Revista. Periodismo literario y actualidad cultural

Una entrevista comienza
mucho antes de
encender el micrófono

Mónica Pérez-Sobrino: «No somos culpables de nuestras heridas; sí de ignorarlas cuando sabemos que existen.»

La autora de Juegos infames reflexiona sobre trauma, culpa, salud mental y el peso de los recuerdos que creemos haber olvidado.

Todos construimos una versión de nosotros mismos para que el mundo la vea. La pregunta es qué ocurre cuando esa imagen ya no se parece en nada a la persona que somos. Ese es el punto de partida de Juegos infames, la nueva novela de Mónica Pérez-Sobrino, un thriller psicológico que se adentra en los recuerdos que la mente bloquea, en las heridas que siguen vivas aunque no podamos nombrarlas y en la forma en que el pasado continúa escribiendo nuestro presente.

Hablamos con la autora sobre memoria, trauma, salud mental, culpa, relaciones de pareja y el poder de la ficción para ayudarnos a comprender aquello que creíamos olvidado.

«Las máscaras no sirven para protegernos; solo esconden que ya estamos rotos.»

P. Juegos infames arranca en una alfombra roja, un espacio donde todo es imagen, construcción y relato. No parece una elección casual. La alfombra roja simboliza el éxito y la validación, pero también el artificio.

R. Para mí era muy importante esa primera escena porque convivían dos realidades paralelas. Una alfombra roja parece glamour, éxito, focos y flashes, pero, en realidad, la pareja protagonista ya estaba en plena descomposición. Las máscaras ya se habían caído; incluso podríamos decir que se las habían arrancado el uno al otro.

Me interesaba mostrar ese contraste. De cara al mundo representan el éxito, el glamour y el reconocimiento, mientras que, en la intimidad, todo se está derrumbando. Creo que eso sucede constantemente en la vida. Lo que aparentamos muchas veces está en las antípodas de lo que realmente somos en ese momento.

Por eso quería abrir la novela en un festival de cine, además en uno tan relevante como el de San Sebastián. Era importante que el lector entendiera desde el principio esa idea: cuántas veces nos empeñamos en proyectar una imagen porque creemos que así estaremos a salvo, cuando, en realidad, las cosas están terriblemente mal.

P. ¿En qué momento dejamos de vivir y empezamos a sostener una versión de nosotros mismos que solo funciona hacia fuera?

R. Creo que es algo que hacemos de manera inconsciente constantemente y, con las redes sociales, todavía más. Estamos muy expuestos y, cuando nos parapetamos detrás de esa imagen, normalmente responde a una inseguridad. Creamos muros y máscaras para no mostrar nuestra parte más frágil, nuestra parte más vulnerable, y sentirnos de alguna forma a salvo.

Sin embargo, creo que lo que deberíamos hacer es desaprender todo eso para volver a conectar con quienes somos realmente. La foto puede quedar muy bien durante un tiempo, pero después llegan los problemas. Y eso es precisamente lo que les sucede a los protagonistas de la novela.

«Lo objetivamente perfecto no siempre es lo que nos hace felices.»

P. Paula vive en un desdoblamiento constante entre lo que siente, lo que hace y lo que se cuenta a sí misma. ¿En qué momento comprende que esa interpretación de su propia vida ha dejado de beneficiarla?

R. Creo que en Paula hay una especie de bovarismo del siglo XXI. Vive instalada en una insatisfacción crónica. Si te das cuenta, al principio tiene una relación que, objetivamente, parece perfecta. Lleva muchos años con una pareja tranquila, compatible con ella, alguien con quien puede proyectar un futuro, imaginar una familia… Todo encaja.

Pero que algo sea objetivamente perfecto no significa que funcione de verdad. A veces una persona cumple todos los requisitos y, aun así, falta algo. Falta una chispa, algo que muchas veces no podemos explicar. Podemos racionalizar muchas cosas, pero eso no.

Entonces aparece Julio y todo cambia. Es el detonante que la lleva a dar ese volantazo y cambiar por completo de dirección.

En realidad, quien más vive esa fractura es Julio. Es un director de cine consagrado que ha construido una carrera admirada por la crítica nacional e internacional. Desde fuera representa el éxito absoluto. Pero, en cuanto atraviesas esa fachada y entras en su intimidad, descubres a una persona completamente rota y profundamente frágil.

Julio se ha construido una máscara y lleva años viviendo detrás de ella, utilizándola como refugio para protegerse. El problema es que, cuando pasas tanto tiempo escondido ahí, llega un momento en que resulta muy difícil salir.

«Lo que nos cambia la vida casi nunca llega cuando lo esperamos.»

P. ¿Qué papel representa Juan dentro de la historia?

R. Para mí, Juan representa algo por lo que todos hemos pasado alguna vez. Es la estabilidad, la seguridad, la zona de confort de Paula. Es la relación con la que tiene una vida estable y en calma.

Lo que ocurre es que, de pronto, aparece otra persona, en este caso Julio, que funciona como un detonador. Es un tsunami que llega a tu vida y arrasa con todo. Creo que todos hemos estado alguna vez en esa situación. Otra cosa es que decidamos lanzarnos a la piscina para ver qué ocurre o demos un paso atrás y nos quedemos en ese lugar seguro.

Y no hablo solo de las relaciones de pareja. También pasa en la familia, en el trabajo o en cualquier ámbito de la vida. A veces llegan personas o situaciones que despiertan algo dentro de nosotros, que tocan determinadas fibras. Entonces podemos elegir permanecer en nuestra zona segura o arriesgarnos. Muchas veces, además, dejamos de decidir de forma racional porque aparece una emoción que no controlamos y que termina arrasando con todo.

Ese es el amor más pasional, más irracional, y es lo que le sucede a Paula. Conoce a Julio y abandona esa relación estable.

De hecho, hay una frase en la novela que resume muy bien ese momento: «Llevo vagando cien euros a la semana durante no sé cuántos años, no sé cuántos miles de euros invertidos en terapia, para acabar haciendo lo que me da la gana: irme con este señor con el que no tengo más futuro que los próximos veinte minutos». Pero hay algo que se ha movido por dentro y que la obliga a tomar esa decisión.

Creo que eso también es lo bonito de la vida. Pensamos que ese tipo de enamoramientos pertenecen al amor ingenuo de los diecinueve años o a las primeras relaciones, pero he conocido a personas de cuarenta, cincuenta o sesenta años a las que les ha vuelto a suceder. Y menos mal.

«Las relaciones más intensas también pueden ser las más destructivas.»

P. ¿Por qué solemos sentirnos más atraídos por aquello que nos rompe que por lo que nos sostiene?

R. Creo que depende de la persona. Hay quienes, en cuanto detectan el riesgo o la incomodidad, se marchan. Pero también hay personas que nos sentimos más atraídas por vivir en ese alambre constante. Yo creo que tiene mucho que ver con la inseguridad.

Es como quien se vuelve adicto a lanzarse en paracaídas o necesita conducir a trescientos kilómetros por hora. Hay una descarga de adrenalina, una emoción que engancha. Y hay personas que terminan siendo adictas a esa intensidad y van enlazando relaciones tóxicas una detrás de otra.

Todo esto me lo explicó mi terapeuta durante muchos años, y he aprendido mucho de ello. Ese tipo de relaciones tienen una frecuencia emocional muy distinta y resultan enormemente adictivas. No se construyen desde la calma, sino desde los extremos. Lo bueno es intensamente bueno y lo malo acaba siendo tremendamente malo.

Siempre digo que, en una relación tóxica, probablemente nunca vuelvas a encontrar con otra persona esos momentos tan intensos de euforia. Pero tampoco volverás a sufrir de esa manera en una relación sana.

Eso engancha muchísimo. El problema es que esa intensidad está siempre al borde de convertirse en algo perjudicial para la salud mental y para la estabilidad de quien la vive. Al principio es un caramelo muy apetecible, sobre todo cuando existe un componente de prohibición.

En la novela, Paula tiene pareja y Julio está casado, aunque atravesando un divorcio. Todo comienza en la sombra: tienen que esconderse, no pueden dejarse ver y sienten que están cruzando líneas que no deberían cruzar, líneas que, además, siguen estando socialmente mal vistas.

«El trauma no desaparece porque deje de recordarse.»

P. En la novela ese mecanismo resulta fundamental. ¿Crees que, si pudiéramos acceder a todos nuestros recuerdos, seríamos personas distintas?

R. Yo creo que sí. Toda la investigación y la documentación que hay detrás de esta novela parten de una idea muy clara: quería hablar desde el máximo rigor. No quería escribir sobre nada que no pudiera suceder.

Además, soy hija de psiquiatra, hermana de psiquiatra y mi hija también es psiquiatra. Para mí era muy importante que todo tuviera una base sólida.

Lo que recordamos y lo que no recordamos conforma quiénes somos en el presente. Cuando nuestra mente decide apartar determinados recuerdos y encerrarlos en un compartimento estanco es porque nos producirían un sufrimiento insoportable. La mente es inteligentísima.

Ahora bien, que no recordemos un trauma no significa que haya desaparecido. El recuerdo puede quedar oculto, pero el síntoma permanece. Y eso me parece fascinante.

Una persona puede llegar a los cuarenta años y empezar a sufrir insomnio, ansiedad, determinados comportamientos autodestructivos o problemas que nunca había tenido. Todo eso puede responder a algo ocurrido en el pasado que no recuerda.

Por eso creo que nos condiciona tanto lo que recordamos como lo que somos incapaces de recordar. Incluso aquello que no podemos evocar sigue influyendo en quiénes somos y en cómo actuamos.

Si algún día pudiéramos acceder a esos recuerdos, probablemente cambiaría nuestro presente y dejaríamos de ser exactamente las mismas personas. Cambiaría nuestra forma de actuar, nuestro carácter e incluso la manera en que nos relacionamos con determinadas situaciones.

«Los síntomas recuerdan aquello que la memoria ha decidido olvidar.»

Siempre cuento un caso que me impresionó muchísimo durante la documentación de la novela. Cuando empecé a reunirme con psicólogos, psicoanalistas y a leer ensayos y literatura clínica, me hablaron de un hombre que acudió a consulta con treinta y cinco años porque no soportaba el pomelo. Solo el olor le provocaba un rechazo físico enorme, pero no sabía por qué.

Después de varias sesiones de EMDR consiguió recuperar un recuerdo que desconocía por completo. Cuando tenía nueve años había presenciado cómo su abuelo se atragantaba con un hueso de pomelo. Estaban solos, el niño empezó a gritar y tuvo que acudir un vecino para hacerle la maniobra que consiguió expulsar el hueso.

Él no recordaba absolutamente nada de aquello. Ni siquiera sabía que el abuelo se había atragantado con un pomelo. En la familia siempre le habían contado que había sufrido un atragantamiento, pero nunca le habían explicado con qué fruta había ocurrido. Su mente había borrado por completo ese detalle y, sin embargo, el síntoma seguía ahí.

Ese es un ejemplo aparentemente pequeño, pero solo representa la punta del iceberg.

Si una experiencia así puede provocar un rechazo tan intenso hacia una fruta, imaginemos qué ocurre cuando hablamos de traumas mucho más graves. Entonces los síntomas ya no consisten en no poder comer un alimento. Pueden aparecer conductas autodestructivas, adicciones al alcohol u otras sustancias, insomnio, ataques de ansiedad o muchos otros problemas cuyo origen la persona desconoce.

Al final, el trauma puede manifestarse de muchísimas maneras. Cuanto más grave o más delicado fue aquello que ocurrió en el pasado, más profundas pueden ser las consecuencias en el presente. Eso era precisamente lo que me interesaba explorar en la novela: cómo funciona nuestra cabeza y cómo la memoria sigue moldeándonos incluso cuando creemos haber olvidado.

«Comprender nuestras heridas también puede hacernos más libres.»

P. Si pudiéramos acceder a esos recuerdos traumáticos, ¿seríamos más libres o más frágiles?

R. Yo creo que seríamos más libres. No soy psiquiatra ni psicóloga; hablo desde toda la documentación que he realizado para escribir esta historia.

Lo bueno de la terapia es precisamente eso. Existen dos tratamientos que permiten acceder a recuerdos bloqueados o no procesados: la terapia cognitivo-conductual y la terapia EMDR.

Ambas permiten llegar al trauma, tratarlo y liberarte, por decirlo de alguna manera, de esa correa que sigues arrastrando. La diferencia es que el EMDR permite acceder a esos recuerdos sin experimentar la misma angustia que suele acompañar a la terapia cognitivo-conductual.

El EMDR estimula de forma alterna ambos hemisferios del cerebro mediante movimientos oculares. Eso hace posible acceder a esas imágenes desde un lugar mucho más seguro. Es como si las vieras proyectadas en una pantalla de cine. Puedes observarlas desde fuera, comprender qué ocurrió y recolocarlas.

Y esto tiene evidencia científica; no estamos hablando de nada esotérico.

La terapia cognitivo-conductual también permite llegar a esos recuerdos, pero a través de muchas horas de conversación con el psicólogo o el psicoterapeuta. Ese proceso suele implicar más ansiedad porque tienes que verbalizar, reconstruir y revivir aquello que ocurrió.

El EMDR, en cambio, permite llegar hasta ese lugar con mucho menos sufrimiento.

Cuando consigues entender qué originó esa herida, recolocarla y, muchas veces, perdonarte a ti mismo, eres mucho más libre. La fragilidad aparece cuando hay algo que está condicionando tu vida y no sabes de dónde viene.

Eres frágil cuando bebes sin control, cuando necesitas conducir a trescientos kilómetros por hora o cuando llevas años sin dormir y desconoces la causa. En el momento en que descubres qué originaba todo eso, recuperas una parte importante de tu libertad.


«A veces marcharse no es una huida; es una forma de supervivencia.»

P. Hay una idea incómoda en la novela: no siempre dejamos a alguien porque la relación no funcione, sino porque ya no nos sostiene. ¿Eso es un acto de honestidad o una forma de huida?

R. Creo que muchas veces es una forma de supervivencia.

Puedes intentar mantener un vínculo, pelear por él y buscar soluciones de muchas maneras. Pero también llega un momento en el que, por intentar salvar esa relación, empiezas a perderte a ti misma.

No creo que sea simplemente tirar la toalla. Tampoco permanecer siempre responde a la honestidad. En muchas relaciones se genera lo que se conoce como codependencia emocional y eso también puede convertirse en algo muy tóxico.

A veces creemos que seguimos al lado de la otra persona porque queremos ayudarla, pero no siempre es un gesto completamente altruista. También puede existir una necesidad de que esa persona dependa de nosotros. Ocupar ese papel de salvador también proporciona una determinada sensación de seguridad.

Por eso creo que, cuando finalmente alguien sale de una relación así, muchas veces no lo hace por cobardía, sino por instinto de supervivencia. Ha intentado pelearlo, ha buscado soluciones y llega un momento en el que comprende que se está perdiendo a sí mismo por el camino.


«La culpa puede llegar a dirigir nuestra vida sin que seamos conscientes.»

P. La culpa y las heridas que no sabemos nombrar aparecen en la novela como algo casi físico, silencioso. ¿Qué te interesaba explorar de esa dimensión menos racional?

R. Creo que hablamos muy poco de la culpa y, sin embargo, condiciona muchísimas de nuestras decisiones.

Lo importante es aprender a detectarla, porque muchas veces se manifiesta de formas que ni siquiera reconocemos. Puede pasar mucho tiempo hasta que entendemos que ese es el verdadero problema.

La persona que vive con una culpa enorme muchas veces proyecta ese malestar sobre quienes tiene delante en lugar de asumir lo que le está ocurriendo. Convertir al otro en un saco de boxeo es bastante habitual antes de enfrentarse a uno mismo. Eso también les ocurre a los personajes de la novela.

Creo que todavía queda mucho por escribir sobre la culpa. Muchas veces es un enemigo incluso más poderoso que otros conflictos que parecen mucho más evidentes.


«No somos culpables de nuestras heridas; sí de ignorarlas cuando sabemos que existen.»

P. ¿Hasta qué punto somos culpables de lo que hacemos desde heridas que ni siquiera sabemos que existen?

R. Ese es, precisamente, el gran tema de la novela.

No hay inocentes ni culpables absolutos porque, al final, todos somos producto de lo que hemos vivido. Si ni siquiera podemos acceder a parte de ese pasado, ¿hasta qué punto somos responsables de cómo actuamos?

Yo creo que la responsabilidad comienza cuando somos conscientes de que algo no está bien y decidimos no hacer nada.

Somos responsables cuando sabemos que estamos maltratando a nuestra pareja, cuando tenemos comportamientos hirientes, cuando estamos descuidando a nuestros hijos o cuando esos patrones empiezan a afectar también al trabajo, a la familia o a las amistades y, aun así, no buscamos ayuda.

Siempre pongo el mismo ejemplo: es como una persona que sabe que tiene el colesterol disparado y, aun así, sigue comiendo un chuletón cada noche. Si conoces el problema, la solución es acudir al médico.

Con la salud mental ocurre igual. Si sabes que algo te está pasando, siéntate con un psiquiatra o con un psicólogo e intenta encontrar una salida. Ahí empieza la responsabilidad.

En cambio, cuando no somos conscientes de lo que nos ocurre o no podemos acceder a aquello que originó esa herida, no creo que podamos hablar de culpa.

Yo jamás pensaría que alguien es culpable por actuar movido por un trauma que ni siquiera recuerda.

Además, siempre digo que todos llevamos una mochila invisible. Desde fuera puede parecer que alguien está actuando de una forma moralmente deplorable, pero quizá esté haciendo lo único que puede con las herramientas que tiene en ese momento.

Si no somos capaces de acceder a aquello que nos rompió, somos, en cierto modo, juguetes rotos. Pero no por eso podemos considerarnos culpables.

«Las emociones siempre son reales, aunque los personajes sean ficción.»

P. Después de todo lo que hemos hablado, es inevitable preguntarse cuánto hay de ti en Juegos infames.

R. Mi primera novela, Adam y Ady, estaba mucho más cerca de una experiencia personal. No era autobiográfica, pero nacía de una historia que yo había vivido y, por mucho que intentara separar realidad y ficción, muchas cosas terminaban colándose.

En Juegos infames el punto de partida es otro. Hablo de los recuerdos no procesados y de la salud mental, un tema que me interesa muchísimo. Después está la historia de pareja, que es la que sostiene la novela.

Lo que más hay de mí es la parte emocional. Los personajes son completamente ficticios: Paula, Julio y Juan no existen. Pero a esos personajes les prestas tus propias preocupaciones, tus emociones y experiencias. Cuando un personaje se emociona, lo hace desde emociones que yo también he sentido. Cuando la protagonista se enamora, bebe de cómo yo he vivido el enamoramiento.

Las emociones son reales, aunque los personajes no lo sean.

Todos hemos sufrido una traición, nos han sido infieles, hemos engañado o hemos decepcionado a alguien. Ahí sí hay mucho de mis propias vivencias, no solo de pareja, sino también de otros ámbitos de la vida.

Después hay pequeños detalles que inevitablemente se cuelan. La protagonista es escritora, yo también lo soy. La novela transcurre en Madrid y el Madrid que aparece es muy mío. Pero la historia, en esencia, es ficción.

«La salud mental no puede seguir esperando.»

P. Hablamos cada vez más de salud mental. ¿Crees que realmente hemos avanzado?

R. Hemos dado un paso importante: al menos ahora podemos hablar de ello.

Hace veinte años decir que ibas al psiquiatra o al psicólogo provocaba que mucha gente te mirara de otra manera. Hemos avanzado, pero todavía no hemos llegado al otro lado.

Te pongo un ejemplo muy sencillo. Si quedo con alguien y tengo que ir al psicólogo después, muchas veces ni siquiera lo digo. En cuanto lo mencionas, todavía hay quien piensa: «¿Qué le pasa? ¿Tiene algún problema?».

Se ha normalizado mucho más hablar de ansiedad, depresión o salud mental, pero todavía queda muchísimo camino.

Cuando empecé a documentarme para escribir esta novela, descubrir que existen recuerdos traumáticos que pueden quedar bloqueados me parecía casi ciencia ficción. No hablo de recuerdos de la infancia que se desdibujan con el tiempo, sino de experiencias vividas con dieciocho o veinte años que el cerebro decide ocultar.

Todo empezó a raíz de un artículo que leí en un periódico. Siempre digo que las novelas nacen de pequeñas semillas. Hay algo que se queda dentro de ti, empieza a obsesionarte y termina convirtiéndose en una historia.

Mientras escribía la novela, muchas veces contaba de qué trataba cuando quedaba a comer con amigos. En dos ocasiones distintas, al terminar la comida, alguien me cogió del brazo y me dijo: «Vamos a tomar un café, porque a mí me ha pasado». Ahí entendí que esto ocurre mucho más de lo que imaginamos, solo que la mayoría de la gente lo vive en silencio.

Sigue siendo un tema tabú.

«No puede ser que una persona espere cuatro meses para recibir ayuda psicológica.»

El problema es que ese recorrido no debería avanzar únicamente cuando alguien se quita la vida. Eso significa que hemos llegado demasiado tarde.

También somos un país muy dado al impacto mediático. Ocurre un caso muy conocido y, durante unas semanas, todo el mundo opina, se implica y habla del tema. Pero después desaparece de la conversación.

Hay que preguntarse qué está pasando de verdad.

No puede ser que una persona necesite atención psicológica en la sanidad pública y tenga que esperar cuatro meses para conseguir una cita. A veces cuatro meses son demasiado tarde.

Mi padre ha sido psiquiatra toda la vida y el teléfono de casa sonaba a las tres o a las cuatro de la madrugada porque había pacientes que necesitaban ayuda en ese mismo momento. La salud mental no siempre puede esperar.

Por eso creo que las soluciones tienen que ir mucho más allá de los titulares. Está muy bien que durante dos semanas todo el mundo hable del problema, pero después hay que tomar medidas.

Hay que preguntarse qué hace falta para que una persona pueda ser atendida cuando realmente lo necesita. Quien puede permitírselo acude a la sanidad privada, pero eso solo está al alcance de una parte muy pequeña de la población.

Lo que necesitamos es continuidad, recursos e inmediatez. Menos titulares y más soluciones.


«La literatura abre grietas por las que también entra la luz.»

P. Quizá la literatura también pueda formar parte de esas soluciones.

R. Yo quiero creer que sí.

Hay veces que lees un libro y te reconoces en él. La literatura tiene esa capacidad de ayudarnos a comprender lo que nos ocurre.

En realidad, Juegos infames también habla de eso. Es la historia de una escritora que intenta que la persona a la que ama vea algo que no es capaz de ver, y lo hace precisamente a través de una novela. Hay un componente metaliterario muy importante.

Siempre he pensado que para eso sirve el arte: para abrir grietas. Como dice Leonard Cohen, «hay una grieta en todo; así es como entra la luz».

Cinco ideas que encontrarás en esta entrevista

  • Cómo los recuerdos reprimidos siguen condicionando nuestra vida.
  • El papel del trauma en la construcción de la identidad.
  • Qué es la terapia EMDR y por qué aparece en la novela.
  • La diferencia entre una relación intensa y una relación sana.
  • La salud mental como uno de los grandes temas de nuestro tiempo.

Encontrarás…

Una conversación con Mónica Pérez-Sobrino sobre Juegos infames, una novela que explora el trauma, la memoria, la culpa, las relaciones de pareja y la salud mental desde el thriller psicológico.


Ideal para…

  • Lectores de thriller psicológico.
  • Personas interesadas en salud mental.
  • Quienes disfrutan de novelas sobre memoria e identidad.
  • Lectores de historias que exploran las relaciones humanas.
  • Quienes buscan ficción con una sólida base psicológica.

Ficha del libro

Título: Juegos infames

Autora: Mónica Pérez-Sobrino

Género: Thriller psicológico

Editorial: Espasa


Pregunta al lector

¿Crees que los recuerdos que hemos olvidado siguen influyendo en las decisiones que tomamos cada día?

ROSA PASA PÁGINA

Rosa Sánchez de la Vega ha desarrollado su carrera en prensa escrita, digital y, especialmente, en radio, donde ha dirigido, coordinado y colaborado en programas vinculados a la literatura, el arte y la cultura. El micrófono ha marcado buena parte de su trayectoria y una forma propia de entender la entrevista y la divulgación cultural. De esa experiencia nacen proyectos como Rosa Pasa Página y Autoras de palabra con Rosa, en MAGAS (El Español).
 
Rosa Pasa Página da nombre a una revista digital de periodismo literario y actualidad cultural, con la entrevista como uno de sus principales ejes y una mirada abierta al cine y al arte.

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