La ganadora del Premio Planeta 2026 y el finalista, Sergio Hernández, protagonizan una conversación sobre la libertad, la memoria y el oficio de escribir. Allende habla de la censura, de los peligros de acostumbrarnos a lo inaceptable y de las mujeres que la historia ha silenciado, pero también de sus miedos, sus lectores y unas ganas de vivir que no han disminuido con los años.
Hay personas que responden a las preguntas y otras que consiguen que sigamos pensando en ellas mucho después. Isabel Allende pertenece a las segundas. Tiene esa extraordinaria capacidad de hablar de una dictadura, del miedo, de la muerte o de la escritura y, apenas un instante después, hacer reír a toda una sala con una ocurrencia que nadie esperaba. No necesita buscar frases memorables. Le salen mientras conversa, como si llevara toda la vida ensayando una manera de mirar el mundo en la que caben la ironía, la indignación y una curiosidad que no parece haberse desgastado con los años.
La mañana del 16 de octubre, después de la celebración del 75 aniversario del Premio Planeta, Isabel Allende y Sergio Hernández comparecieron ante los periodistas en Barcelona. Ella acababa de ganar el galardón con La hora antes del alba; él era el finalista con La añoranza. Dos generaciones, dos trayectorias y dos novelas que, sin que sus autores lo hubieran previsto, se encontraban en un territorio común: el de la memoria, el exilio y las consecuencias de perder la libertad.
La noche anterior habían sido los protagonistas de una celebración ante más de 1.300 invitados. Ahora, sin la solemnidad de la ceremonia, había espacio para descubrir qué había detrás de aquellas historias y, sobre todo, para escuchar a sus autores. Allende estaba especialmente inspirada. En ocasiones, una pregunta apenas parecía necesaria para que empezara a contar una de esas anécdotas que se convierten en reflexiones sobre la vida. Sergio la escuchaba y encontraba puntos de encuentro con una escritora de una generación tan distante de la suya.
Hubo literatura, política, humor y confesiones que difícilmente podrían haberse pronunciado en un discurso de agradecimiento. Y hubo también una pregunta que nos llevó directamente del pasado al presente.

«Me importa mucho la democracia, porque sé lo que significa perderla»
Allende confesó que le parecía extraordinario que ambos hubieran escrito, sin conocerse, sobre sociedades sometidas a la represión y la censura. En las dos novelas hay una protagonista muy joven. Alba tiene veinte años; Julia, diecisiete, a punto de cumplir dieciocho. Las dos deben aprender a vivir en un país donde la libertad ha dejado de ser algo que pueda darse por supuesto.
«Sin embargo, el tema está en el aire. Y porque el tema está en el aire, a nosotros nos atañe, porque nos importa».
La coincidencia adquiere otro significado cuando Allende habla de su propia vida. Desde que tuvo que abandonar Chile tras el golpe militar, la memoria ha sido una presencia constante. No solamente el recuerdo de su país, también el de las personas que perdió y el de aquellas otras que continúan vivas, pero dispersas por el mundo. Reconoció que lleva prácticamente toda su vida adulta intentando mantener esos vínculos con aquello que dejó atrás.
«A mí me importa mucho la democracia, porque sé lo que significa perderla y cuánto cuesta recuperarla».
Cuarenta y cinco años después de la publicación de La casa de los espíritus, ha regresado a Alba, aquella joven que quedó sola, embarazada y traumatizada después de sobrevivir a la represión. Sus lectores llevaban décadas preguntándole qué había sido de ella. Allende recordó con humor el desenlace de aquella novela: «Porque esto es como la ópera, murieron todos en La casa de los espíritus menos ella».
Volver a esa muchacha ha supuesto también regresar a los recuerdos de la dictadura y preguntarse cómo se reconstruye una vida después de haber sido sometida a la violencia. Alba podría marcharse al exilio, como hicieron sus padres, pero decide quedarse. Ama a su tía, espera al hombre que desapareció en los primeros días de la dictadura y no quiere abandonar la casa en la que ha crecido. Allende conoce bien lo que significa salir de un país y descubrir que la nostalgia puede acompañarte durante décadas. Por eso comprende la decisión de su personaje.
«La casa representa el país», explicó. Todo lo que sucede entre sus paredes tiene una correspondencia con lo que ocurre fuera. La historia personal de Alba y la de una sociedad sometida a la dictadura avanzan juntas, aunque ninguna pueda entenderse completamente sin la otra.
La autora podría haber escrito esta continuación en 1985, pero cree que entonces todavía no estaba preparada. Han tenido que pasar todos estos años, y han tenido que aparecer nuevas inquietudes, para regresar a aquel ejercicio de memoria. Al mirar ahora lo que ocurre en el mundo, encuentra razones para preocuparse por la fragilidad de unas instituciones que parecían indestructibles.
«La democracia se pierde fácilmente. Y a veces se pierde de súbito, como la perdimos en Chile, y otras veces se va minando por abajo hasta que se derrumba».
No se considera una adivina ni cree que los escritores tengan necesariamente la intención de anticipar el futuro. Pero sí piensa que quienes se dedican a crear pasan tanto tiempo solos que desarrollan una sensibilidad especial hacia aquello que preocupa a una sociedad. En la intimidad del trabajo, lejos del ruido cotidiano, pueden establecer conexiones que no siempre resultan evidentes.
«Hay como unas antenas que van captando lo que está en el aire».
Sergio Hernández reconoció también paralelismos entre determinadas circunstancias del presente y las que precedieron a las grandes tragedias del siglo XX. No pretende convertir su novela en una advertencia, pero admite que sus inquietudes personales aparecen inevitablemente en ella. Le preocupa la facilidad con la que las sociedades olvidan lo sucedido, incluso cuando conocen sus consecuencias.

«Me asusta muchísimo la complacencia»
En Rosa Pasa Página quise llevar esa reflexión un poco más lejos. Si escribimos sobre los errores y los horrores del pasado, ¿qué nos preocupa que estemos aceptando hoy como parte de la normalidad?
La respuesta de Isabel Allende fue inmediata. Habló de Estados Unidos, el país en el que reside, y de cómo, a su juicio, determinados comportamientos que hace apenas dos años habrían provocado un escándalo han terminado incorporándose a la vida cotidiana.
Puso como ejemplo la corrupción política, que, según explicó, al principio provocaba indignación y ahora se acepta con una naturalidad que le resulta inquietante. Lo mismo ocurre con situaciones mucho más dolorosas, como la separación de familias migrantes.
«Uno va como acostumbrándose. Bueno, ya no es tan malo, total no me afecta a mí en lo personal».
Esa última idea parecía especialmente importante para ella. No se trata solamente de lo que sucede, sino de la facilidad con la que dejamos de sentirnos concernidos cuando el sufrimiento pertenece a otros. Habló de niños separados de sus padres, de deportaciones y de la manera en que una situación que antes habría parecido intolerable acaba encontrando un lugar en nuestra normalidad.
«Y así uno va aceptando una y otra cosa hasta que termina por aceptar lo que nunca creíste que podía pasar».
«Me asusta muchísimo, me asusta la complacencia».
Allende no estaba hablando de la ignorancia ni de la falta de información. Su preocupación era precisamente la contraria: que podamos saber lo que ocurre y acabar acostumbrándonos. Que dejemos de reaccionar porque cada nuevo acontecimiento parece volver menos grave el anterior.
Sergio Hernández recogió su reflexión desde otro ángulo. Le preocupa la velocidad con la que circula la información y la rapidez con la que pasamos de una noticia a otra sin encontrar tiempo para comprender lo sucedido.
«A mí me da mucho miedo la frivolización de los errores que cometemos».
Habló de la normalización de comportamientos y hechos que afectan a sociedades muy distintas, y de cómo pasamos página rápidamente sin reflexionar sobre sus consecuencias. La cantidad de información que recibimos hace que apenas podamos procesar lo bueno y lo malo. Y ese ritmo, reconoció, también le resulta aterrador.
Ambos escriben sobre el pasado, pero sus inquietudes pertenecen plenamente al presente. Quizá ahí estaba una de las claves de aquella conversación: la memoria no consiste solamente en recordar lo que ocurrió, sino también en ser capaces de reconocer aquello que no deberíamos permitir que vuelva a suceder.
Las voces que la historia dejó fuera
La conversación sobre la memoria encontró otro de sus momentos más interesantes cuando Allende distinguió entre lo que recogen los libros de historia y aquello que queda fuera de sus páginas.
«Siempre la historia oficial está escrita por hombres, los vencedores y generalmente hombres blancos, y todas las demás voces son silenciadas».
En las guerras se recuerdan las batallas, las fechas, las victorias y las derrotas. Se conocen los movimientos de los ejércitos y las decisiones de los gobernantes, pero rara vez sabemos qué ocurrió con las personas que tuvieron que seguir viviendo mientras todo eso sucedía. A ella le interesan especialmente las mujeres, los niños, los pobres y los derrotados. Incluso se pregunta qué ocurrió con los animales que acompañaron a quienes padecieron aquellos acontecimientos.
«¿Qué pasó con los caballos, con las mulas?».
La pregunta, aparentemente insólita, explica bien su manera de acercarse a la historia. Allende busca las vidas que no aparecen en los grandes relatos, aquellas que transcurrieron lejos de los lugares donde se tomaban las decisiones, pero que también estuvieron marcadas por ellas.
«Todas esas son las historias que yo quiero rescatar. Porque esa es la vida misma».
Y es que una de sus obsesiones literarias sigue siendo la gente anónima que parece insignificante y que, cuando las circunstancias la ponen a prueba, revela una capacidad de heroísmo, coraje y generosidad extraordinaria.
Recordó que durante los primeros tiempos de la dictadura chilena conoció tanto a quienes traicionaron como a quienes arriesgaron su vida para ayudar a otros. Son estos últimos los que permanecen en su memoria con una intensidad que los años no han conseguido disminuir.
«Aquella gente solidaria que era capaz de arriesgar su vida para ayudar a otro, eso hasta hoy me hace llorar».
Sin embargo, aunque sus novelas regresen una y otra vez a esas preocupaciones, Allende defendió con firmeza la libertad de la ficción. Le parece peligroso escribir con el propósito deliberado de enseñar una lección política o moral.
«Cuando uno escribe ficción, yo creo que el mensaje te arruina la novela».
Para ella, lo que el autor quiere expresar debe encontrarse dentro de la historia. Corresponde al lector descubrirlo, interpretarlo y establecer sus propias relaciones. La novela no puede convertirse en un discurso al servicio de una idea, por importante que esa idea sea para quien escribe.
Sergio Hernández coincidió en la capacidad de la literatura para acercarnos a experiencias que difícilmente comprenderíamos a través de los grandes acontecimientos históricos. En los documentos encontramos fechas, hechos y decisiones, pero la ficción puede mostrarnos cómo vivieron las personas que quedaron atrapadas en ellos.

Sergio Hernández, Machado y la memoria que no se hereda
La relación de Sergio Hernández con la historia que cuenta en La añoranza es muy distinta de la de Isabel Allende con la dictadura chilena. Nació en 1994 y confesó que siempre había sentido una especie de orfandad respecto a la Guerra Civil española. No había recibido grandes relatos familiares sobre aquella época. Los recuerdos que llegaron hasta él eran fragmentarios, pequeñas anécdotas cotidianas que parecían demasiado alejadas de los acontecimientos que habían marcado al país.
Recordó, por ejemplo, que su abuela contaba cómo compraba regaliz en un quiosco para pintarse los labios. No eran historias heroicas ni grandes testimonios sobre la guerra, pero formaban parte de una memoria familiar que despertó su curiosidad.
La idea de la novela surgió durante un Sant Jordi, cuando una trabajadora de Planeta le habló de las manifestaciones clandestinas en el barrio Gótico de Barcelona. Aquella imagen se quedó con él. Estaba pensando en otra novela, pero no conseguía apartar de su cabeza la posibilidad de contar una historia que naciera de aquella persecución por las calles de la ciudad.
Así apareció Julia Ferrer, una joven que en 1959 huye de la policía y encuentra refugio en la casa de Bastián, un traductor francés que terminará convirtiéndose en su mentor y en su amante. Él le descubre los versos prohibidos de Antonio Machado, el jazz y la poesía, pero también le permite acercarse a un mundo muy distinto del que ha conocido en su casa, con un padre vinculado a las brigadas sociales franquistas.
Machado ocupa un lugar fundamental en la novela. Hernández recordó que viajó hasta Colliure para visitar su tumba y comprender mejor la historia del poeta y del exilio. Le interesa especialmente la decisión de mantener sus restos en Francia, convertidos en símbolo de todos aquellos españoles que tuvieron que abandonar su país.
En La añoranza aparecen dos imágenes del escritor. Primero, un Machado idealizado, casi mítico, cuya historia sentimental dialoga con la de los protagonistas. Después, otro mucho más humano: el hombre derrotado, cercano a la muerte, que ha visto desaparecer el país en el que creía.
Hernández quiere que sus lectores conozcan también a ese Machado vulnerable, herido por el exilio y por la historia. Y que descubran, a través de los personajes, cuánto puede pesar el silencio sobre una generación que no ha vivido directamente aquello que necesita comprender.
Para él, la memoria es necesaria, pero no debería impedirnos mirar hacia adelante. Por eso define su novela como una historia de reconciliación.
«El amor puede con todo y los libros son la salvación y la puerta precisamente para combatir al olvido y para reivindicar también la memoria».
Mientras lo escuchaba, Allende parecía reconocer preocupaciones que ella misma había llevado a sus libros desde otro lugar y desde otra experiencia. Él busca una memoria que no recibió directamente; ella intenta conservar una memoria que vivió y que continúa acompañándola. Dos formas de acercarse al pasado que terminaron encontrándose aquella mañana.
«La edad no te hace más sabio, te hace más de lo que ya eres»
Si hubo una virtud especialmente admirable en Isabel Allende durante el encuentro fue su facilidad para pasar de una reflexión dolorosa a una confesión desarmante.
Cuando le preguntaron qué había descubierto de sí misma al regresar a una historia que comenzó hace cuarenta y cinco años, habló de la fuerza de los recuerdos, de su fidelidad a ciertas obsesiones y de la presencia constante de la palabra escrita en su vida.
Comenzó a leer a los cinco años, en una casa donde no había libros infantiles. Leía sencillamente lo que encontraba, sin distinguir demasiado entre aquello que correspondía o no a su edad. Después llegó el periodismo y, finalmente, la literatura.
«Primero lectora, después periodista y finalmente escritora, siempre la palabra escrita me ha abarcado».
Pero lo que más le sorprendió al mirar hacia atrás fue comprobar que, en lo esencial, sigue siendo la misma persona. Las preocupaciones, las pasiones y los temas que le interesaban cuando vivía en Chile continúan acompañándola.
Y entonces llegó una de esas confesiones que solo ella puede hacer con semejante naturalidad.
«Yo no he madurado nada».
Todavía le apasionan las mismas cosas, todavía se enamora del primero que pasa y todavía le gusta Antonio Banderas. La sala volvió a reír, pero detrás de la ocurrencia había una reflexión que resumía su manera de entender los años.
«La edad no te hace más sabio, te hace más de lo que ya eres. Así que tengan cuidado con lo que son».
Y recomendó ir preparándose para los ochenta años.
Escucharla resultaba especialmente divertido porque no parecía tener ninguna intención de comportarse como se supone que debería hacerlo una escritora consagrada. Conserva el humor, la curiosidad y la capacidad de sorprenderse. También las dudas, como demostraría poco después al hablar de su oficio.
«Escribí con la confianza del ignorante»
Allende tenía cerca de cuarenta años cuando escribió La casa de los espíritus. No conocía el funcionamiento de la industria editorial, ni el peso de los críticos, ni todas las consecuencias que podía tener la publicación de una novela. Aquella ignorancia, reconoció, le concedió una libertad que nunca volvió a recuperar del todo.
«Escribí con una gran confianza, la confianza del ignorante, con una libertad tremenda que nunca más tuve después».
El éxito no terminó con sus inseguridades. Más bien le hizo comprender todo lo que podía salir mal. Desde entonces se enfrenta a cada nueva novela con un miedo que no ha desaparecido pese a los libros publicados y los reconocimientos recibidos.
Contó que comienza todos sus libros el 8 de enero y que el día anterior está aterrada.
«He escrito creo que como 32 libros. ¿Tú crees que eso me ha hecho tener más confianza? No, para nada».
Durante las primeras semanas avanza por un territorio desconocido. Se equivoca, prueba distintos caminos, tropieza hasta que uno de los personajes hace algo inesperado. Entonces siente que la novela ha empezado a vivir por sí misma, que ya no depende por completo de sus decisiones.
Y cuando termina de escribir vuelve el miedo, porque muchas veces tampoco sabe exactamente qué ha escrito. Incluso bromeó con que en ocasiones necesita que un crítico le explique de qué trata su propia novela.
Puede parecer sorprendente que una autora con semejante trayectoria continúe sintiendo esa inseguridad, pero al escucharla se entiende que forma parte de su relación con la escritura. No busca un procedimiento que garantice el resultado ni parece interesarle demasiado la posibilidad de eliminar la incertidumbre. Sigue necesitando descubrir qué ocurre mientras escribe.
De ahí que su consejo para quienes desean empezar a escribir y no se atreven resulte tan poco solemne.
«Esto es como hacer el amor: no necesitas manual, lánzate de cabeza y por el camino veremos cómo se arregla».
La comparación provocó nuevas carcajadas, pero la idea que vino después era mucho más que una ocurrencia.
«Se puede siempre corregir una mala página, pero no puedes corregir una página en blanco».
Para ella, escribir supone asumir riesgos, equivocarse, levantarse y volver a intentarlo. Exactamente igual que vivir. Si nunca hacemos nada que pueda salir mal, si evitamos el peligro, las dificultades y los tropiezos, ¿qué tendremos que contar cuando miremos hacia atrás?
Sergio Hernández defendió también la escritura como un oficio, aunque desde una relación distinta con la rutina. No comparte la imagen romántica del escritor que espera la inspiración con una botella de whisky al lado. Prefiere madrugar, hacer ejercicio, cuidar sus hábitos y sentarse a trabajar. La literatura requiere imaginación, pero también constancia, lecturas y muchas horas frente al ordenador.
«Yo me he dado cuenta de que no existe el Sergio escritor, sino existe el Sergio lector».
Allende recogió aquella reflexión para introducir una cuestión que conoce demasiado bien: no todos los escritores disponen de las mismas condiciones para dedicarse a su trabajo.
«La habitación propia está dentro de la cabeza»
Habló especialmente de las mujeres, que tantas veces deben encontrar tiempo para escribir entre el trabajo, los hijos y las obligaciones domésticas. Ese espacio no siempre existe y, cuando existe, casi nunca llega en las condiciones ideales.
«Lo que existe es la lucha por conseguir esa habitación propia, que no es un espacio físico».
«La habitación propia está dentro de la cabeza».
Recordó cómo escribió La casa de los espíritus en la cocina de su apartamento de Caracas. Trabajaba doce horas al día y, al regresar a casa, todavía tenía que atender a sus hijos, preparar la cena y lavar los platos. Solo entonces podía encerrarse a escribir.
Un par de horas por la noche. También los fines de semana.
Y así, durante un año, fue naciendo la novela que cambiaría su vida.
No tenía un despacho ni disponía de una jornada entera dedicada a la creación. Tampoco había nadie dispuesto a llevarle café mientras esperaba la inspiración. Pero había conseguido construir dentro de su cabeza ese lugar al que podía regresar cuando las demás obligaciones se lo permitían.
Ahora sí tiene una habitación propia, con un letrero en la puerta que prohíbe la entrada. Nadie la interrumpe cuando está trabajando. Pero recordó que le costó décadas conseguirlo.
Su reflexión iba mucho más allá de las dificultades materiales de escribir. Hablaba también de la determinación de defender aquello que necesitamos hacer, aunque no encontremos las circunstancias perfectas.
Esperarlas puede convertirse en una manera de no empezar nunca.
«No escribo para mí, escribo para conectar a la gente»
Cuando le preguntaron qué nuevos lectores le gustaría conquistar con el Premio Planeta, Allende evitó establecer categorías. Tiene lectores de todas las edades, hombres y mujeres, aunque aprovechó para bromear con los hombres mayores, de quienes dijo que, en general, leen poco.
Después explicó qué es lo que verdaderamente le importa.
«Yo soy una comunicadora, para mí la escritura es un medio de conexión».
No escribiría, aseguró, si no existieran lectores. Tampoco olvidó reconocer el trabajo de los libreros, a quienes considera fundamentales para que los libros encuentren a las personas que pueden necesitarlos.
«No escribo para mí, escribo para conectar a la gente».
Recibe numerosos mensajes de sus lectores y contó que procura responderlos. Pero lo que más le emociona es descubrir que sus historias pueden establecer vínculos entre personas que habían dejado de encontrarse.
Recordó el caso de alguien que llevaba ocho años sin hablar con su madre. Ambos leyeron uno de sus libros y aquella experiencia terminó provocando una llamada telefónica. Volvieron a comunicarse después de tanto tiempo.
«Eso para mí tiene el valor máximo de lo que se puede obtener con un texto, con un libro».
Sus obras se han traducido a 42 idiomas, y Allende cree que su capacidad para atravesar culturas tiene mucho que ver con aquello de lo que siempre escribe: las emociones y las relaciones humanas.
«Las diferencias son culturales, pero emocionalmente somos todos iguales».
Quizá por eso sus novelas han encontrado lectores en lugares tan distintos. No necesita que compartan las circunstancias de sus personajes, sino que reconozcan algo propio en sus sentimientos.
Y quizá también por eso aquella historia de una madre y un hijo que volvieron a hablarse parecía importarle tanto como cualquiera de los premios que ha recibido.
«Es un tremendo honor que a uno lo prohíban»
La conversación también abordó la censura. Allende explicó que La casa de los espíritus ha sido retirada de bibliotecas escolares en determinados estados conservadores de Estados Unidos. No sabe exactamente qué es lo que molesta de su novela. Podrían ser las escenas sexuales o las cuestiones políticas presentes en ella.
Descartó con ironía que el problema fuera la violencia, porque considera que la sociedad estadounidense convive constantemente con ella.
Tampoco sabe si su nueva novela llegará a despertar las mismas objeciones. Pero lejos de mostrarse intimidada por esa posibilidad, terminó convirtiendo la prohibición en una ventaja inesperada.
«Es un tremendo honor que a uno lo prohíban. Quiere decir que todo el mundo te va a leer, oye».
Sergio Hernández compartió la idea de que una prohibición puede revelar que un libro está incomodando a alguien, aunque ninguno de los dos parecía dispuesto a conceder a los censores el poder de determinar lo que deben escribir.
Allende había defendido durante toda la mañana la libertad de la ficción, la importancia de las voces que permanecen fuera de la historia oficial y el derecho del lector a encontrar sus propios significados. Su respuesta sobre la censura encajaba perfectamente en esa manera de entender la literatura, aunque ella prefiriera expresarla con una broma.
También hubo tiempo para preguntarle qué le quedaba por ganar después de tantos reconocimientos. Y apareció de nuevo esa Isabel Allende imprevisible que consigue cambiar el tono de una sala en cuestión de segundos.
«Tal vez un cuarto marido».
Aclaró que el que tiene ahora funciona y que nunca había entendido su vida como una carrera en la que tuviera que ir superando etapas.
«Este es un proceso delicioso, que hay que gozarlo suavemente. No es una carrera de obstáculos, para nada es un paseo».
Los premios, explicó, le han llegado como regalos inesperados. Presentarse al Planeta había sido una experiencia diferente porque, por primera vez, había decidido aspirar a uno de ellos. Reconoció que le producía miedo no conseguirlo, aunque el seudónimo ofrecía cierta tranquilidad si las cosas salían mal.
Ahora, con el galardón ya concedido, no parece demasiado preocupada por lo que le queda por ganar.
«Lo que me falta de vivir es para pasarlo bien, para seguir escribiendo mientras pueda».
Y añadió que quiere disfrutar de sus perros y de su marido. En ese orden.
«Estoy bien, estoy súper bien».
Lo dijo con esa mezcla de humor y convicción que había acompañado toda la conversación. Después de tantos libros y reconocimientos, sus deseos resultaban sorprendentemente sencillos. Seguir escribiendo, conservar la libertad y disfrutar de las personas y los animales que forman parte de su vida.
Dos novelas y una conversación que continúa fuera de la sala
La hora antes del alba y La añoranza llegarán a las librerías el 4 de noviembre, con tiradas iniciales anunciadas de 210.000 y 90.000 ejemplares, respectivamente. Ese mismo día está prevista la presentación oficial de ambas obras en la Real Academia Española, en Madrid.
Una recupera a Alba después de cuatro décadas. La otra sigue a una joven que intenta comprender los silencios del país en el que ha crecido. Sus autores pertenecen a generaciones diferentes, pero ambos se han acercado a momentos históricos en los que la libertad fue arrebatada y cuyas consecuencias alcanzaron incluso a quienes llegaron después.
La rueda de prensa dejó también una imagen de Isabel Allende difícil de reducir a un premio. La de una mujer que todavía teme enfrentarse a cada novela, que se ríe de sí misma, que conserva intactas sus obsesiones y que continúa emocionándose al recordar a las personas anónimas capaces de arriesgarlo todo por los demás.
Durante casi cuarenta y cinco minutos habló de la dictadura chilena, de los libros prohibidos, de la dificultad de encontrar tiempo para escribir y de la extraordinaria posibilidad de que una novela consiga reunir a dos personas que llevaban años sin hablarse. También confesó que no ha madurado demasiado, que continúa enamorándose y que no piensa desperdiciar el tiempo que le queda intentando ganar una carrera en la que nunca quiso participar.
Quizá esa sea una de las cosas más hermosas de escucharla: descubrir que su manera de hablar de la literatura no puede separarse de su manera de vivir. La misma mujer que se indigna ante la pérdida de libertades encuentra motivos para reírse de su edad, de sus inseguridades y hasta de sus matrimonios.
Y después de una mañana en la que había hablado tanto del pasado como del presente, terminó quedando algo muy parecido a una declaración de intenciones: quiere seguir escribiendo mientras pueda y disfrutar de la vida que tiene por delante.
Sin dejar de mirar lo que sucede a su alrededor.
