Las cosas se quedan cuando nosotros ya no estamos. Una prenda conserva la forma de un cuerpo, un juguete guarda el recuerdo de unas manos y una silla puede seguir esperando a quien ya no volverá. A veces basta mirar un objeto de otra manera para descubrir todo lo que contiene y otras, cuando la palabra todavía no llega, aparece un cuaderno, una ventana y el gesto de dibujar. De ese lugar donde memoria, ausencia y belleza conviven nace La voz de las cosas, de Piedad Bonnett.
EL DIBUJO ANTES DE LA LITERATURA
No sé cuándo empezaste tú a dibujar, precisamente.
Dibujo desde que tengo memoria, desde muy pequeña. Recuerdo como uno de los regalos más estupendos una caja gigante de 24 colores Prisma Color que me regaló un tío cuando tendría unos diez años. Para mí fue como el paraíso. Pero ya con seis, siete u ocho años creo que dibujaba siempre. Al comenzar la adolescencia se convirtió en una pasión muy grande.
Fíjate que ahora estaba en Italia viendo las influencias de Caravaggio, un pintor que trabajé mucho con mis estudiantes en los cursos de Barroco. Yo descubrí de pequeña el claroscuro y la iluminación sobre el rostro. Tendría once o doce años y empecé a trabajar con las sombras sobre la cara, con las llamas… Era una verdadera pasión.
Pero la literatura terminó pudiendo por encima del dibujo.
Sí. Lo fue desterrando porque ya no hubo lugar. Y mi intuición me dijo que me iba a ir mejor en la vida con la literatura.
ENTRAR EN LA HABITACIÓN DE DANIEL
Vamos con La voz de las cosas. Empieza contigo entrando en la habitación de Daniel, de tu hijo, y abriendo un cuaderno prácticamente nuevo. Al menos, así es como yo lo visualizo. ¿Qué recuerdas de aquel día?
Era un cuaderno muy grande, pensado para el dibujo, y removió en mí el deseo de dibujar. Pero, además, era el cuaderno de Daniel, que yo misma le había regalado. Ahí hubo otra cosa, una llamada a contactarme con eso que él hacía.
Entré espontáneamente. No llevaba colores, solo uno de esos esferos muy delgados de tinta negra con los que escribo mis libretas. Me senté y, sin hacer boceto, dibujé la ventana, el árbol que había detrás de su ventana —que aparece también en un poema—, su lámpara, su almohada… Daniel habría muerto hacía dos o tres meses y aquello fue como un milagro en relación con el dibujo. Pensé: «Qué maravilla volver a dibujar. Voy a hacer esto con sus cosas». Pero para mí era algo absolutamente íntimo, privado.
¿Y qué te hizo, después de esos primeros dibujos, llevarlo a un libro y mostrar esa parte tan íntima?
Nunca pensé que fuera a mostrarse. Diez años después, o algo así, tenía el cuaderno en la mesita de mi casa, probablemente porque todavía estaba haciendo alguna cosa, ya que todo esto se dio lentamente. Mi editora de Alfaguara lo vio, me preguntó por esos dibujos y le conté la historia, que yo dibujaba y todo aquello. Entonces me dijo: «Esto habría que publicarlo».
Al principio dije: «Por favor, no». Pero la idea quedó en la editorial y volvieron a proponérmela. Ya habían visto los dibujos y me dijeron que lo sacáramos. Y entonces hice los poemas.
CUANDO LA IMAGEN LLEGA ANTES QUE LA PALABRA
En este caso primero llegó la imagen y después el poema. ¿Sentiste alguna vez que las palabras llegaban a un lugar que el dibujo ya había ocupado?
Sí, pero el poema no explica el dibujo y el dibujo no ilustra el poema. Hay una distancia y, al mismo tiempo, están juntos. Quería que el dibujo no ilustrara un poema y que el poema no describiera el dibujo. Tenía que ir mucho más hondo.
Eso fue muy difícil porque me llevó a un ejercicio de introspección, a preguntarme realmente a qué correspondía ese dibujo y cuál era el sentimiento que evocaba. Y ahí, como nace siempre la poesía, desde un lugar muy oscuro, empezaron a aparecer las palabras. Pero no fue sentarse y hacerlo. Primero tomaba notas, aparecía la idea y después había que sentarse y batallar un poco.
Además, quería que fueran poemas muy cortos y eso también determina la dificultad. No es lo mismo desarrollar una idea que hacerlo en seis, siete u ocho versos.
El poema, Piedad, ¿sale de pronto, nace de esa inspiración de la que todo el mundo habla, o hay que trabajarlo?
Primero nace, por supuesto. Tiene que haber una idea muy concreta de hacia dónde apuntas y luego trabajas. Y, a medida que trabajas, puede que esa idea inicial se desdibuje y surja otra, o puede ser que realmente la cojas y la lleves a un lugar donde valga la pena llevarla.
DIBUJAR LA AUSENCIA
Sin embargo, en los dibujos también corregiste la mirada. No los dejaste simplemente tal cual.
Sí. Un dibujo obliga a una relación completamente distinta. También tienes que aprender y hacerlo decir algo. Por ejemplo, la chaqueta está en un gancho y eso ya habla de que ahí no hay nadie. Es una prenda donde alguien podría llegar a estar, pero donde alguien estuvo. También hay decisiones ahí.
Y también una elección de los objetos.
Sí. Pensé, por ejemplo, en los osos de peluche que fueron de mis tres hijos y en dibujar uno, pero tal vez el oso me presentaba muchas dificultades porque no soy una dibujante profesional. Era más complicado. Elegí cosas significativas, pero también cosas que pudiera medio dominar.
Un abrigo, una corbata, unos patines, una silla, un trompo, una peonza… Al final esos objetos empiezan a presentarte la ausencia. Pero en esa forma de dibujarlos también hay que ser capaz, creo yo, de transmitir que han sido tocados, que tienen huellas, que han sido vividos.
Claro. No es lo mismo que me siente y pinte una naturaleza muerta. Un florero no me diría lo mismo. Pero saco los pantalones de pintura, los zapatos Dr. Martens que llevan ahí diez años y a los que ya les está saliendo un poquito de moho, esos patines que me evocan una historia —cuándo los compramos, cómo los usó—, y hay una cosa emocional muy definitiva.
Donde no existía ese nexo, yo no dibujaba el objeto. Aunque hubo muchos objetos que sí me evocaban cosas y que no escogí. Por ejemplo, sus gafas de nadar, porque el objeto mismo no me resultaba atractivo.
UNA CORBATA Y HACERSE ADULTO
La corbata que aparece en el libro creo que es la única que tenía Daniel. Termina, diría, abriendo una reflexión sobre crecer, hacerse adulto y cumplir ciertos papeles.
Sí. Era un muchacho que se vestía, además, muy sofisticadamente. Elegía muy bien los colores de la ropa, pero nunca se iba a poner realmente una corbata en serio, sino un poquito en broma.
Una vez al año destinábamos un dinero más grande para que se comprara ropa y a él le gustaba ir conmigo. No sé si esa corbata la compramos juntos, pero me parecía muy divertida, muy bonita, y la tengo ahí.
LAS COSAS QUE SE QUEDAN
¿Por qué conservas todavía sus cosas? Hay gente que, cuando tiene una pérdida, decide deshacerse de todo, con el pretexto de «prefiero donarlo», pero en el fondo quizá está intentando no sentir la ausencia a través de los objetos físicos.
Nos deshicimos de muchas cosas. Cuando estábamos en Nueva York, que él acababa de morir, repartí algunas de las cosas buenas que tenía, como chaquetas de piel, entre la gente que estaba cerca: mis hijas y mis yernos.
Pero me llevé las cosas más viejitas, las que estaban más vividas, las que yo conocía mucho y sabía que él había querido. Luego regalé a sus novias algunas cosas, como las bufandas. Pero ahí están un pijama, unas camisetas… No sé para qué están porque ocupan un espacio. Están en su propio cuarto, en los que eran sus cajones. Esa cama a veces la usan los huéspedes o mis nietas; ellas la usaron mucho tiempo cuando eran chiquitas. Pero esas cosas están ahí. Yo creo que es una forma de que él siga ahí.
LO QUE NO TIENE NOMBRE Y LA VOZ DE LAS COSAS
Cuando Daniel muere escribiste Lo que no tiene nombre. ¿Estos dibujos son anteriores o posteriores a esa escritura?
Fueron simultáneos. El libro lo escribí en ocho meses y con los dibujos debí de tardar unos dos años, porque entraba de vez en cuando a pintar.
¿Y qué diferencia encuentras hoy entre aquellas dos formas de atravesar la ausencia: escribir o dibujar?
Hay una diferencia muy grande. El libro fue de un envión. Todos los días me levantaba obsesivamente a escribirlo, a preguntarme cómo escribirlo, a meterme muy hondo. Y lloraba mucho menos al escribir ese libro.
En cambio, el dibujo era como una pausa de serenidad. Me daba mucho placer dibujar. Había todo ese silencio, no había palabras. Las palabras, con las que he trabajado toda la vida, me exigían un esfuerzo distinto. Además, como aquello no tenía destinatario, yo no tenía que hacerme ninguna exigencia.
DIBUJAR TAMBIÉN ERA ENCONTRARSE CON DANIEL
Decíamos antes de empezar la entrevista que lo de dibujar es casi una herencia, casi genético. Daniel también dibujaba. ¿Hacer esa misma actividad, compartir ese mismo arte, era también una forma de encontrarte con él?
Absolutamente. Daniel y yo teníamos una relación muy profunda, incluso en silencio, porque yo me veía en él, cosa que no me pasó con mis hijas. Su cara me recordaba a la mía. Era un muchacho más bien introvertido y yo trataba de saber qué había ahí, como madre.
Cuando tendría unos doce años vi qué maravilloso dibujante era. Era extraordinario. A los dos años había hecho un autorretrato que tengo por ahí y que es exactamente como era su carita. Entonces pensé: «Quiero que este niño haga esto». Empecé a meterlo en talleres de pintura y él también sintió rápidamente que esa era una pasión que lo iba a acompañar. Tanto que escogió estudiar Bellas Artes.
LO QUE NUNCA SABEMOS DEL TODO DE ALGUIEN
¿Y qué pasa con los objetos que te llevan hacia algo de Daniel que tú no sabes, hacia una parte de él que se te escapa?
Es que nunca sabes del todo. Están sus cámaras fotográficas, porque tenía una colección, pero nunca sabes cómo fue realmente esa relación con la fotografía. Siempre hay algo que se te escapa.
¿Y eso no te produce también curiosidad?
Sí, por supuesto. Aunque hay otros objetos con los que no pasa eso. Está la silla, por ejemplo, que era un objeto práctico, pero formaba parte de algo tan importante como su cotidianidad. Él se levantaba y veía esa silla.
Yo duermo la siesta en esa habitación y no puedo dejar de pensar en lo que sentía Daniel en esa cama.
UNA PRESENCIA QUE SIGUE EN LA CASA
¿Has conseguido encontrar algo que te conforme, voy a decir, frente a la pérdida de un hijo?
No voy a encontrar eso jamás. Jamás. Pero ahí hay un peso tremendo. Desde mi habitación lo oía bañarse. Cuando abría la ducha pensaba: «¿Cómo estará hoy?». Todo está cargado de una historia. Es imposible que no.
Mientras no cambie de casa, por lo menos, esa presencia está ahí en relación completa con los objetos.
EL TIEMPO QUE QUEDA
La conciencia, Piedad, de que el tiempo es limitado, ¿ha cambiado tu manera de elegir qué merece realmente tu atención?
Sí. El paso del tiempo te va imponiendo qué privilegias y qué no, en todos los sentidos. Ahora, nunca tienes la sensatez suficiente para darle a eso la prelación debida porque el mundo te distrae, te va llevando a otras cosas.
Por ejemplo, siempre estoy muy inquieta pensando qué libros debería haber leído ya y no he leído. Y, mientras tanto, sigo comprando como una loca y leo esos que me acabo de comprar. A veces me parecen estúpidos y digo: «¿Pero por qué invertí tiempo en esto?».
LA CONTENCIÓN FRENTE AL DOLOR
En tu obra, Piedad, aparece muchas veces el dolor, pero nunca, o rara vez, llega al desbordamiento. ¿La contención forma parte de una manera de escribir o de una manera de mirar?
Es una manera de escribir, no de mirar, porque la mirada te puede producir una conmoción profunda. Yo veo unos brownies en el supermercado y puedo conmoverme porque son de la misma marca que los que le llevaba a Daniel. Pero imagina que escribiera eso exactamente como lo sentí. Quedaría una cosa tontísima.
Tengo que convertirlo en algo que signifique para los demás. Lo que sí tengo muy claro, porque lo aprendí muy pronto con la literatura, es que hay que poner el freno. Hay que poner siempre el freno sentimental, y muchos otros frenos, porque no se trata de contarlo todo. Los desbordamientos me pertenecen a mí, a mi mundo privado. En la literatura no puedo endilgárselos al pobre lector.
Aunque a veces lloramos mucho con los libros.
Claro que lloramos, pero es que la contención hace llorar más.
Es como el miedo: si me lo muestras todo, ya no tengo miedo. Si me haces caminar por ese pasillo, sí lo estoy teniendo.
Así es.
QUÉ QUEREMOS QUE QUEDE DE NOSOTROS
¿Qué te gustaría, por ejemplo, que tus hijas, tus nietas o tus nietos guardaran de ti? ¿Algún objeto?
Nunca se me había ocurrido. De mis nietos sí quiero que conserven muchas cosas. Mis libros, y que algún día los lean y entiendan que fui yo.
Por ejemplo, a Carmen, que es una de mis nietas, le hice un cuaderno de dibujos desde que nació. Son dibujos muy rústicos, muy infantiles: «Aquí nace Carmen», «vino de no sé qué»… Me gustaría que ella guardara ese cuaderno. Y tal vez mis libros, mis libretas de apuntes, mi correspondencia… Tengo correspondencia con algunos escritores y eso me gustaría.
Mi casa está llena de objetos. Tengo una colección de muñecos de cuerda comprados por todo el mundo y sí querría que una de mis nietas se quedara con eso.
Pero fíjate que hablas de tus nietas, no de tus hijas.
Porque mis hijas son muy grandes.

Ya, pero también les gustará conservar algo. O te gustará a ti que ellas conserven algo.
No me lo había planteado. Creo que mis hijas no se interesarían demasiado, pero mis nietas sí. Quizá por la distancia, por preguntarse algún día: «¿Quién fue esa abuela?». Yo tengo una muy buena relación con mis nietas.
¿Y la tuviste con tu abuela?
No. No tuve ninguna buena relación.
Entonces me he equivocado por completo.
Totalmente. Tenía una abuela que era lejana. Había criado once hijos. Era una mujer muy aguerrida, pero no había nexos afectivos verdaderos. Tal vez por eso yo sí he querido ser una superabuela.
Ahora mis tres nietas adolescentes viven lejos. Dos de ellas pasaron su infancia muy cerca de mí y saben quién soy. La otra no, porque nunca ha vivido cerca. Nació lejos, vive allá y tiene 18 años.
Bueno, sabrá que tú eres su abuela, aunque solo sea por la sangre.
Sí.
QUÉ PENSARÍA DANIEL
Para terminar, La voz de las cosas se titula el libro, pero las cosas, lógicamente, no hablan. Me pregunto, Piedad, si Daniel viera tu cuaderno, tus dibujos, ¿qué crees que pensaría? Supongo que te lo habrás preguntado alguna vez.
Todo el tiempo pienso qué pensaría Daniel de esto. Ahora hay una obra de teatro sobre Lo que no tiene nombre. ¿Qué pensaría Daniel viéndose ahí, representado por un actor?
Con el libro pienso que él diría algo como: «Ay, mamá, cuántas cosas contaste». Pero con el dibujo sería algo como: «Ay, mamá…». Hay un nexo como en la sangre. Como si hubiera algo tuyo que pasó por mí, que pasó por mi sangre.
Por lo tanto, ¿el dibujo te une más a él que la palabra?
Creo que sí. A él le aterraría un poco lo de la palabra, pero lo del dibujo no lo asustaría.
MOSTRAR LO QUE NACIÓ PARA NO SER MOSTRADO
¿Estás contenta con La voz de las cosas? Igual que necesitabas escribir, te levantabas con ganas de hacerlo, era casi una necesidad escribir Lo que no tiene nombre. Esto, en cambio, lo has dibujado dentro de su habitación, respirando su aire y con tranquilidad, sin pensar que ibas a contárselo a los demás, que ibas a mostrárselo. ¿Cómo te sientes ahora?
Me siento extraña. Pienso: «¿Con qué derecho le doy yo esto a un lector?». Pero lo valida un poco la poesía, porque creo que la poeta que está ahí es la poeta que el lector ya conoce. Le estoy dando el añadido de los dibujos, pidiendo un poquito perdón, como diciendo: «Bueno, mira…».
Es que los dibujos nos cuentan una historia, pero es algo muy tuyo. Te desnudas dibujando, pero estás con Daniel. Y yo creo que esa comunicación y contárnosla a los demás también nos hace sentir bien.
Bueno, Rosa, pues muchas gracias.
Gracias a ti. Un placer.
A ti. Qué bonitas preguntas.
Me alegro.
Fíjate que, cuando te vi otra vez en la lista, me acordé de cómo me impactó tu entrevista pasada. Me acordaba perfectamente de tu vivacidad, pero es que eres muy inteligente.
Gracias.
Eres sensible e inteligente. Tú sabes que yo he pasado por todos los periodistas del mundo.
Lo sé. Tienes muchísimo recorrido, así que que me digas eso…
No, es en serio. Por eso te digo que cuando lo vi me acordaba perfectamente. Pensé: «Esa entrevista fue muy hermosa».
Gracias. Pues ya está, La voz de las cosas, querida Piedad. Un placer siempre hablar contigo. Además, hablas con una paz y una calma… Yo soy un terremoto.
CINCO IDEAS
1. Dibujar antes de escribir.
Los dibujos de La voz de las cosas nacieron antes que los poemas y sin intención de convertirse en un libro.
2. Los objetos como forma de presencia.
Una corbata, unos patines, una chaqueta o unos zapatos conservan para Bonnett una relación directa con la vida cotidiana de Daniel.
3. Dos maneras distintas de atravesar la ausencia.
Mientras Lo que no tiene nombre fue escrito de manera casi obsesiva, el dibujo apareció como un lugar de serenidad y silencio.
4. La contención frente al dolor.
Bonnett defiende una escritura que no entregue al lector el sentimiento sin transformar: «La contención hace llorar más».
5. El límite de lo íntimo.
La publicación del cuaderno la enfrenta a una pregunta que atraviesa todo el libro: hasta dónde puede compartirse algo que nació para permanecer en privado.
ENCONTRARÁS…
Un libro construido a partir de los objetos de Daniel, dibujos realizados por Piedad Bonnett y poemas escritos después para acompañarlos sin explicarlos ni describirlos.
IDEAL PARA…
Lectores interesados en la poesía, la memoria, el duelo y en esa relación íntima que establecemos con los objetos cuando dejan de ser simplemente cosas.
