La escritora chilena recibió el galardón de manos de los Reyes en una noche que celebró los 75 años del Planeta. Sergio Hernández fue finalista con La añoranza.
Barcelona, 15 de octubre de 2026.
Larga ovación a Isabel Allende, ganadora del Premio Planeta 2026, en una noche que devolvió la vida a los espíritus
La escritora chilena recibió el galardón de manos de los Reyes en una noche que celebró los 75 años del Planeta. Sergio Hernández fue finalista con La añoranza.
Barcelona, 15 de octubre de 2026.
Hay libros que terminamos de leer y otros que, sin saber muy bien cómo, se quedan a vivir con nosotros. La casa de los espíritus pertenece a estos últimos. Quienes la leímos hace más de cuarenta años todavía recordamos a Clara, a Blanca, a Esteban Trueba, a Alba. Entramos en aquella casa, aceptamos sus fantasmas y nos dejamos arrastrar por una historia en la que el amor convivía con la violencia y la vida de una familia acababa contando también la de un país.
Por eso, cuando Isabel Allende anunció esta noche que había vuelto a buscar a Alba, no estaba hablando solamente de una nueva novela. De alguna manera, estaba invitando a toda una generación de lectores a regresar a un lugar que creíamos haber dejado atrás.
Y quizá eso ayude a entender lo que ocurrió cuando recibió el Premio Planeta. Los 1.300 invitados reunidos en el Pabellón 1 de la Fira de Barcelona se pusieron en pie para ovacionarla. El aplauso fue largo, emocionado. Allí estaba una escritora que lleva décadas acompañando a millones de lectores y que, a los 84 años, acababa de ganar un premio al que nunca antes se había presentado.
Los Reyes Felipe VI y Letizia le entregaron el galardón en una ceremonia que celebraba el 75 aniversario del Planeta. Pero aquella ovación parecía reconocer algo más que una novela. Se estaba premiando también una trayectoria, una manera de contar el mundo y a una autora cuyos personajes forman parte de nuestra propia memoria lectora.
«A mi edad hay muy poco que perder»
Isabel Allende comenzó su intervención con humor. Confesó que nunca se había presentado a un concurso literario porque temía «la humillación de quedar a la cola». Después de toda una vida escribiendo, había decidido correr el riesgo, aunque le parecía un desafío casi tan peligroso como volver a casarse a los 80 años.
«A mi edad hay muy poco que perder, la verdad».
La sala respondió con risas.
Hay algo conmovedor en esa confesión. Una autora que ha vendido más de ochenta millones de libros, que ha recibido importantes reconocimientos internacionales y que ha construido una de las trayectorias más populares de la literatura en español todavía puede sentir miedo al fracaso. Y también la ilusión de enfrentarse a algo nuevo.
Esta vez había decidido hacerlo con La hora antes del alba, una novela que recupera el universo de La casa de los espíritus y cierra una historia que comenzó a escribir hace exactamente 45 años.
Durante todo ese tiempo, sus lectores no habían dejado de preguntarle qué había sido de Alba, la nieta de Clara del Valle y Esteban Trueba.
La joven había sobrevivido a la cárcel, la tortura y la violencia de la dictadura chilena. Su historia terminaba cuando comenzaba a escribir la memoria de su familia. Pero ¿qué había sucedido después? ¿Cómo se aprende a vivir cuando se ha sobrevivido a lo peor?
Allende contó que las historias son como semillas que guarda dentro, no en la cabeza, sino en la barriga. De pronto alguna empieza a germinar, a molestarla, y entonces sabe que ha llegado el momento de escribir.
La de Alba llevaba décadas esperando.
Alba regresa en un mundo que vuelve a dar miedo
En La hora antes del alba, Alba regresa embarazada, marcada por la violencia y con una vida que necesita reconstruir. La maternidad, el amor y la solidaridad se convierten en parte de ese camino. También la acompañan los espíritus familiares, esos personajes que en el universo de Allende nunca terminan de desaparecer.
Pero su regreso no responde únicamente al deseo de continuar una historia.
«Cuando veo tantas democracias amenazadas por el autoritarismo, el nacionalismo extremo, incluso el fascismo, vuelvo a sentir el temor que me obligó a salir de mi país después del golpe militar en 1973», dijo la escritora.
Sus palabras recibieron nuevos aplausos.
El pasado no parece estar tan lejos como quisiéramos. Allende recordó cómo, en Chile, el país que conocía dejó de existir en cuestión de horas. Una experiencia que todavía permanece en su memoria y que ahora vuelve a encontrar su lugar en la literatura.
Durante la rueda de prensa habló también de las dictaduras que atravesaron América Latina, del miedo y de las contradicciones que pueden convivir incluso dentro de una misma familia. Alba quiere profundamente a su abuelo, pero rechaza sus ideas políticas y acaba sufriendo las consecuencias de algunas de sus decisiones.
Allende confesó que, cuando consiguió imaginar de nuevo a Alba, la novela comenzó a desarrollarse casi sola. Nunca trabaja con un plan cerrado. Los personajes aparecen, toman sus propias decisiones y la historia va encontrando su camino.
Aun así, reconoció que todavía estaba llena de dudas sobre su nueva obra.
El título hace referencia al momento más oscuro de la noche, cuando empieza a adivinarse la llegada del amanecer. La novela se presentó al concurso como Los que faltan, bajo el seudónimo de Luz Ventura, un guiño a las mujeres luminosas de La casa de los espíritus.
Y Allende añadió algo especialmente hermoso: los espíritus de sus personajes son los mismos que viven en su casa, que entran y salen de sus libros y que, está convencida, la acompañarán hasta el momento de su muerte.

Los Reyes, 1.300 invitados y una celebración que desbordó las previsiones
La noche había comenzado con una celebración excepcional. La presencia de los Reyes Felipe VI y Letizia, junto a representantes de la cultura, la política, la edición y la sociedad española, daba cuenta de la dimensión de un premio que cumplía 75 años.
La convocatoria había superado las previsiones iniciales y obligó a cambiar el lugar de celebración. La cena, prevista en el Museu Nacional d’Art de Catalunya, se trasladó al Pabellón 1 del recinto de Montjuïc de la Fira de Barcelona.
En muy poco tiempo, la organización consiguió transformar aquel enorme pabellón en un escenario preparado para una celebración excepcional. La iluminación, las mesas y una decoración que atraía las miradas consiguieron dar calidez a un recinto de grandes dimensiones. El resultado permitía imaginar el esfuerzo que había supuesto cambiar de ubicación y preparar una cena para 1.300 invitados.
Felipe VI tomó la palabra durante la ceremonia para destacar la trayectoria del premio, nacido en 1952 por iniciativa de José Manuel Lara Hernández, y su contribución al fomento de la lectura y la creación literaria.
También recordó cómo las novelas premiadas a lo largo de estas décadas han acompañado las transformaciones de España. Defendió el valor de la literatura para comprender experiencias diferentes de las nuestras y para reconocernos en la diversidad humana, una aportación que vinculó con la convivencia democrática.
José Creuheras, presidente del Grupo Planeta, recordó asimismo la historia del galardón y a quienes lo han hecho posible durante estos años.
Las cifras también hablaban de una edición extraordinaria: 1.424 manuscritos presentados, récord de participación, un millón de euros para la novela ganadora y 200.000 para la finalista.
Pero entre discursos, autoridades y recuerdos, la gran celebración acabó encontrando su momento más emocionante en aquella escritora que volvía a los personajes con los que empezó todo.
Carmen Posadas y el libro que la hizo soñar con ser escritora
Hubo otro instante especialmente emotivo durante la rueda de prensa.
Carmen Posadas, integrante del jurado, se dirigió a Isabel Allende para contarle que La casa de los espíritus había sido el libro que la hizo soñar con convertirse algún día en escritora.
Todavía conserva aquel ejemplar, lleno de subrayados y anotaciones. Y confesó que quiere volver a leerlo.
Fue una de esas declaraciones que acercan a los escritores a quienes los leemos. Porque antes de escribir sus propios libros, también ellos encontraron historias que les cambiaron la vida.
Posadas explicó que, mientras leía el manuscrito presentado al concurso, comenzó a reconocer lugares y personajes. Pronto comprendió que estaba regresando al territorio literario de Allende.
Como uruguaya, la historia le resultaba además especialmente cercana por la memoria de las dictaduras del Cono Sur.
Quiso detenerse también en un personaje secundario, el Ángel, un luchador mexicano enmascarado que Allende llevaba años imaginando. La escritora recordó su infancia y las visitas con su abuelo a los espectáculos de lucha libre, donde la sangre podía ser salsa de tomate, pero la emoción del público era completamente real.
Aquel recuerdo había permanecido en su imaginación hasta encontrar un lugar en la nueva novela.
A veces los personajes esperan mucho más que los escritores para encontrar su historia.

Sergio Hernández, finalista con una novela sobre las heridas del pasado
La otra gran voz de la noche fue Sergio Hernández Carrasco, finalista con La añoranza. El escritor valenciano, nacido en 1994, recibió un reconocimiento que supone un importante impulso en su trayectoria literaria.
Su novela comienza en la Barcelona de 1959. Julia Ferrer huye de la policía durante una manifestación clandestina cuando Bastián, un traductor francés mayor que ella, le ofrece refugio.
Julia es hija de uno de los responsables de la Brigada Político-Social franquista. Bastián le descubre el jazz, la poesía y los versos prohibidos de Antonio Machado. También una manera distinta de mirar el país en el que ha crecido.
Veinte años después, durante la Transición, Julia descubre una relación inesperada entre aquel hombre y la muerte de Machado. Un hallazgo que la lleva a Francia y la enfrenta a los secretos y silencios de una España que apenas conoce.
Hernández definió su novela como una historia escrita «desde las entrañas». Habló de la importancia de recuperar la figura de Antonio Machado, de su muerte en el exilio y de las heridas que todavía permanecen abiertas.
Luz Gabás, miembro del jurado, quiso recordar una frase de La añoranza que había utilizado durante su intervención del día anterior:
«Las cicatrices no pueden pesar más que la vida».
Gabás destacó la sensibilidad del autor para contar tanto el exilio político como el exilio interior, ese que no exige abandonar un país, pero que puede convertir la propia existencia en un lugar del que uno se siente expulsado.
También elogió su escritura y la manera en que introduce breves momentos en presente dentro de una narración construida en pasado, un recurso que bautizó como «presente súbito».
Para Sergio Hernández, hijo de librero, la noche tuvo además el significado de un sueño literario que comienza a hacerse realidad. Recordó a algunos de sus referentes, entre ellos Almudena Grandes, Carmen Laforet, Javier Cercas y Carlos Ruiz Zafón.

Setenta y cinco años de historias que llegan a los lectores
El Premio Planeta ha atravesado buena parte de la historia reciente de España. Ha visto cambiar el país, las costumbres, las formas de escribir y también las de leer. Durante sus 75 ediciones ha reconocido a autores consagrados, ha descubierto nuevas voces y ha llevado la literatura a lectores que quizá nunca se habían acercado a determinados libros.
No todas sus decisiones han estado libres de debate. Su dimensión comercial, la cuantía de sus premios y la repercusión que acompaña cada fallo han alimentado discusiones sobre el lugar que ocupa la literatura en el mercado editorial. Pero también forman parte de su historia los escritores que han pasado por él y los millones de ejemplares que han encontrado lectores gracias a esa enorme visibilidad.
Esta edición reunió a dos generaciones y dos maneras de acercarse a la memoria. Isabel Allende, con una trayectoria que ha cruzado fronteras y ha acompañado a lectores durante décadas. Sergio Hernández, con una carrera literaria que todavía tiene mucho camino por delante. Ambos llegaron a Barcelona con historias que miran hacia el pasado para intentar comprender aquello que sigue sucediendo en el presente.
Quizá una de las grandes virtudes de un premio literario sea precisamente esa: conseguir que durante una noche se hable de libros, de escritores y de historias que todavía no hemos leído, pero que ya despiertan nuestra curiosidad.
El Planeta celebró esta noche sus 75 años mirando hacia su propia historia, pero también hacia las páginas que aún están por escribirse. Y entre los discursos, los invitados y la emoción de los premiados, volvió a recordar que, por encima de las cifras y de los galardones, son los lectores quienes terminan dando sentido y continuidad a los libros.
