“La vida me ha enseñado que hay que mancharse de barro para entenderla”

"Descubrí que las navidades no eran solamente luces desde muy pequeña por ser hija de madre soltera"

Megan Maswell regresa con una novela navideña que mezcla tradición, humor y emoción. Inspirada en un villancico popular, su historia nos lleva de la bulliciosa ciudad al tranquilo paisaje gallego, explorando la infancia, la familia, los animales y los pequeños grandes momentos de la vida.

En esta entrevista, la escritora nos abre la puerta a su mundo personal y creativo: cómo sus experiencias y recuerdos de infancia inspiran a sus personajes, la importancia de la vulnerabilidad, y la manera en que la Navidad puede ser un tiempo de alegría, reflexión y segundas oportunidades.

Una canción que acompaña toda la vida


Hay historias que llegan como un soplo de aire frío en pleno invierno: inesperadas, luminosas y capaces de remover lo que creías dormido. Entre risas, heridas que pesan y ese espíritu navideño que despierta recuerdos y segundas oportunidades, un viaje desde el bullicio de la ciudad hasta la calma gallega se convierte en un espejo emocional. 

P.—¡Ande, ande, ande la Mari Morena! ¿Quién no ha cantado de niño ese villancico en la intimidad de la casa, de los amigos, de la calle, del ambiente rural?

R. — Creo que es uno de los primeros que se aprenden a cantar. En mi familia lo cantamos todos los años, así que para mí siempre ha tenido un significado especial.

Recuerdos que atraviesan toda una vida


P. — El título evoca un villancico popular alegre y casi infantil. ¿Qué parte de la Megan adulta, la que ha vivido tantas guerras internas reales, se refugia de alguna manera en esta canción?

R. — Esta canción me trae recuerdos de toda mi vida: de la niñez, de la adolescencia y de la madurez. Siempre ha estado ahí, aunque solo la cantes una o dos veces al año, nunca se olvida. Por eso quise ponerle este título a mi novela de Navidad: quería algo muy español, como mi novela del año pasado, que también era una Navidad divertida y con mucho ritmo.

Cuando el lujo se encuentra con la aventura inesperada


P. — ¿Cómo es María, la protagonista?

R. — María llega buscando silencio. Aunque le encanta el lujo y los hoteles cinco estrellas, esta vez decide hacer algo diferente: coge el coche y, sin GPS, conduce sin destino fijo. Así llega a Galicia. Allí, aunque buscaba silencio, encuentra muchas otras cosas.

La vulnerabilidad también es fuerza


P. — ¿Quieres mostrar con María que la fortaleza pública parte de la propia vulnerabilidad?

R. — Sí. Todos tenemos una caparazón y mostramos fortaleza al público, pero también tenemos miedos e inseguridades que no se ven. María, al llegar a Galicia y encontrarse con determinadas personas, empieza a ser ella misma, con sus virtudes y defectos. Incluso empieza a mancharse las botas de barro, algo impensable para ella antes.

Aprender que hay que “mancharse de barro” para vivir de verdad

P. — ¿Cuál fue la creencia que tuviste que romper para hacer este cambio en la historia?

R. — Que María se manchara de barro. Para ella, una mujer acostumbrada a la comodidad, eso era inimaginable. Pero al hacerlo, sin proponérselo, comprende que la vida va más allá de lo que ha conocido. A veces hay que “mancharse de barro” para entender verdaderamente la vida.

P. — ¿Existe María?

R. — Una parte de ella sí. Siempre digo que todas mis mujeres en mis novelas tienen una parte que existe porque esa parte es mía. Es imposible ser escritora y no reflejar muchas cosas de uno mismo. Cuando creo un personaje femenino, al final siempre lleva muchas cosas mías, inconscientemente.

P. — ¿Y cuando es un personaje masculino como Nico, por ejemplo?

R. — Cuando hago un personaje como Nico, dejo volar la imaginación para soñar. Es un poco lo que a todos nos gustaría, y en este caso también lo que a María le gustaría, porque María tiene una parte de mí.

P. — Nico es veterinario. Háblame un poco más de este personaje.

R. — Nico es veterinario y tiene un bagaje emocional en el que ha querido mucho y, al querer demasiado, a veces no ve ciertas realidades. Cuando se da cuenta, se pega el típico batacazo que muchos hemos vivido. Es un hombre familiar, trabajador y con la capacidad de priorizar lo que de verdad importa en la vida.

El poder de querer de verdad

P. — Pero ha dicho una cosa, se da cuenta de que quiere mucho. ¿Es malo?

R. — No, es buenísimo querer y que te quieran. Muchas veces dejamos nuestro afecto escondido por miedo a que nos hagan daño, pero cuando se abre esa “puertecita” a alguien que lo merece, merece mucho la pena.

Paciencia, cariño y entrega a los demás

P. — Nico está hecho de paciencia, cabeza dura y afecto a los animales y a los niños, aunque no sean suyos.

R. — Exactamente. Al principio de la novela parece que los niños son suyos, pero no, son sus sobrinos. La vida a veces nos pone retos que se convierten en regalos. Para Nico, sus sobrinos son un gran regalo.

P. — Me gustaría que me expliquen cómo conseguiste llegar a ese choque cultural y personal entre los dos.

R. — Crear a María y Nico no fue difícil porque me fui a los extremos. Uno ha bajado del cielo a la tierra, mientras que el otro siempre ha vivido en el cielo. Esto crea un choque cultural y personal, aunque ambos pueden comunicarse porque han vivido vidas elitistas. Fue muy divertido crear estos personajes.

Navidad: luces, rituales y emociones reales


P. — La Navidad se suele vender como algo perfecto e idealizado, sin embargo tú querías mostrarla llena de caos emocional.

R. — Me encanta la Navidad, decorarla, cantar, compartir con la familia. Pero sé que para otros puede ser un momento duro, porque es cuando más se notan las ausencias. Por eso intento disfrutar de las personas que tengo cerca y recordar a las que ya no están.

Aprender de las carencias para dar más amor

P. — ¿En qué momento, si hubo un momento, descubriste que las navidades no eran solamente luces y reloj?

R. — Lo descubrí desde muy pequeña, por el hecho de ser hija de madre soltera.
Mi madre siempre me hizo tener las más preciosas navidades del mundo.
Y siempre las he tenido, pero cuando empecé a crecer me fui dando cuenta de las carencias que mi madre tenía.
Entonces, cuando empecé a ver que no era todo luces que mi madre me enseñaba en su momento, intenté darle a mi madre todo eso que ella me había dado cuando yo era pequeña; intenté que las luces fueran más potentes para que ella fuera todavía más feliz.

Transmitir una Navidad con realidad a tus hijos

P. — ¿Y qué le das a tus hijos?

R. — A mi hija y a mi hijo, porque también tengo un hijo, intento darles Navidad o felicidad durante todo el año. Intento darles la mejor Navidad posible, como hacía mi madre, pero también con realidad. Aunque la vida tenga dureza, quiero que comprendan que la vida es así y que se puede disfrutar de la familia y de los pequeños momentos.

Oporriño: el lugar perfecto para encontrar emociones y realidades


P. — ¿Por qué nos vamos a Oporriño?

R. — Buscaba un sitio pequeño, no famoso, pero cercano a un lugar con luces navideñas. Oporriño me hizo mucha gracia y encajaba perfectamente en la historia, con sus paisajes y su proximidad al espectáculo de luces que quería incluir.

P. — Las luces que hay en Oporriño son niebla, lluvia, granja y refugio. Yo creo que reflejan el desarrollo emocional de los personajes.

R. — Totalmente. María pasa de glamour total, playa, tumbona y hotelazos, a hielo, animales y un sitio donde lo que menos se sirve es un daiquiri. Esto refleja su transformación emocional.

Los animales como reflejo de amor y responsabilidad

P. — Nico es veterinario y los animales son muy importantes en la historia.

R. — Soy una loca de los animales: tengo cinco en casa. Los animales son fundamentales en la vida. Quería que en la novela los animales estuvieran tan cuidados como intento cuidar a los míos. Incluí incluso un refugio, porque los animales no son regalos de Navidad de tres días: merecen respeto, cariño y cuidado constante.

Segundas oportunidades y el poder de los refugios

P. — El poder de sanación y las segundas oportunidades de estos refugios de los que hablas, por ejemplo.

R. — Nico crea un refugio para animales, el refugio de Waldo, el primer animal que encontró. En España hay muchos refugios así, dedicados a cuidar y dar segundas oportunidades a animales que lo necesitan. Ver esto me emociona profundamente.

P. — ¿De alguna forma algún animal en tu vida te ayudó?

R. — Sí, todos los que he tenido me han ayudado mucho, pero especialmente Draco, que murió durante la pandemia. Era un pastor alemán de 12 años y me entendía. Cuando pasaba por momentos complicados, se sentaba a mi lado y me miraba; parecía que hablábamos. Antes de Draco tuve a Zorba, mi primer perro, que también falleció a los 12 años. Con él sentía lo mismo: había una conexión especial, de protección y amor mutuo. Ahora con Charlie, mi perro más pequeño, tengo también una conexión muy especial porque me recuerda a Draco y Zorba.

Reencarnaciones y recuerdos en la mirada de un perro

Muchas veces pienso en la película que vi, en la que un perro llamado Bailey se reencarnaba en otros perros y siempre era el mismo. Cuando miro a Charlie, su mirada me recuerda a la de Draco y Zorba, y a veces pienso que quizá se hayan reencarnado de alguna manera.

Clonación: ¿el corazón puede ser replicado?

P. — Aprovechando lo que has dicho, sobre clonación de perros… ¿tú lo harías?

R. — No lo sé. En un momento de dolor, quizá sí, pero pensando fríamente, cada ser vivo tiene un algo especial que no se puede replicar. Aunque clones a un perro, no será igual; cada animal que llega tiene su propia esencia y hay que valorarla. Y cuando venga el siguiente tendrá otro algo especial que hay que apreciar.

Destino y karma: la guía invisible de la vida

P. — ¿Tú crees en el destino o crees en lo que viene?

R. — Yo creo en el destino y también en el karma. Para mí el karma y el destino están en cierto modo unidos. Muchas veces el karma hace el trabajo que yo no he hecho, y simplemente tienes que dejar que las cosas ocurran. Cuando pasa, siento que el karma me entiende.

P. — En la novela hay niebla, lluvia, leña, y carreteras. Todo simboliza algo. ¿Tú crees que en algún tramo de tu vida te sentiste más perdida y supiste que estabas avanzando aunque no lo pareciera?

R. — Totalmente. En varias etapas me he sentido perdida, sin reconocerme ni a mí misma. Es como caminar por una carretera con niebla y no saber hacia dónde ir. Pero hay que seguir caminando; poco a poco, la niebla se disipa y aparece la claridad. En este libro celebramos la paciencia, la ternura y el amor cotidiano.

La paciencia: un ejercicio diario

P. — ¿Cuál ha sido tu mayor acto de paciencia?

R. — Mi mayor acto de paciencia suele ser en el trabajo, especialmente al escribir una novela. Cuando llevo media historia, dudo, pienso que no vale para nada, pero respiro, doy giros, busco razones y finalmente termino. Soy muy impaciente por naturaleza, pero encuentro la paciencia necesaria para lograr lo que quiero. Es un ejercicio constante: quiero las cosas ya, pero si no se puede, sigo adelante hasta conseguirlo.

La luz y la sonrisa de la niña interior

P. — ¿Qué parte de tu niña interior se despierta? 

R. — Lo primero que se me ocurre de mi parte de niña: luz, sonrisas. He tenido una infancia muy bonita. Ha habido sus sombras, pero mi yo de niña quería divertirse y pasarlo bien, aun sabiendo que las sombras estaban ahí. Aun siendo pequeña, era capaz de dejarlas a un lado.

Recuerdo tener amiguitas a las que les había pasado algo en la vida, pero yo me negaba a quedarme en la sombra. Lo que me había pasado estaba ahí, siempre lo recordaría, pero yo seguía mirando hacia adelante. Recuerdo una infancia súper feliz, pasándolo fenomenal en el bloque de pisos donde vivíamos con mis vecinas.

Además, yo era hija única y todos mis vecinos tenían varios hijos o hermanos. En mi casa estaba sola, así que pasaba el día en la casa del vecino de arriba o del vecino de abajo. Luego llegaba Navidad y casi siempre tenía regalos en todas las casas. Era ideal, como un abrazo de toda la familia.

P. — Pues esa infancia feliz te ha marcado a seguir un camino también.

R. — Sí, me ha marcado para ser la mujer que soy hoy, tanto en lo bueno como en lo malo. Mi niñez fue como una terapia: me enseñó a tirar adelante muchas cosas. La recuerdo con mucho cariño y me ayudó a ser la persona que soy hoy. Pienso que, si no me hubieran pasado muchas cosas, no sería tan guerrera.

P. — Para terminar esta parte, ¿eres más de pandereta o de zambomba?

R. — De pandereta.