Pilar Quintana, autora de La perra y Los abismos, vuelve a cautivar con Noche negra, una novela que nos lleva al Pacífico colombiano y nos enfrenta a la selva, la soledad y la violencia que puede devorar a sus personajes. En esta conversación, Quintana habla sobre su proceso creativo, los desafíos de retratar territorios cargados de memoria y la fuerza de Rosa, su protagonista, que navega entre la naturaleza y los abismos humanos.
P.—La historia transcurre en apenas cuatro días. ¿Por qué trabajaste con una condensación de tiempo tan breve e intensa?
R.—Al principio tenía planeado que fueran siete días, porque quería que fuera una semana, un tiempo más rotundo. Hice una primera versión de siete días, pero al leerla me di cuenta de que era mejor condensarlo en menos tiempo y dejar a los monstruos sin mostrarlos del todo, terminar la historia un poco antes de que hicieran su aparición más frontal.
P.—¿Dónde está, la línea entre lo real y lo imaginario en la novela?
R.—Creo que esa frontera se hace presente en Rosa y también en quienes la rodean. Hay un momento en que ella está sola en una casa en medio de la selva que no tiene puertas ni ventanas, enfrentada a su soledad y a las amenazas de la selva y de los vecinos.
Creo que hay un punto de quiebre cuando se instala un murciélago en el patio de atrás. Ella no sabe si es un vampiro sudamericano, que se alimenta exclusivamente de sangre, y tiene mucho miedo porque puede matar a sus gallinas o morderla a ella. Además, si estos murciélagos están infectados, transmiten la rabia. Rosa convive un poco con el murciélago porque no se atreve a sacarlo, pero cuando vienen los vecinos les pide ayuda: “Por favor, ayúdenme con este murciélago que se instaló en el patio”, y al final no hay nada.
Ahí empieza la pregunta sobre lo que le está pasando a Rosa: ¿es real o solo ocurre en su cabeza? Ese tema es clave. Es muy interesante.
P.—¿La selva es madre, enemiga o espejo?
R.—Yo creo que es todo eso a la vez. En el mundo occidental y en las ciudades, los habitantes tienden a idealizar la naturaleza, como un lugar idílico donde podemos construir una casita y vivir de manera sencilla. En la novela, la noche sin luna se convierte en un símbolo de esa complejidad.
P.—¿Qué es para ti la oscuridad absoluta?
R.—Rosa enfrenta condiciones que solo ocurren en la selva, y una de ellas es la oscuridad completa. En las ciudades ya no tenemos oscuridad total: aunque haya un apagón, siempre hay velas, luces solares… podemos alumbrarnos.
Pero donde está Rosa, no. La novela transcurre en 1980, en un lugar muy alejado de los centros urbanos, donde no ha llegado la electricidad. Rosa experimenta la oscuridad total por primera vez. Ni siquiera conoce la mecánica de la luna; sabe sobre sus fases, pero nunca las ha vivido realmente. Por primera vez experimenta una noche sin luna, de ahí el título Noche negra.
Y no es solo la oscuridad exterior: también se convierte en su propia oscuridad interna. Esa noche de la selva llama a lo que Rosa tiene por dentro, y se enfrenta a ella misma de manera intensa.

P.—Pilar, ¿el miedo puede ser creativo?
R.—Yo creo que sí. Sí, me parece que he escrito ya tres novelas seguidas sobre el miedo y sobre distintos tipos de miedo.
P.—Rosa teme tanto lo real como lo que imagina, incluso heredar la demencia de su madre y su abuela. ¿Qué papel juega la locura femenina en tu literatura?
R.—Me parece que es un gran tema, ¿verdad? Porque a las mujeres, cuando se nos quiere echar de lado, nos llaman locas. Ella es una “loca”. Ha sido una manera de clasificar a las mujeres para descartarlas. En esta novela gótica hay un personaje siempre muy interesante: la mujer loca, la que está encerrada en una torre, que el marido la encerró porque era una mala mujer o una loca.
He querido explorar esa noción de la mujer loca, pero no desde esos lugares de la mujer que descartamos o la mujer que está encerrada en la torre y es una amenaza, sino penetrar el personaje desde esos mismos cimientos. Desde su propio miedo a la locura, que creo que es un miedo que cargamos todos, pero especialmente quienes hemos tenido madres o abuelas que han sufrido demencia senil o algún tipo de enfermedad mental.
P.—Por lo tanto, ¿a qué tienes más miedo a la amenaza de los otros, o las voces íntimas?
R.—Creo que a lo que le tiene más miedo, claro, están la amenaza de la selva, del murciélago, de las serpientes, de esa cosa misteriosa y desconocida que está allá afuera en la selva y a la que ya no puede ponerle un nombre; está el miedo a los hombres, que es un miedo que experimentamos todas las mujeres desde la infancia, ¿verdad? En nuestras propias casas, en el transporte público, en la calle. Pero yo creo que el peor miedo de ella está en la soledad, y no por estar sola, sino porque está sola con su propia cabeza.
P.—Rosa pasa de ser víctima a ejercer violencia. ¿Crees que todos tenemos ese borde del abismo y que la literatura permite explorar hasta dónde podemos llegar?

R.—Sí, claro. Pero ella sabe que tiene esa violencia ahí y está empezando a sentir que si la usa, va a convertirse en presa. Está caminando en ese borde, como bien lo dices, y pasa también en La perra y Los abismos. Son mujeres caminando en el borde, diciendo: “Tengo una violencia adentro, ¿cuándo va a salir, cómo va a salir, debo sacarla o no debo sacarla?”
P.—¿Dónde empieza el desamparo, y dónde la resistencia?
R.—Uy, es una gran pregunta, ¿no? ¿Qué es Rosa? Rosa es una mujer súper fuerte que desafió los roles que se le impusieron. Decidió estudiar en la universidad en una época en que era más correcto que se casara, tuviera hijos y se dedicara al hogar. Subió en su profesión sin ningún tipo de contemplaciones y a veces traicionando a quien le había tendido una mano. Es la que, en su relación de pareja, gana el dinero y tiene mayor fuerza económica y poder de decisión.
Es una mujer súper fuerte que decide abandonar la ciudad e irse a vivir al campo, a una selva muy hostil. Anda con el machete, con las botas pantaneras. Pero en el momento en que se va el marido, de repente empieza a sentirse vulnerable y creo que esta es una gran derrota para ella. Se da cuenta de que si los vecinos la respetaban, era porque estaba el marido al lado; con él, las amenazas de la selva no parecían tan terribles como después de que él se va.
P.—Por lo tanto, ahí digamos que nace ese desamparo.
R.—Yo creo que ese desamparo se manifiesta ahí, pero no es ahí donde nace. Al volver a sentir este desamparo, empieza a pensar en su pasado: “¿Por qué me estoy sintiendo desamparada y desde cuándo me siento así?” Y empieza a examinar su vida. Vemos que ya ha sufrido abandono y que hay algo profundo que la hace sentirse desamparada en su relación con los hombres. Ya ha tenido a su abuela, a su madre, a su amiga, pero su desamparo quizás tiene un punto detonante que se instala desde muy chica en la relación con los hombres.
P.—Tus novelas siempre mezclan lo íntimo con lo político. ¿Cuánto de Colombia hay en Rosa y en su historia?
R.—Yo creo que bastante. Mira, ella es mestiza, lo que en Colombia significa blanca, del interior, y se va a vivir a una población de pescadores negros pobres. Creo que hay una invasión en la naturaleza del racismo en Latinoamérica. En Colombia, cuando estábamos creciendo, nos decían que por nuestra sangre corrían sangre española, indígena y negra, y nos sentíamos por encima del racismo.
Pero las nuevas generaciones nos han abierto los ojos a que somos una sociedad profundamente racista. No es lo mismo ser una mestiza blanca de un centro poblado que ser una mestiza negra que vive en la selva. Rosa, a quien su mamá y su abuela le han dicho que es la más blanca de la casa, se da cuenta de que primero no es blanca frente a su marido irlandés, pero sí lo es frente a los pobladores de esa zona, y que arrastra un racismo que ella creía ajeno y que solo pertenecía a la generación de su abuela.
P.—Dices que ese es el enfoque de las nuevas generaciones. ¿Cuál es tu visión sobre ello?
R.—Creo que estamos empezando, no del todo ni tanto como deberíamos, pero sí se ha abierto el diálogo sobre nuestro propio racismo en Colombia. Gran parte ha sido gracias a la revolución de las redes, hechas por mujeres, más que por mí, con movimientos como #MeToo, que nos han abierto los ojos a las mecánicas del clasismo, del machismo y del racismo que pervive en nuestra sociedad.
También hay otra parte política muy fuerte: Colombia en 1980 estaba bajo el Estatuto de Seguridad. Durante la época de la violencia, el país vivió casi permanentemente en estado de sitio. Durante los años 80, cuando la guerra se agravó, el gobierno puso encima del estado de sitio un Estatuto de Seguridad que daba más poder a los militares. La novela, sin que ese sea el tema principal, transcurre en esa época. Rosa se siente cercada: está como en un estado de sitio por la selva y por los vecinos, viviendo un estado de sitio dentro de otro.

P.—¿Cuándo fue la última vez que sentiste miedo?
R.—Yo creo que siento miedo todos los días.
P.—¿A qué tienes miedo?
R.—Tengo miedo a todo: al avión, a que se caiga, a dejar huérfano a mi hijo, a que mi novela no guste, a hacerlo mal en una entrevista… Tengo miedo a casi todo. Pero el miedo es terrible cuando es paralizante. Si te paralizas y el miedo no te deja actuar, no sirve. Recuerdo que a los toreros les preguntaban mucho por el miedo. Ellos decían que se pasa miedo. Y no se pasa miedo solo porque eran toreros frente a un toro: se pasa miedo porque somos humanos y en la vida pasamos miedo todo el tiempo.
Muchas veces le digo a mi hijo que tener miedo está bien. A él, como a muchos hombres, le cuesta reconocerlo. Tener miedo está bien; lo importante es que no nos paralice ni nos impida actuar.
P.—¿Qué te parece que es más difícil de afrontar: la violencia extrema o, a tus propios fantasmas?
R.—Yo creo que los dos son terribles. Pero me parece que a la violencia extrema podemos ponerle nombres y podemos más fácil ser reconocidos desde afuera. Si sufrimos violencia extrema, los demás pueden validarlo, pero los propios fantasmas son un trabajo más solitario, que enfrentamos sin la validación de otros.
P.—Rosa de repente se ve sola, ¿no? Y además es parte de la novela. No sé si a Pilar le resulta más fácil vivir en una soledad absoluta o en una compañía amenazante.
R.—Yo viví en la selva del Pacífico nueve años y mi exmarido, que en ese entonces era mi marido, tuvo que irse al médico y le hicieron una cirugía. Estuve tres meses sola en una casa que tenía puertas y ventanas, pero era una cabaña de madera en medio de la selva, muy aislada, y pasé tres meses sola.
Creo que el germen de esta novela empezó en ese momento. Me sentí muy valiente, pero también sentí miedo. ¿Cómo sería mi miedo grande y fuerte? Tuve que hacerle una novela a esa situación. Pienso que esto no es algo que me pasó solo a mí. Las mujeres crecemos y vivimos permanentemente en estado de alerta, parecidas a un animal de presa en la selva o en la sabana africana, pendientes de cualquier amenaza.
Cuando sufrimos violencia desde pequeñas, y cuando el lugar más inseguro es la propia casa, la persona que más te quiere, el ser humano que está a tu lado y en quien confías, puede ser tu mayor amenaza. Hemos naturalizado vivir siempre vigilando a nuestro alrededor. Esa soledad es terrible porque es una soledad acompañada y llena de amenazas.
P.—Ese caminar que te decía, por esa línea donde puedes salvarte o caer al abismo, ¿es un poco la situación que me cuentas que has vivido? Estabas protegida por una casa, pero en mitad de la selva…
R.—Sí, estaba en mitad de la selva, sola, con mi cabeza. No me hacía cargo de cómo podía ser la situación, pero solo pensar que estás sola en la selva… no por el hecho de estar sola, porque sola tiene muchísimas connotaciones, sino estar sola en la selva: todo lo que venga puede ser malo, incluso una presencia humana que a veces es peor que la de un animal.

P.—Cuando terminaste de escribir Noche negra, ¿crees que cerraste un ciclo o que abriste otro más oscuro?
R.—Noche negra pertenece al mismo universo narrativo de La perra. En La perra, la protagonista se llama Damaris y cuida la casa de los Reyes. De vez en cuando va a limpiar otra casa de unos vecinos: esos vecinos son Rosa y Jim. La perra transcurre muchos años después y este es el origen de Rosa y Jim: cómo llegaron a vivir allí y por qué.
He trabajado con este universo desde hace varios años. A él pertenecen no solo La perra y Noche negra, sino también un cuento de la antología colombiana Puñalada trapera, llamado La rumba son palomuerdo. Otro cuento, publicado en la revista El Malpensante y disponible online, se llama Huesos y Pelo; también pertenece a este mismo universo.
Todos los personajes que rodean a Noche negra, así como los que rodean a los protagonistas de La perra, los conozco y tienen su propia historia. Poco a poco, durante más de diez años, he trabajado con ellos.
Todavía no sé si este ciclo de novelas y cuentos de la selva está cerrado. También me he preguntado si lo que exploro es lo mismo desde diferentes puntos de vista: nuestra propia animalidad y, en última instancia, nuestra propia violencia.
Entrevista: Rosa Sánchez de la Vega