A veces no sucede nada y, sin embargo, dentro de nuestra cabeza ya ha sucedido todo. Hemos anticipado la pérdida, reconstruido una conversación, imaginado la respuesta que no llega y ensayado futuros que probablemente nunca existirán. La mente intenta protegernos, pero también puede convertirse en el lugar del que no sabemos salir.
Lorena Gascón habla de todo esto sin solemnidad y sin prometer atajos. Es psicóloga, se ha especializado en mindfulness y compasión y lleva años trasladando la psicología a un lenguaje directo, incómodo a veces y bastante alejado de esa obligación de estar bien que tanto ruido hace. En este libro vuelve precisamente a uno de esos lugares que todos conocemos: la cabeza cuando no sabe parar.
Que se pare la mente que me bajo es el nuevo libro de Lorena Gascón.
—¿Cuántas veces hemos deseado que se pare la mente para poder bajarnos? Pero no podemos hacerlo, porque la mente viene con nosotros. ¿Podemos aprender al menos a no dejarnos arrastrar por ella?
—Esa es mi ilusión. Al menos, mi objetivo es que el libro ayude a las personas a cambiar la forma de ver esos pensamientos y a dejar de pelearse con ellos.
Pensar mucho no es necesariamente sobrepensar
—Hay una distinción fundamental: pensar mucho no es necesariamente sobrepensar. ¿En qué momento pensar deja de ayudarnos y empieza a atraparnos?
—En el momento justo en el que estamos dando vueltas al mismo tema sin llegar a nada. Podemos reflexionar o pensar mucho sobre algo que es muy importante. Imagínate que vamos a dejar un trabajo o una pareja. Es normal pensar mucho y no necesariamente estamos sobrepensando.
Sin embargo, si estamos pensando en algo sobre lo que existe incertidumbre y llevamos pensando hoy lo mismo que ayer, que el mes pasado y que hace tres meses, ahí estamos dando vueltas. Estamos en la rueda de hámster.
—¿Por qué por la noche algo que ni siquiera ocupa un lugar prioritario puede convertirse de repente en una tortura y, cuando nos levantamos, ponemos el pie en el suelo y tomamos un café, pierde toda esa importancia?
—Porque los pensamientos viven de nuestra atención, se alimentan de ella. Cuando les hacemos caso, vienen y nos llevan. Y hacerles caso también es intentar evitarlos: intentar no pensar es también prestarles atención.
Creo que es importante que alguien te cuente que los pensamientos tienen un curso de vida. Tienen un inicio, un momento en el que son más intensos y luego, si no los atendemos, se caen. Se mueren.
Esto pasa con todos los pensamientos, por muy graves que sean. Aunque estemos imaginándonos una Tercera Guerra Mundial. En el momento en que nos enfocamos en una ardilla, por ejemplo, o en una croqueta, ese pensamiento se va.
Sí es cierto que puede volver, pero tenemos más poder sobre nuestros pensamientos de lo que creemos.
«Tenemos más poder sobre los pensamientos de lo que creemos»
—Eso resulta tranquilizador. Y, sin embargo, es paradójico que algo que puede hacernos sufrir haya nacido precisamente para protegernos.
—Totalmente. El objetivo de nuestra mente es que sobrevivamos. Para eso existe. Quiere que seamos felices, obviamente, pero ese no es su cometido. Su cometido es que sobrevivamos.
¿Cómo voy a sobrevivir mejor: pensando en lo deliciosas que son las croquetas o pensando en cómo puedo morir de aquí a que vuelva a casa? Obviamente, pensar en las formas de morir me ayuda más.
Pensar en catástrofes o preocupaciones muchas veces es una manera de lidiar con la incertidumbre, de prepararnos para sentirnos más seguros o manejarnos mejor en nuestro día a día.
—¿Cuánto sobrepensamiento nace de revisar constantemente qué dijimos, qué hicimos o qué podríamos haber hecho de otra manera? ¿Cuánto nace de la culpa?
—Respecto al pasado, mucho. Yo te diría que casi todo.
La culpa es una emoción muy interesante. A mí me encanta porque ahora no la sufro; si la sufriera, no me encantaría nada. La he sufrido en otros momentos de mi vida y la he conocido de una manera más negativa.
La culpa aparece porque hemos hecho algo que sentimos que va contra nuestros valores o que ha hecho daño. Y normalmente tiene una función: que no volvamos a cagarla, que no volvamos a hacer daño.
Si siento culpa o remordimiento, me critico y me digo que lo he hecho fatal, el cerebro cree que es más probable que en el futuro no lo repita. Es una manera de aprender: «Por aquí no».
El problema aparece cuando nos quedamos enganchados: «Mira qué inútil fui, lo hice fatal». Ahí sí tenemos un problema, porque no estamos lidiando bien con la culpa. Pero la culpa en sí tiene una función muy útil.
—Cuando una persona ha pasado muchísimo tiempo intentando tomar una decisión y después duda incluso de su propia capacidad para decidir, ¿cómo aprende a confiar otra vez en sí misma?
—Es una pregunta muy buena, pero complicada de responder porque depende de muchísimos factores y de qué decisión sea. Imagínate que la decisión es dejar un trabajo y yo tengo precariedad económica. No va a ser fácil.
Pero, si ya ha habido situaciones en las que la he cagado, ¿cómo vuelvo a confiar en mí? Cagándola de nuevo y viendo que salgo adelante.
Creo que la manera de confiar en uno mismo es verse en situaciones complicadas y comprobar que sale adelante. No es fácil. Puede salir mal y reforzar todavía más la inseguridad.
A un paciente no le diría: «Venga, cágala». Le diría: vamos poco a poco, primero con situaciones más controladas, porque ahí vamos cogiendo confianza y haciendo el camino más fácil. Pero llegará un momento en el que tendrá que exponerse para darse cuenta de que tiene las herramientas y poder confiar más en sí mismo.
«No sé qué va a pasar» también puede ser una respuesta
—Sería muy liberador utilizar más una frase: «No sé qué va a pasar».
—Yo lo veo muy sano, pero muy complicado. No conozco a mucha gente que lo diga. Yo lo hago y la gente te responde: «No seas así».
Ante una situación difícil, por ejemplo, nadie sabe realmente qué va a pasar. A mí me parece mucho más realista pensar: «No sé qué va a pasar porque no lo puedo saber».
Pero tampoco significa quedarse en «va a ir mal». Ni va a ir mal ni va a ir bien: no sé cómo va a ir. Ya lo enfrentaré cuando sepa más cosas, cuando tenga más información.
Ahora solamente puedo imaginar escenarios. Muchas veces intentamos prepararnos buscando un plan B, C, D o E y luego acaba sucediendo el plan Z.
—Ese «no sé qué va a pasar» sería entonces una forma de decir: cuando llegue, lo enfrentaré.
—Sí. Me parece muy sano.
Lo que ocurre es que todo el mundo te dice: «Va a ir todo bien, ya verás». O, al contrario, hay personas convencidas de que va a ir todo mal. Y tú piensas: «Es que no te has enterado». No sabes perfectamente lo que va a pasar.
—Hay una frase en el libro: «Cuando vivimos esperando que pasen cosas, lo que pasa es la vida». ¿Cuánta vida perdemos viviendo mentalmente en lo que todavía no ha sucedido?
—Muchísima. Y pienso que cada vez más debido a las nuevas tecnologías y a todos los distractores que tenemos, todas esas cosas que nos roban la atención día a día. Pasamos muy poco tiempo sintiendo el momento.
Si nos vamos de vacaciones sí lo hacemos: nos hemos gastado una pasta, estamos en un sitio en el que normalmente no estamos y pensamos: «Dios mío, qué increíble todo, qué amanecer, qué atardecer».
Pero en nuestro día a día no estamos acostumbrados a deleitarnos, a pararnos o a saborear el presente cuando se trata de cosas rutinarias. Y son cosas increíbles.
—No hace falta pagar un viaje para mirar un cielo.
—Eso es.
El coste de prepararnos siempre para lo peor
—También existe una especie de entrenamiento para el sufrimiento: pensar que todo va a ir mal para que, si ocurre, nos encuentre preparados y, si no ocurre, llevarnos una alegría. ¿Nos protege realmente pensar así?
—Hay muchas personas que creen eso: «Voy a pensar que va a ir mal y así, si va bien, me sentiré genial».
El problema es que no somos conscientes de cómo nos afecta pensar que va a ocurrir algo negativo. Cuando imaginamos algo se activan áreas de nuestro cerebro relacionadas con vivirlo, aunque a una intensidad mucho menor.
Si yo imagino que me va a morder un tiburón y me va a arrancar una pierna, obviamente no siento todo lo que sentiría si me estuviera pasando, pero sí se activa una preocupación en mí. Me siento mucho peor que si estuviera imaginando que me como una tapa de queso.
Hay que pensar también en el coste de imaginar constantemente cosas desagradables. Decimos: «Voy a pensar mal y así todo bien». No. Es que tú ya estás pensando mal y ya estás mal.
—Y además estás predispuesta a encontrar lo negativo.
—Exacto. Ya estás pensando que va a ocurrir algo negativo y, si ocurre algo positivo, te va a costar más verlo.

—Podemos estar trabajando, conduciendo o haciendo cualquier cosa que exige nuestra atención y, aun así, ser incapaces de concentrarnos. ¿Qué hacemos entonces?
—Más que una solución concreta, como una pastillita para ese momento, hablaría de un entrenamiento mental a largo plazo para recuperar la atención que nos han ido robando todos los dispositivos.
Creo que hace cincuenta años nos concentrábamos mucho mejor que ahora. No he visto estudios que comparen ambas épocas, así que aquí me estoy tirando a la piscina, pero estoy bastante segura.
Tiene mucho que ver con estar constantemente recibiendo notificaciones, pero también con cómo funcionan hoy las películas. Muchas ya no te permiten ese tiempo para pararte y sentir que estás ahí. Si lo hacen pensamos: «Uf, qué lenta», y sacamos el móvil.
Hace cincuenta años las películas se tomaban su tiempo y estábamos acostumbrados a tolerarlo, a mantener ahí la atención. También escuchábamos una canción hasta el final, o un disco entero.
Ahora todo se ha vuelto tan cómodo y tan diseñado para captar nuestra atención que, para recuperarla, tenemos que trabajarla, entrenarla.
El mindfulness es una buena forma de hacerlo. Leer también. Y, sobre todo, quitarnos distractores. Si puedes dejar el móvil en otra habitación durante un rato al día y leer, lo recomiendo.
«Pensar es enemigo de hacer»
—¿Y qué ocurre cuando directamente sentimos que no podemos centrar el pensamiento?
—Es común, sano y humano. Nos pasa a todos.
Yo recomiendo salir a dar una vuelta, hacer algo. Me gusta decir que pensar es enemigo de hacer, porque cuando pensamos mucho no hacemos y, cuando hacemos mucho, no pensamos.
Cuando los pensamientos nos abruman, una acción puede ayudarnos a salir de ahí: caminar, correr o escribir puede liberar parte de esa carga y permitirnos ver las cosas de otra manera.
Lo recuerdo de cuando estudiaba Selectividad. Era meterte una cantidad brutal de información y llegaba un momento en el que ya no entraba nada. Recuerdo que ni siquiera podía dormir de la saturación mental. Era como si mi mente me dijera: «Me llevas usando ocho horas sin parar y ahora pretendes que me detenga porque tú quieras».
—Hablemos de «aceptar», porque es una palabra que se puede confundir fácilmente con resignarse.
—La aceptación está muy mal entendida. Para mí, aceptar que algo es de una determinada manera significa dejar de pelearte con ello. Hacer las paces. Decir: «Bueno, esto está aquí, no me gusta y no puedo hacer que sea distinto».
Es abandonar por fin la idea de que eso cambie o sea diferente.
—Pero eso puede parecer rendirse.
—No es lo mismo. Rendirse conlleva una carga negativa: «Estoy mal y voy a estar mal siempre». Cuando aceptas que algo es de una determinada manera no tiene por qué ser negativo.
Hay cosas que, desde mi forma de verlo, no es sano aceptar: un trabajo horrible o una pareja maltratadora, obviamente. No creo que las personas que permanecen en esas situaciones las estén «aceptando»; muchas veces no pueden irse por otras circunstancias.
Pero aceptar que hoy mi mente no para significa dejar de pelearme con ella.
Para mí, aceptar tiene una connotación positiva y rendirse no. Aceptar te lleva a la acción. Rendirse no. Cuando te rindes es como si ya no pudieras decidir.
«Aceptar te lleva a la acción. Rendirse no»
—En el libro propones un entrenamiento de cuatro meses. ¿Por qué necesitamos entrenar algo que aparentemente debería ser tan natural como estar presentes?
—Porque no nos dejan, Rosa. No nos dejan estar presentes.
Hay tantas cosas reclamando nuestra atención a diario… Fíjate cuántas empresas viven de nuestra atención. ¿Cómo van a devolvérnosla? ¿Van a decir: «De tal hora a tal hora no habrá notificaciones porque queremos que las personas tengan mejor salud mental y vuelvan a tener vínculos importantes entre ellas»? No va a pasar.
Ojalá el Gobierno pudiera hacer algo para cuidarnos más, sobre todo a los jóvenes y a los niños, porque son quienes se llevan la peor parte. Su cerebro todavía se está desarrollando y aprendiendo muchísimas cosas.
—¿Cómo es ese entrenamiento?
—Propongo un entrenamiento de mindfulness que empieza con unos pocos minutos de práctica a la semana y va aumentando progresivamente.
Consiste en prestar atención a diferentes cosas: la respiración, los sonidos que nos envuelven, los olores, el tacto… Elementos que nos permiten permanecer en el presente.
Puede parecernos una tontería, igual que cuando entrenamos fuerza en un gimnasio. Pero, si vamos entrenando poquito a poquito, cada vez sentimos más que nuestra atención nos pertenece.
Somos más capaces de reconocer un pensamiento cuando llega y no quedarnos enganchados en el bucle. También de sentir más el aquí y ahora, vivir en el día a día, dejar de vivir tanto en el futuro o en el pasado y actuar.
—¿Existe el riesgo de convertir incluso ese entrenamiento en otra exigencia? «Tengo que respirar bien, tengo que estar presente, tengo que conseguir que no vengan pensamientos…»
—Al final, no pensar en nada es imposible. Hay que darle al pensamiento un foco.
Si le das un foco y lo mantienes, la mente se va a ir igualmente. Esto es importante porque la gente tiene que saber que, cuando intenta concentrarse, por ejemplo en la respiración, y la mente se marcha, no significa que lo esté haciendo mal ni que esto no sea para ella. La mente está haciendo su trabajo, que es irse a otras cosas.
Lo que hay que hacer es traerla de vuelta cada vez que se va, con cariño y con ternura. No decir: «Joder, ya me he vuelto a distraer, ya lo he hecho mal». Sino: «Vale, estaba centrándome en la respiración, me he ido y es normal».
Cuando empecé a practicar, mi mente se iba una barbaridad. Pero es normal. Soy súper inquieta y me gusta pensar muchas cosas.
«La mente está haciendo su trabajo, que es irse a otras cosas»
—A mí me pasa: estoy haciendo cincuenta cosas a la vez y, si no, siento que me estoy perdiendo algo.
—Total.
—Además hemos delegado muchísimas cosas en la tecnología. Ya ni siquiera necesitamos recordar números que antes sabíamos de memoria. ¿Qué está ocurriendo con nuestra atención cuando hacemos tantas cosas de manera automática que después ni siquiera recordamos haberlas hecho?
—Las acciones rutinarias, como cerrar la puerta de casa, apagar el horno o cerrar el coche, son cosas que hacemos tantas veces y tienen tan pocos estímulos nuevos alrededor que no las recordamos.
Yo recomiendo que, cuando hagamos ese acto, nos lo digamos: «Estoy cerrando el coche». Es como dejar un pequeño mojón en la memoria que dice: «Esto lo he hecho y está bien».
No todo está en nuestra cabeza
—Hay otra cuestión que me parece importante. ¿Existe el riesgo de responsabilizar demasiado al individuo de lo que ocurre en su mente cuando muchas de sus preocupaciones tienen que ver con las condiciones reales de su vida?
—Sí. Hay muchísimo contexto que importa mucho más que cómo tengamos amueblada la cabeza.
Muchas veces sobrepensamos no porque nuestro cerebro no esté bien, sino porque tenemos un trabajo precario, porque no podemos pagar una vivienda o porque tenemos una pareja que no nos trata bien.
El contexto es muy importante. Y creo que, tal y como se ha entendido a veces el mindfulness, incluso se ha podido desprestigiar un poco la técnica porque se ha utilizado, por ejemplo, para explotar más a los trabajadores de las empresas o para decirles: «Todo esto está en tu cabeza».
Y no. Obviamente no.
—Es decir, que el mindfulness tampoco sirve para todo ni para todos.
—No. Hay personas que no deberían practicarlo porque existen contraindicaciones. Esto es importante decirlo. No es para todos y podemos correr el riesgo de individualizar demasiado problemas que son sociales.
Yo recomiendo que, si alguien hace mindfulness, lo haga con un psicólogo. Hay mucha gente que se lee libros, hace un viaje a la India y dice: «Venga, vamos a practicar esto». Y a veces se despiertan cosas muy complicadas. Si no eres psicólogo, no sabes cómo abordarlas.
Remover no siempre es bueno.
Hay profesionales que incluso pueden decirte: «Este curso no es para ti» y devolverte el dinero. Y no pasa nada.
Si una persona viene y te dice: «Quiero concentrarme mejor», quizá no hace falta empezar a tratar las heridas de su infancia, porque no es lo que quiere. Si esa persona quiere profundizar, estupendo. Pero, si no quiere, déjala.
«Remover no siempre es bueno»
—Entonces, Lorena, que se pare la mente no significa dejar la mente en blanco.
—No. Dejar la mente en blanco no se puede.
Bueno, hay una manera de comprobar algo curioso: decirle a tu mente «ahora puedes hacer lo que quieras». A veces se queda unos segundos en blanco.
Pero lo normal es que la mente continúe produciendo pensamientos. No se trata de dejarla vacía, sino de cambiar nuestra relación con lo que aparece en ella.
CINCO IDEAS
1. Pensar mucho no significa sobrepensar.
El problema empieza cuando damos vueltas una y otra vez al mismo asunto sin avanzar ni obtener nueva información.
2. La incertidumbre no siempre necesita una respuesta.
«No sé qué va a pasar» puede ser una posición mucho más realista que obligarnos a imaginar que todo irá bien o todo irá mal.
3. Nuestra atención se entrena.
Las notificaciones, las pantallas y la necesidad constante de estímulos han hecho más difícil sostenerla, pero podemos recuperarla poco a poco.
4. Aceptar no significa resignarse.
Para Lorena Gascón, aceptar supone dejar de pelear con lo que ya es y decidir desde ahí qué podemos hacer.
5. No todo lo que ocurre en nuestra cabeza nace en nuestra cabeza.
La precariedad laboral, la vivienda, las relaciones o las condiciones sociales también alimentan nuestras preocupaciones. Convertir todos los problemas en una cuestión individual puede ser otra forma de no mirar su origen.
LO QUE ENCONTRARÁS
Una conversación sobre esa cabeza que no se calla cuando querríamos que lo hiciera: los bucles mentales, la culpa, las decisiones, la necesidad de anticiparnos, el miedo a equivocarnos y la dificultad para convivir con lo que todavía no sabemos.
También hablamos de cómo las pantallas están disputándose nuestra atención, de mindfulness sin fórmulas mágicas, de la diferencia entre aceptar y rendirse y de algo que a menudo se olvida cuando hablamos de salud mental: el contexto también importa.
IDEAL PARA
Quienes alguna vez han ensayado mentalmente una conversación que todavía no había sucedido, han vuelto cien veces sobre una decisión ya tomada o han intentado prepararse para una desgracia convencidos de que así dolería menos.
Y para quienes sospechan que vivir mejor quizá no consista en conseguir que la cabeza se calle, sino en no creer que tenemos que seguirla cada vez que empieza a hablar.

