De escepticismo a pasión: Langdon muestra un lado más humano en ‘El último secreto
Dan Brown en Madrid: conciencia, misterio y amor más allá del cuerpo
El Círculo de Bellas Artes estaba lleno de expectación este martes cuando Dan Brown, creador de Robert Langdon, presentó su nueva novela El último secreto. Entre cámaras, micrófonos y murmullos de periodistas, el autor se movía con energía, sonriendo y saludando con cercanía. España, explicó, siempre lo ha fascinado: la había recorrido durante sus años de estudiante y la utilizó como escenario parcial en Origen. Su español limitado provocó sonrisas cuando bromeó sobre la velocidad con que se le hablaba: “Si me hablan muy rápido, sufro un poco”. Recordó además cómo la disciplina de escritores como Cervantes y Machado le enseñó a escribir con constancia: “Si ellos pudieron crear en lugares incómodos, yo no tengo excusa para quejarme”.
La conversación giró hacia el eje central de la novela: la ciencia noética. Surgió la pregunta que muchos podrían hacerse: ¿cuál es la intención de situar un campo aún considerado controvertido como núcleo dramático de la historia? Brown explicó que la trama busca explorar dos perspectivas sobre la conciencia. “La ciencia tradicional dice que la conciencia es producto de procesos químicos en el cerebro. Pero hay otra perspectiva, que aparece en la noética y otras ciencias: el cerebro no crea conciencia, sino que la recibe. Es una conciencia universal que también está presente en muchas religiones. Mi objetivo con este libro es mostrar que ciencia y religión, aunque utilizan lenguajes distintos, están diciendo lo mismo”, señaló.
El autor entró en detalle sobre la dimensión más profunda de la historia. “El libro es un thriller, una historia de amor y una búsqueda de tesoros, pero bajo todo eso hay mucha ciencia. Todo lo que aparece está documentado”, explicó. Brown compartió la visión científica que guía la trama: nuestra conciencia no reside en el cuerpo, sino fuera de él. “Cuando morimos, el receptor –nuestro cerebro– deja de funcionar, pero la señal de la conciencia sigue presente. Eso significa que la muerte de nuestro cuerpo no afecta nuestra conciencia. Tal vez nuestra conciencia puede ser captada por otros receptores, lo que la mantiene activa más allá de nuestra existencia individual”.
Para ilustrar esta idea, citó una imagen que le transmitió uno de los científicos que consultó: “La vida es como una tormenta de lluvia. Todos somos pequeñas gotas que caen hacia el océano. Mientras caemos, nos percibimos como individuos, pero en realidad formamos parte de algo mucho más grande. Cuando morimos, nos fundimos con el océano. Por un instante, somos solo gotas separadas, y luego nos convertimos en el océano entero”. La metáfora, poética y científica a la vez, resumía la filosofía subyacente a la novela: un universo en el que conciencia, vida y muerte se entrelazan más allá de lo visible.
La trama sigue a Langdon en Praga, donde debe rescatar a la neurocientífica Katherine Solomon tras un asesinato y la desaparición de su investigación. Por primera vez, Langdon también enfrenta el amor, mostrando su lado más humano y vulnerable. Praga, con su historia mística y su arquitectura evocadora, se convierte en un escenario casi vivo que acompaña la tensión de la búsqueda.
Brown insistió en que, aunque la historia es un thriller, la ciencia que la sustenta está rigurosamente documentada. La adaptación televisiva que prepara Netflix permitirá explorar la narrativa en profundidad: ocho horas de serie frente a las dos de una película. “Las películas y las series no son réplicas exactas de los libros. Es como mandar un hijo a la universidad y verlo regresar cambiado”, comentó.
Finalmente, el autor habló de su vínculo con Langdon: “Es la persona que siempre había querido ser. Tiene una vida más interesante y una mente más aguda que la mía. Todo lo que él percibe en segundos, yo lo he tardado días en documentar”. Entre ciencia, historia, misterio y amor, El último secreto invita a reflexionar sobre la conciencia, la vida y la muerte, proponiendo que nuestra existencia podría ser parte de algo mucho más grande de lo que imaginamos.