien que profetiza: capaz de leer el futuro y de decir lo que va a suceder. Es curioso porque la Biblia está cargada de profecías en el Antiguo Testamento que se cumplen en el Nuevo Testamento, en los Evangelios y en los Hechos de los Apóstoles.

Por ejemplo, se profetizó que a Jesús no le quebrarían las piernas cuando estaba colgado de la cruz, y efectivamente así sucedió, aunque los dos ladrones que lo acompañaban sí sufrieron ese destino. Lo que llevó a Jesús al Calvario fue atribuirse la divinidad, algo que Caifás y los sumos sacerdotes consideraron una blasfemia, una herejía absoluta. Esto refleja cómo juzgaban y se dejaban llevar por las apariencias, algo muy actual incluso hoy.

Jesús se acercaba a quienes la sociedad rechazaba: prostitutas, grandes pecadores, Mateo el recaudador de impuestos, codicioso y corrupto. Con solo mirarle a los ojos y decirle “sígueme”, Mateo se levantó y lo siguió. Esto nos da idea del magnetismo y carisma de Jesús de Nazaret.

Nos enseña que no podemos juzgar a nadie por las apariencias. Todos somos hijos de Dios y merecemos respeto; todos tenemos algo bueno por el simple hecho de ser personas, independientemente del credo político o religioso que profesemos. Jesús vino a predicar el amor. Era un hombre austero, vestido con una túnica, apartado de oropeles y riquezas, sin buscar reconocimientos. Por predicar el amor fue crucificado como un vulgar delincuente. Su mensaje sigue siendo hoy profundamente relevante, cargado de esperanza y amor.

P.— Durante tu investigación para la novela, ¿hubo algún descubrimiento sobre Jesús de Nazaret que te sorprendiera tanto que cambiara alguna idea que tenías sobre él o sobre su vida?

R. — Antes de escribir la novela, ya sentía una profunda admiración por Jesús de Nazaret, e incluso amor. Puedo decir que estoy enamorado de Jesús de Nazaret, y lo afirmo sin preocuparme por la opinión ajena. Respeto todas las posturas, pero esta es la mía.

Cuando decidí emprender este ambicioso proyecto, que al principio me produjo vértigo, reflexioné sobre personas extraordinarias que he conocido en mi carrera cinematográfica. He dirigido cinco películas en siete años y he estado en contacto con muchas personas que humanamente son admirables, pero ninguna como Jesús de Nazaret. Su encuentro sería increíble; estoy convencido de que nos haría mejores personas.

Jesús de Nazaret es, en mi opinión, el paradigma que necesitamos hoy para ser mejores seres humanos. Sus enseñanzas nos muestran un camino sin guerras, enfrentamientos, rencillas ni envidias. Nos enseñan a preocuparnos por los demás, a salir de nuestra zona de confort para ayudar a quienes sufren y, en ese proceso, experimentar la verdadera felicidad.

P.— ¿Crees que Jesús de Nazaret puede realmente inspirar a los lectores y ayudarlos a encontrar esperanza o guía en sus vidas?

R. — Lo digo sinceramente: cuando me preguntan si soy el protagonista de la novela, respondo que no. No lo soy ni busco protagonismo. El protagonista es Jesús de Nazaret. Él es quien tiene que llevar esperanza a muchos corazones, a muchas personas que necesitan a Jesús y no lo saben. Leyendo esta novela, se darán cuenta de que lo necesitan, de que necesitan ese asidero en sus vidas, aunque no siempre puedan verlo.

Yo he estado muchos años alejado de Dios. Desde mi óptica de católico practicante, he vivido largos periodos en el abismo.

P. — ¿Y qué te hizo volver?

R. — Me hizo volver… te voy a decir algo que puede sonar extraño, pero es la verdad: todo lo que mis padres hicieron por mí. Creo en el poder de la oración, y eso también nos lo enseña Jesús de Nazaret. Llegó un momento en mi vida en el que, después de haberle dado la espalda durante muchos años, le abrí mi corazón de par en par a Cristo, sin condiciones. Le dije: “Tú me has hecho libre; esto es lo único que te puedo ofrecer: mi libertad para que hagas con mi vida lo que quieras”.

Por eso escribo estos libros. No es porque yo me considere el protagonista, sino porque Jesús utiliza instrumentos. Al final te ves inmerso en algo que ves que está haciendo bien a las personas, que les ayuda y les aporta algo.

Di un giro a mi vida y ahora intento ser mejor persona. Eso no significa que sea santo; sigo siendo un gran pecador, con muchas miserias, pero lucho por ser mejor cada día.

P. — Este es tu mensaje. Además, los problemas son necesarios; si no los tuvieras, ¿cómo valorarías la vida?

R. — Qué buena reflexión. Estoy totalmente de acuerdo. Si todo viniera siempre bien, ¿cómo valoraríamos la vida?

Hablabas antes de mi transformación. Cuando decidí que Jesús entrara en mi vida —porque es un gran misterio— todo cambió. Yo, como católico, creo que Jesús es Dios. Y, aun siendo Dios, se rebajó hasta dejarse colgar en una cruz y, además, pedirme permiso para entrar en mi vida, dándome la libertad de decir que no, como hice durante muchos años. Esa decisión lo cambió todo.

Ahora sigo enfrentando problemas, como todos, pero hay una gran diferencia: sufrir con Jesús no es lo mismo que sufrir sin Él.