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mucho antes de
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Marta Robles: «Mi abuela fue una heroína en una época que no sabía reconocer a mujeres como ella»

En El anillo de Eloísa, Marta Robles mira de frente la familia, la desigualdad, la libertad, la violencia, la memoria, la enfermedad y todo lo que una sociedad tarda demasiado en aprender.

Rosa Sánchez de la Vega

Hay familias que necesitan una versión de sí mismas para seguir adelante. Se heredan los apellidos, los gestos, las lealtades y también los silencios, hasta que alguien decide mirar donde los demás aprendieron a no hacerlo. Entonces, lo que parecía una historia familiar empieza a hablar de algo mucho mayor: de clase, de culpa, de libertad y de la forma en que una sociedad entera cambia mientras sus miembros intentan cambiar con ella.

Marta Robles lleva décadas moviéndose entre el periodismo y la literatura. Ha pasado por prensa, radio y televisión y, al mismo tiempo, ha construido una obra que no se ha quedado quieta en un solo género: novela, ensayo, investigación y una serie negra con la que ha explorado el crimen, la violencia y sus consecuencias. Luisa y los espejos, A menos de cinco centímetros, La mala suerte, La chica a la que no supiste amar o Amada Carlota forman parte de un recorrido que ahora abre otro territorio.

El anillo de Eloísa, ganadora del Premio de Novela Ateneo de Sevilla, es la nueva novela de Marta Robles.

P. Felicidades por el premio. Nunca sé muy bien cómo funciona esto: si uno escribe pensando en presentarse a un premio o si primero está la novela y después decide hacerlo. ¿Cómo fue en tu caso?

R. Fue cosa de Palmira Márquez, mi agente. Yo había escrito la novela. Era una novela distinta, muy literaria, y había que ver cómo abordarla. Palmira leyó el primer capítulo, le gustó muchísimo y me llamó llorando de la risa y, al mismo tiempo, con muchísima angustia por la ternura y por todo. Me dijo: «Esta hay que presentarla a un premio».

Y se puso manos a la obra. Yo tampoco quería cualquier premio. Quería que, ya que la presentaba, fuera a uno de prestigio, un premio muy literario. Llevo muchos años y muchos libros en esta profesión y me hacía especial ilusión.

LA FAMILIA: PERTENENCIA, AMOR Y CONTRADICCIONES

P. La familia aparece como un lugar de pertenencia, pero no necesariamente de armonía. ¿Qué hace que personas tan distintas y, a veces, tan enfrentadas sigan sintiéndose parte de un mismo núcleo?

R. Yo creo que la sangre tira muchísimo y eso es algo irrevocable. Te das cuenta de que, cuando alguien se mete con una persona de tu entorno familiar, tú la defiendes a muerte, aunque la hayas puesto a caldo el día anterior alrededor de la mesa camilla con tu hermana y con tu primo.

Ese sentido de pertenencia que hace que nos unamos a partir de la sangre es un vínculo indestructible y funciona durante toda la vida, independientemente incluso —y esto es importante destacarlo en este momento— de las ideologías, que han roto tantas familias, tantas amistades y la vida en comunidad.

Yo creo que es curioso, pero a veces la sangre y, sobre todo, el amor están por encima de los defectos y de los reproches. Afortunadamente.

P. El anillo pasa de una mujer a otra y guarda aquello que durante años no puede decirse. ¿Por qué confiamos a los objetos lo que no somos capaces de confiar a las personas?

R. Yo creo que los objetos a veces tienen vida propia y que el hecho de que estén en nuestras vidas tiene un significado. De verdad creo que los objetos importantes son los que guardan dentro historias y, sobre todo, afectos.

Recuerdo El comprador de aniversarios, de Adolfo García Ortega, un libro durísimo sobre el nazismo, pero en el que se hablaba de esos objetos a partir de los que se contaban historias. Me dejó muy marcada porque es verdad que los objetos a veces guardan los máximos secretos durante un tiempo absolutamente indeterminado y absolutamente imprevisible.

Me gustaba ese símbolo del objeto que guarda la historia, que guarda los afectos y hasta los desafectos.

«EL HUMOR ES UNA HERRAMIENTA BÁSICA PARA HABLAR DE LAS COSAS SERIAS»

P. La novela tiene temas muy duros. ¿El humor es una de las claves para poder contarlos?

R. El humor es una herramienta básica para hablar de las cosas serias. En una novela no puedes aguantar una tragedia permanentemente. Siempre tiene que haber un punto de subida y un punto casi de comedia, porque así es la vida, en definitiva.

Yo creo que los grandes, empezando por Oscar Wilde, lo han sabido. Esto lo he hablado muchas veces con Carmen Posadas, que tiene ese humor tan británico. El humor es la mejor herramienta para hablar de las cosas serias.

Muchas veces las cosas que no te atreves a decir cara a cara porque son excesivamente duras, tamizadas con el humor, adquieren ese punto de ternura.

A mí eso me fascinó en La vida exagerada de Martín Romaña, de Bryce Echenique, que además aparece dentro de la propia novela. Ese es un poco el concepto de novela que yo he pretendido hacer. Ojalá me haya salido: que de la propia ternura y de la tristeza emerja a veces el humor y viceversa.

Creo que eso es muy importante para soportar esta vida, que sí que es un valle de lágrimas.

P. La tía Elo es clasista, autoritaria, conservadora y, al mismo tiempo, capaz de una enorme generosidad. Parece que estamos obligados a querer a alguien que no siempre puede tener razón.

R. Evidentemente. Las personas, igual que la vida, están llenas de contradicciones y muy marcadas por el lugar en el que nacen, por lo que les enseñan, por lo que les imprimen en el carácter.

Todos queremos ser perfectos, pero, aunque Baudelaire decía que había que ser sublimes sin interrupción, yo creo que no hay nadie que pueda serlo.

Tenemos que darnos cuenta de que las personas a las que amamos están llenas de defectos, pero ni un ápice más que nosotros. Nos hartamos de juzgar a los demás sin ponernos nunca frente al espejo y sin saber que nosotros también tenemos esas cosas malas en nuestro carácter.

A la gente hay que quererla con todo lo que viene en el paquete. Evidentemente, sí. Aunque eso no significa que no haya que rebatirle las cosas en las que uno está en desacuerdo.

P. Armando también es una contradicción: está la distancia entre el hombre que conocemos en la intimidad y aquello que descubrimos sobre su pasado. ¿Qué hacemos cuando la biografía de alguien obliga a revisar el afecto que sentíamos por él?

R. No lo sé. Verdaderamente es un tortazo que te da la vida. Cuando de pronto crees a pies juntillas en una persona, consideras que está llena de valores, que solamente irradia bondad, y te encuentras con un punto de su pasado, con una oscuridad aterradora, no sé muy bien qué se hace.

En el libro que escribí antes que este, Amada Carlota, había mucho de esas cosas, de bucear en el pasado y pensar cómo uno puede perdonarle a su tío, a su abuelo o a su tatarabuelo algo que hizo cuando no tenía más que esa relación de recibir un caramelo de su bolsillo.

Es muy complicado.

Hubo un niño robado que encontré mientras trabajaba en Amada Carlota —hablo de los bebés robados— que me dijo que no perdonaba a su madre porque, al encontrarlo, le había hecho tremendamente infeliz: le había obligado a odiar a los padres con los que se había criado.

Es muy complicado. Yo creo que te agarras un poco a pensar que todo lo que pasó con esa persona fue antes de que tú la conocieras. Ese es un ancla, quizá, que buscas. Pero, en el caso del ejemplo que tú me has puesto, es imposible.

MUJERES QUE SOSTUVIERON LA VIDA SIN QUE NADIE LAS LLAMARA HEROÍNAS

P. Conchita trabaja, cuida, sostiene a su familia y sale adelante sin el reconocimiento que otros reciben con mucha más facilidad. ¿Por qué tantas vidas extraordinarias de mujeres han llegado hasta nosotras contadas como si simplemente hubieran cumplido su obligación?

R. Porque la historia está escrita con una enorme desigualdad entre los hombres y las mujeres.

Yo creo que Conchita, que representa el espíritu de mi abuela, es una auténtica heroína. Es una mujer de clase baja que se casa con un señorito, pero además vive una historia terrible porque su madre tiene un cáncer, y no un cáncer cualquiera: un cáncer de útero, de esos que te los pega tu marido o la persona con la que te vas a la cama. Eso entonces no se sabía.

En cuanto su madre empieza con ese cáncer terrible, para el que entonces no había paliativos ni nada, el marido desaparece, los hermanos desaparecen y esta pobre chica se queda al cuidado de su madre.

Y, aun así, se saca unas oposiciones, aprende inglés, juega al tenis… Y es jugando al tenis como conoce a este señorito con el que se casa, que es un señorito muy simpático, muy guapo y de muy buena familia, pero solo juega al tenis.

La vida de esta mujer es extraordinaria desde que comienza y sigue siendo extraordinaria a lo largo de todo el relato: cómo cría a sus dos hijas sola, cómo ayuda a la familia de rancio abolengo que encima la desprecia un poco, cómo se mantiene hasta el final amparada por ese trabajo que ha conseguido, cómo sufre un cáncer aterrador y cómo, con 62 años, cuando le hacen una mastectomía, no tiene ningún tipo de problema porque con 62 años, en esa época, ya no eras una mujer.

P. Hay ciertos privilegios masculinos que han resultado más resistentes al cambio porque durante mucho tiempo ni siquiera se consideraban privilegios. Las dobles familias, por ejemplo.

R. Claro. Las dobles familias están por todas partes en El anillo de Eloísa. Y en el siglo XXI también.

Hay una muy graciosa que dice: «Mira, que tenga una amante fija me parece muy bien, pero que se quiera liar con la au pair, que me está quitando todo el trabajo con los niños, eso de ninguna manera, porque se va él y a la au pair me la quedo».

Son ese cúmulo de disparates porque, en realidad, en El anillo de Eloísa se busca ver la transformación de las mujeres, cómo poquito a poco van levantando la mano y diciendo: «Hasta aquí».

Ese es el punto: decir hasta aquí. Y es muy difícil.

P. Sangre y filiación no siempre coinciden con los vínculos que se han construido durante una vida. ¿Qué convierte realmente a alguien en padre o madre: la biología, la crianza, la presencia o el amor?

R. Probablemente el roce. El roce hace el cariño, eso es lo que dice el refrán.

Pero realmente la sangre, insisto, tira mucho. Evidentemente, no es más un hijo biológico que un hijo adoptivo, ni nada que se le parezca, pero sí es cierto que hasta los hijos adoptivos que adoran a sus padres, en un momento determinado de su vida, se plantean querer saber algo de sus orígenes, querer tener contacto con las personas a las que les deben la vida.

Es otro asunto complicado.

P. También está la parte genética. Cada vez sabemos mejor lo importante que puede ser en nuestras vidas.

R. Determina todo.

También se dice en El anillo de Eloísa que, en un momento determinado, cuando se empezaron a hacer las pruebas de ADN, se descubrió que el 30 % de los padres no eran padres.

Con lo cual, hay mucha gente que cree una cosa y luego… Pues mira, a veces es mejor no investigar.

P. ¿Tú has investigado?

R. ¿En mi vida? Podría haberlo hecho, podríamos hacerlo cualquiera, pero no he tenido mucha necesidad. Tengo suficientes pruebas de toda mi filiación. Soy la que más se parece a mi padre: soy igual de cara, igual de todo. Con lo cual, lo tengo todo salvado.

LA TRANSICIÓN DESDE DENTRO DE UNA CASA

P. Buena parte de la vida de la narradora transcurre en una España en la que sale el franquismo y entra la democracia. ¿Qué te interesaba contar de la Transición, no desde los despachos, sino desde una casa, una universidad, una relación amorosa o una familia?

R. Varias cosas. La primera eran esas cárceles de ideología que tenían los españoles cuando se acaba la dictadura y comienza la democracia.

Todos los miedos que teníamos al cambio. Todos. Porque las personas en los años setenta habían salido de una dictadura, unos de una manera más acomodada y otros menos, pero todos tenían miedo al cambio: a saber qué iba a pasar, cómo se iba a desarrollar, cómo se iban a relacionar entre hermanos, cómo se iban a gestionar los odios antiguos, los rencores, todo.

Me gustaba verlo desde una familia.

Y luego, por supuesto, me gustaba verlo también desde la propia sociedad, desde esa ansia que tiene la protagonista de entender lo que hay a su alrededor, a los que son como ella y a los que son distintos.

Ese ansia de entender la lleva a aprender muchas cosas de unos y de otros y a encontrarse con muchos rechazos también, porque si tú eres de un lado no puedes ser del otro.

Y eso me parece de rabiosa actualidad. Ahora más que nunca.

Me parecía que revisarlo era muy interesante porque, de alguna manera, las novelas te ponen enfrente del espejo y te hacen revisarte a ti mismo. Y creo que eso, y más si lo haces con humor y no con mala leche, es muy interesante para todos los lectores y para todos nosotros.

P. ETA también aparece, pero a través del daño que deja en una familia. ¿Por qué eliges ese punto?

R. ETA tenía que aparecer en este relato de El anillo de Eloísa porque estuvo muy presente en nuestras vidas durante muchísimos años y, sobre todo, estuvo presente el enorme desconcierto que teníamos al no saber qué significado tenía algún tipo de atentado.

No es que se pueda justificar ninguno, pero dices: si mato a una persona poderosa, se supone que estoy queriendo reivindicar no sé qué y conseguir algo. Pero cuando de pronto el asesinato era el de un policía nacional que estaba en una oficina del DNI, era tan poco explicable que realmente tenía que estar ahí. Y me parecía una buena opción ponerlo.

De hecho, incluso menciono a Irene Villa como una mujer con esa capacidad de resiliencia y de perdón que a mí siempre me ha maravillado. Yo tengo las imágenes de Irene Villa en la cabeza de cuando pasó lo que pasó. Entonces, ver cómo ha evolucionado me parece que es objeto de aprendizaje para todos nosotros.

P. Sobre todo porque seguramente no te deja vivir hacerlo permanentemente desde el odio y la rabia.

R. Pero ¿tú sabes cuánta gente hay así? Hay muchísima gente que vive así.Yo no sé cómo habría reaccionado.

Irene Villa es un ejemplo. Por eso me parecía indispensable que estuviera en el libro, igual que me parecía fundamental que apareciera ETA, aunque fuera de esta manera. Aquí no hago un ejercicio de documentación sobre lo que ocurrió a lo largo de los años: todo está dentro de la propia acción. Creo que eso es un ejercicio muy literario y también muy satisfactorio a la hora de leerlo.

LA LIBERTAD TAMBIÉN TUVO SUS ZONAS OSCURAS

P. Eran años también de libertad. Aparecen las drogas, la sensación de que todo está permitido, de que todo está por descubrir. ¿Qué cambio cotidiano te parecía importante rescatar? ¿Encontramos realmente el equilibrio?

R. La droga entró en nuestra sociedad de una manera aterradora. Empezó entrando, además, por algo que sigue apareciendo ahora mismo como inocuo y no lo es: los porros.

Cuando hablas con psicólogos, psiquiatras y expertos, te explican la relación que hay entre los porros y la esquizofrenia, que sale reflejada en El anillo de Eloísa. No les sucede a todas las personas que fuman porros, pero sí a las que tienen unas características determinadas, y además puede producirse de una manera instantánea. Por eso Eloísa dice que no hay droga inocua.

Aquí, por ejemplo, no me he metido en el charco de la heroína, pero me he metido en el de otra droga muy presente en nuestra sociedad, que sigue muy presente: la cocaína.

Una droga que además ha convivido y sigue conviviendo en mundos muy diversos porque parece que te hace mejor, que eres más divertido y que quien se la puede permitir está en otro lugar.

Creo que queda muy claro, en el momento en el que se relata ese episodio de la droga, cómo las personas que consumen creen que no son adictas, pero lo son. Y además no solo lo pasan mal, sino que se lo hacen pasar muy mal a la gente de su alrededor.

P. En aquella época también estaba cambiando la forma de divertirse, de vivir la sexualidad o de imaginar el futuro. Si hablamos de sexualidad, ¿qué cambio te parecía importante contar?

R. La sexualidad tiene que tener un punto de libertad. La sexualidad tiene que ser libre.

Si no es libre, al final se le quita una parte de encanto y de maravilla a la sexualidad. Yo creo que el sexo es maravilloso. Hay quien dice: «No, se le da más importancia de la que tiene». Pues no. El sexo con gusto es estupendo.

El problema es que durante mucho tiempo a las mujeres no se nos ha dejado pensar en el sexo. No se nos ha dejado pensar más que en los hijos o en nuestras obligaciones.

A mí me parece que el hecho de que, de pronto, las mujeres descubran que pueden dar un poco más de rienda suelta a su sexualidad está estupendo.

Luego se pueden encontrar con alguna sorpresa, pero eso no lo contaré.

CUANDO LA VIOLENCIA DEJÓ DE PARECER NORMAL

P. Uno de los personajes empieza a trabajar con mujeres maltratadas y descubre una violencia que entonces estaba mucho menos protegida que ahora. ¿Qué cambia primero: la realidad cuando existe una ley o cuando dejamos de considerar normal esa violencia?

R. Desgraciadamente, en muchos lugares de nuestra sociedad se sigue considerando normal esa violencia, de un grado o de otro, lo cual a mí me espeluzna.

Pero verdaderamente creo que ahora no somos conscientes, incluso muchas personas que ahora abogan por todos los derechos de las mujeres no son conscientes de lo que vivimos en los primeros años de la democracia, cuando no había una ley de violencia de género, cuando las mujeres maltratadas no tenían un lugar adonde ir.

Yo hago un homenaje de alguna manera, aunque algunas aparecen sin nombre y luego sí aparece Cristina Almeida con nombre, porque Cristina Almeida y Cristina Alberdi abrieron un despacho de abogadas e hicieron tanto por las mujeres que merecía la pena que yo lo recordara.

Ahí vamos a ver algún caso de violencia intrafamiliar aterrador que, además, no tenía vía de escape, no tenía salida. No sabíamos a dónde o a quién se podía recurrir.

Creo que merece la pena recordarlo para no olvidarnos de todo lo que se ha conseguido, porque es imprescindible para que nuestras vidas sigan siendo las que son, para que tengamos libertad. Y muchas veces creo que se olvida.

Como en este maremágnum de cosas y de política que hay se tira de un lado y de otro, a veces está muy bien echar la vista atrás para recordar las cosas buenas y las malas y no repetirlas jamás. Creo que eso es necesario.

Y luego sí menciono a Cristina Almeida porque fue la musa de los primeros divorcios después de la ley del 81, cuando empezó la fiebre del divorcio. Nombrar a Cristina Almeida era para las mujeres como nombrar a Dios y para los hombres como nombrar al diablo.

LA MEMORIA Y SU PARTICULAR CAJA DE PANDORA

P. Has hablado de esa violencia y voy a tener mucho cuidado con esta pregunta. La memoria puede permanecer selectiva hasta que salta una chispa y recuerdas algo. ¿Es mejor que esa chispa no salte o no debemos olvidar nunca de dónde venimos y qué pasó?

R. Esa es una pregunta interesantísima porque yo creo que todos tenemos nuestra particular caja de Pandora y hay muchas personas que se empeñan en abrirla y, a veces, es mejor no abrirla.

A veces se abre porque hay algún mecanismo que acciona la apertura de la caja y otras veces alguien se empeña en que se abra. Hay cajas de Pandora que merece la pena que sean abiertas y otras que no.

Yo creo que hay recuerdos que a lo mejor uno entierra en el olvido, como se dice en El anillo de Eloísa, y es necesario que permanezcan ahí. Si en algún momento emergen de nuevo, hay que saber controlarlos porque es muy difícil sobrevivirlos.

Todos los casos de abusos que han tenido algunas mujeres las han marcado durante toda la vida.

Entonces, cuando alguien me dice: «No, es que tienen que saber lo que les pasó», pues a lo mejor lo que tienen que hacer es olvidarlo, intentar olvidarlo, porque si no es muy difícil que sigan adelante.

ENFERMEDAD, CUIDADOS Y EL DERECHO AL CANSANCIO

P. Accidentes, enfermedad, decisiones sobre el final de la vida… Casi todos tus personajes parecen cargar con su propia caja de Pandora. ¿Intentas reconducirlos a través del humor, de arañar lo bueno que te pasa en la vida y ser capaz de sobrevivir a eso?

R. Eso intento. Hay momentos muy duros en la novela. La novela tiene muchísimo humor. Te partes de la risa, pero hay momentos muy duros.

Por ejemplo, aparecen la esclerosis múltiple y la ELA cuando nadie sabía lo que era. La incertidumbre ya sabemos que es algo que nos angustia de sobremanera.

Vivir la muerte de alguien muy querido con una enfermedad de estas características toca a toda una familia y me parece que hace que se revise también cómo tienen que ser los comportamientos y hasta dónde aguantamos los seres humanos.

«LOS CUIDADORES TAMBIÉN TIENEN DERECHO A LA QUEJA, AL CANSANCIO Y A LA ANGUSTIA»

Porque, en las enfermedades de los otros, los cuidadores también tienen derecho a la queja, al cansancio, a la angustia y a tantas cosas.

Hay un accidente con un momento terrorífico, pero también con algunos puntos de humor enormes que no vamos a desvelar. Hay algunos en los que te partes de la risa precisamente porque rompes la dureza.

P. Porque rompes la dureza.

R. Exacto. Hay que romper la dureza del momento.

Hay también, como tú bien dices, una eutanasia encubierta en aquellos momentos en los que era imposible, cuando parecía que uno tenía que irse cuando Dios quisiera. «Pues a ver si Dios se decide».

Creo que la faja que ha hecho Carmen Posadas para la novela lo describe muy bien: te harán reír, te harán llorar y te harán pensar en esos personajes, en los temas que hay y en ti mismo, porque no es lo mismo ver las cosas cuando te suceden y cuando te rozan la piel que cuando las estás viendo en un escaparate o en una pantalla.

Si conseguimos que el lector ría, llore y, sobre todo, piense, yo estaré más que satisfecha.

LA INTIMIDAD DE LA LECTURA

P. Me voy a quedar con eso que acabas de decir: no verlo en una pantalla. ¿Hemos dado un paso como sociedad y, además de verlo, somos capaces de acercarnos a ello? Porque muchas veces lo que vemos no queremos que nos toque y nos damos la vuelta.

R. Precisamente por eso creo que las novelas son mucho más efectivas casi que cualquier otra cosa.

Las novelas te encierran en tu propia soledad y es desde tu propia soledad y desde tu propia verdad desde donde tú analizas todos los asuntos. En la pantalla ya es otra cosa. Ya le han puesto cara y ojos diferentes a los que tú pondrías, ya tiene todo otra voz, ya lo compartes demasiado porque normalmente no lo vas a ver solo, aunque puede que sí. Al final es diferente.

Ese ejercicio tan íntimo de la lectura, que te permite estar en tu propia guarida y ahí analizar y analizarte, a mí me parece muy poderoso y muy recomendable.

1. La familia como lugar de pertenencia y conflicto.
Marta Robles parte de una saga familiar para hablar de aquello que heredamos más allá de los apellidos: silencios, lealtades, contradicciones y una forma de querernos incluso cuando ya no estamos de acuerdo.

2. Mujeres que aprendieron a decir «hasta aquí».
La novela recorre varias generaciones y muestra cómo cambió la vida de las mujeres: desde quienes asumían cuidados, renuncias y desigualdades como parte natural de su existencia hasta quienes empezaron a reclamar deseo, independencia y libertad.

3. La Transición desde la vida cotidiana.
No aparece como una sucesión de acontecimientos políticos, sino desde las casas, las familias, las relaciones, el miedo al cambio y unas ideologías capaces también de separar a quienes se querían.

4. Lo que una sociedad deja de considerar normal.
Violencia contra las mujeres, drogas, sexualidad, enfermedad, cuidados o muerte atraviesan la novela y permiten observar cuánto ha cambiado España y cuánto permanece todavía.

5. El humor como forma de resistencia.
Robles insiste en que una historia con zonas muy duras necesita respirar. El humor no rebaja el dolor: permite atravesarlo y, en ocasiones, mirarlo desde un lugar que hace posible seguir adelante.

Una conversación sobre familia y secretos, mujeres y privilegios, la Transición vista desde dentro de una casa, ETA, drogas y sexualidad, violencia contra las mujeres, memoria y abusos, enfermedad, cuidados, eutanasia y el lugar íntimo que todavía ocupa la lectura.

Quienes disfrutan de las sagas familiares que permiten mirar una época completa desde las vidas particulares; lectores interesados en cómo ha cambiado la sociedad española y, especialmente, la vida de las mujeres; y quienes buscan una novela capaz de acercarse a asuntos dolorosos sin renunciar al humor.

ROSA PASA PÁGINA

Rosa Sánchez de la Vega ha desarrollado su carrera en prensa escrita, digital y, especialmente, en radio, donde ha dirigido, coordinado y colaborado en programas vinculados a la literatura, el arte y la cultura. El micrófono ha marcado buena parte de su trayectoria y una forma propia de entender la entrevista y la divulgación cultural. De esa experiencia nacen proyectos como Rosa Pasa Página y Autoras de palabra con Rosa, en MAGAS (El Español).
 
Rosa Pasa Página da nombre a una revista digital de periodismo literario y actualidad cultural, con la entrevista como uno de sus principales ejes y una mirada abierta al cine y al arte.

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Marta Robles

Género:

Novela contemporánea / narrativa familiar y social

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