Santiago Roncagliolo escribe desde lugares donde casi nunca resulta cómodo quedarse demasiado tiempo. El poder, la violencia, el miedo, la culpa, las instituciones y todo aquello que una sociedad intenta esconder terminan entrando, de una forma u otra, en sus libros. A veces lo hace desde la ficción y otras desde la investigación, pero casi siempre con la misma pregunta de fondo: qué ocurre cuando uno decide mirar donde los demás prefieren no hacerlo.
Abril rojo, con la que ganó el Premio Alfaguara en 2006, lo situó definitivamente entre los nombres más reconocibles de la narrativa en español, pero su obra ha ido mucho más allá de aquella novela. Ha escrito sobre Sendero Luminoso, sobre el terrorismo, sobre los fantasmas políticos de América Latina, sobre la violencia que atraviesa las familias y también sobre ese pasado que nunca termina de quedarse atrás. En títulos como La cuarta espada, La pena máxima, La noche de los alfileres o Y líbranos del mal, la historia y la ficción se rozan continuamente hasta llegar a un punto en el que lo inquietante no es saber qué parte ocurrió de verdad, sino reconocer todo lo que podría seguir ocurriendo.
Roncagliolo tiene además una forma muy particular de acercarse a los grandes asuntos: entra por las personas. No suele mirar el poder desde arriba, sino desde quienes lo ejercen, lo padecen, lo justifican o terminan atrapados dentro de él. Quizá por eso incluso sus investigaciones conservan algo profundamente narrativo y sus novelas, algo incómodamente real.
Con El pastor y los lobos vuelve a hacerlo. Esta vez entra en la Iglesia católica para observar sus luchas internas, los abusos, los silencios, las víctimas y las distintas formas de entender una institución atravesada por fuerzas que no siempre avanzan en la misma dirección. Pero, como ocurre tantas veces en sus libros, la Iglesia termina siendo también otra cosa: un territorio desde el que mirar el poder, la obediencia, la fe y todo lo que sucede cuando una estructura empieza a resquebrajarse por dentro.
