La rueda de prensa arranca con una premisa clara: no se trata solo de un nuevo libro, sino de la recuperación de una forma de mirar el mundo. El proyecto reúne el trabajo periodístico y fotográfico de Arturo Pérez-Reverte a lo largo de años como reportero de guerra, articulado a partir de artículos, crónicas y material gráfico que en muchos casos permanecía inédito.
Más que una recopilación, la obra se plantea como una reconstrucción de experiencia: la de quien ha estado en distintos conflictos y vuelve sobre ellos desde la distancia, ordenando memoria, imágenes y texto en un mismo relato. En ese cruce entre periodismo y literatura aparece el eje central de la presentación: cómo se cuenta la guerra, cómo se recuerda y qué queda hoy de esa forma de narrarla.
A partir de ahí, la presentación se detiene en el recorrido editorial de los artículos del autor, una trayectoria que arranca con su primer volumen en 2001 y que ha ido tomando forma en distintas recopilaciones a lo largo de los años. Este nuevo libro se presenta como una culminación de ese camino, aunque desde el inicio se advierte que no es solo una antología: “es una recopilación de artículos, pero es mucho más que eso”.
La obra se articula en torno a una idea clara y sólida. Por un lado, las crónicas escritas en el lugar de los hechos; por otro, una segunda capa en la que el autor revisita esas experiencias desde la distancia, tras casi veinticinco años como reportero de guerra. No fue, sin embargo, un proyecto sencillo de poner en marcha. Desde la organización se reconoce sin rodeos: hubo que convencerle.
Al recorrer sus páginas, emerge una sensación constante: la guerra como un fenómeno inmutable. Desde la Antigüedad hasta hoy, apenas cambia. Late una misma violencia, una misma lógica, una misma condición humana. Y junto a esa idea, otra: el tipo de periodismo que representan esos textos pertenece casi a otro mundo, uno que hoy resulta difícil —si no imposible— de sostener.
Pero hay un eje que atraviesa todo el proyecto. Una frase que el propio autor ha repetido en numerosas ocasiones y que aquí adquiere pleno sentido: “no me lo han contado”. El libro funciona como la apertura de esa mochila de experiencias reales que alimentan su literatura, permitiendo entender de dónde nace su mirada.
A esa dimensión se suma otra menos conocida: la fotografía. Muchas de las imágenes incluidas permanecían inéditas. No fueron concebidas con una intención estética consciente, pero en ellas se percibe claramente una forma de mirar, una sensibilidad que completa el universo del autor.
El proyecto se integra en el marco de un festival de fotografía, lo que permite situarlo en un contexto más amplio. Frente a las tendencias contemporáneas, más inclinadas hacia lo creativo o conceptual, estas imágenes suponen una vuelta a lo esencial: la función documental. Capturar el instante y fijarlo como memoria.
Lo que muestran, sin embargo, es incómodo. La guerra aparece sin filtros: la crudeza, el desgaste físico, la cercanía de la muerte. Elementos que hoy rara vez encuentran espacio en los medios. De hecho, se desliza una idea que atraviesa todo el acto: cada vez vemos menos la guerra, aunque esté más cerca.
Hay una decisión significativa que refuerza esa lectura: las fotografías no están identificadas ni por lugar ni por fecha. No es un descuido, sino una intención. Subrayar que todas las guerras son, en el fondo, la misma.
En ese contexto, la figura del reportero de guerra emerge como un oficio en retirada. No solo por las condiciones materiales, sino por los límites actuales de lo publicable. Se afirma con claridad: muchas de esas imágenes hoy no verían la luz.
Cuando interviene Pérez-Reverte, el tono cambia. No hay distancia teórica ni reflexión abstracta. Lo primero que deja claro es su resistencia inicial: “yo no quería hacer este libro”. Consideraba aquella etapa cerrada. Sin embargo, terminó aceptándolo al comprender que ofrecía una clave de lectura para su obra: “quien lee esto entiende de dónde viene mi mirada”.
Y esa mirada tiene un origen concreto: “el dolor, el horror, la violencia… todo eso lo aprendí. No me lo han contado”.
Cuando entra en el terreno de la experiencia, el discurso deja de ser abstracto. Ya no habla de periodismo ni de representación, sino de memoria vivida.
Recuerda que durante años trabajó en conflictos donde la muerte no era una posibilidad remota, sino una presencia constante. No como algo excepcional, sino como parte del paisaje. En ese contexto introduce uno de los episodios más tensos que relata: una noche en Mozambique.
La escena es seca, sin adornos. Un grupo reducido, aislado, rodeado por una aldea donde la situación podía volverse violenta en cualquier momento. No había margen de maniobra ni protección externa. Describe la tensión sostenida durante horas, el control de cada gesto, de cada palabra, la necesidad de no provocar, de no mirar de más, de no interpretar mal una señal. Una noche entera contenida en la espera, en la incertidumbre de no saber si amanecería con normalidad o con un ataque. Finalmente, logran salir al amanecer. Sin épica. Solo supervivencia.
Ese tipo de episodios le sirven para desmontar cualquier idea romántica del oficio. La guerra no era una historia que contar después, era algo que podía terminar contigo en cualquier momento.
Desde ahí se entiende mejor cuando afirma: “el dolor, el horror, la violencia… todo eso lo aprendí. No me lo han contado”.
También recuerda cómo trabajaban entonces. Sin red. Sin rescates posibles. Sin estructuras que garantizaran seguridad. “Sabías dónde ibas y te lo comías”, resume. Y en ese “comértelo” entra todo: el miedo, el cansancio, la responsabilidad y también la convivencia con la muerte.
Habla de imágenes concretas: cuerpos destrozados, hospitales improvisados, niños heridos, combatientes recién salidos de un enfrentamiento. Material que, explica, se enviaba sin filtro porque formaba parte de lo que había que contar. No había una voluntad de provocar por provocar, pero sí una intención clara: que el lector no pudiera mirar hacia otro lado.
En ese sentido, aunque no utiliza exactamente la expresión “cortar la digestión”, sí define con precisión ese propósito: incomodar, sacudir, obligar a enfrentarse a la realidad. La guerra, insiste, no puede contarse de forma amable porque deja de ser verdad.
Esa lógica aparece también en otra anécdota que menciona al hablar de los límites éticos. La fotografía tomada tras un combate, cuando un hombre que acababa de matar le pide ser retratado. No hay intervención, no hay juicio en el momento. Solo registro. A posteriori, reconoce que hoy esa imagen sería cuestionada desde múltiples ángulos, pero rechaza esa mirada: “es que es una guerra”.
Ahí introduce una idea clave: la distancia actual permite juzgar, pero también deforma. Se opina desde fuera sobre situaciones que, vividas desde dentro, funcionan con otras reglas. Y eso, para él, genera una comprensión falsa.
Vuelve entonces a una dimensión más física, casi sensorial, para reforzar su argumento. Describe la guerra no como concepto, sino como experiencia corporal: el olor, la suciedad, el ruido, los gritos, la cercanía de los cuerpos heridos. Insiste en que eso ha desaparecido del relato mediático. “Nos están tapando la guerra”, dice.
Y añade otro elemento menos evidente: el humor. Un humor oscuro, a veces absurdo, que aparece como mecanismo de defensa. Reír en medio del desastre no como frivolidad, sino como forma de mantener la cabeza en su sitio.
También se detiene en los compañeros. No desde la nostalgia, sino desde el reconocimiento de un vínculo distinto. “No somos amigos, somos más que amigos”, afirma. Gente con la que compartió situaciones límite que generan una conexión difícil de explicar desde fuera.
Todo ese bloque de recuerdos no funciona como anécdota aislada, sino como base de su posición actual. Porque cuando afirma que hoy ese periodismo sería imposible, no habla solo de tecnología o de empresas mediáticas. Habla de una forma de estar allí, de mirar, de contar.
Y por eso su diagnóstico final resulta tan contundente: la guerra sigue existiendo, pero cada vez se muestra menos como realmente es.
Las fotografías, explica, nacieron como material de trabajo. Se enviaban, se publicaban y se olvidaban. Durante años quedaron acumuladas hasta que alguien decidió recuperarlas. Fue entonces cuando adquirieron otro significado.
El relato deriva hacia la memoria. No como evocación nostálgica, sino como experiencia física. Situaciones de riesgo constante, decisiones tomadas bajo presión, noches en las que la posibilidad de morir era real.
A través de esas escenas se perfila una idea recurrente: aquello ya no es posible. “Lo que hacíamos entonces hoy sería imposible”. No solo por cuestiones logísticas, sino por un cambio profundo en el ecosistema mediático.
En su época, explica, ese tipo de material se publicaba sin filtros. Hoy, en cambio, difícilmente vería la luz. Porque la guerra real incomoda. “La guerra de verdad molesta”.
Cuando se le plantea si este libro puede entenderse como una especie de taller del novelista, responde con una clave personal: “yo tuve una ventaja: tenía libros”. La literatura le permitió interpretar lo que veía. Reconocer patrones, establecer conexiones. “Era Jenofonte, era Homero… todo estaba ya en la memoria”. Eso le ayudó a soportar el horror. A entender que nada era completamente nuevo. “Siempre es la misma guerra”.
La conversación deriva hacia el presente. Y el diagnóstico es rotundo. “La verdad se ha alejado tanto que ya es imposible humanizarla”. La mediación tecnológica, la distancia, la multiplicación de fuentes han generado una pérdida de fiabilidad: “ya no hay ninguna guerra fiable”.
Frente a eso, reivindica una experiencia directa: estar allí. Verlo. Olerlo. “Nadie puede mentirte si estás allí y la gente muere delante de ti”.
Pero introduce un elemento incómodo: el público. “El público no quiere saber”. Existe una resistencia a enfrentarse a la crudeza. Una preferencia por lo digerible. Incluso en la exposición, señala, las imágenes más duras quedan apartadas. Es un síntoma de algo más profundo: una autocensura generalizada.
La consecuencia es grave: “la guerra ha dejado de ser real”.
En ese punto, la conversación gira hacia los límites de la representación. La periodista Rosa Sánchez plantea una cuestión directa: dónde está la línea entre contar la verdad de la guerra y construir un relato que el público pueda soportar.
La respuesta de Pérez-Reverte es inmediata y sin matices: “yo creo que esa batalla está perdida”.
Para explicarlo, recurre a una escena concreta. Recuerda una fotografía tomada tras un combate, cuando un hombre que acababa de matar le pidió que lo retratara. La imagen se hizo. Sin intervención. Sin juicio en ese momento.
A partir de ahí, plantea el tipo de reproche que hoy surgiría. Lo descarta de plano: “es que es una guerra”. Y lleva el argumento a su núcleo más incómodo: en la guerra se mata, se destruye, se viola. Pretender encajar eso en códigos morales ajenos al contexto implica no haber entendido nada.
No plantea soluciones. “Mi misión no es combatir nada”, dice. Pero sí describe un sistema en el que la información responde a lógicas económicas: si no interesa, no se cubre.
Frente a esa superficialidad, insiste en la materialidad de la guerra. En lo que no se muestra: el olor, los cuerpos, el dolor. “Nos están tapando la guerra”.
Cuando se le pregunta si volvería, no duda: “no iría a ninguna”. Se reconoce como parte de otra generación. “Somos dinosaurios”.
Y, sin embargo, al mirar atrás, no hay arrepentimiento: “valió la pena”. Porque esa experiencia le dio algo esencial: una forma de mirar el mundo.
En esa mirada caben también los fantasmas. Decisiones tomadas bajo presión. Recuerdos que permanecen. Pero también un aprendizaje profundo sobre la condición humana: el amor, el odio, la violencia.
En el tramo final, la responsabilidad se amplía. No es solo de los medios. “El público es tan culpable como quien manipula”. Porque acepta, porque elige no ver. Porque rechaza al testigo incómodo. “Somos testigos molestos”.
Incluso el riesgo se redefine: “no es un asesinato, es un accidente laboral”. Y junto a él, la suerte. Ese factor imprevisible que decide quién vive y quién muere.
El cierre no es una conclusión, sino una constatación. Aquel periodismo ha desaparecido. “Queríamos contar la verdad, aunque doliera”. Y en esa frase queda resumido no solo el sentido del libro, sino toda una forma de estar en el mundo: mirar la guerra de frente, sin apartar la vista.

También recuerda cómo trabajaban entonces. Sin red. Sin rescates posibles. Sin estructuras que garantizaran seguridad. “Sabías dónde ibas y te lo comías”, resume. Y en ese “comértelo” entra todo: el miedo, el cansancio, la responsabilidad y también la convivencia con la muerte.
Habla de imágenes concretas: cuerpos destrozados, hospitales improvisados, niños heridos, combatientes recién salidos de un enfrentamiento. Material que, explica, se enviaba sin filtro porque formaba parte de lo que había que contar. No había una voluntad de provocar por provocar, pero sí una intención clara: que el lector no pudiera mirar hacia otro lado.
En ese sentido, aunque no utiliza exactamente la expresión “cortar la digestión”, sí define con precisión ese propósito: incomodar, sacudir, obligar a enfrentarse a la realidad. La guerra, insiste, no puede contarse de forma amable porque deja de ser verdad.
Esa lógica aparece también en otra anécdota que menciona al hablar de los límites éticos. La fotografía tomada tras un combate, cuando un hombre que acababa de matar le pide ser retratado. No hay intervención, no hay juicio en el momento. Solo registro. A posteriori, reconoce que hoy esa imagen sería cuestionada desde múltiples ángulos, pero rechaza esa mirada: “es que es una guerra”.
Ahí introduce una idea clave: la distancia actual permite juzgar, pero también deforma. Se opina desde fuera sobre situaciones que, vividas desde dentro, funcionan con otras reglas. Y eso, para él, genera una comprensión falsa.
Vuelve entonces a una dimensión más física, casi sensorial, para reforzar su argumento. Describe la guerra no como concepto, sino como experiencia corporal: el olor, la suciedad, el ruido, los gritos, la cercanía de los cuerpos heridos. Insiste en que eso ha desaparecido del relato mediático. “Nos están tapando la guerra”, dice.
Y añade otro elemento menos evidente: el humor. Un humor oscuro, a veces absurdo, que aparece como mecanismo de defensa. Reír en medio del desastre no como frivolidad, sino como forma de mantener la cabeza en su sitio.
También se detiene en los compañeros. No desde la nostalgia, sino desde el reconocimiento de un vínculo distinto. “No somos amigos, somos más que amigos”, afirma. Gente con la que compartió situaciones límite que generan una conexión difícil de explicar desde fuera.
Todo ese bloque de recuerdos no funciona como anécdota aislada, sino como base de su posición actual. Porque cuando afirma que hoy ese periodismo sería imposible, no habla solo de tecnología o de empresas mediáticas. Habla de una forma de estar allí, de mirar, de contar.
Y por eso su diagnóstico final resulta tan contundente: la guerra sigue existiendo, pero cada vez se muestra menos como realmente es.
Las fotografías, explica, nacieron como material de trabajo. Se enviaban, se publicaban y se olvidaban. Durante años quedaron acumuladas hasta que alguien decidió recuperarlas. Fue entonces cuando adquirieron otro significado.
El relato deriva hacia la memoria. No como evocación nostálgica, sino como experiencia física. Situaciones de riesgo constante, decisiones tomadas bajo presión, noches en las que la posibilidad de morir era real. Recuerda una en Mozambique, marcada por la tensión, el miedo y la necesidad de contener cualquier gesto que pudiera desencadenar la violencia.
A través de esas escenas se perfila una idea recurrente: aquello ya no es posible. “Lo que hacíamos entonces hoy sería imposible”. No solo por cuestiones logísticas, sino por un cambio profundo en el ecosistema mediático.
En su época, explica, se mostraba la guerra sin filtros. Imágenes de muertos, heridos, hospitales. No por morbo, sino con un objetivo preciso: “remover conciencias, incomodar, cortar la digestión del lector”. Hoy, en cambio, ese tipo de contenido tiende a desaparecer. Porque la guerra real incomoda. “La guerra de verdad molesta”.
Cuando se le plantea si este libro puede entenderse como una especie de taller del novelista, responde con una clave personal: “yo tuve una ventaja: tenía libros”. La literatura le permitió interpretar lo que veía. Reconocer patrones, establecer conexiones. “Era Jenofonte, era Homero… todo estaba ya en la memoria”. Eso le ayudó a soportar el horror. A entender que nada era completamente nuevo. “Siempre es la misma guerra”.
La conversación deriva hacia el presente. Y el diagnóstico es rotundo. “La verdad se ha alejado tanto que ya es imposible humanizarla”. La mediación tecnológica, la distancia, la multiplicación de fuentes han generado una pérdida de fiabilidad: “ya no hay ninguna guerra fiable”.
Frente a eso, reivindica una experiencia directa: estar allí. Verlo. Olerlo. “Nadie puede mentirte si estás allí y la gente muere delante de ti”.
Pero introduce un elemento incómodo: el público. “El público no quiere saber”. Existe una resistencia a enfrentarse a la crudeza. Una preferencia por lo digerible. Incluso en la exposición, señala, las imágenes más duras quedan apartadas. Es un síntoma de algo más profundo: una autocensura generalizada.
La consecuencia es grave: “la guerra ha dejado de ser real”.
En ese punto, la conversación gira hacia los límites de la representación. La periodista Rosa Sánchez plantea una cuestión directa: dónde está la línea entre contar la verdad de la guerra y construir un relato que el público pueda soportar. La pregunta apunta a prácticas habituales hoy —pixelados, filtros, ocultaciones— y sitúa el debate en el terreno ético.
La respuesta de Pérez-Reverte es inmediata y sin matices: “yo creo que esa batalla está perdida”.
Para explicarlo, recurre a una escena concreta. Recuerda una fotografía tomada tras un combate, cuando un hombre que acababa de matar le pidió que lo retratara. La imagen se hizo. Sin intervención. Sin juicio en ese momento. A partir de ahí, plantea el tipo de reproche que hoy surgiría: por qué no hizo algo, por qué no intervino, por qué no se negó.
Lo descarta de plano. “Es que es una guerra”, insiste, subrayando la distancia entre esa experiencia y la mirada contemporánea. Y lleva el argumento a su núcleo más incómodo: en la guerra se mata, se destruye, se viola. Pretender encajar eso en códigos morales ajenos al contexto, sugiere, implica no haber entendido nada.
No plantea soluciones. “Mi misión no es combatir nada”, dice. Pero sí describe un sistema en el que la información responde a lógicas económicas: si no interesa, no se cubre. Las guerras aparecen y desaparecen del foco mediático como si fueran tendencias.
Frente a esa superficialidad, insiste en la materialidad de la guerra. En su dimensión física. En lo que no se muestra: el olor, los cuerpos, el dolor. “Nos están tapando la guerra”.
Aun así, recuerda que en medio de todo eso también existe el humor. Un humor oscuro, necesario para sobrevivir. Y habla de los compañeros. No como amigos, sino como algo más: vínculos construidos en situaciones límite.
Cuando el debate se desplaza hacia la ética, su postura es clara: “esa batalla está perdida”. Considera que la mirada actual está profundamente desconectada de la realidad. Que se juzga desde fuera lo que solo puede entenderse desde dentro. “Es que es una guerra”, insiste. Y la define sin rodeos: matar, destruir, violar.
El riesgo, advierte, es la pérdida de memoria. Una sociedad que olvida cómo es la guerra está peor preparada para enfrentarse a ella.
Cuando se le pregunta si volvería, no duda: “no iría a ninguna”. Se reconoce como parte de otra generación. “Somos dinosaurios”.
Y, sin embargo, al mirar atrás, no hay arrepentimiento: “valió la pena”. Porque esa experiencia le dio algo esencial: una forma de mirar el mundo.
En esa mirada caben también los fantasmas. Decisiones tomadas bajo presión. Recuerdos que permanecen. Pero también un aprendizaje profundo sobre la condición humana: el amor, el odio, la violencia.
En el tramo final, la responsabilidad se amplía. No es solo de los medios. “El público es tan culpable como quien manipula”. Porque acepta, porque elige no ver. Porque rechaza al testigo incómodo. “Somos testigos molestos”.
Incluso el riesgo se redefine: “no es un asesinato, es un accidente laboral”. Y junto a él, la suerte. Ese factor imprevisible que decide quién vive y quién muere.
El cierre no es una conclusión, sino una constatación. Aquel periodismo ha desaparecido. “Queríamos contar la verdad, aunque doliera”. Y en esa frase queda resumido no solo el sentido del libro, sino toda una forma de estar en el mundo: mirar la guerra de frente, sin apartar la vista.
