«No había nada sagrado cuando estábamos juntos: todo se podía parodiar.»

“Almudena llegó con dos cananas y dos pistolas: Galdós y Cervantes”

En Lo que sé de Almudena (Tusquets, 2025), Rafael Reig ofrece un retrato íntimo y afectuoso de Almudena Grandes, escrito desde la amistad y la memoria. No es una biografía al uso, sino un homenaje cargado de anécdotas, humor y emoción, que reivindica su voz literaria y su fidelidad a los lectores. Con motivo de la publicación del libro, Reig conversa con Rosa Pagean.

P. — “La primera foto que aparece en el álbum de mis recuerdos es la última, ya no volvió a verla.” Así empieza Lo que sé de Almudena, el libro que has escrito. ¿Qué te impulsó a compartir esta historia?

R. — Es una manera de compartir a Almudena desde otro punto de vista, o quizá desde el mismo, pero con la intención de conocerla un poco más. Este libro es eso: un intento de acercarnos a ella desde lo personal.

P. — Quiero ir al principio. ¿Cuándo conociste tú a Almudena?

R. — Pues no lo sé con exactitud… calculo que hace unos 30 años. Creo que nos conocimos en jurados de premios literarios, en cócteles, fiestas, ese tipo de entornos. Yo sabía que Almudena era muy conocida desde muy joven, sobre todo desde su primer libro erótico, que fue muy útil para muchos.
Nos veíamos de vez en cuando, como pasa en cualquier gremio —entre fontaneros, entre escritores— y siempre nos llevamos bien. Luego resultó que llevábamos a nuestras hijas al mismo colegio, y ahí empezamos a vernos cada día, por la mañana o por la tarde. Eso nos acercó más.

P. — Dices que con esa primera novela, La sonrisa vertical, la viste “vestida de rosa”. ¿Es verdad que la recordamos más de blanco o de negro?

R. — Cuando hablo de “rosa” me refiero a las tapas de la colección donde se publicó ese libro. Pero sí, es verdad que solía vestirse mucho de blanco o negro. A veces con algún estampado mexicano o algo más colorido, pero en general optaba por esos colores.

P. — Almudena Grandes fue una figura muy querida, pero también discutida. ¿Cómo se escribe desde la intimidad, sin edulcorar, pero también sin traicionar?

R. — Bueno… eso de “sin traicionar” es difícil. No entiendo bien la pregunta, porque todos  somos traidores. Forma parte de nuestra naturaleza. Incluso los actos de amor pueden implicar una traición en algún nivel, ¿no?
Pero si hablamos de fidelidad, Almudena fue siempre fiel a sus lectores. Los conocía muy bien —no personalmente uno por uno, pero casi— porque le encantaba hablar con la gente y escuchar.
Ella no escribía para la academia, ni para críticos, ni para lectores cultísimos. Escribía para esa mayoría silenciosa que lee aunque no mucho, que encuentra en la lectura una forma de entretenimiento.
Yo me incluyo. Me gusta leer, aunque también me gusta jugar al ajedrez. Y creo que Almudena nunca traicionó a ese público. ¿A quién pudo traicionar? No lo sé. No tengo conciencia de que haya habido traición.
Para mí, fue un ejemplo de fidelidad, incluso con personas que no se lo merecían. Y lo hacía sin esperar gratitud, muchas veces sin que se notara. Era una persona generosa, en el sentido más profundo: escribía desde una gran abundancia de corazón. Ex abundantia cordis, que dicen las escrituras.



P. — Hablas de los lectores. Ella se dejó hasta la última gota de tinta en entregarse a ellos, ya fuera en la escritura o en las firmas de ferias. ¿Qué crees que le daba ese vínculo con ellos? ¿Y qué le costaba? Siempre hay una especie de intercambio, ¿no?

R. — Supongo que sí, que hay un intercambio, pero creo que ella siempre salía ganando. Por eso lo hacía. Porque su marxismo tenía libertad.
Ella decía que sus lectores eran la garantía de su libertad. Podía escribir lo que quería porque tenía lectores que la respaldaban. Si no, habría tenido que hacer algo más comercial o adaptado a otra lógica, pero no habría sido lo que ella quería escribir.

Ese respaldo le daba libertad, sí, pero también sentía una responsabilidad. Y creo que resolvió esa vieja enemistad entre responsabilidad y libertad de una forma que ya la quisiera Kant. La única libertad posible es cumplir con nuestra responsabilidad.
Ella lo vivía así. Lo explicó muchas veces en artículos sobre su relación con los lectores. De ellos obtenía no solo la libertad, también la materia con la que están hechos los sueños que construyen una novela: lo que les preocupaba, lo que les emocionaba.
Esas eran también sus emociones. No es que escribiera sobre cosas ajenas a sí misma, sino que sintonizaba con lo que también les pasaba a los demás.

P. — ¿Qué ha significado para ti narrar desde la ausencia?

R. — Ha sido una forma de reencontrarme. De volver a pasar por el corazón, que al final es lo que significa “recordar”: re-cordis, pasar de nuevo por el corazón.
Creo que no se puede presentar a una ausente de otra forma que contándola.
Es lo que hacemos siempre con quienes ya no están: contar cosas, compartir experiencias, y ver cómo esa persona cambió algo en nuestra vida, la hizo más profunda, más divertida, más ancha.

Recordamos a quienes nos han construido, porque en parte somos quienes somos por ellas. Y también les pertenecemos. Somos el eco de lo que dejaron.
Es un homenaje mutuo. Una apuesta segura por uno mismo y por el recuerdo.
Tenemos que recordar más, porque es la única forma de mantener vivas a las personas que se han ido.

Siempre pienso que quiero escribir una novela sobre alguien que hace una tesis doctoral sobre un autor que solo escribió comedias de capa y espada…
Y ¿qué pasa si un día ese autor escribe una aventura espacial? Se acabó la tesis.
Porque la vida de una persona no se redondea hasta el final. Solo entonces puedes hacer el retrato definitivo, cuando ya está posando para la eternidad.
Como decía ella misma, la eternidad —citando a Moco Suena en un verso francés— también se puede traducir así: cuando todo se detiene.

P. — ¿Qué es la teoría del descansillo?

R. — Es una teoría que surgió una vez que, educadamente, le dije: “Oye, me aburro mucho cuando te pones a describir tantas cosas”.
No puedes ser tan detallista. Si la protagonista trabaja en una panadería, ya me imagino que hay un horno, ya me imagino que hacen magdalenas. No necesito saber el diámetro de cada molde para poder seguir leyendo.

Y me respondió: “No has entendido nada, idiota. Eso es un descansillo. Como cuando subes una escalera y en las casas nobles hay un asiento donde te puedes sentar a tomar aliento. En las casas como la mía, no como la tuya”, me decía.
Es un momento para recapitular, para respirar, para recibir información curiosa. El lector con curiosidad —no del todo estúpido— lo agradece. No como tú, que solo quieres ir al lío.

“Así con las mujeres no vas a tener éxito”, me soltó. “Vas demasiado rápido. Y no es así. Hay un orden. Es como bailar. Yo estoy escribiendo novelas largas ahora, y además son una serie. Eso tiene otro ritmo. No es lo mismo que una novelita corta de doce páginas como las que escribís los jóvenes.”

Me trataba como a un chiquillo, y con razón. No puedes bailar a Galdós a ritmo de rock.
No puedes leer a Mozart como si fuera una joven novelista mexicana donde matan a ocho en la primera página.
Tienes que adaptarte a tu pareja de baile. Y como la que te saca a bailar soy yo, la autora, tú te pones en mis brazos y vas al ritmo que te marque. Y ese ritmo tiene descansillos.

Y sí, tenía razón. Porque un escritor también crea a sus lectores. Les enseña a leer de una forma distinta.
Los que hemos leído a Proust, por ejemplo, hemos tenido que aprender a leer de otra manera: despacio, a veces incluso con pesadez.
Es como leer el BOE o un catálogo de subastas: al principio cuesta, pero si te dejas llevar, puedes disfrutar muchísimo.

P. — ¿Qué aprendiste de Almudena como escritor?

R. — Bueno, esto, por ejemplo: lo del ritmo. Aprendí que hay que escribir para salir de uno mismo. Que expresarse a uno mismo en los libros es una tontería adolescente. Porque uno mismo es inevitable. Entonces, ¿para qué redundar?

Hay que escribir sobre los demás. Igual que la lectura te da la oportunidad de vivir otras vidas, como decía ella, te da vida de más. No más vida, sino vida de más. Es una vida extra.
Explorando el mundo submarino con Julio Verne, por ejemplo. Y también te saca de ti. Te mete en otro sitio. Y no hay mejor destino al que ir que fuera de uno mismo.
Todo lo demás —ir a las Azores, a Mallorca— es una tontería si vas contigo mismo. No sirve para nada. Lo que hay que hacer es salir de ti. Leer y escribir te ayudan a alejarte de ti y mirar el mundo con otros ojos, desde fuera.

P. — “Nadie nos podrá quitar la gloria del intento”. Una frase que dijo en su momento, aunque no es suya. ¿Qué te dice hoy, ya sin ella?

R. — La dijo Cervantes, pero ella y Luis Landero la comentaban mucho. Y bueno, es una frase estupenda. Me acuerdo mucho de una representación teatral en la que yo hacía de escudero, de Don Quijote. Es verdad que ella me sacaba una cabeza.

Con lo cual era alta. Pero yo era justo eso, un justillo. Una tirilla de pocos años. Ella no. Ella estaba rofagante. Más estilo Ava Gardner o Charo López.

P. — Almudena hablaba de política con la misma pasión con la que narraba una historia. ¿Cómo combinaba ese sentido del humor con, por ejemplo, la crítica política, con la derecha, Vox, etc.?

R. — Bueno, es que ni Almudena ni yo somos muy de indignarnos. De la derecha, principalmente, nos reíamos. Era muy divertido hablar de la derecha, porque se prestaba a la chirigota. Lo ponían muy fácil.

Pero yo también me río mucho, incluso en este libro, de la izquierda.
La verdad es que… las cosas de las que no te puedes reír no nos interesaban ni a ella ni a mí. Y desde luego, cuando estábamos juntos, no había nada que no pudiéramos convertir en burla. Esa era la regla: nada sagrado.

Porque, en realidad, no hay nada sagrado. No hay mejor forma de respetar algo que riéndote de ello. Es cuando verdaderamente estás mostrando aprecio.
Porque si algo te interesa tan poco que ni siquiera puedes reírte, eso sí es desprecio. Así que sí, nos reíamos un poco de todo. De la política, mucho.

P. — ¿Nunca hablasteis de salud?

R. — No. Pero yo en general no hablo de salud. Ni con Luis. Ni con nadie, salvo que me obliguen.
Si alguien me dice que está malo, jamás pregunto por qué ni de qué. Si me lo quiere contar, le digo: “Bueno, estás malo, ya está. No me cuentes”.
A la gente le encanta hablar de eso, y a mí me repugna. Yo hablo como los antiguos: “¿Estás malico?” “No, son poquitas cosas”. “Pues entonces nada, vamos a tomar un whisky y ya está”.

P. — ¿Ella te contó que estaba enferma?

R. — No. Me lo contó Luis. Pero ni siquiera fue exactamente así. A lo mejor me dijo: “Voy a hacerme una revisión” o algo por el estilo.
Pero ya te digo, yo tampoco lo permito mucho. O, al menos, no lo propicio.
Si alguien quiere contarme cosas con detalles morfológicos o médicos, pues tendré que aguantarme, pero no me gusta.
La ignorancia de la salud es la ignorancia de los órganos. Si te enteras de que tienes, yo qué sé, un bazo, es porque te duele. Si no, no tienes por qué saber ni dónde está. Yo prefiero la ignorancia total.
De algunos órganos ya me voy enterando de que existen, pero prefiero no hablar de ellos. Encima, ¿les voy a dar publicidad?

P. — ¿Su forma de contar historias y su forma de vivir eran un anexo? ¿Estaban completamente unidas?

R. — Yo creo que sí, pero eso es inevitable. Uno hace las cosas como es.
Yo, sin ser un gran jugador —todo lo contrario, soy un paquete— paso, por ejemplo, tres horas en una partida con alguien, sin hablar ni una sola palabra, pero viendo cómo mueve las piezas.
Dónde las coloca, cómo las coge. Eso también es importante.

Y creo que, después de esas tres horas, conozco a esa persona de forma bastante íntima. Porque uno juega como es.
Hay gente impulsiva. Otros muy analíticos. Algunos juegan a la defensiva. Otros atacan enseguida, incluso sin tener motivos para hacerlo —y eso es lo que les hace perder—.
Otros nunca atacan, y cuando lo hacen, piensas: “Caramba, si este tío ataca, es porque lleva algo”.

Y eso es lo mismo que con la vida. Uno escribe, vive, cuenta, juega… como es.

P. — ¿Cómo crees que ha evolucionado su figura después de su muerte? Si es que lo ha hecho.

R. — Ha pasado poco tiempo. Yo creo que… Bueno, primero, creo que sigue teniendo no los mismos, sino más lectores. Y creo que está muy cerca de que ocurra algo milagroso: que empiece a leerla gente que no sabe quién fue Almudena Grandes.
Chavales que ahora están en el bachillerato y que oyen su nombre como quien escucha batallitas del abuelo. Y si esa gente empieza a leerla, eso es muy importante.
Porque quiere decir que no solo habló para sus contemporáneos —que la recibieron con muchísimo gusto—, sino que tiene algo que decir a personas que, en principio, no tendrían por qué prestarle atención.

Y yo creo que eso ya está empezando a pasar. Tengo hijas jóvenes, y hay libros de Almudena que, en su momento, quizá no fueron tan leídos por ese perfil —como Modelos de mujer, por ejemplo—, pero que ahora tienen nuevos lectores. Y Malena también.
A lo mejor los Episodios de una guerra interminable tardan un poco más en llegar a ese público.
Pero desde luego su primera novela, hoy, para un público joven, sigue siendo tan fresca —o más— que cuando la leímos nosotros. Entonces nos asombraba el morbo, el sexo, esas cosas que luego descubrimos con otra perspectiva.

Y creo que para los lectores jóvenes puede ser un encuentro inesperado. Un encuentro con una autora de la que no saben nada, pero que los agarra desde la primera página.

P. — ¿Tú crees que debería ser…? No voy a decir “obligado”, no me gusta esa palabra. Pero, ¿necesario?

R. — Bueno, creo que es necesario para mucha gente.
Pero el libro necesario no se puede predecir. No es el mismo para todo el mundo, ni llega a todos a la misma edad.
El libro necesario —como el amor necesario— aparece por casualidad. No viene en los planes de estudio, ni en las páginas culturales, ni en las listas de más vendidos.
Es un libro que un amigo te deja un día y te dice: “Toma, léetelo”. Y tú lo lees y piensas: “Caramba”.

A mí me ha pasado muchas veces. He descubierto autores que no conocía de nada y que me han cambiado la forma de escribir, de vivir, de mirar el mundo.
Y creo que Almudena está entre esos autores. Para alguien, un día, leerla será como descubrir a alguien que nadie más conoce en el mundo. Como si llevara droga en las páginas.

P. — ¿Cómo te gustaría que se la recordara? ¿Y cómo no te gustaría que se la recordara? Si es que hay algún motivo.

R. — A mí me gustaría que se la recordara como lo que yo creo que es: una gran escritora.
Y también me gustaría que se valorara su acierto y su esfuerzo. Porque en un momento en que todo el mundo estaba con el experimentalismo, el realismo mágico, Faulkner, Raymond Queneau, el estructuralismo francés… Almudena llegó como si fuera del ejército de Pancho Villa, con dos cananas y dos pistolas: Galdós y Cervantes. Y dijo: “Vamos a escribir en castellano”.

Y trajo de vuelta un castellano versátil, sonoro, rotundo. El de nuestros clásicos.
En su caso, sobre todo, el de Galdós —que también era un gran lector de Cervantes—. Almudena lo recuperó y lo actualizó. Y fue otro eslabón más en esa cadena que Alfonso X llamaba “hablar en castellano derecho”.

Porque en castellano se puede escribir de todo.
Y ella nos lo demostró en un tiempo en el que mucha gente parecía estar escribiendo traducciones del inglés o del francés, con palabras que no eran nuestras. Y su castellano no era arqueológico, ni entomológico, ni zoológico —como puede parecer el de Gabriel Miró, por ejemplo—, que es hermosísimo, pero hoy nos suena muy lejano, demasiado rural para los lectores urbanos.

El de Almudena, en cambio, sirve para todo: para contar una sesión en el Congreso o una comida entre amigas en un restaurante.
Es como la cinta americana: sirve para arreglarlo todo.

Siempre hay que llevar ese castellano a mano.
Y creo que así se la recordará: como alguien que, si necesitas algo en castellano, ahí está Almudena. Y te va a dar siempre el regusto de estar leyendo lo mejor de esta lengua y de esta tradición literaria.

Y para mí esa tradición está más en los clásicos que en las modas. Pero en estos clásicos —Galdós, Cervantes—, no en otros.

P. — ¿Y cómo se queda Rafael después de contarnos lo que sabía de Almudena?

R. — Pues con la misma sensación con la que suelo quedarme después de contar cualquier cosa: que no he dicho lo que quería decir.
Me pasa mucho. En los bares, con las chicas, en las discusiones. Siento que se me va a malentender.

Y luego me viene eso que uno de estos —¿Voltaire?— llamaba el pensamiento de la escalera.
Estás en una cena, rodeado de intelectuales y damas escotadas, y alguien te dice algo. Y no se te ocurre nada brillante. Te callas.
Pero cuando bajas la escalera, ahí te llega: la respuesta perfecta.
Y ya es tarde. No puedes volver a subir y decir: “Perdona, eso que me dijiste se respondía así”.

Eso nos pasa a todos. Llegamos al final de la escalera y pensamos: “¡Si era esto!”.

Y a mí me pasa igual ahora.
Yo era amigo de Almudena, pero no íntimo. La veía mucho, creo que nos llevábamos muy bien.
Éramos amigos, sí, pero no de su círculo más cercano.

Y probablemente no he dicho lo que sería necesario decir.
Pero también es posible que esto quede truncado. Y está bien. Porque es una forma de seguir pensando en ella.

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