“Juzgar lo que se publica ahora desde una mirada limitada es quedarse con una parte muy pequeña de lo que se hace»

Por Don Juan tenemos tanto señorito y tanta violencia machista,

La historia de la literatura española no es un desfile de fechas, sino un territorio lleno de deseos que laten en las primeras pinceladas, de rivalidades capaces de incendiar fachadas en pleno Siglo de Oro, de amistades que generan movimientos enteros y de personajes que aún hablan con fuerza desde sus páginas. Basta con rascar un poco para descubrir que, tras el canon, se esconden pasiones, humor, secretos y una energía que nunca ha dejado de estar viva.

Pequeña historia de la literatura española es un viaje por nuestras letras de la mano de Nando López, novelista, dramaturgo y doctor en Filología Hispánica, que rescata encuentros inesperados y anécdotas que laten como historias de vida. Las ilustraciones de Luis Doyague dan color y expresividad a este universo donde Cervantes puede cruzarse con una hechicera o una pícara.

Hoy hablamos de pasiones, amistades y rivalidades… y de cómo un libro puede ser un territorio donde el lector se reconoce a sí mismo y a sus autores.

P.—”Los libros no solo nos cuentan historias, sino que también nos ayudan a conocernos a nosotros mismos y a los demás. ¿Cómo surgió la idea de explorar, en este libro, la dimensión emocional y personal de la literatura española?”

R. —Me encanta esa frase: «detrás del canon hay pasiones», porque es uno de los temas de este libro: la amistad. Se habla mucho de amistades y enemigos entre autores, pero también de esas relaciones, de esos hilos personales.

Los libros tienen ese elemento personal, ese vínculo. En nuestro caso, nos conocimos gracias a un libro, Los elegidos, y nos reencontramos con este otro. Al escribir esta Pequeña historia hubo una mirada clara: reivindicar el libro como vehículo emocional, no solo de quien lo escribe, sino de quien lo lee.

«Los clásicos son clásicos porque son actuales y porque nunca envejecerán».

P. — Dirías que este libro se ve más desde la libertad que desde la cronología habitual. ¿Por qué ese enfoque?

R. — Porque el enfoque meramente cronológico a veces nos distancia y nos lleva a una visión muy erudita que hace creer que estamos ante algo muy lejano en el tiempo. Quise reivindicar desde la primera página que los clásicos son clásicos porque son actuales y porque nunca envejecerán, y por eso permanecen.

Cuando era profesor, lo que intentaba en clase era mostrar que La Celestina sigue viva, que El Quijote sigue vivo, que Lorca siempre estará vivo. Para contar eso necesitaba plantearlo como un viaje, algo más atractivo.

Por eso creé dos hilos conductores, dos ejes: el humor y la realidad, que atraviesan toda nuestra literatura. A partir de ahí, desde una perspectiva general, recorremos cronológicamente desde la Edad Media hasta el siglo XXI. Pero el viaje no es el mismo si tienes una mínima guía previa: esas primeras páginas colocan al lector. No es igual que te lancen sin más a coger un tren o un avión. También era una manera de hacer que el libro fuera una lectura amena en sí misma.

Creo que es un libro divertido de leer: te hace reír y te da ganas de leer más. Esa fue mi propuesta al escribirlo, siempre sin perder el rigor, con los datos bien documentados, pero con una lectura casi de novela gráfica, gracias a las ilustraciones de Luis.

P. — Las ilustraciones de Luis son una joya.

R. — Son muy valiosas, porque dicen mucho y cuentan muchas cosas.

«Nuestros personajes son grandes antihéroes, grandes perdedores que viven al margen de las convenciones».

P. — Has hablado de antihéroes. ¿Qué revela eso sobre España, sobre cómo se ha contado a sí misma a través de los personajes?

R. — Siempre me ha parecido que revela algo fascinante sobre nuestra literatura y sobre nuestro carácter: la defensa de la marginalidad, de lo no normativo. Nuestros personajes son grandes antihéroes, grandes perdedores que viven al margen de las convenciones.

En El Lazarillo, La Celestina e incluso Don Quijote aparecen personajes que no siguen las reglas, y eso llega al siglo XX. Ahí están Doña Rosita la soltera, que se niega a renunciar a la esperanza y abraza el idealismo, o Max Estrella, que se niega a plegarse al mundo de la cultura oficial desde la bohemia.
Eso es algo que nos ha hecho amar especialmente nuestra literatura: está llena de personajes de una enorme modernidad que contradicen lo establecido. Son grandes rebeldes y eso define nuestra forma de contarnos y también nuestro carácter, ese idealismo que tenemos.

Se decidió —y no es una decisión arbitraria, sino algo que ha sucedido con el tiempo— que Don Quijote es el personaje que define nuestras letras. Su idealismo consiste en no rendirse nunca ante la realidad y creer que se puede cambiar. Es muy hermoso, sobre todo porque surge desde la postura del perdedor. Frente al héroe clásico, tenemos héroes que pierden constantemente, pero que ganan en cuestiones más importantes, como la identidad. Ahí es donde Don Quijote gana.

P. — Eso nos hace más fuertes.

R. — Totalmente. Nos hace más fuertes desde un lugar ajeno a la norma, a lo establecido, y ha dado lugar a textos que nos siguen emocionando.

«Esa frase me ha acompañado durante toda mi vida: “sé quién soy»

P. — Mencionaste El Quijote. “Sé quién soy” funciona casi como un manifiesto de identidad y sigue resonando.

R. —Y, sigue resonando. Esa frase me marcó la primera vez que la leí, cuando era adolescente. Siempre me ha encantado la literatura; tengo una madre muy lectora, también filóloga, así que la literatura llegó a mi vida muy pronto. He compartido muchos textos con ella y, además, tuve mucha suerte con los profesores de literatura, que me animaron a querer dedicarme a esto.
Cuando leí El Quijote por primera vez recuerdo sonreír con esa frase, y me ha acompañado durante toda mi vida: “sé quién soy”. Se habla mucho de la locura, de si estaba loco o no. La locura en el Renacimiento, muy influida por Erasmo, también era una forma de hablar de quienes ven el mundo desde otro lugar. Es una locura muy simbólica.

Lo que me interesa es que hay un momento concreto en el que dice esa frase para reivindicar que no importa lo que le digan: él sabe quién es y va a seguir ejerciéndolo. Esa frase tiene muchos significados. Incluso desde una perspectiva personal, como miembro del colectivo LGTBIQ, a mí también me ha servido. Hubo un momento en el que supe quién soy y valió la pena.
No tengo las referencias que necesito, no sé quién soy, pero en el fondo sí sé quién soy. Está también ese amor hacia la gente que le rodea: la humanidad que muestra con los galeotes que van a prisión y cómo los libera; la relación con Sancho; el momento en que defiende a Marcela, una pastora que habla del consentimiento en un texto muy moderno, donde se niega a amar a los pastores porque reclama su libertad, y cómo Don Quijote se posiciona con ella, casi desde una actitud feminista, aunque el término no existiera entonces.
Todo esto habla del amor, porque quien se ama a sí mismo puede amar a los demás.

Quizá eso es lo que encarna El Quijote y, por eso, al final de la novela —en los clásicos se puede hacer un spoiler—, cuando se llega a esas páginas finales, es difícil no llorar si se ha leído la obra con atención y se ha dejado uno llevar por ella. Yo lloré al final de El Quijote.

«Quijote y Sancho representan el diálogo».

P. — Quijote y Sancho forman parte de un eje del canon español. En un mundo tan polarizado, ¿esa relación está más presente que nunca?

R. — Creo que hay que encontrarla, encontrar el diálogo. Ellos lo representan y lo encarnan. Ese tándem aparece en muchos textos de nuestra literatura.
Pienso, por ejemplo, en un tándem femenino: Bernarda Alba y Poncia. Son mujeres distintas, con visiones diferentes, pero dialogan. Es una tragedia, todo acaba mal, y Lorca presenta una obra que adelanta lo que será la historia de un país. No llegará a verla estrenada. Habla de un luto de ocho años y la escribe justo antes de que estalle una guerra civil que desembocará en una dictadura y en una época muy oscura, tan oscura como la que tiene por delante Bernarda.
En esa obra esas dos mujeres conversan, comparten, y al final están atravesadas por una violencia machista externa de la que ambas han sido parte y víctimas. De ahí surge también esa sobreprotección hacia las hijas.

Ese tándem de posturas distintas que intentan encontrarse aparece constantemente en nuestra literatura. Quizá ahora estamos en un momento en el que podríamos aprender a dialogar desde ahí. A mí me fascina escribir sobre el siglo XIX: Pardo Bazán, Galdós, Clarín, sus textos defendiendo ideas, su manera de sostenerlas; Larra analizando la situación del país; Cadalso. Estamos llenos de autores que han intentado abrir puentes y todavía hay puentes que seguimos cruzando. Sí, podemos aprender de todos ellos.

«Andrea representa esa vulnerabilidad de la posguerra que sigue vigente hoy».

P. — Mencionas la vulnerabilidad del período de posguerra, que sigue siendo contemporánea.

R. — Andrea me parecía fundamental. Tenía muy claro que esa muestra inicial de diez personajes debía incluir personajes masculinos y femeninos, pero también personajes creados por autoras. Reivindicar a Andrea es reivindicar a Carmen Laforet y, de paso, a los escritores de la posguerra. En nuestra literatura del siglo XX el trabajo de los autores, y en particular el de los novelistas de la segunda mitad, es esencial.
Andrea representa esa vulnerabilidad, ese estar perdido cuando eres muy joven, esa búsqueda de tu lugar y, después, el descubrimiento de todas las violencias previas y cómo pueden afectarte. Eso sigue vigente hoy.
Fue uno de los libros que más disfruté trabajando con mis alumnos, tanto en primaria como en el instituto. Vi cómo se identificaban con ella, con su búsqueda, con sus lecturas. Nada, leído con atención, tiene además una mirada subyacente LGTBIQ, en el descubrimiento de la orientación y de las experiencias.

Lo que Carmen Laforet construyó siendo tan joven es una obra maestra. Por eso Andrea tenía que estar en esa selección de los diez personajes más representativos: Nada es uno de los libros clave de nuestro siglo XX.

Otro personaje del que hablamos es María de Zayas. Tuve la suerte de estrenar una versión que escribí para el Festival de Almagro sobre sus Desengaños amorosos. Hay algo que me fascina de ella: tras el éxito de sus primeras diez novelas, muchos hombres de la época se enfadan y empiezan a criticarla. Ella no responde; decide escribir diez novelas más.
Publica diez novelas más dedicadas a visibilizar las mentiras ajenas, profundamente feministas. Habla del maltrato, de la discriminación de la mujer, de cómo a las mujeres no se les permite acceder a la educación, pero también del amor entre iguales. Y hay algo más: su amistad con Ana Caro, la gran dramaturga del siglo XVII.

«Más que una amistad, quiero pensar que fue una historia de amor».

P. — Una amistad que no se sabe de dónde surgió.

R. — Quiero pensar que, más que una amistad, fue una historia de amor. Me encanta imaginarla y he decidido que así sea. Hay algo en María de Zayas que es muy valioso: en el siglo XVII habla en uno de sus textos del amor entre iguales y dice que, si las almas son iguales, entonces el amor puede darse entre cualquier alma. Me emociona de verdad, casi me estremece pensar que una mujer del siglo XVII fuera tan valiente como para escribir esas líneas.

P. — ¿Por qué incluís en el libro las jarchas y el Libro del Buen Amor?

R. — Las jarchas son una primera voz literaria: dos versos que crean un mundo. Por ejemplo: «¿Qué haré, madre? Mi amado está en la puerta». Solo con eso ya hay cine, tensión y emoción. No hay género definido, no sabemos quién espera a quién. Luego está: «Mi amado se ha ido y no responde». Es un fantasma medieval. Durante años estos textos se trataron como notas de manual, pero no se leían.

«Qué hermoso que nuestra literatura nazca del amor».

P. — ¿Qué nos aporta el Libro del Buen Amor?

R. — Es un libro profundamente sexual y divertido, que mezcla moral y erotismo, parodia y enseñanza. El buen amor es el amor de Dios; el mal amor es el amor loco. Te lo cuenta todo con detalle para que puedas evitarlo, pero lo hace con humor y sensibilidad. De allí nace también La Celestina, que toma como base a Trotaconventos. Lo recomiendo leer por partes, saboreando cada fragmento, porque tiene poesía, narrativa, humor y una visión audaz del amor.

P. — En el libro también es muy importante la parte visual.

R. — Claro. Está la ilustración de Luis. Reconozco mejor la ilustración de Luis de María de Zayas. Me muero de risa y, al mismo tiempo, me encanta porque no puede ser más impactante: María de Zayas escribiendo en un escritorio enorme, tirando los libros y destrozando a los hombres que la critican.
Es una imagen súper poderosa de empoderamiento real. No puede ser más expresiva ni más potente.

P. — ¿Cómo ha sido trabajar con él?

R. — El encuentro con Luis en este libro ha sido muy bonito. Él tenía un reto enorme: con muy pocas líneas debía conseguir que reconocieras a los personajes, tanto reales como ficticios, y al mismo tiempo capturar la esencia, mezclando humor y sensibilidad con imágenes emocionantes.


La página dedicada al Cid me parece maravillosa: cómo resume los tres cantares en tres viñetas. O la del regente, con ese confesionario corriendo detrás de Ana Autores. Es muy buena.
Y luego hay páginas que te hacen llorar: la dedicada a Miguel Hernández con las monjas cebolla; la de los exiliados tras la derrota de Don Quijote, al hilo del poema de León Felipe. Trabajar con Luis Doyague ha sido realmente un regalo porque entendió muy bien el tono del libro.

«Si te ríes, aprendes».

P. — El humor es clave.

R. — Para mí era importante que la gente se riera mientras lo leía, porque creo que si te ríes, aprendes.
Pero también que, de vez en cuando, uno se emocione. No se puede hablar de The Wings of the Onion sin emocionarse.

Don Juan es un personaje tóxico que no soporta el Me Too

P. — Don Juan aparece retratado de una forma muy clara.

R. — Don Juan aparece como una figura tóxica. Y lo es. Don Juan, por favor: cancelado, muy cancelado.


Tenemos dos grandes Don Juanes en nuestra literatura: el de Zorrilla, que se salva gracias a Doña Inés —aunque a veces olvidamos lo dudosa que es esa salvación—, y el que se atribuye a Tirso, el burlador de Sevilla, donde Don Juan arde.


Por Don Juan tenemos tanto señorito y tanta violencia machista, porque hemos repetido ese modelo creyendo que era romanticismo cuando en realidad es un libro profundamente narcisista. Me interesan mucho las teorías sobre si era heterosexual o un gay reprimido enamorado de sí mismo y de Doña Inés, pero, en cualquier caso, es un personaje tóxico que no soporta el Me Too. Dejémoslo fuera de nuestras vidas.

«Hay momentos de la historia literaria que hoy resultan fascinantes».

P. — ¿Ha habido grandes rupturas entre autores? Pienso en Lope y Cervantes a raíz de El Quijote.

R. — Esa relación me fascina. Tuvieron cierta amistad, aunque Cervantes siempre envidió a Lope porque quería ser dramaturgo, que era lo que triunfaba entonces, y no le fue bien en el teatro, pese a que componía con enorme talento.
La enemistad se agudiza cuando se cree que Lope pudo leer El Quijote antes de su publicación y se sintió insultado, porque Cervantes hace una crítica muy clara al teatro popular, al teatro que el vulgo aplaude. Los textos que conservamos de Lope hablando de El Quijote son brutales. La frase de que es un libro que “va de culo en culo” se atribuye al propio Lope de Vega.

También está la sombra de Lope en el Quijote apócrifo. Durante mucho tiempo se creyó que era él; hoy parece demostrado que no, pero pudo ser uno de los instigadores.
Y hay algo fascinante: Cervantes sabía quién era Avellaneda y no lo dijo. Al no nombrarlo, le negó lo más valioso para un escritor, que es la posteridad.

«También hubo grafitis en el Siglo de Oro».

P. — ¿Por entonces, ya había grafitis?

R. — Sí. La fachada de la casa de Lope apareció pintada. Descubrí esto escribiendo una obra de teatro. El entusiasmo teatral del Siglo de Oro era comparable al fútbol de hoy.

P. — ¿A qué obra te refieres?

R.Inventando a Lope. Es una obra sobre su vejez, sus últimos años y su relación con María de Zayas. Investigando y leyendo sus cartas descubrí una biografía fascinante. Uno de los episodios que más le impactaron fue encontrar esos grafitis en su propia casa.

P. — Ese fervor hoy parece imposible.

R. — Es una pena que no sea así. Se pagaban autores entre sí para arruinar la función del contrario. Y en esa misma casa hay otro elemento precioso: el jardín. Lo cuidaba mucho; se levantaba temprano, leía y cuidaba las plantas como forma de inspiración.
Cuando muere Marta de Nevares, su último amor, hay una tormenta enorme en Madrid y el jardín queda arrasado.

Escribe entonces un poema en el que dice que, como su jardín, ya no cree que vuelva a florecer. Y murió un poco. Es casi profético: cuando muere su amor y muere su jardín, él también muere.

P. — El libro invita a leer.

R. — Sí. Quería que fuera un menú degustación: te ofrezco fragmentos y luego tú decides. Ampliarlos, por supuesto, pero sin miedo.

P. — También hay una reflexión sobre cómo leer.

R. — No leer por cantidad, sino por disfrute. Habitar un poema. Leer despacio. El libro, hoy, es revolucionario porque tiene su propio tiempo.

«La cultura como patria».

P. — ¿Está la literatura española más viva que nunca?

R. — Creo que sí. Hay muchos lectores, mucha juventud leyendo, amando el libro en papel. Una dramaturgia viva, una narrativa infantil y juvenil potente, no ficción interesante, novela gráfica, poesía en búsqueda constante.


Cuando alguien dice que ya no se escribe nada interesante, quizá no está buscando. Hay que ir a las librerías, preguntar, sorprenderse. Y es muy valiosa la recuperación de autores olvidados y la aparición de voces nuevas.

«Ahora mismo también tenemos voces que hablan de otros temas, rompiendo techos y muros, y aportando nuevas narrativas».

P. — ¿Qué está pasando con la literatura actual en cuanto a diversidad y pluralidad?

R. —Creo que ahora también es un buen momento para romper con la idea de que solo ciertas personas pueden entenderla. La literatura se vuelve mucho más plural y amplia.
Durante mucho tiempo se han tratado ciertos privilegios; ahora hay voces que hablan de la realidad migrante, de la realidad LGTBIQ+, de personas que han vivido violencias, que toman la palabra y aportan nuevas narrativas.
Juzgar lo que se publica ahora desde una mirada limitada es quedarse con una parte muy pequeña de lo que se hace.

“Tenemos demasiados prejuicios y, sobre todo, nos criticamos mucho respecto a lo que hacemos y lo que somos”

P. — ¿Y cuando se dice que lo actual es solo comercial?

R. — Bueno, una gran parte sí, pero otra gran parte no. Hay búsqueda, incluso en los agujeros más pequeños, y hay muchas líneas de trabajo. En el sector comercial también hay cosas muy buenas.
Tenemos demasiados prejuicios y, sobre todo, nos criticamos mucho respecto a lo que hacemos y lo que somos.

P. — ¿Y qué aporta este libro en ese sentido?

R. — Este libro es parte de orgullo de nuestra historia literaria y de todo lo que podemos aprender de ella.


Yo no soy de banderas, pero aquí sale un lado patriótico: querer tu cultura, la cultura como patria y lugar. Y ahora mismo hay mucha gente creando, reivindicando derechos fundamentales, y generando desde la cultura lugares donde merece la pena estar.

P. — En definitiva, es un momento muy vivo.

R. — Sí, y no diría que es una historia corta, sino una gran historia. La pequeña se debe a que hemos resumido en pocas páginas, pero es una manera de acercarte a la gran historia. Está realmente lleno de amor por esa historia, y espero que se transmita.

Rosa Sánchez de la Vega