Me impresiona más el horror que nace en lo cotidiano que el de los fantasmas.

“Los verdaderos monstruos son los vivos: crímenes humanos al descubierto

La noche no solo apaga la luz, sino que despierta aquello que el día mantiene oculto. En la penumbra, los límites entre la realidad y el mito se diluyen, y los temores más profundos adoptan formas casi humanas. Mientras algunos huyen de este territorio desconocido, otros sienten la irresistible necesidad de explorarlo. La oscuridad se convierte así en un espejo del alma, un escenario donde lo irracional y lo prohibido cobran vida, y donde cada sombra puede esconder secretos, historias olvidadas o incluso los rincones más oscuros de la condición humana.

En este territorio se adentra Javier Pérez Campos en su obra Nocturnos, un libro donde combina investigación periodística, literatura y estudios históricos para explorar los miedos que acompañan a la noche: desde mitos y leyendas hasta casos reales de crímenes atroces y fenómenos inexplicables. Pérez Campos, conocido por su meticulosa documentación y su mirada profunda sobre lo oscuro y lo prohibido, nos guía a través de un viaje literario y literal por la noche, revelando tanto el mundo exterior como los rincones más recónditos de la mente humana.

P. — ¿Tú eres uno de los que explora, no de los que huye?

R. — Bueno, casi por necesidad. De pequeño era un niño muy miedoso: me daba miedo la oscuridad y la soledad. Mis padres me dejaban dormir con la luz del pasillo encendida y la puerta entreabierta para que entrara un poco de luz. Creo que esta necesidad de adentrarme en la oscuridad fue una forma de exorcizar esos miedos, mirarlos a la cara y vivir sin miedo. Los miedos nos limitan, y a mí no me gusta vivir en una jaula; quiero ser libre de ellos.

P. — ¿El miedo nos limita? ¿No crees que es necesario sentir miedo?

R. — El miedo es fundamental, claro, es un mecanismo de defensa que nos mantiene vivos. En Nocturnos explico que al caer la noche, al perder la vista, el resto de sentidos se agudizan, especialmente el oído, lo que nos pone alerta ante cualquier sonido. Oliver Sacks hablaba del “síndrome del atardecer”: muchos pacientes se sentían inquietos al llegar la noche, un reflejo de nuestros mecanismos ancestrales de defensa.

P. — ¿Crees que el miedo a la noche es biológico o una construcción cultural que seguimos alimentando?

R. — Creo que es ambas cosas. El miedo biológico está grabado en nuestro ADN y cerebro primitivo, mientras que la cultura lo refuerza. Me interesa especialmente por qué algunas personas se quedan paralizadas ante un miedo extremo, como víctimas de violación o al enfrentarse a un peligro inmediato, como un coche que viene a gran velocidad. Esta parálisis tiene explicación: hace miles de años, “hacerse el muerto” ante un depredador era una estrategia de supervivencia. Ese reflejo quedó heredado genéticamente y lo experimentamos prácticamente todos.

P.— Fíjate que incluso en la era de la ciencia en la que estamos viviendo seguimos teniendo miedo a la oscuridad.

R.—Sí, es un elemento igual que el miedo a las tormentas. El miedo es subjetivo y el miedo además es algo absolutamente irracional en muchas ocasiones. Hay miedos a los payasos, hay miedos a los animales, a los insectos por supuesto, pero la oscuridad evidentemente es uno de los miedos más habituales, más profundos y que tiene que ver con eso, con que en la oscuridad somos profundamente vulnerables. El ser vivo tiene miedo a la oscuridad porque en las sombras puede aguardar el depredador que se alimenta de sus presas, que las tortura, que las destruye. Hay muchos casos en el libro de cómo algunos personajes siniestros a lo largo de la historia han aprovechado esa oscuridad para hacer todo tipo de tropelías a sus víctimas. Ese es quizá uno de los más habituales, el miedo a la oscuridad.

P.–: Divides el libro en fases de la noche. Sigues cronistas, filósofos y medievales. ¿Qué simbolismo encierras en esa estructura?

R.–: La noche tiene un sentido casi místico; los filósofos y chamanes se adentraban en ella para obtener conocimiento. San Isidoro de Sevilla, por ejemplo, en el siglo VII, estructuraba la noche según planetas y actividad animal: vespero (Venus), gallicinio (canto del gallo), conticinio (crepúsculo)… En Nocturnos estas fases guían un viaje literal y literario desde el crepúsculo hasta el amanecer. También la luna y sus fases aparecen como homenaje estético y cabalístico a la noche.

P.–: Si la luz representa la razón, ¿qué representa la oscuridad?

R.–: La oscuridad representa lo irracional, lo prohibido y lo que se oculta en las sombras. En la Edad Media, los aquelarres eran reuniones nocturnas prohibidas. La noche exige alerta, incluso para cuerpos de seguridad, y en Nocturnos refleja ese viaje hacia lo desconocido. Conocer los miedos es, además, prevenirlos.

P.–: Mencionabas antes el miedo a los payasos.

R.–: Es un miedo común, intensificado por It de Stephen King y su personaje Pennywise. Los payasos reales buscan entretener, no asustar, y hay asociaciones que lo recuerdan.

P.–: ¿Y el jinete sin cabeza? ¿Te interesa más el mito o la historia real?

R.–: Ambos. Estéticamente me atrajo Sleepy Hollow de Tim Burton y el relato de Washington Irving. Pero descubrí un caso mexicano real: Arturo Vidal, un cuatrero decapitado a finales del XIX. Lo ataron a un caballo y lo hicieron cabalgar por semanas; su apariencia causó que los indios le dispararan, creyendo ver un fantasma. Fue enterrado en el rancho La Trinidad, pero hay testimonios de los años 70 que dicen haber visto un jinete fantasma en la misma zona. Así, literatura, ficción, historia y sucesos reales se conectan.

P.–: Aparecen investigaciones tuyas sobre asesinos que actúan de noche. ¿Qué papel crees que juega la oscuridad en los depredadores?

R.–: El depredador sabe que su terreno es la oscuridad, donde puede actuar con impunidad, aprovechar sombras y debilidades de sus víctimas. Antes de la masacre de Sharon Tate y la Bianca por la familia Manson, había una creencia casi general de que todos eran buenos por naturaleza. Crímenes atroces como esos generan traumas culturales; por ejemplo, tras la masacre de Alcácer en España, muchas personas dejaron de hacer autostop. En Estados Unidos, en los 70 y 80, depredadores como John Wayne Gacy operaban con libertad. Otros casos extremos incluyen al cazador de Anchorage, que secuestraba mujeres para cazarlas como animales. Algunos supervivientes, como Cindy Paulson y Christa Hayes, afirmaron escuchar voces de mujeres asesinadas alentándolas a huir, lo que muestra cómo la oscuridad puede agudizar otros sentidos y afectar la mente.

P.–: ¿Qué te atrae de los casos que parecen resistirse a la lógica?

R.–: Me atrae la duda sobre lo que esconde el ser humano. En Nocturnos, el verdadero miedo son los vivos, no los fantasmas: monstruos humanos que podrían estar entre nosotros y, aun así, esconden horrores, como 33 cuerpos en un sótano. Eso es lo que me impresionó y quise enfrentar con el libro.

P.–: Hay otro caso en tu libro, el de Von Kossel, donde se mezcla amor y necrofilia. ¿Qué nos enseña o qué frontera hay entre pasión y locura?

R.–: Es un caso impactante y periodísticamente interesante por cómo la prensa lo cubría a finales del XIX y principios del XX. Carl von Kossel, un doctor que luchaba contra la tuberculosis, se enamoró de Elena Milagro de Hoyos, quien murió joven. Von Kossel secuestró su cadáver durante casi una década, reconstruyéndolo con hierros, anclajes y fluidos para preservarlo, incluso haciendo una máscara para su rostro y empapelando restos de piel y hueso. Los medios de la época hablaban de “amor más allá de la muerte”, pero a todas luces es necrofilia y un acto de romper la voluntad de otra persona. Las crónicas muestran que Elena nunca quiso a Von Kossel y él actuó sin su consentimiento. Además, leyendas actuales sobre relaciones sexuales con el cadáver no tienen base en fuentes contemporáneas; yo desmonto esos mitos en el libro.

P.–: Hablando de máscaras, ¿crees que todos llevamos una? ¿Mostramos una cara diferente al mundo mientras ocultamos otra en la intimidad?

R.–: Exacto, Nocturnos también trata de eso: la noche nos quita las máscaras y revela lo normal. Durante el día seguimos nuestras rutinas, pero en la intimidad cada uno guarda secretos. Lo interesante es que esos secretos sigan guardados, porque lo peor es que salgan como en los casos de Nocturnos. Me impresionó especialmente que muchos de estos hombres que torturaban a niños o mujeres en sus sótanos estaban casados y tenían hijos. Por ejemplo, el cazador de Anchorage tenía dos hijos y su mujer estaba de viaje cuando cometía sus crímenes. John Wayne Jaycee escondía 33 cuerpos bajo su casa, también estaba casado, y vivía con su mujer y suegra; alegaba que el mal olor del sótano venía de aguas residuales. El horror aumenta cuando las esposas descubren que sus maridos eran auténticos monstruos en la intimidad, sin que ellas lo supieran.

P.–: ¿Cómo cambia tu mirada cuando pasas de investigar un hecho real a hacerlo de forma periodística o literal?

R.–: En esencia, la investigación es la misma. Al inicio del libro incluyo una nota aclarando que aunque parezca ficción, todo en Nocturnos es real, respaldado por casi 500 notas a pie de página. Soy obsesivo con los detalles. Por ejemplo, la Santa Compaña Manchega: siempre se ha creído que proviene de Galicia, pero hay historias similares en la llanura manchega, como en Villarrubia de los Ojos, donde una comitiva de monjes espectrales detenía vehículos hasta que pasaba la comitiva fúnebre.

Esto tiene relación con el Quijote, ¿no? En el capítulo 19, Cervantes pone a Don Quijote y Sancho frente a una comitiva espectral que creen fantasma, pero son personas enterrando a un difunto. ¿Cómo lo interpreta? Es fascinante: Cervantes ya conocía estas historias y decide parodiarlas, conectando la literatura con hechos reales.

P.–: Hay una parte que no te atreves a mirar demasiado tiempo, ¿a qué te refieres?

R.–: A veces, investigando, llegas a un punto en el que no quieres continuar. Me ha pasado, pero seguí adelante. El libro se escribió de noche, cuando acostaba a mis hijos y después me bajaba a escribir e investigar. Algunos casos, como el del cazador de Anchorage, eran durísimos; escuchar las voces de las supervivientes y documentar escenas del crimen me dejaba mal cuerpo en ocasiones.

P.–: Entender lo que ocurre o entenderlo demasiado bien.

R.–: Sí, es interesante. A veces conocer demasiado la realidad es duro. Pienso en la canción de los Beatles: Living is easy with eyes closed. En el libro reflejo momentos como cuando la hermana de Elena de Hoyos está a punto de descubrir que su hermana estuvo diez años con su cadáver. Reflexiono y le hago imaginar que conocer la realidad es como despertar en una pesadilla de la que vivirás siempre. Ese es un salto de madurez que todos debemos dar.

P.–: A tus gemelos , ¿qué les transmite este Nocturno sobre lo que escribes o investigas?

R.–: Ellos han visto el sellito de Tomasijo, hay un sello precioso que lleva el libro y me preguntaban por esto y yo les decía que es una historia de fantasmas. Ellos conocen las historias de fantasmas, les encantan. Con cinco años ya han visto algunas películas de Tim Burton. ¿Cómo reaccionan al mundo mágico frente al real?
 Para ellos todo cohabita y uno tiene que explicarles que los fantasmas son cuentos, que sólo existen en los libros. Si les contara lo que yo creo, quizá no dormirían, y eso no me conviene especialmente si quiero seguir escribiendo de noche.

https://youtu.be/oow5jyprfq4