Bernardo Atxaga: “Urtain encarna el desamparo de quien es utilizado y luego abandonado.”

"En el oficio de escribir no hay que vender el combate; hay que ir en serio".

Bernardo Atxaga, Premio Nacional de las Letras, regresa con su novela Golondrinas, un mapa de las ausencias y la memoria que retrata el desamparo de quienes se quedan fuera de lugar. La historia arranca con la figura de Urtain, cuyo cuerpo en 1992 no solo marcó el final de una vida, sino el peso de una imagen pública que terminó por vaciar al hombre para convertirlo en símbolo.

En torno a su figura se cruzan fuerzas que lo superan: el relato oficial, la construcción de mitos y la forma en que un sistema puede apropiarse de una persona hasta dejarla a la intemperie. Entre un molino, un buey y las vidas que orbitan a su alrededor, Atxaga teje una red atravesada por el poder, el deseo y la pérdida. A través de tres funerales y un paisaje donde las aves que dan nombre al libro actúan como hilo conductor, la ficción aparece como una vía de conocimiento capaz de indagar en el alma humana allí donde la ciencia no alcanza.

Es una reflexión sobre la sospecha ante el éxito y la importancia ética de no «vender el combate» en el oficio de escribir; un recordatorio de que el tiempo insiste en volver sobre sí mismo y de que ciertos hechos no terminan nunca de cerrarse.


P.- La novela arranca en un cementerio en 1992 y vuelve a ese mismo lugar no una sola vez, sino veinticinco años después, e incluso cincuenta.

R.- Sí, hay tres momentos. Sinceramente, lo que me interesa en esta novela, y en la vida, no es tanto la muerte como tal, que me parece un tema inabordable; piensas en ello hasta que te das cuenta de que no avanzas y lo dejas. Lo que me interesa es el funeral y su importancia, lo que un funeral significa o puede significar.

Por ejemplo, en el primer funeral están Pedro Carrasco, los levantadores de piedra y los campesinos del lugar. En el segundo están, por decirlo brevemente, los mafiosos: el de la costa, los dueños de los prostíbulos, etcétera. Y en el tercero, el del pintor, están las personas que creen en la poesía, los que viven poéticamente. Son tres públicos diferentes que permiten tres expansiones distintas.

Hablar del último funeral, el que llamo poético o luminoso, no hubiera sido posible sin crear ese ambiente previo. El comentario que hace el pintor sobre la vida de San Francisco de Asís, tras ver la película ‘Francesco, giullare di Dio’ de Roberto Rossellini, no hubiera encajado en otro lugar que no fuera ese, donde su mujer católica le pide explicaciones. 

Es la vía de la poesía y la ficción para entender la subjetividad humana. Del mismo modo, no habría podido hablar del mundo bajo de la mafia de no existir ese segundo funeral. Y tampoco habría podido hablar del mundo que más he conocido vitalmente, el mundo de Obaba y de la montaña vasca, de no hacerlo a través de un personaje como Urtain.

Yo conocí a Urtain personalmente. Cuando yo era niño, Urtain era un héroe. Nos impresionaba verle bajar por una acera, encontrarse un coche aparcado, coger un poco de carrerilla y saltar por encima del coche sin tocarlo. Era una agilidad atlética impresionante.


“Lo que he querido mostrar de fondo es una historia del desamparo de una persona que se queda fuera de lugar

P.- ¿Por eso lo rescatas? Entiendo que es el punto de partida de una época y de un sistema, casi de un universo.

R.- Ante un protagonista como Urtain puedes moverte en diferentes círculos. El primero es el de la niñez y el mundo rural, sobre el que ya he escrito bastante. Pero los tiempos han cambiado y no puedo contar ese mundo como lo hice hace cincuenta años.

Otro círculo sería seguir su biografía, desde levantador de piedras a boxeador, pero tampoco he ido por ahí. Lo que he querido mostrar de fondo es una historia del desamparo de una persona que se queda fuera de lugar. Urtain está fuera de lugar, y el pintor también lo está, en su caso por la edad, que lo retira del amor.


“La indiferencia es una de las formas de vida de nuestra sociedad: es la indiferencia absoluta.” 

P.- Has hablado del desamparo y la caída, de esa situación de abandono. ¿Qué dice de una sociedad el hecho de abandonar a una persona a la que antes mitificaba?

R.- Creo que hay tres grandes grupos ante su figura. En la novela hay una persona que odia a Urtain y otra que lo ama. El tercer grupo, que no está en el libro porque es la mayoría, es el indiferente: el que no sabe nada ni quiere saber.

Hoy en día todavía hay mucha gente que tiene un buen recuerdo de Urtain porque era un hombre bueno y espiritualmente muy fino. Recuerdo una entrevista donde le preguntaron por su olor favorito y respondió: «el de la hierba recién cortada». Pensé que tenía una finura poética poco común, pero estaba fuera de su sitio y no se sabía defender; hablaba una lengua que no era la suya y se notaba que no le pertenecía.

Luego están los que lo odian, incluso muy cerca de donde él nació. En esa zona, la inmensa mayoría de la gente no lo quiere ver, ni quiere que se hable de él. Y finalmente están los indiferentes. La indiferencia es una de las formas de vida de nuestra sociedad: no el «amor al prójimo» que dice la religión, sino la indiferencia absoluta.


“La gente busca una compensación para su narcisismo herido porque se siente incapaz de comprender lo que sucede.

P.–¿Crees que hoy sigue existiendo ese sentimiento de abandono, aunque adopte nuevas formas?

R.- Sí, las fuerzas del poder son ahora tan tremendas que la mayoría de la gente tiene, como decía Napoleón, un momento de lucidez a las tres de la mañana donde se siente completamente impotente, desamparada e incapaz de comprender lo que sucede.

De ahí vienen muchos males, porque la gente busca una compensación para su narcisismo herido. Buscan pertenecer a una élite, por ejemplo, mirando con desprecio a alguien con diferente color de piel para sentir que son más que él. Eso les recompensa y arregla sus fisuras.


“Todo el mundo está esperando su caída; el momento del fracaso produce una relajación en los demás.”

P.- Seguimos elevando a quien tiene éxito como un símbolo, hasta que deja de tenerlo. Ahí es cuando la sociedad no sabe funcionar.

R.- ¿Cuál es la función de esas revistas que veo en la peluquería, donde muestran casas de gente que parece importantísima? Llegué a la conclusión de que todo el mundo está esperando su caída. El momento en que esa persona cae enferma o fracasa produce una relajación en los demás: «al final todos somos iguales». Ciertos funerales, como el de Lady Di, despertaron una energía incomprensible porque tienen que ver con el «Vanitas» barroco: el príncipe con la calavera. Estamos esperando el momento de la caída.


“Hay una relación directa entre el totalitarismo y una forma de ver los cuerpos; la olla de la irracionalidad me hace temblar.”

P.- Se ha mencionado la relación del boxeo con el fascismo. ¿Qué hace a este espectáculo tan útil para la propaganda?

R.- Hay un dato histórico: la «joya» de Mussolini era el boxeador Primo Carnera. Los nazis, en sus películas, mostraban cuerpos atléticos como el ideal de los dioses. Por eso, cuando Jesse Owens ganó los 100 metros en Berlín, fue la mayor puñalada para Hitler.

Hay una relación directa entre el totalitarismo y una forma de ver los cuerpos. Hoy eso se repite con otros deportes como el fútbol. Esas masas enfervorizadas en los estadios me hacen temblar; es la olla de la irracionalidad gritando. No extraña que de ahí salgan grupos parafascistas. Lo peor es la irracionalidad, porque de ella puede venir cualquier cosa.


“A veces uno escribe porque le alcanza un proyectil que nunca imaginó.” 

P.- Vamos con otro de los personajes, Guillermo. Él representa el poder, la corrupción y las relaciones.

R.- Siempre recurro a la experiencia para no equivocarme. Yo trabajé en un banco; empecé en financiera y me pasaron a comercial. En ese mundo conocí un ambiente que me sorprendió. Tenía 24 años y me decían: «He observado que nunca dices que has ido a misa; este banco es del Opus Dei y si quieres medrar, tienes que ser religioso». Yo le pregunté si él era creyente y me respondió: «Para nada, pero doy charlas en los conventos porque ahí hay mucho capital circulante».

Ves experiencias que luego terminan en el libro. A veces uno escribe porque le alcanza un proyectil que nunca imaginó. Aquella conversación fue tal cual para un chico que venía de estudiar económicas, poesía y teatro. Te sorprende para mal. El tema de los bonos en la novela viene de ahí; es un acercamiento que me permitía jugar.

P.- En la segunda parte hay un crimen y utilizas el suspense.

R.- He pensado que a la novela le convenía tener suspense, pero sé que hoy en día el suspense es algo de lo que se abusa; todo se da con suspense. Así que hago suspense, pero al mismo tiempo me burlo un poco de él. Ese ha sido el juego con Guillermo y el banco.


“La ficción es la tercera vía de conocimiento necesaria para conocer el alma humana; la ciencia es incapaz de entrar ahí.

P.- En la novela, Pedro encarna una especie de espacio intermedio a través del arte. ¿Qué papel juega esa mirada en el conjunto del relato?

R.- Lacan hablaba de esa «tercera parte». Hay una vía de conocimiento para el mundo objetivo que es la ciencia, pero la ciencia es incapaz de entrar en el mundo más complejo de todos: la mente. La psicología entra, pero es como intentar coger agujas con guantes de jardín; es muy difícil. La mente es inabarcable.

Para eso está la ficción y la poesía. Si uno leyera todos los libros escritos, tendría una idea de lo que es la subjetividad. Es la tercera vía de conocimiento necesaria para conocer el alma humana. El alma humana no es tangible, no se puede ver como vemos un caballo. La única forma de acercarse es ir caso por caso, línea a línea.

Recuerdo que, estudiando económicas, compré un libro del autor teatral Arthur Adamov. Cuando contaba su ritual de besar zapatos de mujer antes de dormir, para mí fue una lección sobre el alma humana que nunca olvidaré.

P.- ¿Dirías que esta historia es de vida más que de muerte?

R.- Este libro es como unos hilos que tienen electricidad; a veces dan calambres. Lo bueno de la literatura es que permite pasar los textos por tu propio interior y decir: «esto también le pasaba a mi padre».

Yo nunca he sido un autor triste. Todos mis libros tienen un poco de alegría. Quizá tiene que ver con algo infantil que hay en mí. Los poetas suelen tener algo que un economista calificaría de infantil, pero yo ya no rechazo eso. La alegría de escribir poemas humorísticos está ahí, es algo interno.


“Las golondrinas hacen por mí el trabajo de darle unidad al paisaje.” 

P.- ¿Qué papel tienen las golondrinas en esta historia?

R.- Todo lo que existe tiene una historia. Primero, están los pájaros que vemos volar. Luego sabemos que migran; hace poco se supo que una golondrina anillada en la costa vasca apareció en Mali. Ese conocimiento es acervo popular. En el Valle del Roncal, a las mujeres que iban a trabajar a las fábricas de alpargatas al otro lado de la montaña las llamaban «las golondrinas». Y finalmente están las golondrinas de los poemas de Bécquer.

He querido que el paisaje tenga unidad en la mente del lector. Esto lo aprendí de Chéjov: él decía que si quieres describir un estanque, no intentes describirlo todo, cuenta qué pasa con la hoja que ha caído al agua y ya está. En la novela, las golondrinas aparecen primero en una lápida y luego vuelan por aquí y por allá; ellas hacen por mí el trabajo de darle unidad al paisaje.


“Hay gente a la que le gusta leer mucho y otra gente a la que le gusta mucho leer.” 

P.- Para terminar, ¿qué piensas de lo que se publica hoy? ¿Se escribe mucha literatura o se escriben muchos libros?

R.- Un personaje del libro, Ander, que en realidad es mi amigo librero Javier, tiene una frase que siempre repito: «Hay gente a la que le gusta leer mucho y otra gente a la que le gusta mucho leer».

Hoy se producen muchos libros cargados de biografía personal, de confesión, que a mí me parecen falsos desde la primera línea hasta la última. Considerar que cualquier cosa que pasa por tu mente tiene interés es un error. Estoy leyendo el libro de un Premio Nobel que son reflexiones menores y realmente no tiene interés.

Siempre debe haber una responsabilidad con el objetivo; el lector debe aprender algo. En vasco hay una palabra muy buena: chuchumucho, que es el cotilleo o el salseo. Todo lo que se acerca al cotilleo no me interesa. Yo prefiero que lean golondrinas.


“No hay que vender el combate; hay que ir en serio.”

P.- Atxaga es Atxaga. El lector siempre te encuentra aunque cuentes cosas distintas cada vez.

R.- Después de un tiempo se sabe quién va en serio en el oficio y quién está trampeando. Me viene a la mente un cuento de Hemingway sobre un boxeador viejo a punto de retirarse y uno joven. El viejo se da cuenta de que él ha vendido el combate, pero descubre que el joven también lo ha vendido. El viejo le dice que es tristísimo que alguien joven ya haya vendido su integridad. Yo creo que no hay que vender el combate; hay que ir en serio.