En la calle Conde de Peñalver, donde hoy la vida transcurre con absoluta normalidad, hubo una cárcel. Se llamaba Torrijos. Allí encerraron a Miguel Hernández y allí escribió las Nanas de la cebolla. Una placa recuerda que aquellos versos nacieron en ese lugar, pero no explica que el edificio fue una prisión. Me parece una de esas omisiones que dicen tanto como lo que hemos decidido recordar. Ayer comenzamos nuestro recorrido precisamente allí, delante de un lugar en el que cuesta imaginar las celdas, el hacinamiento, el miedo y a un hombre de apenas treinta años escribiendo para un hijo al que no podía abrazar.
Conocemos las Nanas, naturalmente. Las hemos leído, las hemos escuchado cantar, forman parte de nuestra memoria. Pero es distinto detenerse donde fueron escritas y pensar en aquella carta de Josefina Manresa que hablaba del hambre, de las cebollas, de lo poco que tenían para comer. Miguel estaba preso y no podía hacer nada para remediarlo. Le escribió una nana a su hijo. Uno de los poemas más hermosos y dolorosos de nuestra literatura nació de esa impotencia.
Ayer recorrimos Madrid con José Antonio Lucero, que acaba de publicar Tu risa me hace libre (Espasa), y con Aitor Contreras, profundo conocedor de la vida del poeta y director de la ruta hernandiana de Madrid. Espasa nos propuso regresar a los lugares que Miguel Hernández conoció, a los que habitó y también a aquellos en los que le arrebataron la libertad. Y mientras caminábamos fui pensando en cuántas vidas puede esconder una ciudad detrás de sus fachadas. Cuánto permanece y cuánto desaparece sin que apenas nos demos cuenta.
El muchacho que llegó a dormir en la calle
Antes de convertirse en el poeta que hoy estudiamos, Miguel Hernández fue un joven que llegó desde Orihuela convencido de que podía vivir de la literatura. No tenía dinero ni una formación académica comparable a la de muchos de los escritores a los que admiraba. Había crecido en una familia humilde, había cuidado cabras y su vocación literaria había encontrado más obstáculos que facilidades. Pero poseía algo que nadie podía darle: una confianza extraordinaria en lo que escribía.
Madrid no se lo puso fácil. En su primera estancia, entre 1931 y 1932, pasó por una modesta pensión de la Costanilla de los Ángeles y encontró después alojamiento en la Academia Morante, donde trabajó como portero a cambio de una habitación. Apenas tenía para comer y llegó un momento en el que ni siquiera pudo sostener aquella precariedad. Terminó durmiendo en la calle, enfermo y sin recursos, antes de regresar a Orihuela.
Me detuve a pensar en ese Miguel Hernández. En el muchacho que caminaba por Madrid con sus poemas, buscando a alguien que quisiera leerlos, empeñado en que aquella ciudad terminara abriéndole alguna puerta. Y en lo difícil que debía de resultar mantener intacta una vocación cuando ni siquiera tenía garantizado un lugar donde pasar la noche.
Regresó a Madrid y las cosas comenzaron a cambiar. Conoció a escritores, se incorporó a los ambientes literarios de la capital y encontró amistades decisivas. Vicente Aleixandre, Pablo Neruda, Federico García Lorca, Ramón Sijé. Nombres que hoy aparecen juntos en nuestros libros, pero que entonces eran personas que discutían, se admiraban, discrepaban y trataban de encontrar su lugar en un tiempo extraordinariamente agitado.
Maruja Mallo y el Miguel Hernández que también se enamoró de otra mujer
Entre aquellas relaciones hubo una que merece detenerse. Miguel Hernández conoció en Madrid a Maruja Mallo, una de las artistas más singulares de las vanguardias españolas. Era una mujer independiente, moderna, acostumbrada a desenvolverse en ambientes intelectuales y artísticos muy distintos de los que Miguel había conocido en Orihuela.
Vivieron una relación sentimental que dejó una huella importante en la vida y en la poesía del escritor. Por entonces Miguel mantenía un noviazgo con Josefina Manresa, pero su encuentro con Maruja lo llevó a distanciarse de ella. Parte de la pasión, el deseo y el conflicto que atraviesan El rayo que no cesa se han relacionado con la pintora.
Me parece importante recuperar esta parte de su vida porque los grandes escritores terminan a menudo convertidos en personajes demasiado ordenados. Les adjudicamos un amor, unas amistades y unas convicciones que parecen no haber conocido nunca la duda. Miguel Hernández fue bastante más complejo. Amó a Josefina, pero también se sintió profundamente atraído por una mujer que representaba otra manera de vivir. Y esa experiencia forma parte de su historia literaria.
La poeta María Cegarra también ocupó un lugar en su correspondencia sentimental. No todas esas relaciones tuvieron la misma naturaleza ni conocemos con idéntica certeza su alcance, pero ayudan a comprender que detrás de los poemas hubo un hombre que conoció la incertidumbre, la pasión y el desengaño.
Lorca, Ramón Sijé y los amigos que la muerte fue arrebatándole
Durante el recorrido surgió también la relación de Miguel Hernández con Federico García Lorca. Se ha repetido muchas veces que se llevaban mal, pero reducir su trato a una enemistad resulta demasiado sencillo. Miguel admiraba al poeta granadino y deseaba su reconocimiento. Sus relaciones tuvieron distancias y diferencias, aunque también existieron gestos de acercamiento.
El asesinato de Lorca en agosto de 1936 supuso un golpe extraordinario. Miguel le dedicó una elegía y su muerte se sumó a las razones que fueron afirmando su compromiso con la causa republicana. La guerra había dejado de ser una amenaza para convertirse en una realidad que estaba destruyendo la vida de personas a las que conocía.
José Antonio Lucero planteó durante la visita una cuestión que merece detenerse: Miguel Hernández no disfruta hoy del mismo reconocimiento público que Federico García Lorca. Y considera que esa diferencia es injusta. No se trata de discutir la grandeza de ninguno de los dos, sino de preguntarnos por qué hemos aprendido a recordar de manera tan distinta dos vidas atravesadas por la violencia y dos obras fundamentales de nuestra literatura.
Hubo otra pérdida que marcó profundamente a Miguel: la de Ramón Sijé, su amigo de juventud, fallecido en 1935. A él le dedicó una de las elegías más conmovedoras que se han escrito en español. Los unían una amistad profunda y también diferencias ideológicas e intelectuales que no impidieron el afecto. Pienso en lo que dice esa relación de un tiempo en el que todavía era posible querer a alguien sin necesidad de compartir todas sus ideas.
Poco después, la guerra iba a convertir aquellas diferencias en fracturas mucho más difíciles de salvar.

Los amigos que no le dieron la espalda
Entre todos los nombres que fueron apareciendo durante nuestro recorrido hay uno que adquiere una importancia especial cuando llegamos a los años más difíciles: José María de Cossío.
Gracias a él, Miguel encontró trabajo en Espasa-Calpe, colaborando en la elaboración de Los toros, la gran enciclopedia taurina. El poeta que había llegado a Madrid casi sin nada pudo obtener unos ingresos trabajando con libros y palabras, aunque no fueran todavía las suyas. Preparaba documentación, redactaba textos y trataba de ganarse la vida en una ciudad que empezaba, por fin, a ofrecerle algunas oportunidades.
Años después, cuando Miguel fue condenado a muerte, Cossío intervino para intentar salvarlo. Movió contactos, realizó gestiones y participó en los esfuerzos que permitieron la conmutación de la pena capital por treinta años de prisión.
Cuesta leer esa cifra sabiendo lo que ocurrió después. Miguel Hernández no fue ejecutado, pero tampoco volvió a salir libre. Murió de tuberculosis en la cárcel de Alicante el 28 de marzo de 1942, con solo 31 años.
Durante nuestro recorrido aparecieron también las historias de quienes compartieron con él el cautiverio. Entre ellos, Antonio Buero Vallejo, que lo retrató en prisión, y Miguel Gila, al que solemos recordar por sus conversaciones telefónicas cargadas de humor y que también conoció la represión de aquellos años. Resulta difícil imaginar a esas personas, a las que hoy asociamos con la literatura, el teatro o la risa, compartiendo una realidad que tenía muy poco de todo eso.
Josefina Manresa, la mujer que no dejó que el olvido ganara
Mientras caminábamos por Madrid, había alguien que, sin haber recorrido necesariamente aquellos mismos lugares, estaba presente en buena parte de lo que escuchábamos: Josefina Manresa.
José Antonio Lucero ha elegido contar la historia desde ella. Y es una decisión que cambia nuestra manera de acercarnos a Miguel Hernández. Porque Josefina no fue solamente la destinataria de sus cartas de amor, la mujer que aparece junto al poeta en las fotografías o aquella a la que la historia terminó llamando su viuda.
Era una muchacha de Orihuela que se enamoró de un joven empeñado en escribir versos. Su relación conoció las separaciones, los desencuentros, las dificultades económicas y las contradicciones de dos personas que procedían de mundos muy distintos. A Josefina le tocó además vivir una época en la que las mujeres apenas podían decidir sobre su propio destino.
Perdió a su primer hijo, Manuel Ramón, siendo todavía muy pequeño. Después llegaron la prisión de Miguel, la enfermedad, las cartas y aquella viudedad que comenzó cuando ella tenía solamente 26 años. Viviría hasta 1987.
Pienso en todos esos años que quedaron fuera de la vida del poeta, pero que pertenecieron por entero a la de Josefina. En la mujer que tuvo que sacar adelante a su familia mientras protegía los manuscritos, conservaba la correspondencia y defendía una memoria que durante la dictadura resultaba incómoda.
Hay algo especialmente importante en esta historia: durante mucho tiempo hemos admirado los poemas de Miguel Hernández sin detenernos lo suficiente en quien consiguió que buena parte de su legado permaneciera a salvo. La literatura también depende de esas manos que guardan, ordenan, protegen y se niegan a tirar unos papeles que para otros quizá no significarían nada.
En Tu risa me hace libre, Josefina encuentra por fin un espacio propio para contar lo que significó amar a Miguel, perderlo y continuar viviendo. Y junto a ella aparecen otras mujeres que también conocieron las consecuencias de una época que apenas les permitió elegir.
Los papeles que sobrevivieron a la cárcel
Nuestro recorrido nos llevó también a la Casa del Libro de Gran Vía, 29, vinculada históricamente a Espasa-Calpe. Es un lugar al que he acudido muchas veces, pero ayer entramos para encontrarnos con una parte distinta de su historia.
Pudimos acercarnos a documentos relacionados con Miguel Hernández, a su trabajo para la editorial y a las gestiones que se hicieron para intentar evitar su ejecución. Entre ellos, la comunicación de la conmutación de su condena a muerte.
Me impresionan esos documentos porque nos obligan a mirar la historia en su dimensión más concreta. No estamos hablando solamente de fechas que hemos aprendido o de acontecimientos que conocemos por los libros. Hubo personas que escribieron aquellas cartas, que esperaron una respuesta, que tuvieron en sus manos papeles de los que dependía la vida de alguien.
Cossío consiguió que la sentencia de muerte no se cumpliera. Pero la prisión siguió consumiendo la salud de Miguel Hernández. Había sobrevivido a una condena y no consiguió sobrevivir a sus consecuencias.
Y aquellos documentos continúan ahí, muchos años después, recordándonos que la memoria no es solamente una cuestión de grandes homenajes. A veces cabe en una carta, en una firma o en una fotografía que alguien decidió conservar.
Serrat, un tocadiscos y la voz que regresó a Josefina
Entre las historias que fuimos escuchando hubo una que me conmovió especialmente. Joan Manuel Serrat convirtió los poemas de Miguel Hernández en canciones que han acompañado a varias generaciones. Sus versos llegaron así a personas que quizá nunca habían leído El rayo que no cesa o Cancionero y romancero de ausencias.
Josefina Manresa no tenía un tocadiscos para escucharlas. Serrat le regaló uno.
No sé si hay una imagen más hermosa para cerrar el círculo de esta historia. Josefina había conservado durante décadas la memoria de Miguel. Había protegido sus poemas cuando su autor ya no estaba, cuando España seguía dividida por el miedo y cuando reivindicar su nombre no resultaba sencillo. Y un día pudo escuchar cómo aquellas palabras que conocía tan bien volvían convertidas en música.
Me gusta pensar en ese momento. En Josefina escuchando una voz distinta que cantaba los versos de Miguel. En todo lo que habría reconocido y en todo lo que podría haber sentido después de tantos años.
Ayer terminamos nuestro recorrido con la impresión de haber conocido un poco mejor a un hombre al que creíamos conocer. Habíamos pasado por sus cárceles, seguido sus pasos por Madrid, recordado a sus amigos, descubierto sus amores y contemplado algunos de los documentos que permiten reconstruir su vida. También habíamos descubierto cuánto puede desaparecer de una ciudad sin que apenas nos demos cuenta.
Pero sobre todo regresamos con Josefina.
Quizá durante demasiado tiempo hemos mirado a Miguel Hernández desde el final, desde la cárcel, desde su muerte y desde la tragedia. Y es necesario recordar también al muchacho que llegó a dormir en la calle porque quería ser poeta, al hombre que se enamoró de distintas mujeres, que tuvo amigos, que se equivocó, que fue padre y que soñó con una vida que nunca pudo completar.
José Antonio Lucero ha recuperado en Tu risa me hace libre buena parte de esa humanidad que a veces perdemos de vista cuando convertimos a alguien en un símbolo.
Ayer fuimos siguiendo las huellas de Miguel Hernández por Madrid. Y en algún momento del recorrido comprendí que también estábamos siguiendo las de una mujer que vivió muchos más años que él y dedicó buena parte de ellos a impedir que desapareciera.
Porque a Miguel Hernández le quitaron la libertad y, finalmente, la vida. Pero no consiguieron arrebatarle sus palabras. Y en esa victoria que llegó mucho después de su muerte, Josefina Manresa tuvo mucho que ver.
El libro
Tu risa me hace libre, de José Antonio Lucero, publicado por Espasa el 7 de octubre de 2026, es una novela de 608 páginas que recupera la vida de Miguel Hernández desde la mirada de Josefina Manresa. La intimidad de una pareja, los ambientes literarios de los años treinta, la Guerra Civil y la represión se entrelazan con la historia de una mujer que sobrevivió al poeta y dedicó décadas a defender su memoria y su obra.
Cinco ideas para quedarse
1. Miguel Hernández llegó a Madrid con la ambición de convertirse en escritor y conoció una pobreza tan extrema que terminó durmiendo en la calle.
2. Su vida sentimental fue más compleja de lo que solemos recordar. Maruja Mallo y Josefina Manresa ocuparon lugares muy diferentes en ella.
3. El asesinato de Federico García Lorca y la muerte de Ramón Sijé dejaron una huella profunda en su vida y en su poesía.
4. José María de Cossío le consiguió trabajo en Espasa-Calpe y años después intervino para evitar que se cumpliera su condena a muerte.
5. Josefina Manresa sobrevivió 45 años a Miguel Hernández y dedicó buena parte de ellos a proteger su legado.
Lo que encontrarás
El Madrid que conoció Miguel Hernández cuando apenas tenía dónde dormir, sus primeros pasos entre los escritores de la época, las mujeres de las que se enamoró, las amistades que marcaron su vida y los lugares donde estuvo encarcelado. También los documentos históricos conservados por Espasa, la relación de Serrat con Josefina y una mirada a Tu risa me hace libre, la novela de José Antonio Lucero que devuelve a la mujer del poeta su propia historia.
Ideal para
Quienes aman la poesía de Miguel Hernández y quieren descubrir al hombre que existió detrás de sus versos. Para quienes disfrutan recorriendo las ciudades a través de la literatura y para los lectores interesados en la memoria histórica, las relaciones humanas y las mujeres que se empeñaron en conservar aquello que otros quisieron borrar.
