Hay una forma de hablar del amor que evita el ridículo y selecciona lo bonito. Este libro hace lo contrario: entra en ese territorio donde las relaciones se confunden, se repiten y se rompen sin épica, donde sabemos lo que no deberíamos hacer y aun así lo hacemos. Con tono de charla entre amigas, recorre enamoramientos, desencantos, sexo urgente y decisiones que no siempre salen bien, sin moraleja pero con la sospecha compartida de que todas hemos pasado por ahí. Sibila Freijo, Ponme otro vino que aún te veo feo.
P.– ¿Empecemos con el título del libro, eliges el primero que te sale?
R.– Manejaba dos, pero sí, me salen así, como que los tengo ya en la cabeza. Me gusta siempre buscar algo así que llame la atención. Justamente, como con el anterior libro también estaba el listón bastante alto, ¿no? Señora, que será tu puta madre, recordemos. Entonces tampoco podía venir con un título random, ahora tenía un poco que seguir la línea y por eso. Y además es tan significativo y tantas veces lo hemos pensado, que con dos vinos todo se ve de otra manera.
P.– Planteas el amor como algo caótico, repetitivo y muchas veces poco digno. Diría que lejos de cualquier idealización. No sé en qué momento decides contar el amor desde ahí y no desde el relato romántico habitual.
R.– Cerca del año 2000, creé un blog llamado Sex and Chamberí que mantuve durante dos décadas. Este libro se inspira en gran medida en ese espacio, donde yo era muy deslenguada y gamberra al contar mi vida sentimental y lo que pensaba de los hombres de una manera divertida. Tuvo muchísimos seguidores y me acompañó por distintas cabeceras como Elle o Terra según iba trabajando en ellas. Ese blog me dio mucha suerte: gracias a él me descubrieron en el mundo editorial y me ofrecieron mi primera novela, por lo que tenía la espinita de retomar ese estilo. Llevo mucho tiempo escribiendo sobre relaciones de esta forma irónica; la verdad es que nunca me he creído el amor romántico —salvo cuando estuve muy enamorada, que también lo cuento en el libro—, porque pronto te das cuenta de que las cosas no son como nos las cuentan.
P.– En el libro insistes en una idea incómoda: que entendemos lo que nos pasa pero aun así repetimos. ¿Era importante desmontarlo?
R.– Sí, creo que las relaciones cuando salen mal siempre es como cuando bebes y tienes resaca: el «nunca más vuelvo a beber» es un poco lo mismo en las relaciones. Nunca más me voy a encontrar con un capullo, nunca más me voy a meter en Tinder… y te quitas una semana, luego te vuelves a meter. Es inevitable. Es que tropezamos 500.000 veces con la misma piedra y, como es muy difícil cambiar de personalidad, es muy difícil también cambiar de objetivo. Quien está enamorada del amor lo va a seguir estando toda la vida, por así decirlo. El amor es la ilusión de nuestra vida en el fondo y nunca tiramos la toalla. Siempre, hasta el final, vamos pensando que el amor ideal existe y que lo vamos a encontrar, aunque sepamos perfectamente que no va a ser así, pero nos gusta esa idea. Nos gusta pensarlo, es como una especie de fe, de religión.
P.– Recorres el amor desde la juventud hasta la madurez, los hijos y el divorcio. Tras todo ese proceso, ¿qué ha cambiado realmente en nuestra forma de amar y qué es lo que no cambia nunca? ¿Somos nosotras las que permanecemos iguales?
R.– Yo solo puedo hablar desde mi experiencia, y veo una diferencia enorme entre los primeros enamoramientos y cómo vives el amor después. Yo solo me he enamorado una vez en 53 años, algo que sorprende a la gente, pero es que aquel sentimiento primigenio no se puede comparar con nada. Lo que no cambia nunca es la ilusión del principio, esa fe inquebrantable de pensar que «esta vez sí».
Sin embargo, al madurar y conocer las relaciones por dentro, todo se vuelve más difícil. Hoy, en un mundo tan voraz y dominado por las aplicaciones, es casi imposible encontrar un amor para toda la vida si no lo traías de antes. Esta nueva forma de relacionarnos, basada en el usar y tirar, genera un sufrimiento psicológico tremendo en muchas mujeres, y eso es lo que reflejo en el libro. Me río de ello porque, al final, no queda otra.

P.– Dices que solo te has enamorado una vez. ¿No te has enamorado más veces porque no quieres?
R.– No, porque no lo he vivido de la misma manera. El enamoramiento, como yo lo viví, es como el que leí hace poco en un libro de Ortega, Ensayos sobre el amor: una especie de locura, de enajenación mental. Gracias a Dios solo me ha pasado una vez, porque no deseo para mí ese estado donde tienes como una piedra en la cabeza que anula tu personalidad y tu voluntad. Estuvo bien a los 23 años, pero no lo quiero ahora; además me parece un poco ridículo ver a los enamorados así. Veo a mis hijos y digo: «Dios mío, lloras así porque es para darte dos bofetadas de lo tonto que te pones». Nuestro «yo» de los 50 es muy diferente al de los 20: ya no tienes esa permeabilidad orgánica, ahora tenemos armaduras que no dejan entrar al otro de la misma forma.
P.– Tras la ruptura, hay una vuelta al mercado sentimental con cierta intensidad. ¿Responde a una necesidad emocional o a una forma de reafirmarse?
R.– Después de una separación creo que pasan dos cosas. Uno se queda devastado, pero por otra parte necesita reforzar su ego. Toda esta voracidad de las apps y de tener tantas citas responde a la urgencia de sentirse deseado otra vez después de pasarlo mal. Y por otro lado, es una búsqueda incesante del amor. Muchas de nosotras usamos estas apps porque creemos que detrás de cada encuentro sexual puede haber algo más. Tiras a donde sea porque es una búsqueda del amor, casi lo mendigas. No es muy feminista, pero responde a la realidad: que seguimos buscando el amor y seguimos mendigándolo.
P.– ¿En un bucle constante?
R.– Sí, hasta que te das cuenta y dices: «ya basta de tonterías». Con la madurez te focalizas y entiendes que el amor romántico no es el único; existe el amor a tu familia, a tus amigos, a viajar o a tus hobbies. Tienes más maneras de canalizar ese sentimiento, pero se tardan años, incluso décadas, en aprenderlo.
P.– ¿Eso es la madurez?
R.– Sí, se tardan décadas.
P.– ¿Tú crees que el paso del tiempo aporta más claridad o simplemente cambia la forma de equivocarse?
R.– Diría que las dos cosas. Y también cambia que te perdonas al momento. Cuando la cagas a los 50 tardas un cuarto de hora en perdonarte, pero a los 30 te martirizabas preguntándote por qué lo hiciste o por qué llamaste. Ahora todo te da más igual y relativizas. Los errores siguen siendo los mismos, pero la manera de afrontarlos es diferente: si sale mal, pues a otra cosa mariposa.
P.– Quizás sea una forma también de hablar de esas relaciones rápidas o intercambiables que tienen poca construcción previa.
R.– Sí, claro, es disparar a matar a ver qué cae. No hay continuidad. Es como jugar a la bonoloto: apuestas a muchos números a ver si cae la breva. Pruebas y pruebas esperando que detrás de algo se encuentre el divino amor.
P.– Pero fíjate, Sibila, que dices «no me he vuelto a enamorar porque ya sé lo que es», pero en el fondo siempre estás buscando el amor.
R.– Ah, sí, sí. En el libro digo que el amor de mi vida son todos los amores que he tenido puestos de manera secuencial. Nunca he entendido ese afán por el amor duradero; yo valoro más la intensidad. Me han valido más historias de una semana que otras de un año. La suma de todas ellas es el amor de mi vida.
P.– Que en realidad es bastante lógico y mucho más realista de alcanzar.
R.– Es que es muy personal. También es una manera de protegerte y decir: «esto es lo que yo he podido hacer».

P.– Y lo que has elegido.
R.– Sí, y lo que he elegido. Ahora mismo me aburriría un amor para toda la vida. O me enamoro así, «de pedrada», o no lo quiero. Las cosas pueden ser secuenciales: puedes tener cinco amores estupendos de un año en vez de uno de cinco años, y vale igual. Además, se conoce gente y es divertido.
P.– Hablas del cortejo y de los preliminares emocionales. ¿Crees que los hemos perdido?
R.– Lo hemos perdido todo. A la gente ya no se le ocurre nada, ya no hay seducción. Ahora te metes en una app, tienes una conversación agradable y a los cinco minutos te preguntan si quieres ir a su casa. El amor y el sexo se han convertido en un producto de consumo rápido y malo, como un Uber Eats; el sushi tarda media hora y la persona puede tardar tres. Se ha perdido lo bonito de seducir y de tener varias citas, ese reino de la ilusión.
P.– Los preliminares son los más bonitos.
R.– Yo también lo pienso. Echo de menos las cartitas y el juego de la seducción. Antes, cuando tenías una cita, ibas hecha un pincel; ahora con Tinder la gente va casi en chándal. Recuerdo que quedar con alguien era una experiencia en sí misma.
P.– ¿Y qué pasa si tú sí te preparas para ese cortejo pero te llevas un planchazo porque ves que al otro es lo que menos le interesa?
R.– En el libro hay un capítulo gracioso llamado «Mi vida como geisha». A algunos señores les encanta esa experiencia: que les entretengas, les des conversación, seas graciosa, vayas bien vestida y que el sexo sea sideral. Les gusta el pack completo, pero luego te dejan «congelada» quince días hasta que vuelven a requerir tus servicios. A muchas nos ha pasado: un «adiós, que tenemos vidas muy ocupadas» y ya hablamos. Es el pan nuestro de cada día.
P.– Quedarte congelada… me ha gustado esa expresión.
R.– Sí, porque ahora existe el breadcrumbing, que es tirar miguitas para mantener tu interés. Te ponen un «like» o te mandan un WhatsApp para que mantengas la ilusión de que se preocupan por ti, y a las dos semanas te vuelven a llamar para la «Geisha Experience». Hasta que tú lo ves y dices «no».
P.– Por lo tanto, ¿se ha perdido libertad o se ha ganado precariedad emocional?
R.– Para mí es lo segundo, porque se sufre mucho. Esta dinámica aboca a una soledad horrible donde terminas echándote la culpa y preguntándote qué haces mal para que no te llamen. El problema es de la otra persona, pero esto causa un daño emocional que está afectando incluso a los de 20 años. Antes, en la prehistoria de Meetic, la gente usaba las apps para encontrar pareja de verdad, pero todo ha degenerado tanto que muchos las están dejando.
P.– Los hombres aparecen como perfiles muy reconocibles en tu novela.
R.– Sí, ellos quedan bastante mal, pero nosotras tampoco salimos muy bien paradas. Ellos aparecen como consumidores despiadados y nosotras como imbéciles que les seguimos el rollo. No se trata de poner a caldo a los tíos, aunque me río de ellos porque da juego, pero también hablo de nuestras oscuridades y de cómo sufrimos indebidamente por amor. La libertad nos ha costado un viaje y mucho sufrimiento. Eso sí, también te lo pasas muy bien porque conoces a gente que jamás verías en tu entorno habitual, y eso da para escribir muchos libros.
P.– Muestras escenas en lo cotidiano: casas, supermercados, consultas médicas… Querías demostrar que el drama sucede ahí.
R.– Me interesa mucho lo cotidiano. A la gente la dejan en un MediaMarkt o mientras está comprando en el Mercadona. El amor es parte de nuestra vida diaria y ocurre en sitios random; tanto lo bueno como lo malo, porque te puedes enamorar perfectamente en un Burger King. Me interesan las cosas tal como suceden realmente.
P.– ¿Crees que los lugares han dejado de ser importantes?
R.– Absolutamente. Todo se ha vuelto un poco feo. Cuando preguntas dónde cenar te dicen que les da igual o que no conocen ningún sitio bonito. Es todo «amor en chándal»: pedir cualquier cosa y ver Netflix. ¡Cúrratelo un poco! Llévame al teatro o compra una botella de champán. Y cuando ya tienes pareja, pasa igual; hay que mantener el interés y poca gente lo hace.
P.– Hablas de matrimonios largos y abordas el sexo para romper el enfoque habitual de la mujer en una relación extensa.
R.– Conozco a muchas parejas estables que no tienen relaciones sexuales y se ve como algo normal. He querido opinar porque, aunque es respetable, a mí no me lo parece tanto. También digo que el amor requiere dinero; mucha gente sigue casada tras 25 años simplemente porque no puede permitirse económicamente tener dos casas y separarse. El amor está muy bien, pero el dinero es un impedimento real. Por eso hablo de ese amor menos idealizado y más de «equipo».
P.– El deseo como algo que no caduca ni con la edad.
R.– Nunca caduca. Para mí es el motor de la pareja y lo que la diferencia de una amistad. Mi madre siempre me decía que el amor se acaba cuando te deja de apetecer acostarte con esa persona. Y también me decía algo muy gracioso: «hija mía, para beberse un vaso de leche no hace falta comprarse la vaca entera».
P.– Tu madre era…
R.– Sí, es muy graciosa, tiene salidas muy buenas.

P.– Tus títulos, como Señora, no será tu puta madre o el nuevo, son desafiantes. ¿Buscas la provocación?
R.– Busco captar la atención porque quiero vender libros y que me descubran. Además, me los creo porque son frases mías. En el libro cuento que yo tenía un bar para mis citas y siempre me bebía una copa de cava antes de que llegaran, porque con un vino en el cuerpo todo se ve mejor. El título alude a ese momento de hartazgo: «por favor, otro vino y mañana será otro día».
P.– ¿»Otro vino» es resistencia o asumir cómo funciona el amor? Alguien dijo que era un título de perdedoras.
R.– Y yo respondí: «es que somos muchas perdedoras». No me importa, yo me reconozco ahí. Somos perdedoras en el amor que nos lo pasamos fenomenal. El título es resistencia: que vayan pasando los tíos y ponme otro vino.
P.– Escribiste este libro durante un viaje de cinco meses por Sudamérica. Has vivido experiencias increíbles.
R.– Sí, increíbles. Para mí la vida es una aventura y viajar lo es todo. Necesito el movimiento y la incertidumbre de no saber qué va a pasar cada día. Y en cuanto a escribir, yo vivo de las experiencias, de los miedos que vences y de lo que aprendes de la gente. Como siempre escribo desde mi «yo», aunque use otros personajes, viajar me viene muy bien para nutrir mis historias.
P.– ¿Y qué dicen tus hijos de esta vida viajera?
R.– Creo que están orgullosos de que sea capaz de hacerlo, aunque también tienen envidia porque no los llevo. Respecto a mis libros, este no se lo voy a dejar leer porque es más personal y hay cosas del sexo que no quiero que sepan; los hijos y el sexo no se deben mezclar. Les marcaré con pósits lo que sí pueden leer, pero aun así son mis fans número uno y me ayudan con la promoción.
P.– Sibila Freijo, Ponme otro vino que aún te veo feo. Vamos a ponernos otro vino, si te parece.
R.– Ay, otro y otros dos también. Muchas gracias, Rosa. Un placer.
