Con Bajo cielo, Alfonso J. Ussía ofrece una mirada íntima y atenta a un Madrid que se transforma sin detenerse. El autor recorre la ciudad desde la experiencia del paseante que observa cómo cambian los ritmos, los barrios y los gestos que un día hicieron reconocible a la capital. Su escritura combina memoria, crítica urbana y una relación profundamente personal con la ciudad que ha marcado su vida, su formación y su manera de entender la literatura.
Nota de Rosa pasa página: Esta conversación fue realizada antes del fallecimiento del padre del autor. Se mantiene tal y como fue concebida, respetando el momento vital en el que se produjo.
“Responde también a una tradición literaria que ha tenido la ciudad en los últimos 400 años”
P.— ¿Qué sensación te llevó a comprender que Madrid necesitaba una mirada íntima?
R.— Responde también a una tradición literaria que ha tenido la ciudad en los últimos 400 años y que ahora mismo los que nos dedicamos a escribir tenemos una cuenta pendiente.
“los 90 para acá es un Madrid que no ha encontrado todavía su hueco en la literatura”
P.— ¿Por qué decidiste abordar el Madrid que aún no tiene espacio en la literatura?
R.— El Madrid de la bohemia, el de la pre- y posguerra, el de la transición y el de la movida está retratado, pero los 90 para acá es un Madrid que no ha encontrado todavía su hueco en la literatura. Sentía la obligación de recoger ese testigo porque soy paseante madrileño, flâneur, y es mi ciudad. Me dedico a escribir y no podía mirar hacia otro lado. Tenía que mirar hacia la ciudad. Tenía que hacerlo.

“Madrid era un personaje literario, pero yo creo que es un género”
P.— ¿Qué descubriste de ti mismo al asumir que la ciudad no era un decorado, sino una forma de autobiografía?
R.— Paco Umbral decía que Madrid era un personaje literario, pero yo creo que es un género. Es un género porque Madrid ya no solo pasa en la literatura, sino que pasa en la música, en la política; es la gran plaza a batir, la gran plaza a conquistar. Ninguno tenemos tres o cuatro generaciones en la ciudad. Madrid ha acogido a todo el mundo, tanto para el éxito como para el fracaso. Hay una especie de melancolía y de épica que se queda en las paredes, que las rascas y sale. Necesitaba escribirla, necesitaba contarla. Es una ciudad a la que le debo todo, aunque a veces me atropella con su ritmo frenético. Cada vez que salgo, extraño volver. La mirada narrativa la tenía hecha. Quiero a esta ciudad, quiero a su gente, y me parecía un reto contar el cambio tan poderoso que está viviendo.
“me dedico a la literatura gracias a él”
P.— ¿Dedicas el libro a tu padre?
R.—Sí, le dedico el libro a mi padre porque en el fondo me dedico a la literatura gracias a él. Es una persona a la que admiro profundamente y a la que he conocido leyendo: en sus columnas de opinión en ABC, luego en La Razón, luego en El Debate; en sus libros; en lo que opina de todo. Siempre me apoyó en dedicarme a la literatura. He tenido la suerte de crecer rodeado de libros: siempre que tenía alguna duda había un dedo que señalaba un tomo y ahí estaban las respuestas. En el fondo es un homenaje, un agradecimiento. He esperado cinco o seis libros para dedicárselo, pero era justo y el momento adecuado para hacerlo.
“me parece que Steve Jobs es el tío que más daño nos ha hecho en el siglo XXI”
P.— Hoy consultamos todo en el móvil y confiamos en lo que aparece ahí. ¿Cómo ves ese cambio?
R.— Es necio decir que la tecnología nos está haciendo peores, porque para muchísimas cosas se están mejorando errores: en la medicina, en la seguridad, en la empresa. Ya no vamos con una guía de calles en el coche, aunque también es una pena. En el caso del teléfono y la pantalla, me parece que Steve Jobs es el tío que más daño nos ha hecho en el siglo XXI. Ha convertido un mundo en un espejo. Internet tiene cosas maravillosas: un acceso enorme a información que antes era más difícil conseguir. Pero también tiene riesgos: el encierro, la soledad, la idea de que la vida está en una pantalla cuando realmente está en una conversación, en el roce, en la piel, en el cariño, en la decepción, en mirarse a los ojos.
“no todo lo moderno tiene por qué ser bueno”
P.— ¿Crees que veremos consecuencias graves en los próximos años?
R.— Vamos a ver consecuencias terroríficas en pocos años en términos de soledad y suicidios. Como en todas las grandes revoluciones, la tecnología ha irrumpido para quedarse, pero corremos un riesgo. No todo lo moderno tiene por qué ser bueno. Tenemos que tener mucho cuidado y estar atentos a los nuestros: niños, hijos, generaciones que vienen. Que esto no les atrape, que salgan de la pantalla. Es muy superficial y la mitad es mentira. Entonces, ahí estás jodido.
“los domingos era un día que era nuestro”
P.— En Bajo cielo dedicas un capítulo a los domingos y sus bares. ¿Qué tiene Madrid ese día?
R.— Los domingos era un día que era nuestro. Era un día de estar recogido. Soy un fan de los domingos; creo que es mi día favorito, el domingo y el lunes, porque el domingo el ritmo paraba. La velocidad de lunes a viernes se frenaba y entrábamos en punto muerto. Daba tiempo a la reflexión, a preparar, a coger aire, a observar, a caminar. Era un tiempo para ti. Ahora un domingo puede ser un jueves. Paseas por el centro y prácticamente no distingues si es lunes o domingo, y eso no me gusta tanto. Hay que salir de Madrid para recuperar que el domingo sea tuyo y, en cierto modo, es una pequeña derrota. También lo es para los taberneros. Ha cambiado mucho la hostelería: antes era un concepto de familia.
“las franquicias están arrasando”
P.— ¿Cómo ha cambiado ese concepto del bar madrileño?
R.— Antes la hostelería era un negocio familiar: un matrimonio, quizá un hijo o una hija, echando todas las horas del mundo por necesidad y por dar un servicio. En Madrid las franquicias están arrasando. Y no solo las franquicias: también el modelo de restaurante exclusivo de cinco estrellas con menú de 300 euros que no funciona a los dos años y se reemplaza por otro. Y ahora hay un negocio que me da pánico: consultorías que te montan el restaurante. El inversor monta un restaurante como quien monta una tienda de gafas. Te ponen el nombre, la carta, el local, la decoración. Al final, más que un servicio, es un negocio. Es muy jodido.

“el mejor bar es el más cercano”
P.— ¿Qué se está perdiendo con esa transformación?
R.— Siempre digo una frase de Ray Loriga que me encanta: el mejor bar es el más cercano. Es una extensión de tu casa, de tu salón, de tu vida. Ese concepto está desapareciendo. No solo por las condiciones laborales: también la ley antitabaco perjudicó mucho a esa costumbre de fumarte un piti con el café leyendo la prensa. Ahora está mal visto hasta en la terraza a cuatro grados. Eso se está cargando el concepto de comunidad que tenían los bares, y es una pena, porque eran parte de tu paisaje diario.
“el bar es nuestra catedral, es nuestra iglesia”
P.— El bar era una prolongación de tu casa: el camarero sabía tu estado de ánimo y te escuchaba.
R.— Sí, en lugar de los curas, los psicólogos. Mi madre es muy religiosa y siempre digo que el bar es nuestra catedral, es nuestra iglesia, la de los que no tenemos tanta fe. Desgraciadamente no les están dejando sitio, porque competir a nivel de capitales europeos tiene su costo, y este es uno de ellos.
“depende de que un grupo con muchísima pasta se haga cargo de él”
P.— ¿Qué opinas de la desaparición de negocios emblemáticos, como la chocolatería Santa?
R.— Hago un paseo por Londres, que ha sufrido crecimiento, ha recibido rusos, chinos, árabes y a los más ricos del mundo, pero siempre han mantenido la herencia como prioridad. No sé si esto se arregla a nivel legislativo o si también somos responsables los madrileños de no consumir chocolate en Santa. Es una pena que no puedan mantenerlo. Conozco bien el caso de la chocolatería porque uno de los propietarios es Enrique López-Lavigne, que ha recuperado La candela, pero no pudo asumir la subida del alquiler en la calle Serrano. Me da mucha pena que abandonemos eso y que la supervivencia de negocios emblemáticos, como Lardy, dependa de que un grupo con muchísima pasta se haga cargo de él. Esto demuestra que el interés prima sobre la herencia, y eso nos hace peores.
“Personajes de la historia como Franco protegían la vivienda, favorecían que una persona siempre pudiera pagar su casa sin depender de un banco, crédito o hipoteca”
P.— ¿Qué barrio crees que ha cambiado más o que define mejor el rumbo actual de Madrid?
R.— El centro probablemente, o Malasaña, Chueca, realmente son barrios que están a un ritmo frenético. Hay una cosa que me fijo siempre al caminar por la calle: las macetas. Antiguamente teníamos macetas en todas partes en Madrid. La gente, las señoras, los señores, aunque tuvieran un hueco al aire libre, era un hueco verde, un lugar para pasar el tiempo. Ahora vas por ahí y ves unos box de plástico, otro piso de alquiler vacacional, edificios enteros. Rufián dijo en el Congreso, y estoy en las antípodas ideológicas del nacionalismo, que los ricos no inviertan en vivienda, porque hay un déficit en España de 700.000 viviendas. Personajes de la historia como Franco protegían la vivienda, favorecían que una persona siempre pudiera pagar su casa sin depender de un banco, crédito o hipoteca. Eso no lo hemos sabido hacer.
“el liberalismo está muy bien para muchas cosas y para otras es un animal muy salvaje”
P.— ¿Qué opinas de las consecuencias de este modelo en la ciudad?
R.— El liberalismo está muy bien para muchas cosas y para otras es un animal muy salvaje, y tenemos que hacer medidas para protegerlo como sea. Ahí hay otra derrota, otra pena. Lo escuché y estuve completamente de acuerdo.
“encuentro casas bajas”
P.— ¿Qué encuentras en Tetuán que no se encuentra en otras zonas de Madrid?
R.— Encuentro casas bajas. También las hay en Vallecas y en algunas zonas, pero Tetuán está desapareciendo. Hay una ley de alturas: se pueden levantar cinco plantas donde antes había casas antiguas de una sola planta, construidas en los años 50, 60 y 70. Tetuán aún mantiene algunas de estas casas, aunque quedan pocas y ya están preparadas para fondos de inversión que hagan negocio.
“Tetuán es el ejemplo claro que acoge a todas las nacionalidades del mundo”
P.— ¿Y qué más destaca de Tetuán?
R.— Hay un multiculturalismo maravilloso. Tetuán acoge de manera tremenda, como lo hacía en años anteriores. Madrid en los años 20, 30 y 40 acogía a todas las provincias, y Tetuán acoge a todas las nacionalidades del mundo. Es mucho más auténtico que un barrio como Lavapiés, que tiene fama multicultural pero es más complejo de tratar. Tetuán sí que tiene todo.
P.— ¿Cómo describirías a la gente del barrio?
R.— Es un barrio muy bonito que todavía sobrevive dentro de la M30 al colapso de la ciudad. Siempre fue un barrio de gente honesta, que venía a trabajar y a ganarse la vida. Me gusta.
P.— ¿Cómo percibes la convivencia de comunidades distintas en el barrio?
R.— Los chinos son muy listos y muy trabajadores. En mi barrio, que soy de Mariana de Cavia, están comprando los bares de siempre. Tienen una técnica curiosa: compran el bar, trabajan muchas horas y mantienen al cocinero hasta aprender a preparar la tortilla de patata, el sándwich mixto y el menú del día. Rompen los precios desde abajo: un desayuno en la avenida del Mediterráneo puede costar 2,50 €, incluyendo café, zumo y mixto. Luego, las tiendas de chinos, que antes abrían a las ocho, ahora abren a las nueve o nueve y media y cierran más tarde. Se están adaptando al capitalismo moderno.
“pierde todo. Pierde la identidad, pierde la humanidad”
P.— ¿Qué pierde un barrio cuando se convierte en alojamiento temporal?
R.— Pierde todo. Pierde la identidad, pierde la humanidad, pierde el concepto de hogar. Eso es lo más trágico: la ciudad se convierte en una más, como tantas otras en el mundo. Madrid recibe cada año 70.000 o 80.000 nuevos habitantes; cada vivienda nueva necesita tres o cuatro personas que formen su familia o vengan a vivir. Es una pena ver que al pasear por Madrid, por Londres, París o Sevilla, todos los barrios terminan pareciéndose: mismo perfume en las tiendas, mismo escaparate, mismo diseño de muebles expositores. Solo cambian los platos que puedes comer: una empanada aquí, unos callos allá. Pero la sensación es dolorosa.
“es un olor de Madrid, es un olor de la calle, es un olor nuestro que es prueba de desaparecer también”
P.— Estamos en noviembre y hablemos de las castañas. ¿Qué significado tienen para ti?
R.— No me gustan especialmente, pero darme un paseo por noviembre por la Gran Vía o por la Plaza Mayor me lleva a la infancia: el olor de la castaña asada es casi la magdalena de Proust. A mis hijos también les gusta pasear y olerlas, aunque no quieran comerlas. Es un olor de Madrid, de la calle, un olor nuestro que está en peligro de desaparecer.
“cruzarme el Retiro por la mañana e irme hasta el Palacio de Oriente”
P.— ¿Qué ritual cotidiano te conecta con el Madrid de siempre?
R.— Pasear mucho. Voy andando a todas partes, incluso de Tetuán a Conde de Casal, una hora y pico de caminata. Tengo un ritual sagrado: cruzarme el Retiro por la mañana e ir hasta el Palacio de Oriente o a Ópera, tomarme un café y durante todo el camino darle vueltas a un artículo o texto que tengo que escribir. Esto lo hacía Antonio Vingote y se lo he “robado”: él cruzaba el Retiro hasta el Café de Oriente y allí le surgían ideas para nuevas viñetas. Luego vuelvo a casa cambiando la ruta: a veces por la calle Bailén, Puerta de Toledo; otras por Gran Vía, el centro; otras hasta Chamberí o Tetuán. Camino mucho, me gusta y ahí es donde le tomo el pulso a la calle y percibo realmente los cambios de la ciudad.

“echo mucho de menos la oferta musical”
P.— ¿Qué queda de la noche madrileña, de aquella insolencia?
R.— Echo mucho de menos la oferta musical. Antes, de lunes a domingo, sabías que tenías 8 o 10 garitos con buena música. Hablamos de lugares como el Clandestino, Clamores, Galileo, la Sala Caracol, Aqualung, Costello, Burreal. Había una épica bonita de conquistar la ciudad con las bandas que se lo curraban. Ahora es más artificial: conciertos grandes con entradas de 150 euros, gente que viene de Inglaterra, Francia o Estados Unidos para aprovechar el fin de semana. A los locales nos van sacando del rollo. El ritmo frenético de antes, siempre compasado por un buen concierto, no lo veo tanto.
“la noche ha sido el escenario para poder desarrollar ese canallismo”
P.— ¿Dirías que la noche madrileña consuela o detiene?
R.— Consuela. La gente que le gusta Madrid siempre ha sido muy canalla. La noche ha sido el escenario para desarrollar ese canallismo, esa manera de gastarse la vida sin maldad ni delito. Siempre me gustó pensar que si en un domingo por la noche te encontrabas con alguien de marcha, era probablemente un gran golfo. Ahora es más complicado, también porque por edad ya no estoy en la calle todo el santo día.
“Madrid era una ciudad en la que antiguamente por la noche Joaquín Sabina iba a un bar a escribir canciones”
P.— ¿Y qué hay del brillo de la noche para los creadores?
R.— Madrid era una ciudad donde Joaquín Sabina iba a un bar a escribir canciones, Enric Burguijo estaba en otro, Nacho Pop o Antonio en otro. Esa herencia de la bohemia, de escritores como Sawa, Payénclán o Perúís de Gálvez, demuestra que la noche era un sitio donde los lobos se encontraban y había algo bonito.
“lo que extrañamos al final es el yo de hace X tiempo”
P.— ¿Qué has descubierto de ti mismo?
R.— Al final lo que te descubres es a ti mismo. Ves que ha cambiado algo, un bar, y lo que da pena no es que el bar sea otro, sino que tú has cambiado. Lo que extrañamos al final es el yo de hace X tiempo. Me descubro a mí mismo en esa nostalgia por el paso del tiempo. Hay un descubrimiento interior al darte cuenta de que todo va cambiando, que no lo puedes sostener ni agarrar. Esa épica y esa derrota aparecen cada vez que paseo, al volver atrás y darme cuenta de lo que había y ya no está. Quizás lo que ya no esté también sea yo.
P.— En ese proceso, ¿qué papel tienen los cambios en la ciudad y los medios de comunicación?
R.— Es un cambio muy fuerte. Nos quejamos de manipulación, bulos y mentiras, pero nadie compra un periódico; nos fiamos de lo que nos cuentan en un grupo de chat. Dice mucho de nosotros.
“tampoco se puede opinar de la ciudad sin haberla pateado, sin haberla mirado, sin haberla sufrido, gastado, vivido, dolido, llorado y disfrutado”
P.— ¿Cómo se escribe Madrid sin idealizarla ni denostarla?
R.— Siendo honesto. Hay que conocerla bien, saber lo que tienes delante. No se puede opinar de la ciudad sin haberla pateado, mirado, sufrido, vivido, dolido, llorado y disfrutado. Ese es un pacto lícito que te da la ciudad para poder hablar de ella. Conocerla bien te permite escribir con honestidad, sin decir de más ni de menos.
“me da el permiso a la ciudad de poder escribirla con honestidad”
P.— ¿Qué te permite esa experiencia?
R.— Conocer la ciudad muy bien me da el permiso de poder escribirla con honestidad, sin exagerar ni minimizar, y con una mirada auténtica.
P.— ¿Qué anticiparías como crónica ante lo que va a ocurrir en Madrid?
R.— Crónica de una muerte anunciada. Una transformación hacia una gran ciudad internacional que apelo a la responsabilidad y generosidad de todos, tanto madrileños como los que han venido a vivir aquí, para mantenerla y pelear por ella. Evitar que pasen cosas como lo que ha ocurrido en Santa o en el Café Gijón, donde tantos negocios emblemáticos desaparecen. Nos estamos convirtiendo en cartón piedra: mantienes la fachada de un BIC, pero dentro ya es otra cosa.
“les estamos dejando una ciudad con menos identidad, más parecida a todos los demás”
P.— ¿Qué legado estamos dejando a nuestra generación?
R.— Les dejamos una ciudad con menos identidad y el peligro de la soledad. Veo padres que ponen la pantalla al niño mientras cenan. Cuando éramos pequeños, la mesa era un ritual de silencio y aprendizaje. Ahora los padres buscan tiempo para sí mismos y usan la tableta como “psicólogo” del niño. Esta factura la van a pagar las próximas generaciones.

“me dedico a confundir el algoritmo”
P.— ¿Cómo te enfrentas a la tecnología y a la manipulación digital?
R.— Me dedico a confundir el algoritmo de las redes sociales. Solo entro por mi profesión y trato de ponerle zancadillas: anuncios absurdos, retuitear lo contrario de lo que dicen los políticos. Es mi manera de no dejar que una máquina o alguien controle lo que soy y me guste. Todos deberíamos intentar no perder el colmillo frente a la tecnología.
“el cielo de Madrid tiene algo especial, sea único”
P.— Bajo el cielo, ¿qué tiene de especial el de Madrid?
R.— Madrid tiene una posición en la meseta, con la sierra al lado, lo que hace que el cielo sea único. Azul muy especial, claro y auténtico, con mucho que ver con la sierra y los pulmones verdes de la ciudad. Aunque tenemos problemas de contaminación y no vemos muchas estrellas, el azul del cielo es algo que los madrileños apreciamos mucho.
Rosa Sánchez de la Vega