“Me aterroricé y me fascinó a la vez; hubiera querido abrazarla y protegerla”

“Yo revivo en La Cruzada a una mujer que desafió a su época y su cuerpo”

En La Cruzada, Florencia Canale da vida a Catalina de Erauso, la legendaria monja alférez que desafió las convenciones del siglo XVII. Huyendo del convento y disfrazada de hombre, Catalina se enfrenta a la guerra, la fe y el deseo mientras busca una libertad que su tiempo apenas podía imaginar. En esta entrevista, Canale habla sobre su fascinación por esta mujer valiente, el proceso de investigación histórica, los desafíos de la escritura y lo que significa explorar la vida de mujeres que rompen con los límites impuestos por la sociedad.

P.— Revives en La Cruzada a una mujer que desafió a su época y a su propio cuerpo. ¿Qué te atrajo de ella como protagonista?

R.— Todo. Catalina es una mujer valiente, con un coraje poco común, profundamente distinta. Es alguien que se construye a sí misma, incluso como escritora, mientras vive, no con el paso del tiempo. Eso es muy raro. Lo hace, además, un siglo antes de Sor Juana Inés de la Cruz, a quien solemos considerar la gran intelectual y religiosa. Catalina escribe y actúa antes. Encuentra la manera de sobrevivir y de buscar la libertad en un mundo cerrado y opresivo, y lo consigue. Sentí que estaba frente a la vida de una aventurera y me sumé a su aventura mientras investigaba y luego escribía. Catalina se disfraza de hombre y vive entre la guerra y la fe.

P.— ¿Qué significa para ti la tensión entre lo divino y lo terrenal?

R.— Es una tensión que me resulta muy cercana. Catalina se fuga muy joven, a los quince años, y se convierte en una prófuga de Dios. Sin embargo, al final de su vida regresa al acto religioso del silencio y la soledad, en el desierto mexicano, donde muere. Es notable cómo aquello de lo que escapa termina reapareciendo. En su época, muchas niñas ingresaban al convento desde pequeñas y aceptaban ese destino. No sabemos por qué Catalina entiende que esa no será su vida, que no será la novia de Dios. Aun así, creo que es una novela profundamente religiosa: su vida, pese a la fuga, está en contacto constante con Dios. Esa relación entre lo profano y lo divino, ese vínculo casi matrimonial, es ineludible.

P.— ¿Cómo construiste el equilibrio entre el rigor histórico y la libertad creativa que exige una novela como La Cruzada?

R.— Lo primero fue acceder a sus memorias; tenemos esa suerte, ella escribió. En Argentina no estaban publicadas, así que las pedí. Ese es un punto de partida muy auspicioso, aunque insuficiente para una novela de trescientas o cuatrocientas páginas. La novela histórica exige una investigación rigurosa, detallista y responsable, casi maníaca. En mi caso, la investigación está prácticamente a la par de la escritura. Disfruto mucho ese proceso, aunque escribir me angustia, la paso mal, pero hay un goce en quedarse ahí. Mi patria es la escritura. Y la investigación es igual de atractiva, igual de inquietante. Tal vez por eso escribo novela histórica: necesito ese soporte, ese suelo firme donde no vacilo. El rigor histórico y la investigación son un sostén que necesito.

P.— ¿Crees que podemos leer a la monja Alférez como un símbolo de identidad y de género más allá de su tiempo?

R.— Es un tema complejo. En algún momento, desde los estudios de género, se la tomó como una figura emblemática, pero esa mirada me parece un poco reductora, incluso la disminuye. Catalina no va en busca de la libertad sexual, sino de la libertad en un sentido mucho más amplio y, desde mi punto de vista, más difícil. Es una gran cruzada.
Eso no significa que en su tiempo no existieran otras formas de deseo, como en todos los tiempos. Pero Catalina se viste de hombre para salvar su vida, para sobrevivir a persecuciones de todo tipo y, en última instancia, a la persecución de sí misma. Llega un momento en que ya nadie la persigue: es ella. El secreto y la mentira pesan hasta el final.
Catalina adopta no solo el vestuario, sino también las costumbres y el modo de vida de un varón. Necesita ocultar su cuerpo, pero también su sensibilidad. Y lo logra: no la descubren. Es ella quien se descubre. Eso debió de ser un peso enorme. Por eso creo que su figura es mucho más vasta que una reivindicación de género. Todo lo que hace es, posiblemente, el precio de esa libertad.

P.— ¿A qué crees que tuvo que renunciar Catalina para alcanzar esa libertad que buscaba?

R.— Creo que tuvo que congelar las emociones, los sentimientos. Esa idea de que amar es perderse, de que sentir algo por alguien te diluye y te coloca a merced del otro. Catalina transforma su corazón casi en una piedra. Hay un único momento en el que parece flaquear, en el que se permite ese brillo en los ojos, y no le va bien. Y no es poco.
También está la renuncia a la familia —o el abandono mutuo—, que es durísimo. Ser libre no es una tarea sencilla, sobre todo si pensamos con la ligereza con la que hoy se pronuncia esa palabra.

P.— ¿Estamos realmente dispuestos a ser libres?

R.— La libertad tiene un costo altísimo. Implica no depender de nadie o, al menos, intentar aplastar ese monstruo de las emociones y de las necesidades. Catalina entrega todo eso para vivir una vida libre, pero el precio es enorme. Elige el riesgo frente al silencio, aunque finalmente termina eligiendo el silencio.
Su vida es una cruzada —no en vano el título—, casi una pasión religiosa. Aunque huye de lo religioso, ese vínculo es inevitable. Es un camino larguísimo de ocultamiento y de silencio, atravesado por una voz interior, por la conciencia, que a veces no se calla. Pienso en los anacoretas, en los monjes budistas: no es una tarea fácil.
Esa energía arrolladora, brutal, violenta, que la domina en la juventud —esa vitalidad encendida, no amorosa, sino vital—, con el tiempo se va transformando. Catalina empieza a entender qué es la vida y qué hay que entregar. No diría perder, pero sí entregar. Y ese desprendimiento también tiene, tal vez, su beneficio.
No es casual que elija pasar sus últimos años en México, lejos de la guerra, de la soldadesca, de la épica. Hay un momento en que toda esa vida se le vuelve casi una Sodoma y Gomorra. Necesita detenerse, pensar, reconciliarse y abrazarse con Dios. Le queda poco tiempo.

P.— ¿Qué relación personal estableciste con Catalina durante la escritura? ¿La comprendiste, la admiraste?

R.— La admiré y también me aterrorizó. Me fascinó, me quedé hipnotizada por sus actos, por lo que era esta mujer vasca: tan dura, tan fuerte, con una fortaleza inmensa. Pero al mismo tiempo, muchas veces hubiera querido abrazarla y decirle: “Vente de aquí, salgamos ahora mismo”. El peligro que emanaba era demasiado, no podría soportarlo.

P.—¿Por qué te atemorizó?

R.— Porque entendí lo arriesgado de su juventud. Observando también la reacción de chicas jóvenes cuando salió la novela en Argentina, pensé: “No es un ejemplo a seguir; hay mucho que aprender de Catalina, pero no todo se puede replicar”. A los 15, 20 o 25 años, uno se arroja al abismo sin medir las consecuencias. Hoy sé que no me lanzaría a ningún lado; conozco el peligro, sé que la sangre corre y que uno puede desangrarse. En su momento, seguramente ella habría sido capaz de arriesgarlo todo, incluso pelear un duelo por un juego de cartas o ir a la guerra. Ese fuego de la juventud es intenso y me da cierto respeto que inspire a otros jóvenes.

El desafío fue conjugar esa época de esplendor —el Siglo de Oro— con la modernidad actual. La investigación fue fundamental: ceñirse a los hechos duros, leer y releer, buscar materiales en España, incluso viajar a San Sebastián para documentarme. Ese siglo de oro español es fascinante, y recomiendo volver a sus autores una y otra vez.

P.— ¿Cómo dialoga tu literatura con este personaje y con tu mirada sobre otras mujeres a lo largo de la historia?

R.— Escribo para buscar respuestas, y al mismo tiempo aparecen nuevas preguntas. Me interesa descubrir cómo Catalina y otras mujeres lograron vivir, sentir y sobrevivir. No es por moda ni tendencia. Mi primera novela, publicada en Argentina en 2011, contaba la historia de Remedios de Escalada, la esposa de José de San Martín. Me intrigaba cómo esa joven rompió con su destino y logró casarse con un hombre considerado anónimo en Buenos Aires. Siempre me atraen mujeres distintas, originales, muchas veces rodeadas de dolor o muerte. Seguramente también me busco a mí misma en ellas.

P.— ¿Qué te interesaba explorar del cuerpo femenino cuando lo sitúas en contextos dominados por lo masculino?

R.— Lo que más me llamó la atención —y fue completamente nuevo para mí— es que en el norte de España, en los siglos XVI y XVII, no había un patriarcado estricto, sino un matriarcado. Eso me impactó y me pareció fascinante. El cuerpo de la mujer, su poder, su visibilidad: todo eso me interesa mucho. Recién regresé de Londres y me compré un libro sobre la belleza, el terror y el cuerpo de la mujer en el Renacimiento, precisamente para seguir explorando cómo ha sido su evolución.

También me interesa la evolución masculina, por supuesto, pero en este caso me atraen estas vidas de mujeres tan originales, que salían de la huella marcada. No digo que Catalina haya sido la única que se escapó del convento; muchas lo hicieron. Pero lo original en ella es que no lo hizo por amor, como muchas otras, sino que se escapó en busca de sí misma. Eso es digno de investigarse, abordarse y leerse una y otra vez. La novela es solo el puntapié inicial para seguir explorando, no un punto final: quiero que abra caminos.

P.— Para terminar, ¿cuál es tu cruzada?

R.— La vida misma: caer y aprender a levantarme, superar frustraciones, entender que la vida es lenta y requiere paciencia, algo que me costó mucho. Siempre fui muy definitiva, intolerante e impaciente. Además, crecí en una familia muy religiosa y, en algún momento, también fantaseé con ser monja. Pero la adolescencia, los novios y la vida me quitaron el hábito y me lanzaron al mundo.

Aun así, tengo muchos puntos de contacto con estas mujeres de paciencia y templanza. Siempre fui muy destemplada, y en La Cruzada encontré un lugar para sentirme acompañada.