Estrenamos la séptima temporada de Rosa pasa página de la mejor manera posible. El autor, Leonardo Padura, Premio Príncipe de Asturias, viaja en la memoria de los 50 años de Cuba, a través de una familia marcada por la violencia y un parricidio que cambia sus vidas sirven de telón de fondo para medio siglo de historia cubana, desde la guerra de Angola hasta las cicatrices de la isla en la actualidad.
Entre el miedo, el amor tardío y las llegadas de nuevas generaciones, Leonardo Padura narra Morir en la arena, un fresco íntimo y colectivo de la Cuba reciente.
P.–Lo primero que me sugiere Morir en la arena es situarme en un anfiteatro romano.
R.–Sí, es como un lugar de extinción. Estos personajes salen a esa arena y combaten, y es un combate por la vida, por un futuro muy incierto, pero que tratan ellos de construir de la mejor manera posible. Enfrentan lo que viene del pasado, que está marcado por una tragedia familiar, pero también por la historia de cada uno de estos personajes que cruzaron alrededor de esa tragedia o que fueron protagonistas de ella.
Y sobre todo, el destino que van a tener estos personajes. Al final, yo creo que llega el momento de poner, subir o bajar el dedo con respecto a cada uno de ellos. Y afortunadamente, creo que para algunos podemos poner el dedo para que sigan vivos.
P.–Arrancas efectivamente con un parricidio, un parricidio íntimo, pero que se expande a lo largo de la memoria de Cuba en los últimos 50 años. ¿Qué te interesaba más establecer entre el tema privado y lo histórico?
R.–El parricidio es como el motor dramático de esta novela. Es lo que desencadena la situación en que se encuentran esos personajes desde el pasado, cuando ocurre ese hecho, hasta el presente. 30 años después, cuando el parricida, que es hermano del protagonista de la novela y fue el esposo de la coprotagonista, va a salir de la cárcel un poco anticipadamente, y esto se sabe desde el principio, no estamos haciendo spoiler. Va a salir de la cárcel porque está enfermo de muerte. Pero va a regresar a la casa donde vivió, donde ocurrió el parricidio y donde viven estos otros dos personajes, Rodolfo y Nora, el hermano y la exesposa.
A partir de ese motor dramático se desarrolla toda la relación entre estos personajes y la relación de estos personajes con su contexto. Hay un elemento muy importante que aprendí muy bien, creo, de la obra de Alejo Carpentier: la importancia de los contextos. Contextos políticos, económicos, sociales, incluso contextos olfativos y culinarios, que le dan color a las novelas.
Y aquí, el contexto socioeconómico es fundamental, porque el contexto político es como horizontal, sigue siendo el mismo. Las cuestiones políticas en Cuba han cambiado muy poco en los últimos sesenta y tantos años. Sin embargo, la sociedad y los comportamientos de las personas y los fenómenos de la economía han ido cambiando con los años.

Cuento fundamentalmente la historia de unos personajes que llegan a esta edad que tengo yo, a la edad que son mis contemporáneos, y se jubilan y descubren que van a ser más pobres que nunca. Que van a depender de otras personas, que van a tener que practicar estrategias de supervivencia para poder seguir adelante y que el regreso de esta persona que va a revivir ese episodio terrible, sangriento, irreversible en una familia, que es un parricidio, va a alterar su vida. Y trato de contar todo esto porque, si bien, como te decía, el parricidio es el motor, el propósito es hablar del destino de esta generación.
Que es mi generación en Cuba, es la gente que veo, con la que convivo, que fueron mis compañeros de estudio, mis compañeros de trabajo, y que veo en esa situación lamentable en que pueden estar personajes como Rodolfo y como Nora.
P.—Mencionas que el asesino, quien comete el parricidio, va a salir de la cárcel, y me parece muy interesante la dualidad que planteas entre Eugenio y Rodolfo, el victimario y el superviviente. Más allá del parricidio, también te interesa retratar la época generacional, tanto la actual como las anteriores. ¿Podrías profundizar en esa herencia que cada uno recibe: uno, marcada por sus actos, y el otro, marcada por la sumisión?
R.—Sí. Son dos personajes con caracteres muy diferentes. Ocurre con mucha frecuencia en la familia.
Jenny es la fuerza, es el indomable, es victimario, pero también ha sido víctima. Rodolfo es el débil, pero es el que tiene que afrontar más responsabilidades en la vida y las cumple del mejor modo que puede. Las cumplió como padre, las cumple como hijo al final de la vida de su madre.
Y el contrapeso de estos dos personajes da dos comportamientos, dos manifestaciones de las actitudes de las personas ante realidades que pueden ser contrastantes o semejantes. Quise que tuvieran estos dos caracteres completamente diferentes porque la realidad, y esto es importante, se comporta de muchas maneras. Pero los comportamientos de la realidad, si uno trata de reproducirlos en la literatura, muchas veces no funcionan.
La literatura funciona con códigos; la novela específicamente funciona con códigos dramáticos y esos códigos hay que manejarlos para que se produzca algo fundamental: que haya conflictos. Y la propia caracterización de los personajes crea esos conflictos. Estos personajes, por ejemplo, que pertenecen a la misma generación de un personaje como Mario Conde, con el que he trabajado en varias novelas, son diferentes.

Mario Conde tiene una visión entre pesimista y con un matiz irónico respecto a su relación con la realidad. Esto lo asume y un poco se burla de ella, aunque la sufre. Estos dos personajes han sido víctimas realmente de esa realidad.
P.—¿Podríamos hablar también de contagios emocionales en esta historia? Por ejemplo, en el triángulo entre Rodolfo, Jenny y Nora.
R.–Sí, creo que la emoción es fundamental a la hora de crear personajes, porque hay que mover a estas personas a partir de sentimientos, de emociones, de comportamientos, de actitudes. Hay que llenarlos de vida.
Y ese es un ejercicio en el que la emoción es tan importante. Un personaje como Nora, sobre todo, funciona mucho con esas emociones. Pero cuando vamos a los hijos de esos personajes que aparecen en la novela, uno no aparece físicamente, que es Violeta, la hija de Nora y Jenny, y Aitana, que es la hija de Rodolfo y que es como un huracán que llega en un momento de la novela, pues las emociones se disparan.
Esas relaciones padres e hijos, que también son tan complicadas como sabemos, es misterioso. Y, por ejemplo, en una novela anterior, Como polvo en el viento, tengo una madre y una hija que siempre están en conflicto. Y una amiga que vive hace muchos años en los Estados Unidos me dijo: “Leonardo, no te imaginas lo complicada que es la relación de una madre con una hija”.
Esto con los hijos, con los varones, es mucho más fácil. Entre mujeres, las relaciones son complicadísimas.

P.—En tu novela aparece la guerra de Angola, un lugar muy destacado. Además, ¿qué significa rescatar ese episodio?
R.—Recuperar una memoria. Creo que sobre la guerra de Angola lo que significó, que no domino exactamente la cifra, he oído que fueron 300.000 cubanos los que pasaron por Angola, entre militares y civiles.
Rescatar, como te decía, no creo que se haya escrito suficientemente sobre lo que significó para la gente de mi generación la participación en esa guerra, tanto como civiles como militares. Yo estuve un año en Angola como periodista civil, afortunadamente, con un fusil al lado de la cama, porque si pasaba algo tenía que tomarme al ejército. En el edificio donde yo vivía, debajo pusieron una bomba y hubo compañeros que fueron heridos.
Es decir, que estaba en un ambiente de guerra, y los ambientes de guerra son muy tensionantes. Y esto no creo que haya tenido suficiente desarrollo en la literatura cubana. Y lo que puede pasar es que para la gente de las generaciones que han venido después, esto sea algo que está en la historia, algo que pasó y que ya no le importa demasiado a muchos.
Más que en la propaganda política de recordar la heroicidad de los combatientes cubanos en África. Pero en el sentido dramático, y más que dramático en el sentido traumático que tuvo para muchas personas esta participación en una guerra, las guerras son guerras y ya se sabe todo lo que significa. Y en el caso del personaje de Rodolfo, tuvo una consecuencia que lo lastró para toda su vida.
P.–Aprovecho lo que acabas de decir con respecto al miedo. ¿Cómo ha cambiado en Leonardo el miedo? No solamente a lo largo de su trayectoria, sino a lo largo de su vida, y si escribir Morir en la arena de alguna manera siente que ha cambiado algo.
R.–Yo creo que cada libro que he escrito va cambiando algo. Voy avanzando hacia una mayor libertad a la hora de expresar lo que pienso. No quiero decir que no haya sufrido miedo, pero mi actitud ha sido enfrentarlo. No puedo hacer otra cosa. A veces el miedo es algo totalmente irracional.
Y el personaje de Conde en una de las novelas dice algo que define mucho esto: está bien que la gente tenga los miedos inevitables. El miedo a la muerte, todos lo podemos tener. Y hay quien le tiene un miedo visceral a las ranas, y está bien, son sus miedos.
Pero hay otros miedos que son injustificables, que son los miedos sociales. Que una sociedad te provoque determinados miedos, eso es perverso. Y mucha gente ha sufrido muchos miedos en Cuba.

Yo los he sufrido, he intentado enfrentarlos, y creo que cada vez los supero más. Me siento cada vez más satisfecho conmigo mismo por poder hacer lo que he hecho a lo largo de estos años. He tenido una enorme fortuna, y es que desde hace 30 años empezó mi vínculo con Tusqués Editores, lo cual significa que mis libros salen directamente de mi ordenador al ordenador de mis editores en Barcelona, sin pasar por ningún filtro institucional cubano, lo cual ha significado para mí libertad.
Tusquets me abrió la puerta de mi libertad.
P.—Quedarte a vivir en tu barrio, en Mantilla, ¿es una forma también de demostrarte, si es que hay que demostrárselo a sí mismo, de superar ese miedo?
R.–No, ha sido una decisión que prácticamente no ha tenido alternativa, en el sentido de que hubo un momento en que tal vez pude haber pensado moverme en la ciudad hacia un barrio más céntrico, menos periférico, pero no era posible, porque ni económica ni legalmente era posible, no podías comprar una casa.
Y bueno, lo que decidimos, y esto es uno de mis orgullos, es que la casa en la que vivimos mi esposa Luti y yo, la construimos sobre la azotea de la casa que construyeron mis padres en el año 54, la hicimos nosotros ladrillo a ladrillo.
Nadie nos dio nada. Lo que tenemos es nuestro. Y esa casa es nuestro nido, el centro de mi vida. Ahí está mi familia, ahí está mi madre. El otro día recordé algo muy importante: en el patio de esa casa están enterrados todos mis perros, los perros que he tenido desde que soy un niño.

Te podrás imaginar el arraigo que tengo por ese lugar. Muchísimo. Y en ese barrio todavía hoy me pasa algo muy bonito: mi madre está viva. Mi madre va camino de sus 98 años, y en el barrio conoce no solo todos los perros, sino hasta las pulgas que tienen los perros del barrio. Con sus 98 años va a la iglesia los domingos y está muy activa, muy clara, muy lúcida, muy lúcida, muy lúcida, se acuerda de todo.
Todavía para mucha gente, para mucha gente en el barrio, yo soy el hijo de Alicia y de Nardo, es decir, de mi papá y de mi mamá. Mi papá murió hace 10 años, sigo siendo el hijo de Alicia. Y eso me da un sentido de pertenencia, de ser más la persona que soy como periodista y escritor. Esto se añade a una esencia que sigue viva.
P.—Si yo te digo “a sangre fría cubana”, ¿qué me dices?
R.–No lo sé, no creo que este sea “la sangre fría cubana”, porque la realidad de ese acontecimiento, de ese parricidio, está muy transfigurada, muy alterada por las necesidades de la ficción. Lo que sí te digo es que el libro A sangre fría fue uno de esos libros que me marcó, me marcó y me sigue marcando.
P.—Humor, amor y sexo, quizá son elementos que aparecen en esta novela. ¿Son necesarios para mostrar la resistencia cubana?
R.—Sí, son de esas pertenencias que todavía tenemos. En un país donde la economía se ha deteriorado hasta el punto de que han aparecido mendigos.
El otro día una ministra dijo que esos señores que recogían basura estaban disfrazados de mendigos. Te podrás imaginar la percepción de la realidad que puede tener esa señora. Entonces la gente tiene que encontrar rescoldos para seguir viviendo. Se han perdido esperanzas, se han perdido expectativas, pero quien puede encontrar una botella de ron, poner música y jugar dominó lo hace porque lo necesita, porque la gente tiene una sola vida.
Creo que el sexo ha sido una de las válvulas de escape más importantes que ha tenido la gente en Cuba. Incluso a veces se convierte en un problema, porque hay un fenómeno en Cuba de embarazos precoces y la gente se inicia sexualmente muy pronto.
P.—A nivel de contextos sonoros, Cuba vive bajo el imperio del reparto, que es la versión cubana del reggaetón.
R.–Sí, lo oímos constantemente a todas horas. Ya me sé las letras de algunos, de tanto oírlas. Son simpáticos, son simpáticos. Muchas de esas canciones tienen como tema el sexo, pero de manera bastante explícita. Una canción de éxito ahora dice, “echar un palo es echar un polvo…”, y la gente lo canta alegremente por la calle. Y además lo practican. Las cosas hay que practicarlas para ver si funcionan.
P.–Para terminar, Leonardo, ¿qué pasa cuando pisamos la orilla?
R.–Ahí es cuando viene el momento que me representé y traté de que apareciera, como en esas novelas de la tierra latinoamericana, en que siempre hay un pantano, una tembladera, como se dice, que se traga a la gente.
Esta generación nadó, nadó, nadó, buscando el horizonte. Y el horizonte se alejaba, se alejaba, se alejaba. Y cuando finalmente pisó la orilla, se hundió en la arena. Es un destino muy triste para una generación magnífica. Posiblemente no haya habido una mejor generación en Cuba.
Pero fue una generación que trabajó, estudió, y mis amigos son médicos, ingenieros, informáticos, diseñadores, geólogos, geógrafos, en fin, gente que superó mucho la frontera, por ejemplo, de la diferencia racial, que superó prejuicios machistas. Es una generación muy bien armada mentalmente y que, sin embargo, económica y socialmente, tiene este destino tan triste de verse pobre en el momento en que tenían que haber recibido el fruto de todo su esfuerzo a lo largo de tantos años.

Eso es muy importante y también la herencia generacional de lo que hablábamos al principio es muy interesante y necesario que las generaciones posteriores sepan cómo vivió esa generación.
P.–Sí, porque en tu literatura siempre hay un elemento importante: el rescate de la memoria.
R.—Exacto. Cuando hemos hablado, por ejemplo, de los procesos de represión y marginación de los intelectuales en los años 70, he tratado de escribir sobre eso para que esa memoria no se pierda. Lo que significó, a nivel individual, la guerra de Angola, he escrito sobre eso para que no se pierda.
Porque todos los poderes esquilman la memoria y van preferenciando lo que los justifica, lo que los apoya. Está pasando ahora mismo en Estados Unidos; pasa con los museos, pasa con las bibliotecas, hay libros que desaparecen porque quieren crear otra memoria. Y eso lo hacen todos los poderes. En Cuba también ha pasado. Pienso que una de las maneras de cumplir mi responsabilidad como escritor es esos rescates de la memoria.
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Entrevista: Rosa Sánchez de la Vega