Helena Resano lleva años contando la actualidad desde la distancia que exige el informativo. En Las rutas del silencio, sin embargo, la mirada se vuelve íntima. La novela nace de una historia personal —un apellido, Resano, que es también el suyo— y de un hallazgo inesperado que la conecta con una rama familiar desconocida. A partir de ahí, construye el relato de una generación que tuvo que abrirse camino en la posguerra desde la escasez, levantando proyectos, vínculos y vidas enteras casi desde cero.
Hay decisiones que nacen de la necesidad, pero terminan definiendo una vida entera. En una tierra marcada por la escasez y el peso de la posguerra, donde el futuro parece escrito de antemano, basta un gesto pequeño para abrir una grieta en el destino. A partir de ahí, todo se pone en movimiento: el viaje, la ambición, el amor y también las renuncias que nadie cuenta. Porque conquistar la libertad no siempre significa escapar, sino aprender a sostener lo que se gana, incluso cuando empieza a doler.
Con Amalia como eje, la historia recorre ese tránsito entre origen y ambición, entre lo que se deja atrás y lo que se conquista. Hay viajes, empresa, amor y también silencios heredados. Pero, sobre todo, hay una pregunta de fondo: qué significa realmente salir adelante cuando todo parece en contra.
P.— El origen del libro tiene un punto casi azaroso. Una persona contacta contigo en Instagram porque compartís apellido, pese a que tu padre llevaba años investigando la genealogía familiar. Ese mensaje llega, además, poco después de su fallecimiento. ¿Cómo lo viviste?
R.– Sí, y además es que hacía apenas unos meses, casi un año, que mi padre había muerto. Lo primero que pensé fue cuánto le hubiese gustado esta historia a él. Escribí rápidamente a mi madre para contárselo, pero ella no lo acababa de entender: «¿Pero cómo? ¿Por Instagram? ¿Cómo que te han contactado?». Yo creo que hay historias, momentos y situaciones que llegan exactamente cuando tienen que llegar. En su última etapa, mi padre tenía la movilidad reducida, era más dependiente y no se hubiese podido desplazar a Biarritz. O igual sí, habríamos hecho el esfuerzo, pero él habría tenido muchísimo interés en hablar con esa persona y que le enseñase todo. Luego este contacto me mandó fotos deliciosas del árbol genealógico de sus antepasados, de esos Resano que habían salido de la ribera navarra… Qué lástima no haberlo conocido un poquito antes para compartirlo con él.

P.– ¿Y no hubo un instante de duda? Hoy que todo parece orquestado por algoritmos, que si investigas algo de repente el sistema te «lanza» a alguien… ¿No pensaste que podía ser una invención?
R.– No, porque en aquel momento, en 2020, el algoritmo no era tan perverso como lo es ahora. Le creí desde el principio. Además, me dio muchísimos datos, se presentó debidamente y me contó la historia con una solidez que no dejaba lugar a dudas.
P.– El nombre Resano corresponde, entre otras muchas cosas, a una empresa de transportes que crece hasta conectar varios países. Más allá del relato familiar, ¿te interesaba también explorar cómo se construye un imperio económico desde la absoluta nada?
R.– Sí, me atraía mucho la idea de crear un negocio desde su origen, porque eso es lo que hizo esa generación. Tenían un país por reconstruir y lo que hicieron fue, sin mucha formación y sin apenas apoyos, hacerse a sí mismos. Es una generación que surgió desde la nada absoluta, tras el desastre de una guerra y en una situación económica crítica. En el caso de esta rama familiar que yo desconocía, montaron esa empresa de transportes; pero en el caso de mi padre, él aprendió un oficio y creó una empresa de montajes eléctricos. Él fue quien hizo las instalaciones de todos los pueblos de Navarra, iba llevando la luz. Me parecía muy poético cuando me despedí de él: él había llevado luz física a los pueblos y, en el fondo, fue lo que trajo a nuestras vidas; mi padre era mucha luz. Fue una generación que reconstruyó el país desde la nada.
P.– En la novela, esos camiones que cruzan fronteras no solo transportan mercancías; sostienen decisiones, riesgos y alianzas. ¿Hasta qué punto las rutas de la empresa son un espejo de la propia evolución vital de Amalia?
R.– Amalia tiene ganas de conocer mundo desde el principio. Esa curiosidad por encontrar realidades diferentes a la suya, que solo había podido vislumbrar a través de libros prestados de familias más ricas, la lleva a crear una empresa para descubrir y conectar mundos distantes. Al principio es pura subsistencia, pero luego hace realidad algo que ella intuye que puede funcionar. Al final, también es una forma de conectar sociedades; cuando abre sus rutas a Italia, conecta con una sociedad que se está sacudiendo los años de la Segunda Guerra Mundial y que necesita, especialmente las mujeres, verse de otra forma. Traen moda desde Italia y eso es, precisamente, lo que Amalia soñaba hacer cuando estaba en su pueblito, en su casa pequeña. Esos camiones son su vía de conexión con el progreso.
P.– Para levantar un proyecto de ese calibre, ¿qué crees que pesa más: la intuición, las relaciones o esa capacidad de asumir riesgos que otros evitaban?
R.– La valentía, el ser audaz y el no tener miedo a equivocarte. Creo que en esos tiempos había más probabilidades de éxito porque el fracaso ya era la norma; no había otra opción. Ya conocían el fracaso y la posibilidad de éxito era algo a lo que se aspiraba y que se conseguía de forma más directa que ahora. Hoy tenemos expectativas mucho mayores y muchos más ojos juzgando el éxito desde fuera. Entonces, el éxito simplemente era poder vivir del trabajo que hacías y tener una vida digna. Visto desde la actualidad parece una meta simple, pero no lo era en absoluto.
P.– Amalia nace en un contexto que limitaba profundamente las aspiraciones de las mujeres. ¿Su ambición era una forma de huida o una manera de enfrentarse directamente al sistema?
R.– Yo creo que su núcleo más cercano no la limita, y eso es una bendición. Tiene un padre que no le pone trabas, que la escucha y la anima. En esa época, tener un padre que prestara atención a lo que Amalia quería proponerle y no lo descartara por el mero hecho de ser mujer y joven —que eran sus dos hándicaps— era fundamental. Ese apoyo es la palanca en la que ella se apoya para seguir soñando. Y cuando encuentra el amor, lo vuelve a encontrar de una forma que la ayuda a crecer nuevamente. Es una fortuna que no todas las mujeres han tenido, ni antes ni ahora. Yo quería que, además de su ambición, tuviese ese respaldo, porque sin él no lo hubiese conseguido. Dominique también es un personaje clave en este sentido. Amalia no encuentra voces masculinas que la cuestionen o la aparten hasta que crece y otros hombres empiezan a verla como una amenaza.
P.– Es revelador que menciones ese apoyo paterno; en una época así, era un pilar extraordinario. Luego hablas de Dominique. Las relaciones en la novela no son entes aislados del contexto social, por lo que te pregunto: ¿Es posible amar de forma pura sin que intervenga el poder?
R.– Sí, rotundamente. Tienes que amar al margen de todo lo demás. La cuestión es que logres hacerlo, pero el amor debe estar por encima de esas estructuras.
P.– Jon aparece como una figura distinta dentro del universo de Amalia. ¿Qué le ofrece él que no encuentra en sus otros vínculos?
R.– Le ofrece otra visión que ella no posee porque él viene de otro mundo. Hay un momento en el que ambas culturas chocan, especialmente la de los padres de Amalia con la de Jon. Él le aporta esa perspectiva diferente que Amalia siempre anhela. Ella necesita conocer otros mundos, y verlos a través de los ojos de Jon la ayuda a expandir su propia mirada.

P.– Ya que hablamos de personajes, Bellido introduce una tensión directa y violenta en la trama. ¿Representa a un individuo concreto o es la encarnación de una forma de entender el poder sobre las mujeres?
R.– Bellido es un personaje que evoluciona de forma inquietante. Es un hombre que necesita proteger porque cree que, bajo esa protección, ejerce el control. Le atrae ver cómo Amalia ha madurado, pero al mismo tiempo empieza a ver esa independencia como una amenaza. Es una persona posesiva que camufla su dominio bajo la apariencia de amor. Hay mucho de esto en el mundo: gente que cree que te quiere tanto que te «protege», cuando en realidad lo que hace es asfixiarte y no dejarte respirar.
P.– Para una mujer que ha luchado tanto por su independencia, ¿el amor termina siendo un refugio o una amenaza latente?
R.– Yo no entiendo la vida sin amor, y no me refiero solo al romántico. Nos mueve el amor de pareja, el de los padres, hermanos, amigos o el de la gente con la que compartes el trabajo. Pero cuando el amor se convierte en una amenaza, deja de ser amor; ya no se le puede llamar así. Amalia encuentra a lo largo de la novela amores que la sostienen y la hacen volar, pero también descubre otros que habitan ese mismo espacio con un poso de control y odio. Si conoces la otra parte «vestida de amor», aprendes a discernir qué es real y qué no. El problema es que a ella le pilla muy joven e inexperta y se deja engañar por esa visión que traía del pueblo. Además, hay amores que utilizan el chantaje emocional, como el de ese íntimo amigo de su querido hermano; eso pesa mucho en cómo ella le percibe.
P.– Biarritz. El paso de Navarra a Biarritz no es solo un movimiento geográfico; es un cambio de identidad. ¿Qué se queda en el camino cuando Amalia cruza esa frontera?
R.– No pierde la inocencia, porque la mantiene, pero sí pierde el miedo a experimentar. Deja de ser niña para empezar a ser mujer. Le toca sostener emocionalmente a sus padres y aprovechar la oportunidad que se le brinda en ese nuevo escenario. Y sabe aprovecharla muy bien.

P.– ¿Se puede dejar de ser “la que viene de fuera» en algún momento en un lugar así?
R.– Nunca. En ciudades grandes quizá sí, porque nadie es de allí, pero en ciudades pequeñas siempre eres la de fuera. Biarritz representa una oportunidad, pero hay una jerarquía social muy marcada. En esa época, el entorno burgués aceptaba a los «nuevos ricos» por necesidad, pero no los veía como iguales. El éxito empresarial te permitía entrar en ese mundo donde todo se estaba recolocando tras la guerra, y eso hacía que a veces se trataran de «tú a tú» porque unos habían perdido y otros habían ganado, pero la realidad es que los nuevos ricos nunca están bien vistos, por muy legal que sea su negocio.
P.– La guerra siempre es el gran punto de inflexión. Tras el conflicto, hay quien se hunde y quien se recompone. ¿De qué depende que alguien decida aprovechar el caos para luchar contra el destino?
R.– Creo que la herida que deja una guerra es distinta en cada persona. El padre de Amalia vuelve dolido, y esa es una herida que nunca acaba de cerrar; eso marca toda su existencia posterior. Si crees que seguir vivo no es una victoria, sino pura casualidad, quizás sepas aprovechar esa segunda oportunidad. Pero si te ha tocado ver demasiado dolor o estar en un bando en el que no estabas convencido… porque los bandos a veces son tan artificiales como las propias guerras. Para Amalia fue más fácil porque era una niña; ella solo vio irse al padre y verlo volver taciturno, con la sombra de ese primo del que no se sabe si ha muerto o en qué bando acabó. Para ella es más sencillo procesarlo que para su padre, Luis.
P.– La estructura de la historia se apoya en cartas que van reconstruyendo el pasado. ¿Buscabas que la verdad se le entregara al lector así, de forma fragmentaria y dosificada?
R.– Sí, quería hacerlo de esa manera. Fue una pequeña pelea con mi editora, Miriam, porque ella no acababa de ver el recurso de las cartas, quizá le parecía un poco manido. Pero para mí era algo muy natural: yo le escribo a mi hija desde que supe que estaba embarazada. Esa relación epistolar es mi realidad cotidiana, así que quería trasladarla al libro. Además, me permitía jugar con la información y descubrirle la historia al lector poco a poco.
P.– Entre quien escribe y quien lee esas cartas, ¿dónde reside finalmente la verdad? El contenido de la última carta de la madre es especialmente impactante.
R.– Es una verdad que desmonta por completo la historia de quién es Esther. Es durísimo asimilar lo que pasó con tu madre, con tu padre, con tu abuela… toda tu identidad se tambalea.
P.– ¿Consideras entonces que es preferible contar siempre la verdad, por dolorosa que sea?
R.– Yo creo que la verdad siempre acaba saliendo a la superficie. A veces es muy difícil verbalizarla cara a cara y quizá es más fácil dejarla por escrito para no tener que presenciar la reacción del otro. Es, de algún modo, la forma más cobarde de desvelar un secreto: lo dices cuando ya te has ido y no hay vuelta atrás. Enfrentar la mirada del otro y su respuesta inmediata es mucho más duro.

P.– Las cartas, ¿son un acto de sinceridad última o una manera de controlar que tu versión de la historia sea la que perdure?
R.– Es la versión de Amalia, sin duda. Pero ella lo explica: siente que la valentía y el amor incondicional de ciertas personas no podían perderse en el olvido. No es tanto un deseo de controlar el relato, sino de evitar que la memoria de esas personas clave en su vida desaparezca.
P.– Si estuviera en tu mano decidir entre conocer toda la verdad del pasado o preservar ciertos silencios que mantienen la estabilidad de una familia, ¿qué elegirías?
R.– Pues fíjate, yo preferiría los silencios. Sí, los silencios. Especialmente si, como ocurre en el libro, ya no vas a poder encontrar más respuestas. Prefiero el silencio a una verdad que te deja desamparado.
P.– ¿Qué ha sido lo más difícil de gestionar emocionalmente durante el proceso de escritura?
R.– Había momentos en los que terminaba un capítulo, lo leía y me ponía a llorar. Para mí ha sido un descubrimiento, porque aunque tú creas las tramas, terminas conviviendo con los personajes durante meses. Me pasó localizando en Biarritz; iba en el coche mirando por la ventanilla un día gris de invierno y pensé: «Qué duro, pobre mujer, cuánto está sufriendo». Y de pronto reaccioné: «¡Pero si te lo has inventado tú!». El hecho de hacerlo tan tuyo y convivir con ellos hace que soltar a Amalia y a Esther me haya costado mucho. Han sido mis compañeras mentales y de conversación con mi marido durante meses. Soltarlas emocionalmente para dárselas a los lectores me ha dolido un poco.
P.– ¿Ese impacto emocional es distinto al que sientes trabajando a diario en los informativos, donde las noticias a veces son devastadoras?
R.– Hace mucho tiempo aprendí que tengo que parar alguna vez y llorar lo que cuento. Me pasó con el 11M: tras días de directo ininterrumpido, tuve que parar y llorar para procesarlo y poder seguir. En el informativo hacemos criba y no enseñamos lo más crudo, pero nosotros sí lo vemos. Recuerdo los vídeos de las decapitaciones de los talibanes en Afganistán; te llegaba el envío bruto por agencia, te lo tragabas entero para editarlo y… aprendí pronto que tengo que dedicar una tarde a llorar lo que he contado. Si no lo hago, no consigo avanzar y, sobre todo, me resisto a volverme indiferente. Si quiero que la gente se indigne o se emocione con lo que narro, me tengo que indignar y emocionar yo también.
P.– Para terminar, ¿sientes que este libro ha sido una forma de acercarte de nuevo a tu padre?
R.– Esto es muy personal. Mi padre tuvo un ictus y fue perdiendo facultades; al principio me confundía con mi hermana o pensaba que yo era su médico. Cuando alguien muere, los recuerdos que te quedan son de cuando él era «él», no de cuando estaba enfermo. En este proceso de escritura, él ha venido mucho a mis sueños. Aunque es una ficción, está ambientada en su pueblo y en su época, y me lo ha traído de vuelta. Ha sido un reencuentro cálido, una forma de disfrutar de nuevo de su compañía. Yo era la pequeña, la única que se marchó a vivir fuera, y dependía mucho de sus consejos. Perder esa llamada telefónica para consultarle cualquier duda fue muy duro. Ahora, con el personaje de Luis —que se llamaba como mi padre—, siento que le he rendido el homenaje que merecía.
