Revista. Periodismo literario y actualidad cultural

Una entrevista comienza
mucho antes de
encender el micrófono

¿Quién ha decidido lo que estás mirando?

Eli Cortiñas convierte el acto de mirar en una pregunta: quién selecciona las imágenes que recibimos, qué queda fuera y cuánto elegimos realmente.

Una imagen parece una cosa sencilla: está delante de nosotros y la miramos. Pero Eli Cortiñas introduce una sospecha mucho menos cómoda. Antes de que nuestros ojos lleguen hasta ella, alguien puede haber decidido qué debía aparecer, qué debía quedar fuera y hasta de qué manera íbamos a entenderlo.

Miramos todo el tiempo. Una fotografía, una película, un objeto dentro de una vitrina, la pantalla del teléfono. Lo hacemos con tanta naturalidad que apenas pensamos en ello. Vemos y creemos que mirar empieza en nuestros ojos.

Eli Cortiñas viene a complicar algo que parecía tan sencillo.

Y basta una mano para conseguirlo.

Ocupa casi toda la imagen. Entre los dedos sostiene algo minúsculo, parecido a una piedrecita. Hay que acercarse con la mirada para encontrarlo. Primero vemos la mano y después descubrimos eso pequeño que parece casi desaparecer entre el índice y el pulgar. Entonces ocurre algo curioso: queremos saber qué es, pero también queremos saber cómo se siente. Si pesa. Si está frío. Si su superficie es lisa o áspera. Si esa mano lo sostiene con cuidado porque es frágil o porque es valioso.

Durante unos segundos no importa nada más.

Eso me gusta especialmente de La máquina sueña con humo: antes de pedirnos que pensemos, consigue que queramos mirar.

La mano podría estar protegiendo aquello que sostiene. También podría examinarlo. Guardarlo. Apropiárselo. No lo sabemos, y precisamente esa falta de certeza hace que resulte difícil apartar los ojos.

Las imágenes cambian y nosotros cambiamos con ellas. Aparecen rostros, cuerpos, objetos, paisajes; fragmentos que parecen proceder de tiempos distintos y que, sin embargo, terminan encontrándose delante de nosotros. Algunas imágenes tienen algo casi pictórico. Dan ganas de detenerlas, de impedir que continúen, porque justo cuando creemos haber encontrado un detalle aparece otro y volvemos a empezar.

No estamos mirando deprisa. Estamos curioseando. Y esa diferencia importa.

Antes de nosotros ya ocurrió algo

La exposición recupera The Most Given of Givens, una obra de vídeo de tres canales realizada por Cortiñas en 2016, y vuelve sobre ella años después. Ese es el punto de partida. Pero delante de las imágenes lo verdaderamente interesante sucede cuando dejamos de pensar en fechas y empezamos a preguntarnos por las cosas.

Aquello que ahora contemplamos no empezó su vida aquí.

Un pequeño objeto puede haber pertenecido a alguien. Haber sido tocado de otra manera, utilizado, guardado, querido incluso. Puede haber tenido un significado completamente distinto antes de terminar convertido en algo que nosotros observamos desde fuera.

Entonces aquella mano vuelve a nuestra cabeza.

Ya no vemos únicamente unos dedos y algo diminuto entre ellos. Aparece una intimidad extraña. La desproporción emociona: una mano enorme para algo tan pequeño. Durante un instante parece que pudiera cerrarse y hacerlo desaparecer.

Y eso provoca una mezcla difícil de precisar. Ternura, porque el gesto parece delicado. Curiosidad, porque queremos saber qué sostiene.

Y también cierta inquietud, porque sostener algo significa tenerlo en nuestras manos.

Cortiñas consigue que un gesto aparentemente mínimo empiece a crecer. De pronto nos preguntamos quién tocó ese objeto antes, quién decidió conservarlo y por qué ahora lo encontramos aquí.

No hace falta conocer todas las respuestas para disfrutarlo. Al contrario.

Una de las cosas más atractivas de esta exposición es precisamente poder quedarse un rato delante de una imagen sin sentir la obligación de descifrarla inmediatamente. Mirarla hasta que algo cambia.

A veces cambia la imagen. Otras veces cambiamos nosotros.

De una vitrina a una pantalla

Y cuando parecía que estábamos hablando de objetos antiguos, la exposición nos trae de nuevo al presente.

No hace falta ir muy lejos. Llevamos una pantalla encima.

Buscamos una palabra y aparecen imágenes. Pasamos el dedo y llega otra. Después otra. Nos detenemos donde algo nos atrae y seguimos avanzando casi sin pensar por qué aquello estaba precisamente ahí.

Cortiñas consigue que ese gesto cotidiano empiece a parecernos un poco más extraño.

Porque alguien —o algo— ha ordenado antes lo que nosotros recibimos.

La conexión no aparece como una explicación pesada. Se va formando mientras miramos. Aquellas manos que tocan y examinan objetos empiezan a convivir con otra forma de seleccionar el mundo: la de las máquinas que cada día deciden qué imágenes llegan hasta nosotros.

Y entonces volvemos a mirar el teléfono de otra manera.

No porque la exposición quiera convertirlo en enemigo, sino porque nos recuerda algo bastante sencillo que olvidamos continuamente: ver mucho no significa necesariamente verlo todo.

La máquina sueña con humo

Y entonces el título empieza a funcionar de verdad.

La máquina sueña con humo.

Es difícil no detenerse en esas palabras.

Una máquina no sueña. Al menos no como nosotros. La imaginamos precisa, ordenada, limpia. La asociamos con respuestas, cálculos, certezas.

El humo hace justo lo contrario. Se mete entre las cosas. Borra los bordes.

Hace que una forma que parecía perfectamente reconocible deje de serlo durante un instante.Quizá por eso el título es tan bueno.

La exposición no necesita explicarlo de una sola manera y nosotros tampoco. Basta con dejar que esas palabras acompañen las imágenes. La máquina promete exactitud y el humo se cuela dentro para estropear un poco esa confianza.

Y qué bien que la estropee.

Porque vivimos rodeados de imágenes y quizá nunca habíamos confiado tanto en ellas. Las buscamos, las compartimos, las generamos, dejamos que nos expliquen lugares en los que nunca hemos estado e incluso personas que nunca hemos conocido.

Cortiñas introduce una pequeña nube en medio de esa seguridad.

Después de verla, uno ya no sabe si quiere despejar el humo o quedarse un poco más dentro.

La belleza también puede hacernos dudar

Sería una pena reducir esta exposición a las ideas que contiene, porque también es hermosa de mirar.

Y eso importa.

Importa la mano. Importa ese pequeño objeto suspendido entre dos dedos. Importan las escalas, los cambios, los fragmentos que durante unos segundos se convierten casi en cuadros y esa sensación de que una imagen puede desaparecer antes de que hayamos terminado con ella.

A veces el arte contemporáneo parece exigir que llevemos primero las instrucciones y después los ojos.

Aquí prefiero hacer exactamente lo contrario. Mirar. Acercarme. Dejar que algo me guste sin preguntarme todavía por qué.

Y luego volver.

Porque cuando regresamos a aquella mano ya sabemos que no estamos viendo exactamente lo mismo que al principio.

Seguimos sin saber qué tacto tendría eso diminuto que sostiene. Seguimos sin poder cogerlo nosotros. Pero ahora sabemos que precisamente ahí puede empezar una historia: en la necesidad absurda y maravillosa de querer tocar con los ojos algo que está fuera de nuestro alcance.

Salir mirando un poco distinto

Quizá al final eso sea lo que más me interesa de La máquina sueña con humo. No salir de ella con la sensación de haber recibido una lección.

Salir con ganas de seguir mirando.

Volver a una imagen porque algo se nos escapó. Acercarnos a otra porque no terminamos de entenderla. Descubrir que aquello que primero nos pareció hermoso puede empezar a incomodarnos y que aquello que nos desconcertó puede terminar siendo lo que más recordemos.

Yo sé cuál probablemente recordaré. Una mano. Dos dedos. Y entre ellos, algo tan pequeño que casi habría pasado inadvertido.

Pero no pasó. Nos obligó a acercarnos. Y a veces basta eso para saber que merece la pena ir a ver una exposición.

Eli Cortiñas. La máquina sueña con humo

Museo Reina Sofía. Edificio Sabatini, Espacio 1.
Del 23 de septiembre de 2026 al 8 de marzo de 2027.exposición que te hace desconfiar de tus propios ojos

  • Mirar no empieza necesariamente en nuestros ojos: antes puede haber existido una selección.
  • Un gesto mínimo puede cambiar toda una imagen: una mano y un objeto diminuto bastan para despertar curiosidad, ternura e inquietud.
  • Los objetos tienen una vida anterior a nuestra mirada: fueron tocados, usados, conservados y quizá queridos.
  • La pantalla también selecciona el mundo por nosotros: algoritmos y máquinas ordenan cada día gran parte de lo que vemos.
  • La belleza no elimina la duda: en La máquina sueña con humo, precisamente aquello que atrae la mirada termina haciéndonos desconfiar de ella.

Imágenes que obligan a detenerse, objetos cargados de una historia que desconocemos, una reflexión sobre cómo miramos y una pregunta muy contemporánea sobre quién decide qué aparece delante de nuestros ojos.

Quienes disfrutan del arte contemporáneo cuando primero entra por los ojos y solo después empieza a hacer preguntas.

ROSA PASA PÁGINA

Rosa Sánchez de la Vega ha desarrollado su carrera en prensa escrita, digital y, especialmente, en radio, donde ha dirigido, coordinado y colaborado en programas vinculados a la literatura, el arte y la cultura. El micrófono ha marcado buena parte de su trayectoria y una forma propia de entender la entrevista y la divulgación cultural. De esa experiencia nacen proyectos como Rosa Pasa Página y Autoras de palabra con Rosa, en MAGAS (El Español).
 
Rosa Pasa Página da nombre a una revista digital de periodismo literario y actualidad cultural, con la entrevista como uno de sus principales ejes y una mirada abierta al cine y al arte.

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