«No me perdonaba que yo misma hubiera vivido ese tipo de relaciones tóxicas»

“Hay una clase política que quiere controlar desde la desinformación.”

«Quizá no se trate de que aprendamos a defendernos, sino de que ellos aprendan a educarse.»

Comerás flores, la primera novela de Lucía Solla Sobral, se ha convertido en una de las sorpresas editoriales del año. En apenas tres meses ha vendido 15.000 ejemplares, impulsada por el boca a boca y su notable repercusión en redes sociales.

La historia comienza con Marina subiendo las escaleras del edificio de Jaime, un gesto aparentemente cotidiano que condensa el núcleo emocional de la novela. Con cada peldaño, su vida parece desplegarse y retorcerse al mismo tiempo: la fascinación se transforma en un hilo que la enreda, la libertad se evapora entre sus manos y la amistad se convierte en un refugio silencioso. En este mundo narrativo, el amor aparece como un espejismo capaz de seducir y aprisionar, y la identidad se revela como un terreno frágil que Marina recorre con miedo.

A través de una voz íntima y honesta, Comerás flores aborda el maltrato psicológico, la construcción de la identidad y las complejidades del amor y la amistad, tratando temas delicados desde una perspectiva profundamente reflexiva.

En esta entrevista, Lucía Solla Sobral habla sobre la creación de Marina, los temas que atraviesan la novela y su experiencia personal durante el proceso de escritura.

P. —Llama la atención que un libro tan reciente haya llegado tan alto. ¿Dirías que el boca a boca ha tenido mucho que ver?

R. —Yo creo que sí, que gran parte de este boom es el boca a boca, sobre todo entre mujeres. El leerse, sentirse identificadas o identificar a alguna amiga; el hecho de contar la historia desde un lugar no perfecto, más honesto, que también incomoda. Creo que eso es lo que está funcionando más. Además, las redes sociales son como el nuevo boca a boca: se viraliza todo mucho más fácil. Basta con que alguien lo recomiende o haga una reseña para que otra persona lo apunte, y así se va haciendo una bola. Creo que tiene mucho que ver con identificarse desde otro lado.

P. —Por situarnos con datos: 15.000 ejemplares en solo tres meses. Es tu primera novela. ¿Esperabas algo así?

R. —Cuando firmé el contrato empecé a escribir un diario para no olvidarme de las cosas buenas que me estaban pasando. Lo dejé, pero la última frase que escribí fue: “Ojalá algún día se agote la primera edición”. Y de repente son nueve ediciones. Yo no me lo esperaba. Creo que la editorial tampoco, porque al final es un debut de alguien que no conoces, de alguien que no había escrito nada antes. Es un tema que ahora está funcionando, pero también es polémico. Así que era imposible esperar algo así.

P. —La novela se abre con Marina subiendo unas escaleras, una imagen muy significativa: subir, ascender. ¿Qué representa para ti ese gesto inicial?

R. —Sí, y además me encantó que empezaras por ahí porque es lo primero que escribí de toda la historia. Todo se construyó a partir de esa imagen. Para mí, la imagen de Comer las flores es Marina subiendo esas escaleras, que además chirrían, la madera chirría, y cuando llega a la casa de él, que también es de madera, todo está en silencio. Es un poco un símil de todo lo que les va a pasar: el ruido, el silencio, el ascender.

P. —¿Cómo es Marina? ¿Quién es cuando empieza la historia?

R. —Marina es una chica de 25 años. La conocemos desde la primera página, que ya nos cuenta la muerte de su padre, una muerte muy impactante, y lo es a cualquier edad, pero con 25 años quizá te hace más vulnerable. Está empezando a dar sus primeros pasos en la vida adulta bastante frustrada, porque ella creía en la promesa de que, si tienes una carrera y un trabajo, eres una adulta funcional. Y de repente se encuentra con que sí, tiene una carrera y un trabajo, pero también un salario precario, comparte piso con su mejor amiga y no es capaz de resolver el duelo. Entonces no le está gustando la vida que tiene y cree, por referencias culturales, personales, familiares y sociales, que el amor romántico es lo que la va a salvar de todo lo que no le gusta. Y en realidad es una chica que el amor de su vida ya lo tiene a su alrededor, pero no lo reconoce como amor.

P. —Jaime, encarna el maltrato psicológico disfrazado de amor. ¿Cómo lograste retratar esa ambigüedad que confunde a la víctima? y además, creo que es algo que se repite más a menudo de lo que creemos.

R. —Sí, porque cuando pensamos en un maltratador y nos lo muestran en los medios, creemos que sólo es un maltratador. Y hablamos de monstruos, los despersonalizamos. Pero son personas, y eso es lo grave: hombres que pueden ser cualquiera. No son maltratadores todo el tiempo. En el caso de Jaime, lo es a veces, de puertas adentro, pero también es encantador, sobre todo de puertas afuera. Tiene un capital social y un reconocimiento en su ciudad que le gusta mantener. Ahí se genera la confusión entre lo que se ve y lo que Marina siente.

Es muy fácil que, cuando todo el mundo reconoce y admira a alguien y tú empiezas a sufrir, creas que la culpable eres tú, porque nadie señala su mal comportamiento. Esa violencia emocional siempre es silenciosa y probablemente sea la más difícil de mostrar y la más dura. Nos acostumbran a entender la violencia de género y los malos tratos solo cuando hay una paliza, un asesinato.

Lo malo es que el maltrato psicológico suele ser la base, lo previo a todo eso, y aunque no haya violencia física, ya es muy grave. No nos enseñan ni a detectarlo ni a ponerlo en valor. Yo misma, mientras escribía la historia, recuerdo comentarios como: “¿Pero solo es esto?”. Y ese “solo” tiene mucho peso. Ahí es donde me marqué el reto de mostrar que esto no es solo esto: ya es muy grave. Incluso a Marina también se lo dicen cuando empieza a sufrir un acoso más pronunciado: “No te va a hacer nada”, y ya le está haciendo todo.

Nos educan para creer que hasta que no hay violencia física explícita, no pasa lo suficiente. Tenemos que aprender a reconocerla, identificarla, verbalizarla y ser conscientes de nosotras mismas. Ahora me llegan mensajes de lectoras que, leyendo la historia de Marina, se dieron cuenta de lo que les estaba pasando. Sabían que algo estaba mal, pero no eran capaces de ponerle palabras, porque no nos enseñan a hacerlo.

P. —Fíjate que estoy pensando que matrimonios de los años 60, 70, 80 y seguro que si me sigo aproximando más decían: “Pero tu marido te pega”, y decían “lo suficiente”.¿Seguimos pensando lo mismo?

R. —Sí, y creo que hay una tendencia a que vayamos un poco para atrás. ¿Por qué crees? Porque, sobre todo en los jóvenes, hay una clase política que está muy interesada en ir hacia ahí y en controlar desde la desinformación. Y también hay una estética —que parece que solo es estética, pero va mucho más allá en redes sociales, que es el canal principal de la gente joven—: la estética de la ama de casa, de volver a amasar pan de masa madre, de esperar a tu novio, de qué bonito porque le preparaste eso. Es muy bonito que le prepares una tarta, pero si alguna vez él también prepara algo, solo son ellas las que cocinan, solo son ellas las que esperan, y solo es bueno si lo hacen ellas. Nunca nos muestran a un hombre haciendo lo mismo.

Eso lo están viendo desde muy jóvenes y lo ven como algo bueno y positivo, porque lo muestran personas con mucha influencia. Además, hay una clase política que se aprovecha de eso y de la desinformación, porque es mucho más fácil entrar desde ahí y más fácil para los jóvenes creerse un bulo que aceptar que quizá tienen que reajustar ciertas cosas, entender que tienen ciertos privilegios y que ejercen poder, a veces inconscientemente, pero otras veces reconocerlo y trabajarlo, y no pasa nada.

Hasta ahora nos enseñaron a nosotras cómo defendernos, cómo llegar a casa, cómo reconocer las banderas rojas… todo eso estaba enfocado en nosotras. Pero quizás tenemos que empezar a dejar que sean ellos quienes se eduquen y se formen, porque si no, siempre va a estar cojo el sistema.

P. —¿Tú crees que solo la ingenuidad te puede conducir al maltrato?

R. —No. Puede ser la vulnerabilidad de algún momento de tu vida. En el caso de Marina, es sobre todo la muerte de su padre, y esa es una herida por la que Jaime entra muy fácilmente. Pero tu vulnerabilidad puede ser una aparente fortaleza. Puede ser que estés en un momento de tu vida brutal y que te aparezca un hombre que cree que está a la altura, que encaja perfectamente contigo y te da lo que quieres, pero también cosas que no quieres.

O puede ser que… también es muy habitual confundir el amor romántico con una meta. Si te lo propones como meta, vas a sufrir mucho, tendrás menos paciencia y vas a aceptar cosas que no harías en otra situación más relajada.

A Marina se le junta un poco de todo: entiende el amor romántico como una meta porque lo vio con sus padres y porque su padre, antes de morir, le dijo: “El amor es lo más importante”. Además, tiene ese dolor que ella cree que se resuelve con otro amor.

P. —El trastorno de conducta alimentaria es otra de las herramientas o armas con las que juega Jaime.

R. —Sí, y además parece que es algo que ella hace por voluntad propia, pero son cosas que él hace muy sutilmente. Por eso él se centra solo en lo psicológico, aunque es ella la que ejerce violencia sobre su cuerpo; en realidad, es a través de él. Son las manos de Marina, pero quien realmente ejerce el control es Jaime.

En el caso de la bulimia, me parecía importante, porque dentro de los malos tratos hay más tendencia a los TCA, también entre la gente joven. Además, ese control sobre el cuerpo, aunque sea falso, permite sentir que en un momento de la vida en el que no tienes control sobre nada —porque Marina no tiene control ni sobre lo que come ni sobre lo que le gustaría comer— estás ejerciendo tú control, cuando en realidad lo ejerce él.

P. —¿Es importante visibilizar los TCA en adultos, más allá de la proyección joven?

R. —Sí. También me interesaba que la víctima no tuviera el perfil que solemos ver: aislada, sin formación, sin recursos, sin una red de apoyo. Hay víctimas de todo tipo. Cualquier mujer puede ser víctima, y cualquier persona puede sufrir un TCA, porque socialmente es muy fácil caer en ello. Estamos constantemente bombardeados con información sobre lo que es bueno o malo comer, sobre recompensarnos con comida o castigarnos si comemos algo que “no debemos”. Los adultos también enfrentan estos problemas, pero siempre ponemos el foco en los jóvenes. Nuestros padres y abuelos también tuvieron dificultades con la alimentación, y esa herencia cultural influye.

P. —La amistad como refugio.

R. —Mientras escribía, me di cuenta de que Marina no estaba sola. Ella se sentía sola —que es diferente—, pero no lo estaba. La gente que la quiere la estaba esperando, y simplemente esperar ya es un acto de amor muy generoso. Es difícil ver a alguien hundirse y no poder intervenir, porque es una persona adulta, pero la presencia y el apoyo de los demás importa.

También entendí la importancia de cuidar esa red de amistad y de acompañar a otras personas. Un día puedes estar en los pies de Marina, pero otro te toca ser Diana, y tienes que estar ahí, esperar y apoyar.

P. —Al escribir sobre ese dolor ajeno, ¿te has visto reflejada en él? Además de la amistad, ¿qué otros temas te han marcado?

R. —El duelo del padre de Marina y mi propio duelo con mi padre es lo más autobiográfico. Sobre todo con la muerte del padre, porque el dolor de la madre… es mi duelo. Me resultó muy útil dibujar al padre de Marina y reconocer al mío. También me sirvió para trabajar conmigo misma, porque trabajé con un psicólogo el personaje de Marina, para entender su arco y por qué cae en esa situación y cómo se desenvuelve. Me di cuenta de que yo misma había estado ahí en algún momento de mi vida y no me perdonaba por haber caído en ese tipo de relaciones tóxicas.

P. —¿Consideras que escribir sobre el maltrato y los TCA funciona también como un acto de memoria social o como un espejo necesario para la sociedad?

R. —Sí. No lo hice de forma consciente, porque no sabía si se iba a publicar ni si iba a funcionar, pero es muy importante hablar de lo que nos atraviesa, de lo que nos interpela y de lo que nos duele. Es la forma de que nos identifiquemos y, sobre todo, de prevenir y adelantarnos.

P. —¿Crees que Comerás flores responde a una necesidad social, y que la literatura tiene un papel fundamental para visibilizar estos temas?

R. —Sí. Creo mucho en la literatura como entretenimiento, pero si además entretiene, está bien escrita y también interpela y sacude un poco, es la combinación perfecta. Necesitamos hablar de estos temas desde la narrativa, porque el ensayo está muy bien y es importante, pero no llega a todo el mundo y no todos quieren o pueden leer ciertos ensayos. Desde la literatura, desde la narrativa sencilla, es más fácil.

P. —Incluso con los libros de autoayuda, a veces negamos nuestra implicación al leerlos. En cambio, ¿una novela permite reflejarse en la historia sin sentirse señalada?

R. —Claro. En un libro de autoayuda te están hablando a ti y señalándote, y entonces tienes que identificarte y asumir el papel de la víctima, que es muy difícil. Pero desde una novela que te la cuenta Marina —un personaje que ni siquiera existe— estás recibiendo su historia. Si te afecta o no, lo decides poco a poco, y sobre todo en silencio, porque leer es un acto de soledad brutal. Además, si luego entras en redes sociales o lees una reseña donde no se juzga a Marina, eso ayuda a no sentirte tonta por estar ahí, que es una gran carga de las víctimas: sentirse culpables y tontas por vivir su experiencia, en vez de poner el foco en los agresores y en por qué ejercen esa violencia.

P. —El título Comerás flores suena a un imperativo, pero también a un mensaje de futuro. ¿Era esa tu intención?

R. —Sí, y es futuro, que es lo que me gustó también como un mensaje de esperanza.

P. —Al escribir la historia, ¿ha sido para ti un proceso de liberación, de advertencia o algo más complejo? ¿Qué descubriste sobre ti misma durante la escritura y qué te sorprendió más?

R. —Me sorprendían los temas que iban surgiendo, como el peso de los silencios dentro de una familia y el duelo, que creía resuelto pero fue resolviéndose durante la escritura. También entendí hasta dónde llega lo psicológico y lo físico; a veces sí hay violencia física, pero como no se manifiesta de forma explícita, parece menor. Esto lo confirmé con las relecturas y con las opiniones de otras personas.

Lo que más me impacta es lo bien que se ha aceptado la historia de Marina. Tenía pánico de que no la entendieran, de que la juzgaran o de que todos se creyeran más listos que ella. Que no haya sido así me da esperanza y demuestra que podemos apoyarnos unas a otras.

P. —¿Qué parte te resultó más dolorosa de escribir?

R. —El enamoramiento de Marina por Jaime. De hecho, empecé escribiendo el final y desde allí fui al principio. No era capaz de escribir un diálogo en el que se enamoraran, porque ya había conocido a muchos “Jaime” reales y ya no veía a Marina solo como un personaje, sino casi como a mí misma. Perdonarse y entenderse a una misma es más difícil. Esas primeras conversaciones y esa pasión me costaron muchísimo.

P. —Y respecto a Jaime, ¿hubo alguna decisión suya que te haya asustado al escribirla?

R. —Sí, algo que él decidió y dijo a su abuelo, que me estremeció mucho. Muy al principio, él le dice a Marina que conoció a su padre. Desayunaban en el mismo sitio, y aunque no es literal, es una forma de jugar con esa ausencia y con su dolor, para que ella se sintiera más segura al dar ese paso hacia él y mostrarse vulnerable.

P. —Cuando terminaste de escribir la novela, ¿qué sentiste?

R. —Estaba un poco agotada de la historia, así que la dejé reposar unos meses durante el verano. En octubre la envié y cuando Asteroide me llamó, sentí una montaña rusa emocional. Iba de la mano de una editorial muy apreciada, lo que me daba seguridad, pero también era una gran responsabilidad.

Llegué a pensar: “voy a llamar a Asteroide para que rompan el contrato”, porque creía que se habían confundido y que iba a ser la abeja negra del catálogo. A la vez, fantaseaba con quién haría de Jaime en una película, y otras veces pensaba que nadie la compraría. La inestabilidad de no saber qué iba a pasar fue difícil, cada día era un mundo hasta el 1 de septiembre.

P. —¿Crees que habrá película?

R. —Ojalá. No lo sé, ojalá. Vuelvo a lo que hablamos antes: creo que la literatura tiene mucho que decir y contar. Que tantas personas lean el libro y que funcione el boca a boca demuestra que hay aspectos de la sociedad que no están funcionando.