Viajamos a Guillena con Alana S. Portero para conocer la historia real de las diecisiete mujeres asesinadas en 1937, escuchar a sus descendientes y descubrir cómo Cosamala transforma la memoria de la represión en una novela de resistencia y venganza.
La escritora regresa a la Andalucía de 1937 con Cosamala (Seix Barral), una novela de brujas, violencia y resistencia inspirada en las Diecisiete Rosas de Guillena. Recorremos con ella los escenarios de la represión, escuchamos a los familiares de las mujeres asesinadas y llegamos hasta el cementerio donde, setenta y cinco años después, pudieron descansar en su pueblo. Una historia de memoria, literatura y despedidas que nunca llegaron a producirse.
Hay lugares donde la tierra guarda mucho más de lo que vemos. Calles que parecen haber olvidado los pasos de quienes las recorrieron, casas donde el miedo sobrevivió durante generaciones y nombres que tardaron décadas en recuperar el derecho a ser pronunciados. Guillena, a pocos kilómetros de Sevilla, es uno de esos lugares. Aquí vivieron diecisiete mujeres a las que arrancaron de sus casas, humillaron, asesinaron y enterraron lejos de sus familias. Durante setenta y cinco años, la tierra ocultó sus cuerpos, pero no consiguió borrar su historia. Hasta este pueblo hemos viajado siguiendo las páginas de Cosamala (Seix Barral), la nueva novela de Alana S. Portero, una historia en la que la literatura se atreve a imaginar lo que la realidad les negó: la posibilidad de defenderse.
La Guillena de 1936: cuando el miedo entró en las casas
La Guillena que conocieron aquellas mujeres apenas se parece a la que encontramos hoy. El pueblo creció en otra dirección, dejando en su casco antiguo las calles donde transcurrieron sus vidas y algunos de los escenarios más oscuros de su historia. En la plaza del Ayuntamiento, donde comienza nuestra visita, la aparente normalidad del presente contrasta con lo que sucedió entre aquellas paredes. El edificio municipal fue utilizado como lugar de detención durante la represión. Aquí, donde antes se celebraba la vida colectiva, se impusieron el miedo, las humillaciones y la incertidumbre sobre el destino de quienes habían sido apresadas.
El 26 de julio de 1936, apenas ocho días después del golpe militar, Guillena cayó en manos de las fuerzas sublevadas. Muchos hombres huyeron para escapar de la persecución, mientras sus mujeres permanecieron en el pueblo, tratando de sostener unas vidas que la guerra había trastornado por completo. En septiembre de 1937 fueron detenidas diecinueve vecinas. Dos quedaron en libertad; las otras diecisiete terminaron asesinadas a comienzos de noviembre en el cementerio de Gerena, una localidad cercana. Habían sido rapadas, humilladas públicamente, maltratadas y encarceladas. No existe constancia de que todas tuvieran militancia política. Algunas habían participado en actos republicanos y otras eran esposas, hijas o familiares de hombres perseguidos. Su detención también pretendía castigar a los huidos y extender el terror entre quienes permanecían en Guillena.
Alana S. Portero conoció esta historia gracias a una circunstancia personal. La madre de su mejor amiga había nacido en Guillena, aunque ella no supo que aquel era su pueblo hasta que comenzaron a recuperarse los restos de las mujeres asesinadas. La historia la impresionó profundamente. «Me parece que la historia de las 17 Rosas es paradigmática de la violencia sistémica fascista contra las mujeres durante la Guerra Civil», explica. En aquel episodio reconoció una forma de represión que se repitió en numerosos pueblos andaluces, donde las mujeres fueron utilizadas como instrumento de castigo, extorsión y sometimiento.
El Ayuntamiento concentra para la escritora una de las imágenes más perturbadoras de aquella violencia. «Utilizar el ayuntamiento, la Casa del Pueblo, como un centro de detención me parece una historia de terror en sí misma», señala. La historia real, insiste, contiene elementos de horror suficientes para alimentar una ficción sin necesidad de exagerarlos. Esa fue precisamente una de las razones por las que decidió no escribir una novela histórica ni reconstruir literalmente las biografías de las víctimas. Su propósito era rendirles homenaje desde otro territorio, sin sustituir el trabajo de los historiadores ni apropiarse de unas vidas que pertenecen a sus familias y a la memoria colectiva.

Cosamala: cuando la literatura permite cambiar el destino
Después del éxito internacional de La mala costumbre, Alana S. Portero ha construido una novela que se aleja del realismo de su anterior obra para adentrarse en un universo gótico y profundamente lorquiano. Cosamala se sitúa en la Andalucía de 1937, atravesada por la violencia de la columna Carranza y la persecución de quienes permanecieron fieles a la República. En ese escenario, un grupo de mujeres encuentra en la brujería, los conocimientos transmitidos entre generaciones y la presencia de los muertos una forma de resistencia. La Camacha, la Tórtola y otras figuras de ese universo literario participan en una historia de miedo, deseo, amor, muerte y venganza en la que lo sobrenatural abre posibilidades que la realidad había clausurado.
La autora encontró el título en un diccionario de expresiones sevillanas publicado en 1982, Así hablamos. «Cosa mala» podía designar algo muy abundante, bueno o malo, y servir para expresar sorpresa, alegría o tristeza. Le interesaba su capacidad para contener tantos significados y también su sonoridad, que inevitablemente remite a Comala, el territorio de muertos y fantasmas imaginado por Juan Rulfo en Pedro Páramo. No es una elección casual para una novela donde la tierra y quienes permanecen bajo ella adquieren una importancia decisiva.
La pregunta que atraviesa Cosamala nace de una imposibilidad: cambiar lo sucedido. «¿Por qué no darles la oportunidad de vengarse o de tener agencia sobre lo que les pasó?», se pregunta Alana. La historia real de las Diecisiete Rosas no admite otro desenlace, pero la ficción sí puede imaginar que aquellas mujeres, en lugar de permanecer indefensas ante sus verdugos, encuentran alguna forma de actuar contra la violencia que se cierne sobre ellas.
La conversación nos lleva también a la figura histórica de Queipo de Llano, responsable militar de la sublevación en Sevilla, y a esa libertad que permite a la literatura alterar el destino de personajes reales. La posibilidad de la venganza está presente en la novela, aunque Alana sitúa el sentido de su escritura en un terreno más complejo que el simple ajuste de cuentas. «La intención siempre fue poética y es que al final yo confío mucho en las palabras», explica. Quería explorar qué posibilidades literarias podía encontrar en la resistencia de aquellas mujeres y cómo transformarlas en un homenaje sin pretender contar su historia exactamente como sucedió.
La escritora habla de «una historia, si quieres, de venganza, de restitución, no lo sé», pero también de la oportunidad de devolverles una capacidad de acción que les fue arrebatada. «¿Y por qué no darles la oportunidad de que las cosas hubieran sido de otra manera, entrando ya con elementos que tienen que ver con lo sobrenatural?» La pregunta no pretende corregir el pasado, sino explorar mediante la literatura las posibilidades que quedaron brutalmente interrumpidas.

La Tórtola, el Palomar y una España que pudo ser distinta
Uno de los escenarios más sugerentes del recorrido es el antiguo Palomar, un rincón del pueblo que Alana ha transformado en La Paloma, un cabaret donde aparece la Tórtola, uno de los personajes centrales de Cosamala. La escritora había elegido su nombre antes de conocer la denominación del lugar, una coincidencia que ella misma describe como una especie de casualidad mágica. La transformación literaria del espacio también le permite recuperar aquella cultura del cabaret y del espectáculo que existía en España antes de la guerra y que, después, desapareció o tuvo que adaptarse a las imposiciones del nuevo régimen.
La Tórtola pertenece a Guillena, pero también vive en sus márgenes. Forma parte de la comunidad y, al mismo tiempo, conoce el rechazo de quienes no aceptan su diferencia. Alana encuentra en esa contradicción una manera de abordar la libertad y sus límites durante los años de la República. Aunque aquel periodo abrió posibilidades que después serían violentamente interrumpidas, tampoco fue una sociedad completamente acogedora para todas las identidades. «Idealizar a las personas que admiramos o a las personas a las que se quiere hacer un homenaje, al final es deshumanizar un poco», reflexiona. La Tórtola representa también esas contradicciones, porque su historia, sostiene la escritora, es inseparable de la España en la que le tocó vivir.
En el Palomar, la ficción y la realidad vuelven a encontrarse. Desde aquel lugar puede reconocerse el antiguo camino de Gerena, por donde salieron las diecisiete mujeres cuando las trasladaron en un camión hacia el pueblo donde serían asesinadas. Lo explica uno de los representantes del movimiento memorialista local, recordando que aquellas calles, hoy tan diferentes, fueron también el escenario de una vida cotidiana que la represión destruyó. Las mujeres que las transitaban eran jornaleras, amas de casa, madres y vecinas que habían conocido la esperanza de los primeros años republicanos. El camino conserva, sin embargo, el recuerdo de aquel último viaje del que ninguna regresaría con vida.
«Dile a la abuela que ahora vengo»: la despedida que nunca pudo cumplirse
La historia de las Diecisiete Rosas adquiere otra dimensión cuando escuchamos a sus descendientes. Entre los familiares que nos acompañan está María Dolores Sánchez Sánchez, bisnieta de Ramona Navarro Ibáñez, una de las mujeres asesinadas. Su testimonio nos traslada a una casa de Guillena, a una madre de dos niñas pequeñas y a unas palabras que han sobrevivido casi noventa años.
Ramona procedía de Zufre, en Huelva. Su padre había sido alcalde durante la República y su marido, José María, estaba vinculado al movimiento sindical. Según el relato familiar, era una mujer de carácter, acostumbrada a decir lo que pensaba. Cuando su marido desapareció, recibió la orden de abandonar Guillena y regresar a su pueblo, dejando allí a sus hijas. Hizo un intento de marcharse, pero volvió. Fue entonces cuando un policía municipal y un guardia civil acudieron a buscarla.
Su hija mayor tenía cinco años. María Dolores reconstruye aquel instante a partir de lo que su abuela contó durante toda su vida: «Mi bisabuela, cuando ve quiénes son los que están preguntando por ella y le dicen que tiene que salir, que se tiene que ir con ellos, ella lo que hace es que se dirige a mi abuela. Mi abuela lo que dice es que le toca la cabeza, la abraza y le dice: “Dile a la abuela que ahora vengo y quédate aquí”. Y esa fue su forma de despedirse».
Aquella niña nunca volvió a ver a su madre. Con el paso de los años olvidó otras circunstancias de aquel tiempo, incluso las visitas a los calabozos donde Ramona estuvo encarcelada, pero conservó intacta la memoria de aquellas últimas palabras. También recordaba que su madre había utilizado una sábana para confeccionar un vestido para ella y otro para su hermana Carmen. Dos imágenes domésticas, una despedida y una prenda de ropa, terminaron convirtiéndose en el vínculo más persistente con una mujer cuya vida había sido interrumpida violentamente.
La infancia posterior tampoco fue fácil. María Dolores recuerda las dificultades que atravesó su abuela, no solo por la ausencia de su madre, sino también por las condiciones de la posguerra y por una relación dolorosa con su padre. La represión no concluyó con el asesinato de Ramona; sus consecuencias se prolongaron durante toda la vida de quienes quedaron atrás. Aquella niña de cinco años tuvo que aprender a vivir sin una madre y sin un lugar donde llorarla, aferrada a la promesa de un regreso que nunca se produjo.

Las mujeres que sobrevivieron en la memoria de sus familias
También escuchamos a Blanca Domínguez Martello, bisnieta de Manuela Méndez Jiménez, otra de las diecisiete mujeres asesinadas. En su familia la historia nunca estuvo completamente silenciada. Su padre participó en el movimiento memorialista y ella creció escuchando lo sucedido, aunque reconoce que durante la infancia y la adolescencia no alcanzaba a comprender toda su gravedad. Fue con los años cuando empezó a reconocer el verdadero alcance de aquella herencia.
Manuela tenía apenas veinticinco años cuando fue asesinada. Había dejado dos niños pequeños y estaba embarazada. Blanca piensa en su bisabuela y en la edad que ella misma ha alcanzado, superior ya a la de aquella mujer a la que apenas permitieron vivir. «De qué maldad hay que tener para con una persona, una mujer tan joven, con dos niños, con veinticinco años, y hacerle todas las perrerías que le hicieron», reflexiona.
Su testimonio también revela una de las consecuencias más duraderas de la represión: las familias no solo tuvieron que afrontar la pérdida, sino también convivir durante décadas con el miedo, las dificultades económicas y, en muchos casos, con quienes habían participado en la persecución de sus seres queridos. Algunos descendientes nunca llegaron a conocer completamente lo ocurrido. Otros crecieron rodeados de relatos que, con el paso del tiempo, terminaron adquiriendo un significado distinto.
Blanca considera que la novela de Alana puede contribuir a mantener abiertas esas preguntas. Alguien leerá Cosamala, se interesará por las mujeres que la inspiraron y buscará conocer su historia real. Quizá de esa lectura nazca otra investigación, otro libro o una conversación que hasta entonces no se había producido. «Lo bonito del arte creo yo es que siempre deja una ventana abierta», afirma. Y esa posibilidad de seguir preguntando constituye también una forma de resistencia frente al olvido.
El niño que contempló los asesinatos desde un árbol
Durante décadas, encontrar los cuerpos de las Diecisiete Rosas fue uno de los grandes objetivos de sus familiares. Sabían que habían sido asesinadas en Gerena, pero localizar la fosa común requería reconstruir un crimen que el miedo había mantenido oculto. El testimonio de José Domínguez Núñez, un niño de ocho años que presenció los hechos, terminó siendo decisivo.
José jugaba con otros pequeños cerca del cementerio cuando escucharon voces y gritos. Un camión acababa de llegar con las mujeres de Guillena. Algunos niños huyeron, pero él, aterrorizado, se subió a un árbol y permaneció allí, inmóvil, mientras contemplaba los asesinatos. Temía que, si lo descubrían, también dispararan contra él. La escena quedó grabada en su memoria y lo acompañó durante toda su vida.
Cuando comenzaron las excavaciones, los arqueólogos tuvieron que realizar varias catas. El cementerio había cambiado con el paso de los años y existían dudas sobre la ubicación exacta del enterramiento. Sin embargo, José mantenía intacto el recuerdo del lugar donde había visto desaparecer los cuerpos. María Dolores recuerda su seguridad: «José nos dijo desde el primer momento: “Están ahí”». Y allí estaban.
La exhumación comenzó en enero de 2012, después de años de investigaciones impulsadas por los familiares y la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica 19 Mujeres de Guillena. Los trabajos arqueológicos y antropológicos permitieron recuperar los restos y avanzar en su identificación, aunque el proceso fue largo y estuvo acompañado de dificultades que las familias recuerdan todavía.
María Dolores cuenta que algunos de los hijos de las víctimas, todavía vivos cuando comenzaron los trabajos, repetían que, aunque finalmente no pudieran sacar los cuerpos, al menos ya sabían dónde estaban sus madres. La incertidumbre había sido una forma añadida de sufrimiento. Aquellos niños habían envejecido sin conocer el lugar donde descansaban las mujeres que un día salieron de sus casas y nunca regresaron.

«No se les había permitido llorar a sus muertos»
Cuando se recuperaron los cuerpos, todavía vivían cinco hijos de las mujeres asesinadas. Eran ancianos que habían pasado buena parte de su existencia esperando una respuesta tan elemental como saber dónde estaba enterrada su madre. Algunos conservaban recuerdos de las visitas a la prisión y de pequeños gestos de afecto, como acariciar el pelo de aquellas mujeres durante los escasos momentos en que podían verlas.
Uno de los representantes del movimiento memorialista recuerda la emoción de los familiares cuando finalmente pudieron recuperar los restos. Había alegría, pero también un dolor acumulado durante décadas. «No se les había permitido llorar a sus muertos», explica. La represión había alcanzado también a los hijos de las víctimas, que crecieron en una sociedad donde pertenecer a una familia perseguida podía significar sufrir discriminación, pobreza y exclusión. Hubo niños a quienes se negó la entrada en comedores sociales o el acceso a la escuela, y familias que tuvieron que convivir durante años con quienes habían intervenido en la persecución de sus seres queridos.
La cuestión de cómo se convive con los descendientes de los responsables de aquellos crímenes surge inevitablemente durante la conversación. La respuesta de quienes han trabajado en Guillena para recuperar la memoria insiste en que nunca han pretendido convertir la búsqueda de la verdad en una forma de revancha. «No hay ningún tipo de revanchismo, no hay ningún tipo de rencor, no hay ningún tipo de odio», afirma uno de los representantes de la asociación. Lo que reclaman es conocer los hechos, reconocer a las víctimas y defender unos derechos que consideran fundamentales para cualquier democracia.
Alana encuentra en esa imposibilidad de despedirse una de las motivaciones esenciales de Cosamala. «¿Qué le pasa a la tierra y qué le pasa a un pueblo y qué nos pasa como comunidad cuando se nos amputa la posibilidad de despedirnos de la gente a la que queremos?», se pregunta. La escritora se ha apoyado en las reflexiones de la filósofa Ana Carrasco-Conde sobre la muerte y el duelo colectivo, y recuerda también Antígona, la tragedia griega que convierte la prohibición de enterrar a un ser querido en un conflicto entre el poder y una obligación humana fundamental.
«No poder enterrar a los muertos es el peor castigo que se le puede hacer a una familia», sostiene. Porque la ausencia no afecta solamente a quien desaparece, sino a quienes permanecen esperando una noticia, una tumba o la posibilidad de despedirse. La escritora rechaza, además, esa insistencia en dar por terminada una historia que continúa sin resolverse para numerosas familias. Recuperando una reflexión de Alberto Conejero, recuerda que «una página no se puede pasar sin leerla, hay que leerla». Mientras existan personas desaparecidas en fosas clandestinas, considera que la Guerra Civil seguirá apareciendo como un fantasma que señala aquello que todavía no ha encontrado respuesta.
«Madrid es un agujero negro que se traga España entera»
Hay historias que terminan formando parte de la memoria colectiva y otras que, pese a su semejanza, permanecen durante décadas en los márgenes. Las Trece Rosas, fusiladas en Madrid en agosto de 1939, se han convertido en uno de los símbolos más reconocibles de la represión franquista contra las mujeres. Sin embargo, las Diecisiete Rosas de Guillena, asesinadas en noviembre de 1937, siguen siendo prácticamente desconocidas fuera de Andalucía. ¿Por qué recordamos a unas y apenas sabemos nada de las otras? La pregunta provoca una respuesta inmediata de Alana S. Portero: «Pues esto es el centralismo puro de siempre, de Madrid, siendo un agujero negro que se traga España entera».
La escritora no cuestiona el reconocimiento que merecen las jóvenes fusiladas en Madrid. Al contrario, insiste en que merecen el mismo respeto, cariño y recuerdo que cualquier otra víctima. Lo que denuncia es que la memoria de la Guerra Civil también ha quedado condicionada por el centralismo. Invita a «descentralizar la cabeza» y mirar hacia Andalucía, donde la represión franquista sembró el terror pueblo por pueblo y donde tantas mujeres fueron asesinadas sin que sus historias hayan alcanzado el reconocimiento público que merecen.
La reflexión adquiere otra dimensión en Guillena. Porque aquí la historia no se conserva únicamente en los archivos. Está en el edificio del Ayuntamiento donde encerraron a las mujeres, en las calles por las que las sacaron del pueblo y en los recuerdos que sus descendientes han transmitido durante generaciones. También en la historia de José Domínguez Núñez, el niño que contempló los asesinatos escondido en un árbol y cuyo testimonio acabaría siendo decisivo para encontrar la fosa común. Y en la de Ramona Navarro Ibáñez, que antes de ser detenida acarició la cabeza de su hija de cinco años y le dijo que se quedara con su abuela, que enseguida volvería. Aquella niña murió muchos años después sin haber olvidado las últimas palabras de su madre.
La memoria tiene también esas dimensiones. No depende únicamente de los grandes acontecimientos ni de los nombres que aparecen en los libros de historia, sino de lo que una familia consigue conservar cuando casi todo lo demás le ha sido arrebatado.

Lorca, las brujas y las posibilidades que quedaron interrumpidas
Federico García Lorca ocupa un lugar esencial en el universo literario de Alana S. Portero. No solo por su influencia sobre Cosamala, sino porque fue uno de los escritores que despertaron su vocación. Tenía alrededor de doce años cuando leyó Bodas de sangre y descubrió que unas palabras podían conmoverla hasta hacerla llorar, incluso sin comprender del todo su significado. Aquella experiencia le hizo desear provocar algún día una emoción semejante en sus lectores. «Quiero que alguien llore cuando yo escriba algo, que se emocione», recuerda haber pensado.
Para Alana, Lorca representa también la interrupción de una posibilidad histórica. «Con la muerte de Lorca muere una posibilidad poética y política de este país», afirma. Su asesinato se convierte en símbolo de una España que apenas comenzaba a descubrir otras maneras de entender la cultura, la libertad y las relaciones humanas, y cuyas aspiraciones fueron violentamente truncadas.
La tradición de las brujas aparece en la novela como otra forma de recuperar las historias de mujeres perseguidas por desafiar las normas o poseer conocimientos que no se ajustaban a los límites impuestos por el poder. Alana ha encontrado en ellas una manera de relacionar distintas épocas y violencias, y también de construir una mitología femenina que no reduzca a sus protagonistas a la condición de víctimas.
Aunque Cosamala y La mala costumbre parezcan obras muy diferentes, la escritora reconoce una continuidad entre ambas. En el fondo, vuelve a ocuparse de mujeres que desean vivir de acuerdo con su propia identidad y son castigadas por apartarse de lo que otros esperan de ellas. «Mujeres que quieren vivir en libertad y que no quieren vivir bajo una tiranía fascista y son reprimidas de la manera más brutal», explica. La historia cambia de escenario, pero el conflicto entre la libertad personal y las distintas formas de violencia continúa siendo una de sus preocupaciones literarias.
El regreso de las Diecisiete Rosas: setenta y cinco años después
El 15 de diciembre de 2012, Guillena vivió una de las jornadas más significativas de su historia reciente. Setenta y cinco años después de sus asesinatos, los restos de las diecisiete mujeres regresaron desde Gerena, donde habían permanecido enterradas en una fosa común. La jornada comenzó con un homenaje en el Ayuntamiento de aquella localidad y continuó con el traslado de las pequeñas cajas que contenían los restos, acompañadas por familiares, vecinos y representantes de las asociaciones memorialistas.
Las banderas republicanas estuvieron presentes en un cortejo que, al llegar a Guillena, recorrió las calles del pueblo siguiendo el itinerario habitual de los entierros, desde las inmediaciones del Ayuntamiento y la parroquia hasta la calle Real y el cementerio municipal. Cientos de personas participaron en aquella despedida, que permitió a las familias acompañar por primera vez a sus madres, abuelas y bisabuelas hasta el lugar donde finalmente iban a descansar.
La imagen adquiere un significado especial al conocer el camino que habían recorrido las mujeres en 1937. Entonces salieron de Guillena en un camión, detenidas y sometidas a la violencia de quienes habían decidido su destino. Setenta y cinco años después regresaban acompañadas por sus vecinos, con sus nombres recuperados y con el reconocimiento público que se les había negado durante décadas.
Las diecisiete mujeres recibieron sepultura en un panteón colectivo. Sus restos fueron depositados por los familiares mientras se pronunciaban sus nombres, uno a uno: Eulogia Alanís García, Ana María Fernández Ventura, Antonia Ferrer Moreno, Granada Garzón de la Hera, Granada Hidalgo Garzón, Natividad León Hidalgo, Rosario León Hidalgo, Manuela Liánez González, Trinidad López Cabeza, Ramona Manchón Merino, Manuela Méndez Jiménez, Ramona Navarro Ibáñez, Dolores Palacios García, Josefa Peinado López, Tomasa Peinado López, Ramona Puntas Lorenzo y Manuela Sánchez Gandullo.
Desde entonces, las familias pueden visitar sus sepulturas, llevarles flores o conservar con ellas una relación que durante demasiados años había estado condicionada por la incertidumbre. Para quienes participaron en la recuperación de los cuerpos, aquel entierro constituyó un acto de justicia que iba más allá de la reparación individual. Guillena había recuperado una parte de su propia historia.

Una horquilla, una despedida y el descanso de las diecisiete mujeres
El cementerio de Guillena constituye la última parada de nuestro viaje. Alana había estado anteriormente en el lugar, pero nunca había entrado en el espacio donde descansan las mujeres. La visión de las sepulturas y de sus nombres la conmueve profundamente. «Me ha parecido muy emocionante y además no sabía que estaban ahí. […] Me han dado ganas de ponerme a rezar», confiesa.
Frente a los nichos, María Dolores Sánchez Sánchez recupera otro recuerdo de su bisabuela Ramona Navarro Ibáñez. Su abuela, aquella niña que nunca olvidó la despedida de su madre, había vivido durante décadas convencida de que también le habían rapado la cabeza, como hicieron con tantas mujeres represaliadas. Entre los objetos encontrados durante la recuperación de los restos apareció una horquilla. Aquel pequeño objeto le permitió pensar que quizá su madre había conservado el cabello, y esa posibilidad le proporcionó un consuelo que resulta difícil medir desde fuera. Después de tantos años, una horquilla podía aliviar una de las imágenes más dolorosas que había acompañado a su familia.
La historia de Ramona vuelve entonces a adquirir una dimensión íntima. Su hija no había olvidado el abrazo, las palabras con las que su madre intentó tranquilizarla ni los vestidos que había confeccionado con una sábana. A esos recuerdos se sumaba ahora un objeto diminuto, recuperado de la tierra, que le permitía imaginar algo distinto sobre sus últimos días. No era posible reconstruir completamente lo ocurrido, pero sí recuperar una pequeña parte de aquello que la violencia había intentado borrar.
Alana contempla las sepulturas y encuentra en ellas una respuesta a las preguntas que han acompañado toda la jornada. «Es el símbolo perfecto de que no se pide tanto, es un azulejo con un nombre y unos restos y ya está», afirma. La sencillez de sus palabras contrasta con los años de investigaciones, dificultades y esperas que fueron necesarios para llegar hasta allí. También con la resistencia que todavía despierta, en algunos sectores, la recuperación de los cuerpos de las víctimas de la represión franquista.
Durante el recorrido hemos escuchado hablar de violencia, de miedo, de mujeres castigadas por sus vínculos familiares, de niños obligados a crecer sin sus madres y de generaciones que heredaron preguntas para las que nadie parecía dispuesto a ofrecer respuestas. También de la perseverancia de quienes se negaron a aceptar que aquellas diecisiete mujeres permanecieran para siempre en una fosa común. La literatura ha permitido a Alana S. Portero imaginarles otra vida, devolverles desde la ficción una capacidad de resistencia y construir alrededor de su memoria una historia de brujas, amor y venganza. Sus familiares, en cambio, tuvieron que enfrentarse a una tarea mucho más difícil: encontrar sus cuerpos y conseguir que regresaran a casa.
En Guillena, la historia de las Diecisiete Rosas permanece ligada a las calles donde vivieron, al camino por el que fueron trasladadas hacia Gerena y al cementerio donde hoy descansan. Pero también sobrevive en los recuerdos que sus descendientes continúan transmitiendo, en las preguntas que todavía suscita aquella violencia y en los libros que, como Cosamala, encuentran en la memoria un territorio desde el que interrogar el presente.
Al abandonar el cementerio, resulta inevitable recordar a Ramona Navarro Ibáñez y a aquella niña de cinco años que la vio marcharse convencida, o quizá necesitada de creer, que su madre volvería enseguida. La promesa nunca pudo cumplirse. Tuvieron que pasar setenta y cinco años para que sus restos regresaran finalmente a Guillena, acompañados por las familias que nunca dejaron de buscarlas.
Las diecisiete mujeres no pudieron volver a sus casas. Pero sus nombres regresaron a su pueblo y hoy descansan donde sus familias pueden seguir cuidando de ellas.

5. Cinco ideas para comprender esta historia
Para colocar al final de la crónica, siguiendo el formato habitual de Rosa Pasa Página.
Cinco ideas para quedarse con la historia
1. Una violencia dirigida contra las mujeres. Las Diecisiete Rosas de Guillena fueron detenidas, humilladas y asesinadas en 1937. Su historia muestra cómo la represión franquista también utilizó a las mujeres para castigar a sus familiares y sembrar el miedo entre la población.
2. Una despedida que sobrevivió al tiempo. Ramona Navarro Ibáñez prometió a su hija de cinco años que volvería enseguida. La niña conservó aquellas palabras durante toda su vida. Décadas después, una horquilla recuperada permitió a su familia encontrar un pequeño consuelo.
3. El testimonio de un niño fue decisivo. José Domínguez Núñez presenció los asesinatos escondido en un árbol. Su recuerdo permitió localizar la fosa común donde permanecieron enterradas las mujeres durante setenta y cinco años.
4. La memoria también tiene una geografía. Alana S. Portero cuestiona que conozcamos mucho mejor la historia de las Trece Rosas de Madrid que la de las Diecisiete Rosas de Guillena y reclama una mirada más amplia sobre la represión en Andalucía.
5. La literatura puede imaginar lo que la historia negó. En Cosamala, Alana transforma el horror real en una ficción de brujería, resistencia y venganza que devuelve a sus protagonistas la posibilidad de intervenir en su propio destino.

7. Ficha del libro
Cosamala
Autora: Alana S. Portero
Editorial: Seix Barral
Género: novela gótica, ficción histórica y sobrenatural
Temas: represión franquista, memoria histórica, violencia contra las mujeres, identidad, brujería y resistencia.
