Revista. Periodismo literario y actualidad cultural

Una entrevista comienza
mucho antes de
encender el micrófono

Lo que la Historia no contó: Cruz Sánchez de Lara y Rafael Tarradas, entre Las gobernadoras y El falsificador.

Cruz Sánchez de Lara y Rafael Tarradas vuelven al pasado para descubrir hasta qué punto sigue pesando sobre lo que elegimos, lo que defendemos y lo que estamos dispuestos a perder.

La segunda edición de Doble Página con Rosa en La 29 de Gran Vía reunió a Cruz Sánchez de Lara y Rafael Tarradas alrededor de Las gobernadoras y El falsificador. La llamamos La vuelta del verano, pero la vuelta no era solo la de septiembre, los libros o los encuentros. Estaba también dentro de las dos novelas: ambas regresan a lugares que creíamos conocer, a episodios que la Historia ya había contado y, sobre todo, a aquello que quizá no contó del todo.

Dos libros muy alejados en el tiempo y en sus escenarios acabaron compartiendo más territorio del que parecía: el poder y quién lo ejerce de verdad, lo que heredamos, aquello que estamos dispuestos a defender, la mentira, la lealtad, el miedo, la libertad y la dificultad de mirar el pasado sin colocar sobre él las certezas del presente.

Cruz Sánchez de Lara se expone y lleva muchas de esas cuestiones hasta su propia vida, incluso cuando la respuesta la obliga a entrar en terrenos incómodos. Rafael Tarradas suele aterrizarlas en los hechos, en las decisiones y en aquello que hacen los personajes cuando llega el momento de elegir; la ironía aparece con frecuencia, pero casi siempre para devolver después la conversación a tierra. Rosa Sánchez, empuja, contradice, repregunta y, cuando una respuesta se queda demasiado cerca de la superficie, vuelve a abrirla desde otro ángulo.

Entre los tres apareció el humor, pero también el desacuerdo. Y precisamente ahí estaba la propuesta de Doble Página: no presentar dos novelas, sino ponerlas frente a frente y comprobar qué ocurre cuando dos escritores vuelven al pasado y no encuentran exactamente la misma verdad.

LA HISTORIA QUE QUEDÓ FUERA

El primer territorio común apareció en aquello que la Historia ha olvidado y en lo que, aun conservándolo, decidió contar de una determinada manera.

Para Cruz ambas cosas resultan inseparables. Cuando se elimina una parte del pasado, también cambia inevitablemente el relato de aquello que permanece. Las gobernadoras la enfrentó una y otra vez a esas ausencias: historias que no estaban en los papeles y que, precisamente por no estar, habían condicionado durante siglos la forma en que entendíamos lo sucedido.

La ficción histórica encuentra ahí una de sus posibilidades: volver, investigar desde otro lugar y recuperar aquello que quedó fuera. No para modificar los hechos, sino para acercarse a quienes apenas tuvieron espacio dentro del relato oficial.

Y uno de esos lugares era precisamente el poder. En Las gobernadoras, las mujeres se mueven muy cerca de él sin ocupar oficialmente su centro. En El falsificador, los personajes viven bajo un poder que necesita exhibirse y demostrar constantemente hasta dónde puede llegar. Sin embargo, ambas novelas terminan fijándose también en quienes actúan fuera del foco. Pasar inadvertido puede convertirse en una ventaja.

Cruz lo descubrió investigando la participación española en la independencia de Estados Unidos. España necesitaba ayudar a los insurgentes sin enfrentarse abiertamente a Reino Unido antes de estar preparada para una guerra. Las mujeres y el clero podían moverse con una libertad que otros no tenían precisamente porque nadie esperaba demasiado de ellos. Cartas cosidas en los dobladillos de las faldas, personas escondidas en graneros, redes de información sostenidas por aquellos a quienes el poder apenas estaba mirando.

—Me hubiera encantado ser espía.

Y casi podía imaginar el pensamiento:

—Sí, sí, muy bien, pero no sabéis la que estoy preparando por detrás.

Pero hablar de poder acabó obligando a precisar la palabra. Una cosa es poseerlo y otra muy distinta merecer autoridad. Se puede obedecer a una institución porque la ley obliga y no reconocer ninguna autoridad personal a quien la representa. También puede ocurrir lo contrario: alguien sin cargo alguno puede ejercer una influencia enorme sobre quienes lo rodean.

Para Cruz, la autoridad tiene que ver con la coherencia, con no traicionarse y con la manera en que uno se comporta frente a los demás. Rafa colocó el acento en otro lugar: la acción individual. Muchas veces dejamos de hacer algo porque damos por hecho que un gesto aislado no servirá para nada. Sin embargo, son precisamente esos gestos, cuando se suman, los que pueden terminar modificando una realidad.

La Historia había empezado como asunto central. Muy pronto dejó de hablar solamente del pasado.

LO QUE HEREDAMOS Y LO QUE DEJAMOS

Las dos novelas están atravesadas por personajes que reciben mucho más que un apellido, un patrimonio o una posición. Heredan también responsabilidades, silencios, lealtades y una historia que empezó antes de que ellos llegaran.

Las gobernadoras está atravesada por su propia genealogía, por sus sextos, séptimos y octavos abuelos. La investigación acabó convirtiéndose en un viaje mucho más emocional de lo que había previsto y abrió una pregunta que desbordaba la novela: cuánto de lo que creemos estrictamente nuestro viene, en realidad, de mucho más atrás.

Uno de los descubrimientos que más la impresionó fue saber que Isabel Saint-Maxent había fundado la primera asociación de mujeres de Málaga y probablemente una de las primeras de España. Cruz siempre había pensado que determinadas inquietudes empezaban en ella. Encontrarlas siglos antes dentro de su propia familia alteró esa certeza.

—Yo creía que era cosa mía.

En El falsificador, la herencia aparece también como responsabilidad. Mussolini se apropia de un cuadro para regalárselo a Hitler. Podría reducirse a una pérdida material, pero deja de serlo cuando el objeto ha pertenecido durante generaciones a una familia, cuando alguien luchó por conseguirlo y otros se esforzaron después por conservarlo.

Para Rafa, defender aquello que recibimos puede convertirse también en una forma de honrar a quienes estuvieron antes:

—Tú luchaste por esto, lo conseguiste; yo voy a luchar por mantenerlo. Y, si me lo quitan, por lo menos lo habré intentado.

La Historia está llena de familias que han empleado décadas en recuperar obras que consideran suyas. Apareció La dama de oro, pero el asunto iba más allá del arte. Aquello que sentimos la obligación de conservar puede ser un cuadro, pero también una manera de comportarse, la dignidad o cierta idea del honor familiar.

Y Cruz encontró además una salida estupenda para genealogías menos ejemplares:

—Si tu familia detrás era un desastre, empiezas una saga nueva. La tuya empieza ahora.

La pregunta cambió entonces de dirección: ¿hasta qué punto elegimos qué hacer con aquello que heredamos y hasta qué punto termina decidiéndolo el mundo?

No siempre podemos controlar el resultado. Sí podemos decidir si lo intentamos. Esa idea, muy presente en Rafa durante toda la tarde, bastaba para abrir después otra cuestión: qué permanece de nosotros cuando ya no estamos.

Cruz dudó de una trascendencia entendida como memoria pública. Nunca habíamos tenido tanta capacidad para mostrarnos y, sin embargo, todo parece durar menos. Alguien puede reunir millones de seguidores y desaparecer de la memoria colectiva casi de un día para otro.

Su manera de medir la permanencia era mucho más íntima: hacer las cosas suficientemente bien como para que quienes alguna vez nos recuerden lo hagan con una sonrisa.

Rafa colocó el término en otro lugar. Quizá trascender no tenga que ver con permanecer públicamente. Cruz había dedicado años a reconstruir la historia de un antepasado al que nunca conoció y, sin embargo, siglos después, aquel hombre había llegado hasta ella.

Cruz conoce, sin embargo, demasiado bien la fragilidad de la memoria. Pensó en su maestro, abuelo de su hijo, muerto hacía veinticinco años: un gran abogado que ayudó a muchísima gente y a cuya tumba sigue enviando flores cada quince días. Cuando ella deje de hacerlo, ¿quién se acordará?

Después apareció Fernando Marías. Marta Robles, Carmen Posadas, Espido Freire, la propia Cruz y quienes lo conocieron siguen pronunciando su nombre cuando se reúnen. Pero ¿cuánta gente fuera de esos círculos sería hoy capaz de reconocer alguno de sus libros? Esa pérdida le produce una tristeza real.

Rafa se situó en otro punto.

—A lo mejor no trasciendo. ¿Y qué más da?

Quizá pertenecer de verdad a las personas que tenemos alrededor sea ya suficiente. La cuestión quedó abierta. Y quizá ahí estuviera precisamente lo interesante: dos novelas atravesadas por la herencia habían terminado conduciendo a dos maneras distintas de entender qué significa permanecer.

MIRAR EL PASADO SIN LIMPIARLO

La esclavitud fue una de las zonas más difíciles de Las gobernadoras para Cruz, y no solamente por la violencia del asunto. Su propia familia formaba parte de aquel mundo.

Eso impedía cualquier distancia cómoda.

En aquella sociedad se era esclavo, se tenían esclavos o se formaba parte del círculo de quienes los tenían. Mirarlo desde el presente le produjo muchísimo pudor porque la genealogía dejaba de ser abstracta. Ya no estaba escribiendo sobre «la gente de entonces». Estaba escribiendo también sobre los suyos.

Marilú, una de las figuras de la novela, aparece con su nombre en los archivos. La documentación condujo además a una realidad compleja: Luis de Unzaga dejó establecido en su testamento que sus esclavos, tras su muerte, podían obtener la libertad o decidir permanecer con la familia. La existencia de vínculos afectivos no cambiaba el dato esencial: seguían siendo propiedad de otra persona.

Durante la investigación vivió además una escena que le cambió literalmente la perspectiva. Viajó a Nueva Orleans y escribió a la alcaldesa con la emoción de quien llega buscando la huella de sus antepasados gobernadores. Ella misma se reía después de aquella ingenuidad, casi una fantasía de Escarlata O’Hara.

Entonces vio la fotografía de la alcaldesa: era afrodescendiente.

De pronto, la misma genealogía podía observarse desde el otro lado. Mientras su séptimo abuelo había podido ser gobernador, el séptimo abuelo de aquella mujer podía haber sido esclavo.

La investigación todavía le reservó otro cruce inesperado: la sexta abuela del Papa había sido una esclava cuya libertad quedó firmada por uno de sus propios antepasados.

Todo estaba mucho más mezclado de lo que cualquier relato cómodo permitía imaginar.

Y de ahí surgía una pregunta esencial para cualquiera que escriba sobre los suyos: ¿limpias su imagen o cuentas la verdad?

Cruz eligió lo segundo. En Las gobernadoras aparecen los latigazos, la sal en las heridas y la brutalidad de los capataces. Proteger a su familia eliminando aquello habría significado repetir precisamente el mecanismo contra el que estaba escribiendo: volver a decidir qué parte de la Historia debía desaparecer.

Pero mirar el pasado exige también otra precaución: no convertir automáticamente nuestra moral presente en la conciencia de quienes vivieron hace siglos.

Dentro de cien años, planteó Rafa, quizá otras generaciones observen determinadas prácticas nuestras con el mismo estupor con el que nosotros contemplamos hoy algunas costumbres del pasado. Tal vez no entiendan cómo podíamos seguir yendo a los toros o gastar mil euros en cambiar de teléfono sabiendo que ese mismo dinero podía sostener durante mucho tiempo a una familia en otro lugar.

Y recordó un episodio mucho más próximo de lo que solemos imaginar: el Negro de Banyoles, un cuerpo humano africano que durante años fue expuesto como una pieza, vestido como guerrero y acompañado de una lanza.

No hacía falta retroceder varios siglos para encontrar una mirada sobre otro ser humano que hoy nos resulta intolerable.

Quizá ahora mismo, señaló Rafa, estén ocurriendo cosas cuya verdadera dimensión todavía no somos capaces de ver. Cruz introdujo una diferencia importante: nosotros disponemos de mucha más información. Sabemos casi en tiempo real lo que sucede muy lejos de nosotros.

Y, si sabemos más, quizá también tengamos menos excusas para no mirar.

CUANDO EL PODER YA NO NECESITA ESCONDERSE

De la esclavitud al expolio había menos distancia de la que parecía. En ambos aparecía una misma pregunta: qué ocurre cuando un sistema de poder no necesita ocultar lo que hace porque se siente legitimado para hacerlo.

En El falsificador, esa violencia se concreta en la apropiación de obras pertenecientes a familias judías en la Italia de 1938. Pero lo inquietante no es únicamente el expolio. También lo es la manera de ejecutarlo.

No hace falta irrumpir violentamente en una casa. Puede bastar con contemplar un cuadro y explicar a su propietario que entregarlo será «un gran honor». La coerción intenta desaparecer detrás del lenguaje. El propietario sabe que no quiere desprenderse de la obra; quien tiene el poder sabe que puede obligarlo sin necesidad de reconocer abiertamente que está obligándolo.

No solo te quitan algo: pretenden convencerte de que deberías sentirte agradecido por entregarlo.

Y ahí ley y justicia dejan de significar necesariamente lo mismo.

Flavia podría aceptar la pérdida, abandonar Italia, ponerse a salvo y asumir que una persona sola no va a modificar nada de lo que está ocurriendo. Decide quedarse. No porque tenga garantizada la victoria, sino porque existe una diferencia entre perder después de haber intentado defender aquello en lo que crees y renunciar antes de empezar.

Esa elección conduce directamente a otra pregunta: si el poder ha roto las reglas, ¿puede la mentira convertirse en una forma legítima de resistencia?

Rafa detesta la mentira, pero distingue las circunstancias. Flavia no construye una falsificación para enriquecerse ni para perjudicar a un inocente. La utiliza contra un régimen que actúa desde la impunidad, cuando las vías normales han dejado de existir.

En Las gobernadoras también existen conspiraciones, redes clandestinas y movimientos que no pueden realizarse abiertamente. Hacia fuera se muestra una realidad; por debajo se prepara otra. No siempre es exactamente mentira. A veces es necesario disfrazar lo que ocurre porque actuar de frente sería imposible.

Las guerras han utilizado siempre estos mecanismos: coartadas, información oculta, propaganda, operaciones clandestinas y la necesidad de aparentar una cosa mientras se prepara otra. Pero la mentira no sirve únicamente para combatir una guerra. También puede utilizarse para conseguir que una sociedad acepte librarla.

Se construyen relatos, se agrandan amenazas, una disputa territorial se transforma en una causa superior y después se convence a otros de que deben matar o morir por ella.

La falsificación dejaba así de ser únicamente la de un cuadro. Se convertía en una pregunta sobre los relatos que aceptamos como verdaderos cuando quien los pronuncia tiene suficiente poder.

Y, fuera de las guerras y de la Historia, queda otra cuestión bastante más cotidiana: qué hacemos cuando descubrimos que algo o alguien en quien confiábamos no era lo que creíamos.

La primera reacción de Cruz fue terminante:

—Adiós.

Y utilizó una expresión que le gusta de la gente más joven:

—El que no aporta, aparta.

La teoría, sin embargo, empezó a complicarse en cuanto salió de la frase. Cruz cree que deberíamos aprender a colocar más puntos y aparte en la vida: aceptar que algo terminó, que alguien falló y que no todo necesita continuar inevitablemente con un punto y seguido. Pero también reconoce haber hecho exactamente lo contrario muchas veces. Dar demasiadas oportunidades, prolongar relaciones o situaciones que quizá debería haber terminado antes y permitir que el corazón deshiciera la teoría impecable.

Rafa colocó la frontera en otro lugar. Todos podemos equivocarnos, pasarnos «tres pueblos», reconocerlo y pedir perdón. El error no equivale automáticamente a una traición. Lo que cambia las cosas es saber que alguien ha actuado deliberadamente para hacernos daño.

Y dejó una de las frases de la tarde:

—Tenemos tan poco tiempo para ver a los amigos como para disfrutar de los enemigos.

CUANDO EL RELATO VALE MÁS QUE EL OBJETO

La falsedad moral condujo a otra bastante más literal: qué sucede cuando descubrimos que un objeto al que atribuíamos un enorme valor es falso.

Rafa tenía el ejemplo en su propia familia. En casa de sus abuelos había un cuadro que todos consideraban importante. Durante años se había hablado de él como una pieza valiosa. Llegó un momento de apuro económico y su abuela decidió llevarlo a una casa de subastas.

No había nada que subastar.

El cuadro era falso.

Volvió a casa y allí sigue. Exactamente el mismo objeto. Pero nadie volvió a mirarlo igual.

A una amiga de Cruz le ocurrió algo parecido con su anillo de pedida. Atravesaba dificultades económicas, decidió tasarlo y descubrió que era falso.

Su reacción fue inmediata:

—Entonces mi matrimonio ha sido falso desde el día que me pidieron la mano.

La frase tenía gracia, pero revelaba algo bastante más interesante: hasta qué punto depositamos en los objetos aquello que creemos que significan y cómo, cuando se derrumba el relato, parece tambalearse mucho más que la materia.

La propia Cruz había vivido otra historia con una joya falsa. Se la regalaron acompañada de una narración formidable: un supuesto origen relacionado con la mafia, un zafiro especial, explicaciones sobre el corte de la piedra y toda una historia que convertía aquel objeto en algo extraordinario.

Terminó llevándola a tasar.

Pudo quedarse tranquila incluso respecto a Hacienda.

La joya no valía lo que la historia había prometido.

Y decidió conservarla precisamente por eso. Le servía para reírse de sí misma y de la facilidad con la que cambiamos nuestra relación con un objeto en cuanto cambia el relato que lo acompaña.

La joya seguía siendo exactamente la misma. Lo único que se había derrumbado era la historia.

LEALTAD, MIEDO Y EL PRECIO DE DECIR QUE NO

La lealtad abrió otra de las diferencias importantes del encuentro. Las dos novelas obligan a sus personajes a decidir a quién deben fidelidad: una persona, una familia, unas ideas, un país o ellos mismos.

Para Rafa, la lealtad está implícita en aquello que verdaderamente queremos. No entiende la amistad o el amor sin ella.

Cruz concede también un enorme valor a la palabra, pero precisamente por eso necesita colocarle un límite.

—Nuestra lealtad es un tesoro.

Y un tesoro no se entrega a cualquiera.

Cuando la fidelidad se ofrece a un fanático y termina integrándonos en una secta, ya no estamos hablando de lealtad, sino de sectarismo. Antes de ser leal a otro, hay que seguir siendo leal a uno mismo.

La cuestión se volvió aún más incómoda cuando Cruz llevó esa reflexión hasta la política actual. Evitó dirigirla contra un partido concreto, pero dejó una pregunta encima de la mesa: «¿Por qué no dimite nadie?»

Cuando alguien permanece pase lo que pase, ¿es siempre fidelidad hacia una persona, una organización o unas ideas? ¿O hay momentos en los que llamamos lealtad a lo que en realidad es deseo de conservar el poder?

La idea de «¿cómo va a seguir esto sin mí?» le parecía especialmente reveladora.

Seguirá. Nadie es imprescindible.

Rafa encontró una salida en el humor:

—Creo que deberías haber traído a alguien más dulce.

El miedo apareció casi como el reverso de aquella lealtad. Una sostiene vínculos; el otro puede utilizarse para garantizar obediencia.

Es una de las herramientas más antiguas del poder: conseguir que alguien haga algo porque teme lo que ocurrirá si se niega. Pero ese mecanismo tiene una debilidad. Funciona mientras el miedo continúe existiendo. Cuando desaparece, parte de ese poder se desmorona con él.

Rafa utilizó incluso un ejemplo religioso desde su propia condición de católico:

—Si no te portas bien, arderás eternamente en el infierno.

Cruz llevó el miedo hacia un terreno mucho más personal. Fue a terapia, explicó, para aprender a llamar miedo al miedo.

A veces decimos que algo no nos apetece, que nos da pereza, que no merece la pena o que no es el momento. Y debajo solo existe miedo.

Aprender a nombrarlo le permitió identificar mejor los suyos y también comprender algo que desborda lo individual: una sociedad que tampoco quiere reconocer sus miedos puede empezar a inventar palabras más cómodas para esconderlos. Puede llamarlos «interés colectivo» o construir argumentos que permitan no nombrarlos. Y ahí la demagogia encuentra un terreno extraordinariamente fértil.

Nos han enseñado a ser valientes y a no reconocer determinadas emociones porque parecen una forma de debilidad. Pero si no conocemos nuestros propios miedos, quienes quieran utilizarlos dispondrán de mucha más ventaja.

Los personajes de ambas novelas tienen miedo. Y precisamente ese miedo les permite reconocer que existe un peligro.

Cruz recurrió entonces a su etapa como abogada para establecer la diferencia:

—El riesgo es objetivo. El miedo es subjetivo.

Felicitas y Flavia conocen el riesgo.

Y actúan de todas formas.

SALIRSE DEL REDIL

Flavia se niega a obedecer cuando hacerlo sería lo más seguro. Felicitas paga un precio enorme por abandonar el lugar que la sociedad esperaba que ocupara.

La valentía interesa en ambas novelas, pero también su coste.

En la ficción histórica existe además una ventaja que modifica nuestra percepción: el lector sabe cosas que el personaje todavía ignora. Flavia está en 1938. No conoce todo aquello que Hitler y Mussolini harán después. Nosotros sí.

Por eso colocarle una falsificación a Hitler nos parece todavía más temerario. Conocemos el final de una historia que ella todavía está viviendo.

Felicitas se enfrenta a otro tipo de precio. Fue virreina de Nueva España con treinta y tantos años y tres niños. Había llegado viuda al matrimonio con una hija, volvió a formar una familia y, estando embarazada, perdió a su marido. Regresó a España y logró convertirse en una figura importante de los grandes salones culturales madrileños.

Después llegó la caída: el destierro en Aranjuez, la pérdida de posición, los problemas económicos y el descrédito.

Y surge una pregunta sin respuesta: ¿habría tomado las mismas decisiones si hubiera sabido de antemano cuánto iba a perder?

Uno de los momentos que más interesaban a Cruz al escribir la novela era precisamente el reencuentro de Felicitas con su hermana. Allí queda frente al espejo de otra vida posible.

Su hermana había seguido las reglas. Había hecho lo que se esperaba de ella, conservado su posición y mantenido a sus hijos dentro de una situación privilegiada. Felicitas acaba necesitando incluso que esa hermana cuide de su hija.

Cuando vuelven a encontrarse, la diferencia se vuelve material: la hermana llena la despensa, compra ropa, mejora sus condiciones y le deja algunas joyas por si vuelve a necesitar dinero.

Pero detrás de aquella escena existía una pregunta que desbordaba a los personajes: ¿cómo habría sido mi vida si no me hubiera salido del redil?

Cualquiera puede hacérsela.

Por eso Cruz desconfía de quienes aseguran que repetirían absolutamente todo.

—¿Todo igual? Pues qué maravilla.

Ella cambiaría cosas. Se arrepiente de decisiones. Otra cuestión es saber si corregirlas habría producido una vida mejor.

Eso no puede saberlo nadie. Los errores también construyen una biografía y, como señaló Rafa, sirven además para escribir, para pensar y para mantener el ego bastante bien colocado.

Y quizá por eso el encuentro había terminado entrando en zonas tan personales. Cuando un libro contiene preguntas verdaderas y alguien las formula sin dejar preparada una salida cómoda, resulta difícil refugiarse en una respuesta promocional.

La vida, dijo Cruz, no son únicamente las pantallitas de Instagram. También consiste en sentarse, quitarse un poco la protección y contar lo que pasa.

¿DE QUIÉN ES EL PASADO?

Las dos novelas parten de acontecimientos colectivos y terminan entrando en territorios íntimos. Y de ahí surge una pregunta inevitable: ¿de quién es el pasado? ¿De quienes lo vivieron, de quienes lo contaron o de quienes todavía pueden recuperarlo?

Una de las grandes obsesiones de Las gobernadoras es precisamente la participación española en la independencia de Estados Unidos.

El enfado de Cruz nace del desconocimiento. Durante años de investigación encontró una presencia española muchísimo mayor de la que ella misma conocía antes de empezar: dinero, hombres, pólvora, material y hasta mantas salidas de Zamora. Habló también de entre treinta y cuarenta mil españoles muertos vinculados a aquel proceso.

Y lo que más le cuesta aceptar es haber necesitado una conexión familiar para descubrirlo. Fue un primo quien le explicó que uno de aquellos protagonistas era su séptimo abuelo. Cruz buscaba entonces un argumento para una novela y empezó a tirar del hilo.

¿Cómo es posible que yo no supiera nada de esto?

Y detrás aparecía otra pregunta:

¿Quién decide qué estudiamos en el colegio y qué parte de la Historia merece permanecer?

También cambió su manera de mirar Estados Unidos. Recordó sus viajes de los años noventa y aquella fascinación casi automática ante lugares como Nueva York. Investigar su propia genealogía la llevó a pensar en todo lo que había sucedido antes para que aquel país llegara a existir y en cuánto de esa intervención española apenas forma parte de la memoria popular.

Le sorprendía también la escasa presencia pública en Nueva Orleans de algunas figuras españolas como Gálvez o Unzaga frente a otros protagonistas extranjeros mucho más visibles.

Termina ocupando un lugar en la memoria quien lo reivindica. Y España, sostiene Cruz, no siempre lo ha hecho.

También lamentó que nuestras simpatías o antipatías políticas actuales interfieran a veces en la manera de reclamar episodios históricos. Lo ocurrido en el pasado no debería dejar de importarnos porque nos agrade más o menos quien ocupa hoy determinado cargo.

Ahí la ficción histórica deja de ser únicamente un género narrativo. Puede convertirse también en una manera de devolver curiosidad.

El lector entra por unos personajes y una trama y puede salir preguntándose por algo que nunca aprendió de esa forma.

Rafa encuentra ahí la fuerza de la intrahistoria. Los manuales conservan nombres, fechas y grandes acontecimientos, pero una época fue construida por miles de personas que jamás entrarán en ellos. La novela puede rescatar a algunas y, sobre todo, puede dejar una pista.

No hace falta convertir la ficción en un tratado. Basta con despertar suficientes ganas de seguir buscando.

Ese era también uno de los grandes desafíos de Cruz. La documentación de Las gobernadoras había sido enorme, pero investigar no era el final del trabajo. Después había que conseguir que todo ese conocimiento no aplastara la novela ni hiciera sentir al lector que estaba asistiendo a una clase.

Rafa lleva varias novelas trabajando alrededor de la Segunda Guerra Mundial y conoce bien otro efecto de la documentación: cuanto más se investiga, más contexto se obtiene y más certezas se pierden.

La ficción histórica obliga además a recordar algo esencial. Los personajes no saben lo que nosotros sabemos. Ellos viven antes del desenlace. Nosotros escribimos y leemos después.

LAS COSAS QUE LA HISTORIA OBLIGA A DESAPRENDER

Investigar significa también descubrir que algunas certezas estaban construidas sobre un relato demasiado sencillo.

Rafa lo ha comprobado muchas veces. Una de ellas tiene que ver con el antisemitismo. Tendemos a vincularlo casi automáticamente con Alemania, aunque estuvo extendido por numerosos países europeos. Recordó incluso episodios antisemitas en Barcelona y ataques contra espacios judíos.

Después de la guerra, a muchas sociedades les resultó bastante más sencillo situar toda la responsabilidad fuera.

Y puso otro ejemplo muy revelador. Trabaja sus textos con un historiador. En una ocasión escribió una escena en la que un personaje definía a Hitler como un monstruo. El historiador le obligó a quitarlo.

En aquel momento, aquella percepción no era la habitual. Muchísima gente en España y en otros países europeos todavía admiraba a Hitler.

Nosotros conocemos 1945. El personaje estaba viviendo 1938.

Esa diferencia obliga a retirar de la ficción histórica conocimientos que hoy nos parecen evidentes. Nadie puede reaccionar antes de conocer el final exactamente como reaccionará quien escriba décadas después.

Y quizá por eso investigar produce con tanta frecuencia dos preguntas:

«¿Cómo no sabía esto?»

O una todavía más incómoda:

«¿Cómo me han contado esto de esta manera?»

Cruz recordó una de sus mayores sorpresas durante la investigación de La corte de la zarina: la existencia de una especie de catadora de amantes para Catalina la Grande.

La mujer del gobernador examinaba previamente a los hombres y Catalina no «probaba» nada que no hubiera pasado antes por aquel filtro.

A Cruz le fascinó imaginar el poder que podía concentrarse en una función semejante. Si aquella mujer descartaba a un hombre, probablemente desaparecía cualquier posibilidad de acceso.

Pero detrás de la anécdota aparecía otra cuestión: tendemos a imaginar que el poder, cuando pasa a manos femeninas, necesariamente será ejercido de una forma distinta.

La Historia no siempre confirma esa expectativa. Las mujeres también han reproducido comportamientos que criticamos en los hombres. Cambiar el sexo de quien manda no transforma automáticamente la naturaleza del poder.

Aunque aquella historia todavía conservaba un remate: una de las catadoras tuvo que ser sustituida porque había repetido tres veces con el mismo hombre, algo que estaba fuera de las reglas.

El poliamor contemporáneo, de repente, parecía bastante menos nuevo.

LA VUELTA A LA QUE NO VOLVERÍAN

Después de casi una hora mirando hacia atrás, La vuelta del verano terminó convertida en una pregunta literal: ¿a qué lugar del pasado no regresarían nunca?

Rafa eligió las guerras europeas, especialmente la Segunda Guerra Mundial. No querría estar en aquellas ciudades arrasadas ni en un continente que durante siglos vivió enfrentado consigo mismo.

Nuestra imagen contemporánea de Europa como espacio cómodo y pacífico puede hacernos olvidar lo sucedido durante siglos. Rafa bromeó con esa especie de Disneylandia en la que ahora todos parecemos querernos.

La Historia fue bastante menos amable. Europa pasó siglos «sacándose los ojos». Durante mucho tiempo parecía posible afirmar que aquello había quedado definitivamente atrás. Rafa reconoce que ya no sabe si lo diría con la misma tranquilidad.

Cruz respondió desde otro lugar. No elegiría voluntariamente ningún sitio donde las personas no fueran libres.

Citó Afganistán e Irán y explicó que le resulta muy difícil disfrutar de un viaje cuando sabe que quienes están a su lado no poseen las mismas libertades que ella. Recordó incluso escenas vistas en Londres: mujeres levantándose discretamente el hiyab para poder comer unas patatas fritas.

Le resulta imposible separar el lugar agradable que tiene delante de la situación de la persona que está sentada a su lado.

Si puede elegir, no quiere convertir el sufrimiento de otros en escenario. Por eso hay países sometidos a regímenes totalitarios a los que no viajaría salvo que existiera una obligación real. Incluso se alegra de haber conocido Rusia antes porque ahora tampoco tendría el mismo deseo de regresar.

Pero ahí existe una diferencia esencial: ella puede elegir no ir. Quienes viven allí no pueden elegir no estar.

CUANDO EL LIBRO DEJA DE SER SOLO DEL AUTOR

El encuentro había nacido alrededor de dos novelas, pero terminó demostrando precisamente por qué Doble Página con Rosa no pretende ser una presentación convencional.

Cruz quiso detenerse expresamente en ello. Recordó la primera vez que Rosa la entrevistó y destacó algo que para ella marca una diferencia: leer el libro entero, estudiarlo y llegar a personajes, escenas y detalles que no suelen aparecer en las preguntas promocionales.

Cuando un escritor presenta una novela puede hacer muchas entrevistas seguidas. Las preguntas se parecen, las respuestas empiezan a repetirse y llega un momento en que uno ni siquiera recuerda a quién ha contado cada cosa.

—¿Esto ya te lo he contado?

Pero algo cambia cuando aparece el nombre de un personaje secundario, una escena concreta o una cuestión que obliga al autor a regresar mentalmente a su propio libro y salir de la respuesta aprendida.

Incluso puede surgir durante un instante el desconcierto:

«Es verdad, ¿quién era este?».

Y después algo bastante menos habitual:

—Esto no se lo había contado a nadie.

Cruz habló también del clima que se había creado durante el encuentro, una especie de conversación de familia en la que tanto ellos como el público habían terminado escuchando cosas que probablemente ninguno esperaba al comenzar. Para ella, esa naturalidad explicaba por qué habían acabado siendo tan transparentes.

Y quiso reconocer de forma explícita el trabajo de Rosa y la importancia de espacios que permiten a los escritores hablar de sus libros de otra manera, fuera de la repetición promocional.

Todavía tuvo tiempo de rematarlo con humor:

—Ahora hay dos rubias en Madrid: Shakira y Rosa.

Rafa llevó la idea hacia el otro lado del libro: el lector.

Conocer a quien ha escrito una novela también modifica la lectura. Incluso aquellas páginas que puedan hacerse más pesadas se atraviesan de otra forma después de escuchar al autor, conocer algo de su manera de mirar y haber compartido un encuentro con él. Se crea una cierta camaradería. Una aventura común.

Y entonces el libro empieza a dejar de pertenecer exclusivamente a quien lo escribió.

—El falsificador, lamento decirte que ya no es tuyo.

Rafa no parecía especialmente preocupado:

—Que sea de cuanta más gente, mejor.

Y casi sin pretenderlo, el encuentro terminó en el gesto contrario al expolio del que se había hablado antes. No quitar algo por la fuerza. Elegirlo para entregárselo a alguien.

Porque regalar un libro obliga a detenerse. No se entra simplemente en una librería y se pide cualquiera. Se piensa en la persona que va a recibirlo, en aquello que puede gustarle, en qué historia queremos poner en sus manos.

—Es un regalo muy íntimo, aunque parezca poco —resumió Cruz.

Y si está firmado, mejor.

Los dos autores se quedarían después firmando ejemplares. Y estando en La 29 de Gran Vía, todavía cabía una última precisión:

—Y ya si lo habéis comprado en Casa del Libro, ni os cuento.

Después de casi una hora regresando a la Historia, entrando en el poder, la herencia, la trascendencia, la esclavitud, la impunidad, la mentira, el miedo, la lealtad y la libertad, Doble Página con Rosa acabó en un lugar mucho más sencillo: dos autores, dos libros que empezaban a dejar de pertenecerles y lectores esperando para llevárselos a casa.

1. La Historia también se construye con lo que queda fuera. Cruz Sánchez de Lara y Rafael Tarradas regresan a episodios conocidos para detenerse precisamente en sus zonas menos visibles.

2. Heredar no significa solamente recibir. También implica decidir qué conservar, qué defender y qué hacer con aquello que otros dejaron antes.

3. El poder no siempre necesita mostrarse. A veces funciona mejor desde la influencia, el miedo, la obediencia o la sensación de que no existe alternativa.

4. Mirar el pasado obliga a incomodarse. La esclavitud, el expolio, el antisemitismo o incluso el Negro de Banyoles aparecen sin limpiar la Historia con los valores que nos gustaría encontrar en ella.

5. Saber el final cambia nuestra mirada. Nosotros conocemos lo que ocurrió después; quienes vivieron aquellos años tuvieron que decidir sin esa ventaja.

Una conversación en la que Las gobernadoras y El falsificador abren cuestiones que terminan saliendo de las novelas: la herencia familiar, el poder, la libertad, el miedo, la lealtad, los relatos que damos por ciertos y el precio de actuar cuando obedecer sería mucho más sencillo.

Lectores de novela histórica que buscan algo más que reconstrucción de época y quieren entrar en las preguntas morales, personales y políticas que siguen vivas detrás de los grandes acontecimientos.

¿De qué habla Las gobernadoras, de Cruz Sánchez de Lara?
La novela regresa al siglo XVIII y recupera la historia de mujeres vinculadas al poder, la independencia de Estados Unidos y una parte del pasado español que quedó mucho menos presente en el relato histórico.

¿De qué trata El falsificador, de Rafael Tarradas?
La novela se sitúa en la Italia de 1938 y entra en el expolio de obras de arte, la falsificación y la resistencia frente al poder en los años previos a la Segunda Guerra Mundial.

¿Qué es Doble Página con Rosa?
Es un formato de Rosa Pasa Página que pone en relación a dos autores y sus novelas para llevar los libros hacia sus conflictos, diferencias y preguntas de fondo.

¿Dónde se celebró esta edición de Doble Página con Rosa?
La segunda edición se celebró en La 29 de Gran Vía de Casa del Libro, en Madrid, con Cruz Sánchez de Lara y Rafael Tarradas como invitados.

ROSA PASA PÁGINA

Rosa Sánchez de la Vega ha desarrollado su carrera en prensa escrita, digital y, especialmente, en radio, donde ha dirigido, coordinado y colaborado en programas vinculados a la literatura, el arte y la cultura. El micrófono ha marcado buena parte de su trayectoria y una forma propia de entender la entrevista y la divulgación cultural. De esa experiencia nacen proyectos como Rosa Pasa Página y Autoras de palabra con Rosa, en MAGAS (El Español).
 
Rosa Pasa Página da nombre a una revista digital de periodismo literario y actualidad cultural, con la entrevista como uno de sus principales ejes y una mirada abierta al cine y al arte.

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