«Nuestra modernidad está construida sobre la explotación de quienes no queremos ver»

«El Estado busca continuamente el olvido»

«Los niños secuestrados simbolizan el futuro que estamos dejando »

En los rincones más olvidados del Perú, entre selvas y pueblos rurales, resuenan historias de desaparición, violencia y resistencia. En Niños del pájaro azul, Karina Pacheco mezcla realidad y mito, explorando cómo los ausentes, los olvidados y los que han sufrido encuentran su lugar en la memoria. A través de sus relatos, nos invita a caminar por paisajes donde la injusticia se siente y la esperanza lucha por abrirse paso.

P.— La verdad es que es un libro duro, pero la realidad hay que contarla con su dureza.

R.— Sí, son cosas muy graves las que pasan no solo en el Perú, sino en el mundo entero, especialmente las que afectan a los niños y la naturaleza. De eso se habla poco, quizás porque es demasiado duro.

P.— ¿La desaparición puede ser el hilo conductor de todos estos relatos?

R.— Me alegra que lo menciones. Cuando pensaba en un hilo común, pensé en eso: en todos los relatos hay una desaparición. Las desapariciones siempre desatan preguntas. Esa ha sido la presencia de la ausencia en todo el libro.

P.— ¿Qué te llevó a buscar espacios rurales, selváticos, marginales?

R.— Soy de Cusco, y Cusco tiene una parte amazónica importante. Estudié antropología y he trabajado mucho en la Amazonía desde que era estudiante. Los relatos de la Amazonía me cautivan, así como me cautiva su exuberancia impresionante, que a veces parece inacabable y, acaso por eso, es depredada de manera salvaje. Aquellos que suelen ser llamados “salvajes” son, en realidad, guardianes de ese pulmón del mundo. Por eso varios relatos se sitúan en esa zona; la conozco bien y no me habría atrevido a escribir sobre ella si no fuera así.

P.— ¿Dirías que hay un diálogo entre la violencia política, la violencia íntima y la desigualdad estructural?

R.— Sí, todas convergen. La violencia de género, por ejemplo, es una plaga en distintos ambientes, pero cuando hay más pobreza y olvidos en regiones, la pobreza suele activar más tipos de violencia.

P.— ¿Cómo decidiste qué voz narrativa debía contar la historia?

R.— Hay varias voces narrativas. En algunos casos es tercera persona, en otros un yo narrador que actúa como testigo, autor o memoria, como en Las flores de Wen, donde una mujer de más de 80 años regresa a su infancia para recordar lo que pasó con dos niños y descubre que esa historia se conecta con otras. Me resulta difícil equilibrar la crudeza de los hechos con una especie de prosa poética.

Sí, la vida y lo que nos ocurre en el día a día incluye tanto el horror que vemos en las noticias como la luz del sol atravesando la ventana y los cambios de color en la mesa o las plantas. Hay tanta belleza ahí que debemos detenernos en ella, porque son sustancias que nos permiten seguir y sentir la belleza misma.

P.— ¿Qué te atrae de incorporar elementos como niños, pájaros, sirenas, espectros, lo mítico y lo natural?

R.— Creo que, como hay niños y desapariciones, aparecen también temas de mi propia infancia. Las sirenas siempre me han cautivado; están presentes en muchas mitologías. Leo mucha investigación y libros de mitología, es algo que me apasiona. Carlos García Gual, por ejemplo, tiene un libro dedicado a las sirenas.

Por otro lado, El pájaro azul es el título de una obra teatral de Maurice Maeterlinck, pero yo vi la película cuando era niña. En mi recuerdo, estaba protagonizada por Elizabeth Taylor y por bailarines soviéticos. Fue una producción de la época de la Guerra Fría, lo cual ya la hacía mágica. Me cautivó: eran dos niños que tenían más o menos mi edad y que emprendían la búsqueda del pájaro azul, que se convertía en una odisea. Al final, el pájaro azul podía ser muchas cosas.

Después de escribir el libro, me di cuenta de que un personaje se llamaba Azul, o que era recordada con ese nombre. Luego hay un cuento donde alguien canta como el pájaro azul de los cuentos de hadas. Y está también ese pájaro que inventé para mis ficciones, el pamuk, de plumaje azul, que aparece en el primer cuento, Los niños del pájaro azul. En el fondo, todo lo mítico que me apasiona se conecta con mi propia infancia.

P.— Las cosmovisiones indígenas no están como adornos.

R.— No. Me parece una falta de respeto utilizar elementos culturales de pueblos a los que no pertenecemos solo para “poner color” o volverlos exóticos. Lo exotizante me disgusta. Por fortuna estudié Antropología, una carrera maravillosa que me ha permitido conocer esas culturas más allá de lo colorido, que sin duda llama la atención. Cuando uno va a un pueblo andino y ve la exuberancia de los tejidos o las danzas, es natural sentirse cautivado, pero hay elementos mucho más profundos. Eso está en los relatos porque hay niños, y en algunos casos niños indígenas. Tampoco me atrevo a ir más allá de lo que desconozco, para no construir cuadros que no existen.

P.— ¿Cómo concilias la memoria personal con la memoria colectiva cuando escribes sobre heridas históricas?

R.— Creo que están profundamente implicadas. Nací en una época en la que me tocó vivir la infancia y la adolescencia cuando el Perú estaba desgarrado por la violencia política, tras la irrupción de Sendero Luminoso y sus atentados atroces, y luego la respuesta indiscriminada y brutal del Estado, con miles de muertos y un terror que quedó sembrado en la población. Eso no fue algo pasajero: estaba presente todo el tiempo.

Es cierto que hubo zonas que lo padecieron de una manera mucho más dura de lo que yo viví en la ciudad del Cusco, pero aun así el ambiente de miedo era constante. No podías salir a la calle sin portar documentos, porque no llevarlos podía significar una detención. Eran detalles que podían parecer menores frente a lo que se vivía en otras regiones, pero que dejaban huella.

Además, mis padres escuchaban mucho las noticias, y esas noticias, como ocurre hasta hoy, no dejaban de mostrar cosas terribles. Cuando uno es niño y está expuesto a eso, por un lado amplía la percepción del mundo; por otro, puede dejarte profundamente marcado.

P.— ¿Cómo abordas lo político? ¿Qué responsabilidad debería asumir el Estado frente a una violencia que ha marcado históricamente a un país?

R.— En el caso del Perú, que es de donde mejor puedo hablar, el Estado busca continuamente el olvido. Aunque los costos de la violencia afectan a la sociedad en conjunto, los más terribles, en términos numéricos y de crueldad, recaen sobre las poblaciones olvidadas: los pobres, los pueblos indígenas y, de manera especial, las poblaciones amazónicas.

Es un Estado que, desde su origen, parece concebido para considerar ciudadanos de primera clase a quienes viven y tienen poder en las ciudades. Responde primero a los sectores privilegiados, luego a los sectores urbanos, después a los pobres de las ciudades, y lo demás, si alcanza. Existe la costumbre de que los más olvidados carguen con los costos de nuestra modernidad. Y esto no ocurre solo en el Perú, sino en el mundo entero.

Nuestra modernidad, tanto en Europa como en Estados Unidos y América Latina, está construida sobre la explotación de quienes no queremos ver. Lo que ocurre hoy en el Congo es un ejemplo claro: la explotación de materiales que sostienen nuestra vida moderna. Como sucede lejos, nos sentimos tranquilos y seguimos consumiendo sin cuestionar cómo se producen las cosas que usamos.

P.— Si el Estado promueve el olvido, ¿no debería la memoria histórica estar siempre sobre la mesa?

R.— Tiene que estar siempre. Sin memoria, repetimos los mismos desastres una y otra vez. El desastre nunca vuelve de la misma forma, pero los sustratos que generan la violencia no cambian. No los atendemos y esperamos que los estallidos de violencia se presenten con las mismas etiquetas, los mismos nombres, lo cual es imposible.

Fingimos no saber, cuando la memoria está ahí no solo para recordar o reconocer el dolor, sino para advertirnos que estamos construyendo nuevos monstruos. Es una forma de decir: en mi nombre, no repitas.

P.— ¿Qué pasa con esos niños que son secuestrados?

R.— Simbolizan todo el futuro que estamos dejando perder. Lo que relato en el libro ocurre en el Perú, pero estamos viendo con horror cómo, en medio de guerras recientes, hubo personas con mucho dinero que pagaban para matar. Se consideraban “civilizadas” y creían tener derecho a hacerlo; incluso pagaban más si las víctimas eran niños.

Esto sucede en el Perú, pero no sabemos qué pasa en gran parte del mundo. No podemos olvidar que el poder, y sobre todo el exceso de poder, enloquece. Quienes lo concentran pueden perderse y llegar a formas enfermizas de sacrificar niños o vidas humanas: la trata de mujeres, el maltrato, el desprecio, las palabras terribles que alguien con poder puede dirigir a quienes dependen de él. Son expresiones de esa locura que, cuando se disfraza de luces, preferimos no ver.

P.— ¿Qué te cuesta más: entrar en esa oscuridad o decidir dónde dar la luz?

R.— Es importante entrar en esa oscuridad que habita nuestro mundo y no permitir que pase como si nada. Pero, al mismo tiempo, cuando escribo sobre estas cosas, necesito encender velas, porque necesito luz. Sería horrible quedarse solo en lo morboso. Eso sería ejercer violencia a través de la palabra, añadirle violencia a algo que ya es muy duro.

Por eso es fundamental recordar, volver a la memoria de la vida, y eso requiere también mucho trabajo con la palabra.

P.— ¿Qué exige mayor honestidad: narrar la violencia o narrar la esperanza?

R.— Creo que ambas deben ir necesariamente entretejidas. La desesperanza hace que muchos se rindan, se cansen o se hundan. Cualquier persona que ha sido víctima y sabe que uno está ficcionalizando hechos cercanos a su dolor no querría que quien lee termine en el fondo del abismo. Eso sería alimentar al monstruo.

Lo que hay que hacer es alimentar la belleza de la mirada de esas personas, que sin duda, incluso en los momentos más duros, han tenido alguna forma de esperanza, algo que ilumine.