En Un hombre de honor, una joven periodista empieza a discutir el lugar que le habían asignado mientras a su alrededor se resquebrajan viejas certezas.
Hay vidas que parecen decididas mucho antes de que alguien se atreva a discutirlas. La de Nicole Donaldson podría haber sido una de ellas: familia, apellido, posición y futuro. Pero en el Nueva York de 1968, mientras la guerra de Vietnam divide al país, los jóvenes salen a la calle, la lucha por los derechos civiles sacude las certezas y el asesinato de Robert Kennedy abre otra herida, empezar a hacerse preguntas puede ser más peligroso que encontrar las respuestas.
A Paloma Sánchez-Garnica le interesa precisamente ese instante: cuando la Historia deja de ser el ruido de fondo y entra en la vida de alguien hasta obligarlo a elegir. Lo ha hecho a lo largo de una trayectoria en la que ha convertido los grandes conflictos del siglo XX en historias íntimas, y lo hizo también en Victoria, la novela con la que ganó el Premio Planeta. Ahora vuelve a Estados Unidos, pero siete años después y desde otro lugar: una sociedad que empieza a desconfiar de aquello que creía seguro y unos personajes que descubren que pertenecer, obedecer, callar o ser libre también tiene un precio.
Mafia, poder, periodismo, deseo, lealtad y una palabra —honor— que puede significar cosas muy distintas según quién la pronuncie atraviesan Un hombre de honor, la nueva novela de Paloma Sánchez-Garnica.
Siempre viajamos contigo, pero este es un viaje especialmente profundo. Victoria terminaba en 1961 y ahora vuelves a Estados Unidos en 1968. ¿Qué viste en esos siete años para querer regresar, pero desde un lugar completamente distinto?
Creo que ya con Victoria, cuando me adentré un poco en la cultura y en la sociedad de Estados Unidos de finales de los cuarenta y principios de los cincuenta, se despertó mi curiosidad. No sé exactamente cuándo saltó la chispa, pero creo que fue con un artículo que leí sobre Sirhan Sirhan: le habían denegado por enésima vez la libertad provisional.
Es el único condenado por el asesinato de Robert Francis Kennedy en 1968 y me sorprendió que siguiera vivo y continuara en prisión. Empecé a buscar más artículos sobre el tema y fui siendo consciente, porque las teorías están ahí, de las irregularidades y de la manipulación que hubo en la investigación del atentado contra el senador Kennedy.
En esos primeros momentos apareció también el proyecto MKUltra y pensé: aquí hay novela, puede haber una historia.
Y luego, lógicamente, la mafia, porque estaba insertada en todos los ámbitos de la economía de Estados Unidos.
Nueva York, además, es una ciudad con muchísimas aristas, muy visual. Todo el mundo reconoce sus calles y sus edificios, incluso aunque no haya estado allí. Era un escenario perfecto. Hay escenas en Los Ángeles, pero Los Ángeles es una ciudad mucho más impersonal. Nueva York son calles, edificios, vida. Tiene un enorme pálpito vital de sur a norte y de este a oeste, no solamente en Manhattan, también en Brooklyn, Harlem, el Bronx…
¿Cuántas veces has estado en Nueva York?
La primera vez fue a principios de los noventa, cuando estalló la guerra de Irak. Íbamos a ir a Egipto y nos fuimos a Nueva York. Fue la primera vez que levanté la mirada al cielo y me fascinó aquella ciudad.
Luego estuve dos años antes de los atentados del 11-S. He estado en las dos Torres, en el mirador y en la del restaurante. Después he vuelto dos o tres veces y el año pasado estuve allí a principios de septiembre recorriendo los espacios que ya estaban pululando por mi cabeza.
Y también los de la novela.
Sí. Estuve allí para pisar los escenarios.

«La arqueología emocional es la base de mi proceso creativo»
Has hablado de esta novela como un ejercicio de arqueología emocional. ¿Qué intentabas sentir de aquel 1968 que no podías encontrar en los datos históricos?
La arqueología emocional es la base de mi proceso creativo. Yo quiero entender al ser humano, esos sentimientos universales que todos tenemos, y analizar y comprender —sin llegar a justificar, porque no tienes por qué justificar— nuestras reacciones cuando vivimos bajo leyes, circunstancias, principios y costumbres distintos.
1968 es un año muy convulso, pero también muy magnético. Me parecía muy interesante por todo eso y por un acontecimiento histórico como el asesinato de Robert F. Kennedy, que creo que cambió en cierta manera el curso de la historia.
Seguramente habría ganado en Chicago en agosto como candidato a la presidencia y posiblemente en noviembre habría podido ganar la presidencia de Estados Unidos. Y quizá, si hubiera llegado a ser presidente, habría podido averiguar más sobre la verdad del asesinato de su hermano.
Salió Nixon con aquel lema de «ley y orden» porque fue un año de protestas violentísimas, no solamente por la guerra de Vietnam, sino también por la muerte de Martin Luther King y por la lucha por los derechos civiles.
Lo que hago es poner a mis personajes ahí y ver cómo gestionan sus sentimientos ante los acontecimientos históricos que les ha tocado vivir. Y, además, eso me ayuda a enriquecerme, a aprender y a entender un poco mejor nuestro pasado.
«La juventud tiene la obligación de rebelarse contra lo establecido»
Hablas de las revueltas estudiantiles, de Vietnam, de un año extraordinariamente convulso. ¿Cómo cambia una sociedad cuando los jóvenes dejan de aceptar como inevitable el mundo que han heredado?
Creo que la juventud tiene la obligación de rebelarse contra lo establecido. Es su obligación.
Me parece peligroso que se acomoden, que se adocenen y, sobre todo, me parece muy peligroso que crean que los males del pasado no pueden ocurrirles a ellos; que el Estado de derecho, las libertades y el Estado del bienestar en el que han nacido vienen incluidos en el ADN y que nadie puede arrebatárselos.
Al final, los jóvenes son el futuro. Les corresponde también porque es su futuro, el futuro de la sociedad, pero, sobre todo, el suyo.
¿El problema comienza cuando los jóvenes pierden la curiosidad, se decepcionan y se apartan de la sociedad?
Sí. Ese es un problema muy peligroso que ocurrió a finales de los años sesenta, concretamente en 1968, y está ocurriendo ahora: la desconfianza de la población hacia las instituciones y hacia la política en general.
Eso es un problema porque desconecta. Al final, por mucho que queramos, la política es necesaria, y más en una democracia, para que el juego de equilibrios se mantenga.
En una dictadura hay un elemento poderoso que lo organiza todo. En una democracia ese equilibrio es necesario.

«Es muy difícil salir del lugar que han destinado para ti»
Vamos a Nicole. Nace en una familia que le ofrece casi todo menos una cosa: decidir sin consecuencias. ¿Qué querías poner en juego a través de esa contradicción, tenerlo todo y, al mismo tiempo, no poder ser tú?
Era el sino de las mujeres en esa época. Nicole nace en una familia totalmente estructurada, católica. Adora a su padre, adora a su madre, se lleva bien con su hermano y tiene una vida más o menos programada que acepta, con un hombre que está a su nivel. Todo es normal.
No podemos mirar a Nicole desde nuestra mentalidad. Ella normaliza todo lo que envuelve su vida porque pertenece a esa generación que empieza a cuestionar el modelo de mujer perfecta que se daba en la sociedad norteamericana: la madre perfecta, la esposa perfecta, la familia perfecta. Y, además, tenía que realizarse personal y vitalmente dentro de ese mundo y tenía que ser feliz.
Es un poco la consecuencia de la obra de Betty Friedan, La mística de la feminidad. Tenías que ser feliz porque tenías una lavadora, una aspiradora, tu casa… Y es esa generación, la de Nicole, la que empieza a cuestionarse todo eso.
Ella tiene esa primera rebeldía de querer ser periodista. Se lo permiten porque no estaba prohibido que una mujer pudiera trabajar. Y aparece además en su vida un hombre que le da la vuelta totalmente.
Frank lee un artículo firmado por el jefe de Nicole cuando sabe que ha sido ella quien lo ha escrito. Ella viene a decirle: «Con que tú lo sepas, yo lo sepa y algunos de la redacción lo sepan, ya me vale». Y él le responde: «No dejes que se aprovechen de tu trabajo».
Es la primera vez que recibe ese mensaje y tampoco llega a calarle porque ella había normalizado esa situación.
Estaba acostumbrada a permanecer en segundo plano.
Más que acostumbrada, era su lugar. Y es muy difícil salir de ese lugar porque es el lugar seguro, el lugar cómodo, el lugar destinado para ellas.
Por eso esa rebeldía supone tomar decisiones y dejar aparcado lo seguro, lo sólido, aquello que se mantiene estable en su vida.
«Las mujeres estaban en las redacciones para alegrar la vista de los hombres»
La haces periodista, un oficio que una mujer podía ejercer, pero con enormes límites. Podía estar allí, aunque no necesariamente ocupar el mismo lugar que un hombre.
No había ninguna prohibición para que una mujer pudiera ser periodista. Podían trabajar, pero siempre se las apartaba a secciones femeninas, como familia o belleza.
O, si estaban bajo el mando de otro redactor, eran ellas las que hacían todo el trabajo, la investigación, la documentación, y luego firmaban ellos.
Tampoco tenían acceso a las fuentes. En aquella época había que ir llamando puerta por puerta y había puertas que a las mujeres no se les abrían porque eran mujeres. Por lo tanto, estaban muy limitadas en ese sentido.
Las noticias más trascendentales, las de mayor interés, se adjudicaban siempre a un hombre, aunque fuera un zote, aunque estuviera mucho mejor preparada la mujer que tenía a su lado como investigadora o ayudante.
La promoción era imposible. Había prejuicios. Las mujeres estaban en las redacciones para alegrar la vista de los hombres. Era lo que había.
Las redacciones estaban cargadas de humo, de ceniceros con colillas, de alcohol… Era un mundo absolutamente masculino.
El padre de Nicole la quiere, pero ¿confunde en algún momento protección, amor y autoridad?
Estaba todo integrado. Él le plantea algo que nos ha pasado y nos sigue pasando: las personas que más queremos, de forma sutil, consciente o incluso inconsciente, pueden plantearnos chantajes emocionales que no sabemos gestionar y que nos cuesta gestionar.
Queremos decir que no, pero decimos que sí porque queremos a esa persona.
Él no es consciente de que pone a su hija en un brete porque esa autoridad es normal para él.
Además, no está echando a su hija a los pies de los caballos. Es un hombre al que ya conoce, que lleva con él toda la vida, que sabe que es un buen tipo, aunque haya cometido un error.
Para los hombres blancos y ricos en Nueva York —y en Estados Unidos en general— de aquella época, la droga era algo bastante habitual. No era un tipo marginal. Era un hombre de su clase que iba a asegurarle una vida sólida, como él había asegurado la de su esposa.
Para él es normal lo que le está pidiendo a su hija.

Has nombrado a Frank: policía, judío, demócrata, mayor que Nicole. ¿Te interesaba que representara precisamente todo lo contrario al mundo que su padre había previsto para ella?
Claro. Brooks para Nicole es lo seguro, lo sólido, lo cotidiano, la rutina. Y al final ella se da cuenta, conociendo a Frank, de que Brooks será en el futuro el aburrimiento que tiene su madre.
Frank viene a revolucionar todo eso. Es la aventura, lo espontáneo, el descubrimiento de la sexualidad. Es todo nuevo, es el contraste. La descoloca totalmente en todos los aspectos.
Es un hombre mucho más maduro que ella, mayor, y se enfrenta también a dilemas muy fuertes, muy importantes.
Ella pertenece a una familia católica y él es policía, judío, vota al Partido Demócrata y es mayor que ella: todo lo que su padre detesta, todo lo contrario al planteamiento de su padre.
«En la mafia se entra, pero solamente se sale muerto»
La mafia no aparece solamente como violencia. ¿Qué resulta más difícil de combatir: un poder que amenaza abiertamente o uno que ya se ha convertido en costumbre?
Creo que el más peligroso es el que se ha convertido en costumbre porque, a partir de los años treinta, y sobre todo en los cuarenta y cincuenta, la mafia manejaba prácticamente todos los aspectos de la vida económica de Estados Unidos.
Estaba en los sindicatos. El famoso Jimmy Hoffa controlaba los sindicatos de los transportistas, de las basuras. Estaba en los puertos, en los negocios. Tenía negocios ilegales, pero también estaba infiltrada en negocios legales que manejaba.
La mafia estaba en todos los ámbitos y, además, prácticamente hasta 1964 se desconocía su estructura.
Se sabía que existía la mafia italiana —también había mafia irlandesa y mafia judía—, pero la mafia italoamericana, lo que concebimos ahora como «la cosa nuestra», no se conoció realmente hasta 1964, con la declaración de Joe Valachi ante el Senado, que dejó al descubierto toda la estructura y la jerarquía de las cinco familias: cómo actuaban, qué negocios tenían…
Lo declaró ante el Senado y ante toda la población, porque se televisó.
Entonces quedó al descubierto, pero tampoco había muchos instrumentos legales para ir contra los capos hasta la ley RICO de 1970.
Es cuando empiezan a poder responsabilizarlos de los crímenes que encargaban a sus soldados.
Sí, claro. Hasta entonces ellos no eran responsables.
El poder de la mafia hasta prácticamente mediados de los sesenta estaba en esa opacidad sobre su estructura y su forma de actuar.
Y eso El padrino, de Mario Puzo, lo refleja muy bien. Pasar desapercibido era uno de los principios fundamentales de la mayoría de los mafiosos. No llamar la atención. Vivías bien, pero cuidado: no llames la atención, no pongas el foco sobre ti.
De hecho, algunos mafiosos sí se recreaban en esa posición y eso era perjudicial, porque lo que querían era pasar desapercibidos. Se los quitaban de en medio rápidamente.
Fabrizio vive condicionado por una deuda antigua que todavía decide por él. ¿En qué momento una deuda deja de ser simplemente algo que uno debe y empieza a decidir quién es?
Fabrizio pasa a formar parte de la mafia en un momento de su vida en el que no tenía nada que perder y mucho que ganar. Se convierte en un hombre de honor y entra en una organización mafiosa. Y en la mafia se entra, pero solamente se sale muerto.
La mafia te protegía, daba estabilidad, seguridad, un puesto, un sentimiento de pertenencia, de formar parte de algo. Si entrabas en la mafia, estabais protegidos tú y tu familia para siempre.
Y eso conllevaba una compensación. Podías retirarte, podías apartarte, pero, en un momento determinado, si llamaban a tu puerta, tenías que responder porque, si no lo hacías, había consecuencias.
Ahí entra también la omertà, el silencio como código.
No se podía hablar. No se podía contar nada. Es lo que rompe Valachi.
Y, de hecho, Valachi vive angustiado hasta su muerte. Estaba encarcelado y tenían que cambiarlo de prisión cada dos por tres. Vivió los últimos años de su vida absolutamente angustiado, aislado, porque sabía que iban a por él. Había roto ese código de la omertà.
A alguien que ha pertenecido a la mafia se le pide un favor y tiene que hacerlo. No puede plantearse otra cosa, no tiene opción. Sabe que decir que no tiene consecuencias y, al final, está la vulnerabilidad de los seres queridos. Por lo tanto, ni se lo plantea.
«El honor puede ser una carga»
El honor atraviesa toda la novela. ¿Qué ocurre cuando una misma palabra sirve para defender cosas casi opuestas?
El concepto de honor es profundamente ambiguo. El honor puede ser dignidad, puede ser fidelidad, lealtad a unos principios que no tienen por qué ser moralmente correctos, pero también puede ser una carga.
El honor puede ser una carga que conlleva la obediencia, el silencio y, sobre todo, el sometimiento a unas reglas que nadie se plantea cuestionar.
Con esa ambigüedad juego a lo largo de toda la historia. Hay personajes para quienes el honor es la protección de su familia por encima de todo. Hay otros que consideran que el honor es cumplir con una promesa y guardar silencio.
Y hay otros que se plantean hasta qué punto están dispuestos a sacrificar aquello que más quieren por mantener ese concepto del honor o romper con él y elegir su propia dignidad.
Es un concepto muy ambiguo. No es la honorabilidad.
Y más aún en la mafia italiana, que convertía en hombres de honor a quienes pasaban a formar parte de la organización mediante un rito un poco rocambolesco, pero que existía y les daba entrada. A nadie se le obligaba.
Pero, si entrabas, la puerta se cerraba y la libertad individual desaparecía. A cambio tenías ese sentimiento de pertenencia, de formar parte de algo, de tener dinero, seguridad, protección.
Fabrizio y Russell, en ese momento, necesitaban salir de la miseria, de la marginalidad en la que estaban. Se les dio esa oportunidad y la tomaron.
¿El honor era entonces un concepto fundamentalmente masculino?
En esa época, sí. Lo que pasa es que, si profundizamos más, hay mujeres con mucho honor en esta novela.
Quizá en ellas hablaríamos más de dignidad.
Sí. Yo diría que el concepto más genérico y más definido es la dignidad. El honor es un poco más masculino.
Pensándolo bien, «una mujer de honor», no asociándolo al título… Sí, es más la dignidad. Y, además, creo que la dignidad es más positiva. El honor es más ambiguo.
Fíjate que antes no se necesitaba ningún documento firmado para determinadas cosas, por ejemplo para vender unas tierras. La mano, la palabra y el honor valían mucho más que un documento firmado.
Eso también se ha perdido.
Para algunos, sí. Porque no puedes fiarte del otro, aunque todavía hay gente que mantiene eso. Era más frecuente antes porque la dignidad o el honor estaban por encima de otras cosas.
Ahora hay que firmarlo todo, además con firma compulsada y con notario, para no tener líos. En ese sentido, se ha envenenado también el significado del honor.
«La verdad no siempre es conveniente»
¿Qué diferencia encuentras entre quien calla porque no puede hablar y quien calla porque no quiere hacerlo?
Depende de las circunstancias. Hay gente que calla porque no quiere hablar, pero habría que preguntarse por qué no quiere hacerlo. Puede ser porque las consecuencias sean mucho más poderosas que contar la verdad.
La verdad no siempre es conveniente y, a veces, el silencio es mucho menos perjudicial que la verdad expuesta.
Y quien no puede hablar no tiene más remedio. Puede sentir frustración, como le pasa a Nicole. Ella sabe la verdad de un hecho que ha visto con sus propios ojos, pero no puede demostrarlo y, por lo tanto, se lo tiene que tragar y asumir la versión oficial cuando sabe que no es la verdad.
No puede hacer otra cosa.
Tus personajes transitan entre la esperanza y el desencanto. ¿En cuál de esos dos lugares te dejó a ti esta novela?
En la esperanza siempre.
No solamente por los personajes y por el final, que no vamos a contar. Para mí, personalmente, escribir esta historia me ha permitido entenderme un poco más como ser humano y entender mejor el mundo en el que vivo.
Por lo tanto, siempre deja un punto de optimismo y de esperanza, aunque una sea consciente de que los errores se siguen cometiendo y se siguen repitiendo.
Pero la humanidad, al final, ha seguido adelante. Veremos por dónde vamos.
«Nos lo pueden quitar no solamente muy rápidamente, sino sin apenas darnos cuenta»
En una época en la que tantas certezas se resquebrajaban, ¿qué certeza nuestra crees que hoy damos demasiado por segura?
La certeza de que no nos pueden quitar el Estado de derecho, de que no nos pueden arrebatar la libertad que tenemos, el Estado del bienestar en el que vivimos.
Creemos que se nos ha dado por nuestra propia naturaleza y, además, nos lo pueden quitar no solamente muy rápidamente, sino sin apenas darnos cuenta.
No es «voy a quitártelo» y te lo quito. Es posible que no nos dé tiempo a reaccionar. Y eso es muy peligroso.
Sobre todo porque, como hablábamos antes, hay una desconfianza en las instituciones y eso conlleva la desafección, el alejamiento.
Tenemos que ser muy conscientes de lo que está pasando para evitar que otros tomen el terreno que nosotros hemos abandonado, que es nuestro terreno.
Al fin y al cabo, es nuestro terreno.
Efectivamente.
«Lo que no cambió es el concepto de oficio»
¿El Premio Planeta cambió sobre todo todo lo que ocurría a tu alrededor o también cambió algo en ti como escritora?
Entré a formar parte de un club fantástico, por supuesto. Lo que no cambió es el concepto de oficio.
Tengo exactamente la misma presión que con la segunda o la tercera novela: crear mi mejor novela. Y, además, empezar de cero, porque soy consciente de que empiezo de cero y de que no tengo el aval de los lectores porque sí.
Los lectores son bastante listos y, como dice Julia Navarro, no podemos dar por conquistado el territorio: hay que ganarse a los lectores con cada novela.
Primero me gano yo a mí misma durante el proceso de escritura, con una novela que me apasione, que me fascine. Y luego no puedo dar por sentado que los lectores van a leer todo lo que yo escriba porque sí. Eso es un grave error para un creador.

«Soy consciente de que empiezo de cero»
Y, a nivel personal, cuando llega el éxito, crece el número de lectores y aparecen las opiniones, ¿no surge también la sensación de tener que hacerlo cada vez mejor?
No. Es satisfactorio, claro. Como decía Luis Landero, dos meses de éxito son más que suficientes para no desbordar el cajón de la vanidad.
Lógicamente, a mí me encanta tener muchos lectores. No solamente por mí, porque el reconocimiento de los lectores también da valor a mi trabajo, sino porque detrás hay toda una industria que trabaja muy duro para que este instrumento tan revolucionario llegue a manos de los lectores.
Cuando se pone tanta carne en el asador, que haya una respuesta por parte de quienes realmente sostienen esto, que son los lectores, es muy gratificante.
Pero no me impone más presión.
La única presión que yo no tuve fue con la primera. Empecé a escribir sin ninguna responsabilidad, no tenía ninguna intención de publicar. Simplemente tenía el pálpito de que tenía que escribir y empecé.
Con la segunda ya dije: «Yo me quiero quedar aquí». Entonces sí tuve la presión personal de hacer una buena novela.
Ese ha sido mi sino a lo largo de las diez novelas que llevo hasta ahora y con la que empezaré me pasa lo mismo: empezar de cero. Sé que empiezo de cero, sí, con el bagaje que te da el oficio, lógicamente.
Pero al final es empezar de cero. Es encontrar un terreno, saber dónde tienes que hacer las mediciones, dónde tienes que meter los pilares para construir el edificio.
Y eso conlleva tiempo, esfuerzo, trabajo, inseguridades, desasosiegos y confiar en que lo que estás haciendo merece la pena.
Es un proceso vital. Con cada una de las novelas me ha pasado lo mismo.
Lo que pasa es que ahora voy cumpliendo años y todo es mucho más sereno, mucho más tranquilo. Tengo las mismas inseguridades, los mismos desasosiegos, pero ahora los gestiono muchísimo mejor, más tranquila, más serena.
«Esto ya me lo conozco, Paloma. Tranquila. Esto antes me ahogaba, me mojaba». Ahora es más sereno, pero sigo teniendo ese vértigo al empezar, esa sensación de encontrar el camino para contar.
«No hay uno solamente, hay varios conceptos»
Quiero terminar con el título: Un hombre de honor. Hay algo importante en ese artículo indefinido. ¿Por qué Un hombre de honor y no El hombre de honor?
Porque a lo largo de la historia aparecen varios conceptos de honor. No hay uno solo, hay varios.
Cinco ideas
1. Una generación que empieza a discutir el mundo heredado
1968 aparece como un año de ruptura: Vietnam, las protestas estudiantiles, la lucha por los derechos civiles y el asesinato de Robert F. Kennedy forman parte de una sociedad que empieza a desconfiar de sus certezas.
2. Nicole y el lugar que estaba reservado a las mujeres
Nicole quiere ser periodista, pero pertenece a un mundo en el que las mujeres podían trabajar siempre que aceptaran ocupar un segundo plano. Su verdadera rebeldía empieza cuando comprende que aquel lugar no era natural: simplemente era el que habían decidido para ella.
3. La mafia como poder cotidiano
La novela no muestra únicamente la violencia mafiosa. Sánchez-Garnica se fija en algo más inquietante: un poder infiltrado en sindicatos, empresas, puertos y negocios, capaz de convertirse en parte del funcionamiento habitual de una sociedad.
4. El honor también puede significar sometimiento
Lealtad, protección, silencio, obediencia, pertenencia. Un hombre de honor juega con una palabra que puede contener principios muy distintos y convertirse incluso en una carga de la que ya no es posible escapar.
5. Nada de lo conquistado está garantizado
Una de las reflexiones más actuales de la entrevista atraviesa toda la novela: creer que el Estado de derecho, las libertades o el bienestar están definitivamente asegurados puede ser precisamente una forma de empezar a perderlos.
Lo que encontrarás
Nueva York en 1968.
El asesinato de Robert F. Kennedy.
La guerra de Vietnam y las protestas estudiantiles.
La lucha por los derechos civiles.
El proyecto MKUltra.
La mafia y su penetración en la vida económica.
Mujeres periodistas en un mundo construido por hombres.
Familia, autoridad y chantaje emocional.
Deseo y libertad.
Lealtad, silencio y pertenencia.
El significado del honor y la dignidad.
Desconfianza política y fragilidad de las democracias.
Ideal para
Lectores de novela histórica que buscan algo más que una reconstrucción de época; quienes disfrutan de historias donde la vida íntima queda atravesada por grandes acontecimientos históricos; y lectores interesados en el poder, la libertad, el periodismo, la mafia y los dilemas morales.

