Todos los personajes arrastran una versión incompleta de sí mismos.
Con La chica del lago, Mikel Santiago se adentra en un territorio nuevo: abandona la costa que tantas veces inspiró sus historias y se sumerge en un paisaje interior, un pantano y un pueblo vasco imaginario, cargado de sombras y secretos. Entre misterio y emociones profundas, la novela explora el peso de la culpa, la memoria y la redención, tejiendo un thriller que también es un viaje psicológico y humano.
La noche de San Juan se tiñe de fuego y misterio. En una isla del lago, las llamas bailan, la música se escucha a lo lejos y las miradas cruzadas esconden secretos que nadie osa revelar. Allí, Alba desapareció, dejando atrás un diario y un enigma que todavía resuena en el tiempo. Entre recuerdos, silencios y verdades ocultas, el pasado y el presente se entrelazan en una historia que exige ser descubierta.
P. — ¿Por qué arrancas de esta forma, con un impacto tan físico como emocional al mismo tiempo?
R. — La escena inicial fue algo que trabajé mucho; de hecho, tuve tres comienzos distintos para La chica del lago. Los dos anteriores quedaron descartados, aunque eran bonitos. Este arranque es especialmente eficaz porque nos sitúa enseguida: presenta quién es Quintana, qué ocurrió con la primera novela que escribió —basada en aquel secreto, en la muerte accidental pero sospechosa de Alba—, en las dudas que surgieron y en el diario, que será un objeto central en la historia. En muy pocas páginas coloca al lector en la expectativa de la novela y, además, da paso rápidamente a una escena de acción: una primera muerte, un primer asesinato y el enigma de si todo está relacionado con el diario de Alba y con lo que Joaquín, ese chico de su pasado que aparece en la presentación de Quintana, tenía que decirle.
P. — El diario de Alba actúa como prueba, como símbolo y como fantasma. ¿Qué te interesaba de este objeto para reconfigurar el pasado del personaje?
R. — El diario de Alba es muchas cosas a la vez. Para empezar, es un objeto antiguo, casi una rareza hoy en día, en un mundo dominado por las pantallas. La novela también es un viaje al pasado: aparecen diarios, vídeos, DVDs, cosas que ya están en desuso. Incluso hay un teléfono fijo con cable en la casa del padre de Quintana. Hay, por tanto, una cierta nostalgia.
Pero, además, el diario funciona como posible prueba criminal, como algo que puede apuntar o revelar secretos que parecían hundidos en el fondo del pantano. Alba —la chica del lago sobre la que Quintana escribió su novela, muerta ahogada en 1999 en un hecho real— era una joven que había llegado desde Madrid. Su familia decidió que pasaría un año en Urkizu, el pueblo de Álava donde ocurrió todo. Vivía con su tía y su prima, se integró en la vida social del pueblo y en las cuadrillas de chavales donde también estaba Quintana.
Ese año todos descubren que Alba es un auténtico torbellino: una chica de ciudad, sofisticada, rebelde, sensual, muy aventurera y con el hábito distintivo de escribirlo todo en su diario. Llenaba páginas y páginas con lo que le ocurría —y no era poco—. Tras su muerte, aparentemente accidental, la noche de San Juan de 1999, las sospechas crecen porque su diario desaparece.
El diario en el que Alba había escrito tanto desaparece sin dejar rastro. Y así permanece 25 años, hasta que, el día de la presentación del libro de Quintana, él recibe un mensaje: el diario ha vuelto a aparecer, está en alguna parte.

P. — Con Quintana, ¿representas también el éxito que tuvo, el éxito que tiene y lo joven que era cuando lo alcanzó? Hay ahí un choque de etapas. ¿Qué te interesaba de presentar al personaje en esas dos fases?
R. — Como protagonista, Quintana encarna distintas experiencias personales situadas en el contexto de un pueblo como Urkizu, donde convivían diferentes esferas socioeconómicas y culturales. Ella pertenecía al entorno del club náutico, con los chicos de allí. Alba llegó a ese mismo mundo, hizo amigos allí, pero ambas estudiaban en un instituto donde también había chavales de otro nivel social. La novela refleja tanto aquella época como el presente: ahora Quintana se ha desvinculado completamente del pueblo, vive en Madrid y persigue sus sueños como escritora.
Su identidad está construida a partir de muchas cosas, y una parte fundamental procede de lo que ocurrió en aquel lugar. En concreto, hay un aspecto de la relación que tuvo con Alba durante ese año que aún le pesa, y eso es una de las motivaciones que la llevan a querer saber más sobre el diario cuando descubre que ha vuelto a aparecer.
Nos enteraremos de que ellas también tuvieron su pequeña historia.
P. — En la novela, cada personaje parece tener una relación distinta con el silencio, con lo que calla y lo que recuerda. ¿Qué te interesaba explorar a través de esta herramienta y qué significa para ti el silencio?
R. — El silencio entendido como guardar secretos. Creo que todos tenemos secretos, olvidos, cosas que dejamos hundirse en la memoria porque no queremos rescatarlas. Siempre digo que todos somos mentirosos con nosotros mismos: nos contamos las cosas de una forma que nos permita seguir adelante.
En 1999 lo que ocurre con Alba es casi el paradigma de un gran error adolescente. Todos hemos vivido algo en la adolescencia de lo que nos arrepentimos, porque es una etapa de aprendizaje y, lógicamente, cometemos errores. Lo que pasó con Alba —cómo la tratamos, cómo la juzgamos, la rigidez con la que la miramos— forma parte de cómo los personajes cargan con su pasado adolescente.
La novela explora precisamente eso: cuando Quintana, impulsada por la reaparición del diario, vuelve al pueblo y empieza a hablar con todos, los recuerdos afloran. Es muy fácil hablar con ella porque ha escrito un libro sobre el pueblo; todos le dicen “he leído tu libro” y preguntan quiénes eran en su novela. En esas conversaciones, el tema central es Alba: su diario, lo que pasó aquel verano, lo que todos recuerdan y al mismo tiempo quieren olvidar.
El secreto que todos parecen guardar tiene que ver con el miedo común a que Alba hubiera escrito algo sobre ellos. Cada uno teme haber formado parte de la crónica personal de Alba.

P. — ¿Y qué te atrae más del pasado? ¿Su fragilidad o la propia persistencia?
R. — Lo que más me atrae del pasado es que el presente se explica a través de él. Todo es un camino de migas que nos trae hasta aquí, y la forma en que somos, decidimos y vivimos tiene mucho que ver con las decisiones que tomamos. Somos, en gran medida, producto de esas decisiones.
En el caso de Quintana, lo que ocurrió con Alba, la relación que tuvieron y quizá la pequeña cobardía que mostró hacia ella es una espina que le sigue pesando. Siente que algunas decisiones que no toma ahora, pero que debería tomar, provienen de no haber sido lo bastante valiente en el pasado.Es una reflexión que todos hacemos.
P. —Quintana es el eje de toda la trama, y su éxito literario surge sobre historias incompletas. ¿Cómo planteas la frontera entre la vida real y la ficción en su caso, y de qué manera se enfrenta a esa línea cuando reaparece el diario de Alba?
R.—No, ella no se plantea su relación con las historias en ese sentido. El gran conflicto de Quintana es que era escritora mucho antes de tener éxito. Siempre escribía novelas —aunque no se hable mucho de esas otras obras—, y lo que vemos es que es una gran escritora, pero de historias que ya existen; no es tanto inventora de ficción.
Lo que hizo con La chica del lago es similar a lo que hizo Truman Capote con A sangre fría: una crónica magistralmente escrita de un asesinato. En su caso, la novela tiene algo de ficción, pero se basa en la estructura de hechos reales. Quintana es una escritora de nivel, pero no es una gran inventora de historias.
Cuando tuvo tanto éxito, se dejó llevar por él y empezó a escribir una saga basada en la inspectora, un camino que no le corresponde. Ahí surge su conflicto: el síndrome del impostor y la sensación de no ser honesta consigo misma. Desde el inicio de la novela, le comunica a su editora: “hasta aquí, no puedo escribir más”.
Ese síndrome y culpabilidad se refuerzan con la muerte de su padre y su última conversación sobre el tema. Cuando aparece el diario de Alba y luego la muerte de Joaquín en circunstancias extrañas, Quintana vuelve al pueblo y encuentra un entorno lleno de secretos por descubrir. Psicológicamente, esto le ofrece un espacio donde puede ser verdadera y encontrar una verdad propia.
Es como una terapia: en un mundo de impostura y éxito que a veces la abruma, descubrir lo que hay detrás del misterio del diario es algo que puede hacer de manera auténtica y honesta. Esa es una de sus motivaciones psicológicas.
P. — La novela está ambientada en Madrid, Bilbao y Urkizu. ¿Por qué decidiste situar la historia en estos lugares y cómo contribuyen a la trama y al desarrollo de Quintana?
R. — Bilbao es un pequeño homenaje a mi ciudad y sirvió para situar una escena de accidente. Madrid refleja a una joven que deja su pueblo en busca de oportunidades y persigue su sueño de ser escritora; allí escribe La chica del lago y alcanza el éxito.
Urkizu es el pueblo donde vivía su padre y a donde Quintana regresa como refugio y lugar de sanación. Al inicio de la novela, su padre acaba de morir, y ella se enfrenta a la incertidumbre sobre su vida y su escritura mientras sigue escribiendo en la casa de él, atrapada entre el apego a su pasado y la necesidad de tomar decisiones sobre su futuro.

P. — La casa es totalmente simbólica respecto a su padre, algo tangible a lo que agarrarse.
R. — Sí, sin duda. La casa de su padre es el último refugio de Quintana, el lugar donde conecta con su infancia, su juventud y con su madre. Representa ese apego que sentimos tras un duelo: a veces nos aferramos a lo material, a lo que queda. Por eso no puede permitirse venderla.
P. — Hablábamos de la noche de San Juan, lugar en el que sitúas la historia. Es un ritual luminoso y oscuro a la vez. ¿Por qué te interesaba convertir esta fiesta en un símbolo de misterio?
R. — La noche de San Juan tiene muchos atractivos: marca el inicio del verano, es una noche de amigos, con fuego, depuración y el acto de tirar lo antiguo. Además, tenía un tema técnico con el diario: era la excusa perfecta para que desapareciera en el fuego. Alba lo llevaba siempre encima y esa noche también; la teoría más lógica es que lo quemó. Así, el acto cumple un papel narrativo y simbólico: sanación, paso de página, quemar lo antiguo. Para mí es el epítome de la noche de la vida: hogueras, amigos, guitarras, cervezas, desorden con consecuencia.
El escenario de la isla en el Pantano de Oliva Regamboa en Álava me parecía perfecto. La historia surge también del lugar: el lago, el pantano y el fallecimiento de Alba en agua dulce. Los pantanos me perturban: son tranquilos pero profundos, con hasta 30 o 35 metros bajo la superficie, ramas y remolinos, lo que genera vértigo y sensación de peligro, un símbolo de amenaza y presagio.
Para ambientarlo, recorrí el pantano, hice senderismo, piragüismo y hablé con gente local para entender su relación con el agua. Los lugares nos modulan psicológicamente, y quería reflejar cómo alguien que vive cerca de un pantano se enfrenta a ese entorno.
P. — ¿Qué significa para ti la culpa o qué te interesa más: esa culpa que transforma a los personajes, su origen o sus consecuencias?
R. — La culpa es un sentimiento muy poderoso, el peso por no haber reaccionado bien. En la novela, Quintana muestra varias culpabilidades: la última conversación con su padre que terminó en enfado, y su relación con Alba, donde quizá no supo estar a la altura.
Estas culpas permanecen como un cristal que duele, aunque pasen los años. Quintana combina culpa, dolor por la muerte de su padre, apego irracional a la casa familiar y pensamientos mágicos, como visitar la tumba de su madre. Pero también tiene vida: aparecen alegrías y relaciones que la humanizan.
Trabajo mucho el desarrollo del personaje, y aunque sea un thriller, para mí lo más importante es la emoción: miedo, inquietud, sí, pero acompañada de profundidad emocional. La novela combina misterio con historia personal: el regreso al pueblo, enfrentar el pasado y resolver conflictos familiares. Incluso sin el misterio, la historia sigue siendo rica y emocional.
P. — Y para terminar, Miquel, ¿por qué la chica y no el chico?
R. — Me refiero a Alba, La chica del lago. Podría haber sido un chico o incluso cambiar Quintana, pero no, era Alba. La novela es muy femenina, con predominio de personajes femeninos, y esto fue deliberado: la mayoría de mis lectoras son mujeres. Siempre me ha interesado explorar el mundo femenino, cómo se relacionan, cómo hablan entre sí y cómo comparten un mundo emocional que a veces, como hombre, me resulta ajeno. Tengo tres hijas y una mujer, y he observado que entre ellas hay un lenguaje propio, otra manera de ser y de comportarse.
Me interesaba reflejar eso, igual que hace Almodóvar en sus películas. También hay un componente de arquetipo: la dama del misterio, presente desde Agatha Christie hasta Patricia Highsmith y muchas escritoras contemporáneas. Me gustaba jugar con la idea de una escritora exitosa como Besseller. No fue algo forzado; simplemente el personaje surgió así.