“No me molesta que apoyaran la guerra o la dictadura; me irrita que guardemos silencio”

“Cada veterano tiene su historia; no hay una sola verdad sobre Las Malvinas.”

En Qué quedará de nosotros, Eduardo Sacheri aborda la Guerra de Malvinas desde la mirada de los jóvenes soldados que la vivieron. La novela explora la memoria colectiva, los dilemas personales y las emociones de quienes se enfrentaron a un conflicto que marcó a toda una generación. Sacheri reconstruye historias de heroísmo, miedo y solidaridad, cuestionando lo que perdura en nosotros tras la guerra y el paso del tiempo.

P.–: ¿Qué quedará de nosotros  la historia habita en un grupo de jóvenes?

R.–: Me llama la atención que lo plantees desde esa perspectiva, desde el presente. Yo creo que los grandes temas, como puede ser una guerra internacional entre un país latinoamericano y una potencia europea, también pueden ser contados desde la gente ordinaria, desde la gente común, desde casi todos nosotros. Y el “casi todos” de la guerra, desde el lado argentino, fueron soldados muy jóvenes, porque hacían el servicio militar obligatorio. Mientras les tocó ese servicio, ocurrió la Guerra de Malvinas, y a casi 10.000 de ellos les tocó ir a las islas y enfrentar una guerra internacional que no estaba en la cabeza de nadie, mucho menos de jóvenes.

“La Guerra de Malvinas está llena de historias muy distintas: de maltratos, de hambre, de frío, pero también de heroísmo y solidaridad.”

P.–: ¿Cómo crees que la experiencia de la guerra impactó en la madurez de los jóvenes soldados?

R.–: Fue muy diversa. No todos lo vivieron igual ni tuvieron el mismo vínculo con sus jefes, que eran militares profesionales. La Guerra de Malvinas está llena de historias de maltratos, de hambre, de frío, pero también de heroísmo, solidaridad y arrojo en una guerra absolutamente desigual. Cuando Gran Bretaña desplegó sus recursos, cualquiera podía prever cómo terminaría la guerra. Sin embargo, esos jóvenes se enfrentaron al dilema de “estoy aquí, ¿peleo o no peleo? ¿intento algo o no intento nada?” y cada uno respondió de manera distinta.

Hoy podemos traer esas experiencias a nuestra época y recordar que los grandes dilemas del ser humano son eternos. Los tiempos cambian, pero el ser humano sigue siendo la misma especie. Vivimos en un mundo comparativamente menos violento que otras épocas o regiones, pero cuestiones como cómo resolvemos los conflictos y hasta qué punto arriesgamos nuestra vida siguen siendo universales. Esa reflexión seguirá siendo relevante siempre.

“No eran conscientes de que iban a la guerra, ni los jóvenes ni sus jefes, a pesar de ser soldados profesionales.”

P.–: La Guerra de Malvinas está cargada de emociones y memoria histórica. ¿Cómo se equilibró la narrativa entre los jóvenes y los veteranos, considerando que muchos no eran conscientes de lo que enfrentarían?

R.–: Sí, hay muchas emociones. No eran conscientes de lo que enfrentaban, ni los jóvenes ni sus jefes, que eran soldados de carrera y, en principio, estaban preparados para ello. La sociedad argentina pensaba que al desembarcar el 2 de abril de 1982 la cuestión estaba resuelta, y que lo único que restaba era que Gran Bretaña aceptara la situación y que en las Naciones Unidas se encontrara una solución. Era una mirada ingenua que compartían tanto civiles como militares.

Solo con la llegada de la flota británica y los primeros combates, los cañoneos navales, comenzaron a comprender que realmente estaban en guerra y a enfrentar ese dilema rotundo: ¿peleo o no peleo?

P.–: ¿Qué queda de nosotros después de la guerra, y cómo se refleja en este libro que tiene una primera parte?

P.–: Al escribir sobre la guerra desde tan cerca, ¿cómo se enfrenta un autor a la responsabilidad de narrar una experiencia que no vivió personalmente?

R.–: La dificultad principal es narrar una experiencia tan trágica y extrema como una guerra sin haberla vivido. En la ficción uno no solo narra su historia, sino también su mundo y sus horizontes, y una experiencia bélica está muy lejos de mi vida personal. Tratar de ser respetuoso es el gran desafío: que un veterano lea el libro y sienta que es demasiado ligero o superficial sería un verdadero temor para mí.

“Hay muchísimo material que me ayudó, pero siempre con respeto: vivir una guerra es una experiencia límite.” 

P.–: ¿Cómo utilizaste los testimonios y documentos de quienes vivieron la guerra?

R.–: Hay muchos testimonios, documentales, entrevistas y libros de memorias escritos por veteranos que relataron su experiencia. Todo ese material me fue de gran ayuda, pero siempre con un objetivo claro: no faltarle el respeto a una experiencia límite, a lo que significa vivirlo realmente, con bombas cayendo sobre la cabeza.

“La memoria argentina prefiere, en general, evitar evocar la guerra, porque evocarla implica evocarse a sí misma.” 

P.–: La memoria colectiva juega un papel importante en la novela. ¿Cómo relacionas esa memoria histórica con las memorias personales de los personajes?

R.–: La memoria histórica que construyó Argentina sobre la guerra es bastante diferente de lo que realmente se vivió. Por eso, investigar cómo fue el 1982 fue fundamental. Creo que la sociedad tiene una memoria algo autoindulgente respecto a la Guerra de Malvinas y a cómo actuamos frente a ella. Al buscar testimonios, uno encuentra fervor, adhesión y aplauso hacia la dictadura militar, mientras que otros aspectos, como las complejidades políticas previas a la guerra, suelen quedar en segundo plano. Evocar la guerra implica confrontar nuestra propia actitud frente a ella, y la memoria colectiva muchas veces prefiere distorsionar o evitar esa confrontación.

“Es mejor hablar de nuestras equivocaciones que condenarlas retrospectivamente; entenderlas nos permite asumir nuestra responsabilidad.”

P.–: Sin embargo, ¿por qué es tan importante conocer y reflexionar sobre esta historia?

R.–: Creo que siempre es importante, aunque sea doloroso. Las sociedades tienen derecho a equivocarse, pero lo relevante es hablar de esas equivocaciones. No se trata de condenarlas al infierno retrospectivamente, sino de entenderlas y asumirlas: enviamos a nuestros soldados y aplaudimos a una dictadura militar porque sentíamos que se cumplía un sueño centenario. Nos equivocamos, pero es mejor reflexionar sobre ello que ignorarlo o mentirnos a nosotros mismos. Por ejemplo, los militares tomaron las islas, pero la sociedad argentina no se comprometió realmente con esa acción; muy pocos estaban en la Plaza de Mayo aplaudiendo al general Galtieri, presidente militar de ese momento.

“La guerra de Malvinas está llena de matices, y sus veteranos la recuerdan de maneras muy distintas según lo que vivieron y las personas que los rodearon.”

P.–: La historia se cuenta según la experiencia de cada uno. ¿Cómo afecta eso a la manera en que se narra un conflicto como Malvinas?

R.–: Sin duda. Por eso es importante recuperar la complejidad y los matices de todos los procesos. La guerra de Malvinas está llena de matices, y sus veteranos la cuentan de maneras totalmente distintas, según lo que les tocó vivir y las personas que los rodearon, incluidos sus jefes.

P.–: ¿Un conflicto similar hoy se viviría de la misma manera?

R.–: La época ha cambiado y la perspectiva también. Hoy en Argentina un conflicto militar es prácticamente impensable; muy pocas personas avalarían el envío de tropas. La sociedad es mucho más pacífica y convencida de que los problemas no se resuelven con armas, a diferencia de la Argentina de esa época, donde el recurso a la violencia era visto como más cercano y posible. Muy pocos años antes, en 1978, Argentina y Chile estuvieron a punto de ir a la guerra por un conflicto territorial, pero la mediación del Papa Juan Pablo II evitó el enfrentamiento. Ahora, Malvinas tiene un peso simbólico único en el imaginario argentino; es casi sagrado, la quinta esencia de nuestra memoria colectiva.

“La literatura es una manera amable de remover ciertos pozos y volver a pensar las cosas.”

P.–: Entonces, al escribir sobre Malvinas, ¿buscas remover la historia de alguna manera?

R.–: Sí, la literatura permite repensar las cosas. El paso del tiempo también tiene sus ventajas: hay experiencias que, cuando las vivimos, no comprendemos del todo, o las entendemos de una manera y luego las vemos de otra, quizás más completa y compleja. Eso enriquece la mirada. Con mis libros no pretendo enseñar lo que hay que pensar; si escribiera ensayos, sí habría esa voluntad de mostrar mi mirada. En la literatura, en cambio, no quiero imponer nada.

“Me gusta reconstruir la cotidianeidad de los personajes, incluso en situaciones extraordinarias como la guerra.”

P.–: En tu novela, ¿qué viven los personajes dentro del conflicto de Malvinas?

R.–: A mí me gusta mostrar cómo la vida cotidiana persiste incluso en lo extraordinario. Los personajes no empiezan en la guerra: comienzan en Buenos Aires, reciben la noticia por la radio de que Argentina ha recuperado las Malvinas, están en sus trabajos, con sus amores, compartiendo una cerveza o una pizza. Luego llegan al cuartel cuando los convocan y viajan en avión por primera vez en sus vidas.

P.–: En ese momento, esos jóvenes aún no tienen conciencia de que van a la guerra.

R.–: Exactamente. Ni ellos ni nosotros sabemos qué será nuestra vida dentro de media hora. Nos gusta pensar que sí, pero no lo sabemos. Me interesa trabajar con ese presente que ignora lo que va a pasar. Y luego, una vez allí, surge el dilema: un país espera que arriesgue mi vida y gane una guerra, ¿qué hago?

P.–: ¿Luchar?

R.–: Esa es una posible , pero también hay otras legítimas: “no quiero que me maten, no lucho”. Y si no lucho, ¿qué pensarán mis jefes o mis amigos de mí?

P.–: La amistad parece ser otra dimensión importante en la historia.

R.–: Sí, la amistad pesa mucho. Si mis amigos salen de su trinchera disparando, aunque falten solo dos noches para que todo termine en derrota, ¿me quedo? Tengo derecho a quedarme porque no elegí esta profesión ni venir a la guerra, pero mis amigos acaban de salir… No tengo la respuesta a estos dilemas, pero me interesa plantearlos para que el lector reflexione y busque la suya propia.

“Estas preguntas valen en cualquier guerra, e incluso en cualquier conflicto donde no haya balas: ¿qué esperan los demás de mí, y qué espero yo de mí mismo?”

P.–: Las preguntas que planteas sobre los dilemas de los personajes podrían aplicarse a cualquier guerra. ¿Cómo trasladas esas reflexiones a la experiencia personal de cada uno?

R.–: Sí, se aplican a cualquier guerra y a cualquier conflicto, aunque no haya balas de por medio. ¿Qué esperan los demás de mí? ¿Qué espero yo de mí mismo? ¿Estoy de acuerdo con lo que me rodea o en desacuerdo? ¿Cuál es el precio de mi desacuerdo? Surgen en cualquier situación extrema. Esto también ocurre en cuestiones nacionales, porque la nación interpela emocionalmente a la sociedad en todas las direcciones.

Es muy difícil mantenerse firme y decir: “Yo no voy con todos, yo me voy a quedar aquí”. No puedo saber con certeza cómo habría actuado, porque depende de los amigos y jefes que te hubieran tocado; esa es otra dimensión matizada de la guerra. Hubo oficiales horribles, pero también soldados que actuaron por lealtad a sus compañeros o por los vínculos que tenían con sus superiores, con gestos cotidianos de cuidado y solidaridad.

P.–: Eso es precisamente lo que planteas en la novela: cuestionarse qué habría hecho uno mismo. ¿Cómo te lo planteaste tú al escribirla?

R.–: Fui educado en la responsabilidad y en el deber, así que sospecho que me habría sido más fácil estar en el grupo. Pero no lo sé; no puedo saberlo, porque un dilema así exige responder con el cuerpo y la vida, algo que nunca me tocó vivir. Mis dilemas han sido mucho más ligeros.

P.–: Entonces, ¿qué significa para ti : “Qué quedará de nosotros”?

R.–: Es una pregunta que va mucho más allá de una guerra, pero no más allá de ninguna vida. Toda vida merece preguntarse: ¿qué de lo que hacemos perdurará en la posteridad? ¿Qué de nosotros permanecerá?

“Ciertos valores que he intentado transmitir a mis hijos tal vez sean más perdurables que mi escritura.”

P.–: ¿Crees que tu escritura perdurará?

R.–: No lo sé. Tal vez alguna escritura, pero no necesariamente la mía. Sin duda hay obras que han merecido esa pervivencia, pero no sé si la mía. Los valores que intento compartir con mis hijos tal vez sean más duraderos que cualquier libro, o quizá ninguna de las dos cosas.

“No me molesta lo que ocurrió —que la sociedad apoyara la guerra o la dictadura—, sino que no lo hablemos o tergiversemos el pasado, pretendiendo una pureza cívica que no tuvimos”

P.–: ¿Por qué sentiste la necesidad de contar esta historia? ¿Por qué las Malvinas?

R.–: Soy licenciado en historia, y ciertos silencios colectivos me irritan. Este es uno de ellos. No me molesta lo que ocurrió —que la sociedad apoyara la guerra o la dictadura—, sino que no lo hablemos o tergiversemos el pasado, pretendiendo una pureza cívica que no tuvimos. Esos silencios son los que hacen que la guerra siga rodeada de invisibilidad.

P.–: ¿Y qué papel tienen los veteranos en todo esto?

R.–: Los veteranos son los únicos que hablan, y es lógico que quieran contar su verdad. Han sobrevivido y, además, viven en una sociedad que muchas veces les dice: “sí, sí, pero hablemos de otra cosa”. La ficción ofrece un espacio para replantearse las cosas: uno puede leer la novela y reflexionar sobre la guerra, los nacionalismos o lo que quiera, pero sin que nadie le diga qué debe pensar. Me irrita mucho la literatura que adoctrina; no quiero que mi obra haga eso.

P.–: ¿Has recibido ya alguna reacción de aquellos  que participaron y te contaron sus experiencias?

R.–: La novela está saliendo en Argentina y España, y tiene su contraparte en Buenos Aires. Los veteranos que la han leído me han dado su opinión, y mi único interés es que no sientan que se les falta el respeto. Probablemente no se vean reflejados completamente porque su experiencia fue distinta; no puedo representar toda la guerra, pero quiero que perciban que la obra se hizo con respeto y sin ligereza.

P.–: Entonces: ¿qué quedará de nosotros…?

R.–: No lo sabremos. Es una de las tantas tragedias que enfrentamos como humanos: necesitamos vivir pensando que algo quedará, que algo bueno o valioso para alguien perdurará. Y en una guerra, donde uno arriesga lo más valioso —su vida—, ese dilema se vuelve todavía más urgente.