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«Me han descubierto recientemente, yo no he sido capaz de comprobarlo, que presto en mi literatura atención continuada a la desgracia asociada con la niñez»

«Me han descubierto recientemente, yo no he sido capaz de comprobarlo, que presto en mi literatura atención continuada a la desgracia asociada con la niñez»

"El niño" Fernando Aramburu (Tusquets)

miércoles 08 de mayo de 2024, 23:55h
"Me creía un hombre inmune a la nostalgia, pero me cayó un sirimiri, en el que me bastaba cerrar los ojos para volver a tener siete años"

Rosa pasa página, se ha citado con Fernando Aramburu en una cafetería del centro de Madrid. Mentiría si dijera que no está un tanto nerviosa, y conmovida. El escritor acaba de publicar su nuevo libro: “El niño”, inspirado en el accidente de Ortuella (Vizcaya), que en 1980 provocó la muerte de cincuenta niños y con ello la vida de muchas familias.

Una nueva entrega del friso “Gentes vascas”

“Segundos después, sobre las cimas de los montes de Triano, la aeronave se pierde en el interior de la nube. ¿A dónde irá? En el avión viajan 50 niños. Lo pilota una maestra. A su lado, y de ayudante, va un maestro, y la cocinera del colegio deambula por el pasillo cumpliendo las tareas de azafata. Todos ellos están muertos, pero para Nicasio, su nieto no viaja en ese avión porque ha contado 49 y ninguno de ellos es el “Nuco”

P.—El abuelo y la negación de lo que le ha ocurrido a su nieto. Tratar de continuar con el día a día, ignorar la ausencia, quizá para evitar el dolor. Y sube cada jueves al cementerio a visitar la tumba de su nieto, unos de los niños fallecidos.

R.—De hecho, creo que esa es la columna vertebral de la novela. No el hecho trágico en sí, que está suficientemente documentado, sino como este hecho que supuso la pérdida del hijo único repercute en un pequeño elenco de personajes, principalmente en la madre del niño y en el abuelo. Y entonces la novela, capítulo a capítulo, va mostrando las diferentes estrategias que adoptan los personajes para convivir con la desgracia, superarla, si eso es posible, para hallarle acomodo en la memoria, para apartarla de las pesadillas.

P.—Por qué traer de vuelta una desgracia de tal magnitud.

R.—Para empezar yo nunca lo olvidé.

Recuerdo el día en que siendo estudiante escuché por la radio la noticia que me causó una enorme conmoción, que en aquellos momentos compartí con todo el país. Hubo una enorme ola solidaria.

No lo he olvidado, primero porque me resultaba el lugar muy cercano y segundo porque fui docente de niños de la misma edad de los que fallecieron en Ortuella durante mucho tiempo. También porque he sido padre y he vivido con el temor de que a alguna de mis hijas les ocurriera una desgracia y me han descubierto recientemente, yo no he sido capaz de comprobarlo, que presto en mi literatura atención continuada a la desgracia asociada con la niñez y he empezado a entender algunos aspectos no solo de mi literatura, sino de mi mismo y ahora empiezo a comprender esta especie de obsesión que yo tenía con el Lazarillo de Tormes. Y puede que yo tuviera ya una predisposición para que mi memoria, haya llevado aquél hecho como una especie de cicatriz, hasta el punto de significar para mi un jalón cronológico.

P.—Mairaje; el nombre que lleva esta madre, aunque bien podría ser cualquier madre de estos niños. Ella quisiera tener una goma de borrar con la que borraría ese momento. Sin duda.

¿Si tú tuvieras una goma de borrar, borrarías algún momento de tu vida?

R.—Sí, borraría bastantes cosas. Soy consciente de que a veces me equivoqué o tomé la decisión inadecuada. Estoy muy lejos de ser un hombre perfecto.

He metido la pata muchas veces y caramba, si existiera la posibilidad de borrar algunas actuaciones desacertadas yo echaría mano de la goma de borrar.

P.—La cuestión es, fíjate, una vez borrado, lo ideal sería reescribir.

R.—Eso sería un chollo para mí. Para todos. Y no solamente porque yo me hubiera equivocado en un momento determinado, sino porque quizá alguien me hizo algo que no me complació, y entonces lo borraría y en lugar de haber ido a un sitio, iría a otro. En lugar de haber leído un libro, me habría gustado haber leído otro.

Al final, en lugar de ir por una calle, vamos por otra. Y, pues, a lo mejor por el hecho de haber ido por la calle a la derecha, nos hemos librado de que nos cayera un tiesto en la cabeza, como habría ocurrido en el caso de ir por la calle a la izquierda.

P.—Ir por una calle o ir por otra, el azar. Hablamos del fontanero. A fin de cuentas fue una víctima del destino.

R.—Sí, la historia del fontanero es muy triste. Yo aproveché mi novela para hacerle un pequeño homenaje y para dejar bien claro que este pobre hombre no tuvo ninguna culpa. Había un escape de gas que ya debía llevar un tiempo y el hombre encendió su soplete para hacer un trabajo para el cual lo habían convocado en el colegio y entonces se produjo la explosión. Es muy triste saber que este hombre fue agredido y que finalmente tuvo que abandonar el pueblo.

Se sabe que su hija también estaba en el colegio, pero en uno de los pisos superiores, que no fueron dañados por la explosión.

P.—Han pasado más de 40 años. Yo creo que muchos testigos de aquel hecho ya no vivirán o habrán entrado en unas edades de senectud. Sin embargo la cicatriz nunca se cierra, aunque yo creo que los años distorsionan la imagen, la acomodan o la acomodas tú para que no haga tanto daño tal vez.

R.—Bueno esto es ley de vida, porque el tiempo no se detiene, luego la memoria empieza a fallar, empiezan a fallecer los testigos, no todo el mundo está posicionado de la misma manera ni a la misma distancia del hecho trágico, no es lo mismo haber perdido un hijo que ser del pueblo o simplemente una persona que se informó en un momento determinado. Puedo imaginar que las heridas persisten aunque estén soterradas o se vivan de una manera íntima.

P.—Toda España, quedó impactada por aquello. Imágenes que se publicaban en un periódico en blanco y negro en el que la sangre no era roja, pero no era necesario una policromía para ver el horror. Ahora eso es impensable.

R.—Sí. Ahora sería impensable un tratamiento periodístico fotográfico como el de entonces no creo que hubiera maldad, era simplemente lo que se conocía. Había ocurrido un hecho, iba al fotógrafo, sacaba fotografías de lo que encontraba las llevaba al periódico y se publicaban tal cual sin filtros, la pixelación no existía, entonces visto esto desde la perspectiva actual resulta francamente truculento, ver estos cuerpos caídos en el suelo.

Pero lo mismo ocurría a la hora de cubrir otro tipo de noticias. En este sentido la prensa ha evolucionado, creo yo que de manera positiva hoy día, se piensa más en la dignidad de quién está expuesto a los fotógrafos o a las cámaras.

P.—Vamos con el libro que hace reflexiones en primera persona sobre el autor, sobre el autor que le escribe. El propio texto tiene su propia narración. Estás como avisando lo que vas a contar, como pidiendo perdón.

R.—Bueno, este es un recurso, el de la personificación del texto, que llevo perfilando desde hace unas cuantas novelas, y aquí ya lo he llevado a su grado máximo, a partir del cual creo que el recurso ya está agotado.

Consiste pura y simplemente en que el texto, o sea, la masa verbal que copa las páginas es consciente de que sirve de soporte a una narración y entonces interviene. En este caso, de una manera bastante útil, puesto que aporta información que el autor no ha considerado oportuno introducir en el libro, pero el texto echa en falta porque son datos que han quedado fuera.

Además me parecía oportuno introducir como una advertencia al posible lector para que sepa que... para que no olvide que tiene en las manos un libro o sea, un relato ficcional, como además la historia transcurre por tramos de intensidad emocional, creí que era adecuado poner estos interludios, que son como remansos, que invitan a la reflexión, que permiten al escritor hacer cambios en la línea narrativa, no bruscos, sino precedidos precisamente por una intervención de este tipo.

No ignoro que las intervenciones del texto tienen un carácter lúdico también, que permiten una reflexión metaliteraria acerca de lo que es verdad, de lo que no es verdad, revelan algunas astucias del escritor, a veces hacen reproches al escritor, el texto tiene su orgullo también, es consciente de que será juzgado por los críticos y entonces le gustaría que el escritor se esmerase más y no se lo ofreciese al público defectuoso, no bien construido.

P.— Y de alguna manera él mismo se autocorrige.

P.—Sí, se fustiga.

No sé de dónde he sacado yo esta ocurrencia. Quizás de manera inconsciente la vi en algún sitio. No lo puedo decir. Pero la he trabajado hasta llegar, creo que ya no la puedo continuar porque ya sería incurriría en una especie de manierismo, ya sería un truco sabido puede que esperado.

P.— Puede que lo esperen tus lectores.

R.— No sé si es así, pero en esto soy un poco puñetero a la hora de incumplir con expectativas. Creo que no es fácil saber qué tipo de libro será el siguiente mío, en qué tono estará escrito, si irá en serio, si será otra gamberrada de las mías.

Tengo esa costumbre de desorientar, de tratar de desconcertar a los posibles lectores. Lo que no les doy nunca es trabajo improvisado, precipitadamente. A mi me parece que hay que respetar a los posibles lectores que invierten su tiempo y su dinerito al comprar el libro.

P.—La fe en Dios de Candelaria y el ateísmo de su hija, también está muy presente en el libro.

R.—Bueno, estas cuestiones religiosas que ahora han perdido actualidad en el país vasco estaban muy presentes. Había como tres constantes sobre las que se fundamentaba la identidad vasca: la religión, la gastronomía y el deporte.

Es muy humano tratar de buscar consuelo o sentido en el más allá. La muerte de un hijo es algo tan cruel que uno pudiera encararse a la idea de Dios y preguntarle por qué me haces esto o preguntarse si hay un cielo para estas criaturas. Creo que son pensamientos, al menos entonces frecuentes, entre personas sencillas como las que pueblan mis novelas.

P.— La gente vasca ya no tanto la religión, pero qué puntos más fuertes sigue manteniendo. El deporte por supuesto, la gastronomía...

R.—El deporte y la gastronomía por supuesto, pero vamos, que esto da lugar a actividades que están muy popularizadas.

Ahora habría que añadir otros ingredientes de tipo identitario en la base de los cuales pues está una historia de violencia desgraciadamente, parece que ahora los vascos empiezan a aprender a profesar sus convicciones identitarias sin agredir a los demás esto me parece un progreso notable.

P.—La pérdida de un hijo adiestra la entereza o te paraliza por dentro.

R.— Mariaje ante la pérdida de su hijo quizá eso le haga más fuerte con respecto a otro tipo de desgracias. Pero estoy convencido de que no existe una respuesta única para esta cuestión, sino que dependiendo de la sustancia psicológica de cada cual, de su nivel cultural, de su nivel social ante un caso de este tipo mostrará una reacción u otra. En Mariaje tiene esa fuerza de mujer luchadora.

Yo creo que si me hubiera tocado intervenir en esta novela. Pienso que me deprimiría y caería en una inacción, en una apatía insuperables.

Pero precisamente por eso he buscado en el comportamiento de unas figuras de ficción, otras posibilidades de afrontar un drama tan grande como la pérdida de un hijo. Sin pretender dar soluciones, estoy seguro de que un psicólogo ahora mismo me contradiría, me citaría multitud de ejemplos que desmienten mis intuiciones sobre la materia.

No sé si te cambia la vida o simplemente acaba con ella de alguna forma, aprendes a vivir con esa desgracia, entiendo, no lo sé, tampoco... También estamos determinados por la época en que vivimos, ahora mismo pues nacen pocos hijos, claro, pues si solo tienes uno y lo pierdes, pues te han destruido la familia.

Yo pienso que hace 100 años, cuando era habitual que una mujer tuviera 10, 15, 18 hijos, la madre de mi madre tuvo 10. Entonces las pérdidas se asumían, no sé si con más facilidad, pero desde luego con más rapidez. Mi abuela tuvo 10 hijos, de los cuales sobrevivieron 7 a los primeros meses de vida. Entonces la mortalidad infantil era tan elevada que había como una resignación previa, parecía como que la naturaleza pasaba un filtro y no dejaba que todos los nacidos llegasen a la edad adulta. Entonces me puedo imaginar que el drama no dejaba de serlo, pero estaba como más asumido ya de antemano que ahora.

P.—Vives en Hannover desde hace unos cuantos años. Cuando vuelves a San Sebastián, todas las emociones se abren. Quiero decir, siente mucho más el mar, los olores, los colores, la gente. No te das cuenta de cuánto lo echas de menos hasta que no estás allí.

R.—Estuve recientemente en San Sebastián.

Yo me creía un hombre inmune a la nostalgia, me había parecido comprobarlo así durante numerosas visitas, pero me ocurrió algo inesperado hace dos semanas, la última vez que estuve en San Sebastián, y es que cayó un sirimiri. Mi padre decía esto es sirimiri, pero cuando te moja a ti es calabobos. Tenía este humor. Y hacía muchos años que yo no me calaba con un sirimiri y aquello me pegó fuerte. Muy fuerte. Aquello me reavivó una nostalgia que yo creía ya superada.

La ciudad está cambiando tanto y tan rápidamente que cada vez me cuesta más reencontrarme, o sea, reencontrar al muchacho que nació y vivió allí. De hecho, empieza a perder significado la ciudad para mí, porque hay tanta novedad, tanta fachada desconocida. es vincularme sentimentalmente con los detalles del mobiliario urbano. Al principio me dolía esto.

Y hace tiempo que comprendí que lo que yo en realidad buscaba al volver a mi ciudad, no existe ya, es irrecuperable, es mi niñez y es mi juventud eso ya no está, de manera que lo tengo asumido y salvo el episodio este del sirimiri pues me mantengo más bien sereno y me alegro de que mi ciudad esté ahora libre de violencia, de todos aquellos pintarrajos agresivos en las paredes y aquellos autobuses que ardían y aquellas cargas de la policía. En realidad prefiero esto, aunque no es ideal porque la ciudad está tomada por los turistas de una manera masiva.

P.—Hasta la siguiente vez, bueno pues por lo menos el sirimiri te trajo un poquito de vuelta.

R.—El sirimiri me lo soltaron, apretando un botón en oculto en el ayuntamiento y me pilló desprevenido, me pilló con las defensas sentimentales bajas. Bueno, no está mal. Hacía muchos años que yo no veía un sirimiri, un auténtico, con las gotitas tan finas que parece que no caen y con eso es ese pinchazo de frescor de gotas minúsculas en la cara. Eso es un gustazo. Y me bastaba cerrar los ojos para volver a tener siete años.

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