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La bola negra: Los Javis convierten una obra inacabada de Lorca en casi un siglo de historia

De un casino en 1932 a la Guerra Civil y el Madrid de 2017, cuatro personajes sostienen la historia de La bola negra.

Cuando vivir también puede convertirse en una forma de resistencia

Entrar en un cine y sentarse delante de una pantalla siempre tiene algo de magia. Pero esta vez había además algunos condicionantes difíciles de apartar: Federico García Lorca, Los Javis y una película elegida para representar a España en los Oscar. Todo eso llega contigo a la butaca. Y, sin embargo, en cuanto empieza La bola negra, manda la película.

Me quedé atrapada muy pronto por la imagen: la fotografía, los escenarios, la luz, los rostros, esa manera de llenar la pantalla. Pero casi al mismo tiempo la película no te deja instalarte. Cambia de año, de lugar, de personaje con una rapidez que al principio descoloca. 1932, 1937, 2017. Apenas has empezado a entender una escena cuando ya estás en otra, y durante un rato cuesta saber qué detalle guardar, qué rostro recordar, qué relación va a importar después. Ese ritmo te obliga a no distraerte, a no apartar la vista, a poner todos los sentidos: La bola negra no te deja mirar desde fuera.

Y esa belleza convive desde el principio con una dureza que la película no esquiva. La apertura es brutal: niños, ancianos, mujeres, un pueblo arrasado, una persecución. Los Javis dejan claro muy pronto lo que significa una guerra, pero después deciden no quedarse únicamente ahí. Estamos demasiado acostumbrados a verla contada desde la suciedad, la destrucción y el horror. La bola negra mira también todo lo que sigue existiendo dentro: el paisaje, la música, unos soldados que bailan, la posibilidad de encontrar belleza incluso allí donde parece que no debería quedar nada.

Quizá ahí esté uno de sus grandes aciertos. La realidad no se vuelve menos terrible porque la película encuentre belleza dentro de ella. Al contrario: esa convivencia entre el horror y la vida termina diciendo mucho más que una sucesión de imágenes de devastación. Puede haber momentos en los que su perfección visual roce el exceso, pero esa belleza no tiene por qué suavizar lo que cuenta. Muchas veces hace exactamente lo contrario: recuerda todo aquello que la guerra amenaza con destruir.

Debajo de todo ese despliegue empieza a aparecer algo mucho más interesante que la propia belleza. La bola negra habla de vidas partidas, escondidas, obligadas a parecer otra cosa. Y quizá por eso hay una pregunta que empieza a sostenerlo todo: qué queda de una vida cuando para seguir adelante has tenido que dejar una parte de ti fuera.

La Historia también entra en una vida

Las tres épocas empiezan entonces a tener otra relación entre sí. La bola negra no utiliza 1932, 1937 y 2017 únicamente para viajar por casi un siglo de España. Mira qué ocurre cuando las decisiones de una sociedad dejan de ser algo abstracto y terminan entrando en una casa, en una familia, en un cuerpo, en la manera de amar o en el lugar que cada uno puede ocupar.

Eso cambia también la forma de mirar la Guerra Civil. Las personas homosexuales no estaban al margen de aquella Historia esperando que alguien las incorporara después al relato. Estaban allí. En los pueblos, entre quienes tuvieron que huir, entre quienes fueron movilizados, entre quienes intentaban seguir queriendo a alguien mientras alrededor todo se deshacía. La mirada queer de La bola negra no añade una historia nueva a la guerra; recupera una parte que muchas veces quedó fuera de la manera en que la hemos contado.

Y por eso importa tanto que la película llegue hasta 2017. No para establecer una comparación fácil entre un pasado terrible y un presente resuelto, sino para colocar esas épocas una frente a otra. Han cambiado las leyes, la visibilidad y las posibilidades de construir una vida propia, pero mirar hacia atrás permite entender qué puede ocurrir cuando una sociedad empieza a decidir quién pertenece, qué formas de vida acepta y cuáles rechaza.

Sebastián y todo lo que no coincide con lo que parece

Sebastián es el personaje alrededor del que la película encuentra su parte más humana. Guitarricadelafuente lo sostiene desde una vulnerabilidad muy contenida, como si llevara siempre algo ligeramente desplazado dentro. No hace falta que explique demasiado quién es porque muchas cosas están ya en su manera de mirar, en cómo ocupa el espacio, en esa sensación de estar atravesando una historia que avanza más deprisa que él. La música forma parte del personaje desde el principio y también ayuda a entenderlo: primero pertenece a algo cercano, cotidiano, casi inocente, y después va cambiando de significado a medida que el mundo a su alrededor se vuelve más hostil.

Lo interesante es que Sebastián nunca termina de coincidir con aquello que parece representar. La película juega mucho con esa distancia. El uniforme, el gesto, el lugar que uno ocupa, la forma de masculinidad que se espera de cada uno. Y ahí entra Rafael Rodríguez Rapún, interpretado por Miguel Bernardeau, con una presencia muy distinta: más firme, más segura, incluso con una apariencia que puede llevar al espectador a pensar una cosa antes de descubrir otra. Ese contraste funciona porque La bola negra desmonta continuamente la facilidad con la que clasificamos a las personas por lo que vemos.

Entre ambos aparece un espacio distinto dentro de la película. No hace falta contar más. Lo importante es lo que sucede cuando, por un momento, las etiquetas que todo lo ordenan —el uniforme, el bando, la masculinidad, lo que cada uno debería ser— empiezan a perder fuerza. Ahí La bola negra funciona mejor cuanto menos explica. Una mirada, una cercanía, una pausa dicen más que cualquier discurso.

Los cuerpos forman parte de ese juego, aunque la película insiste en ellos más de lo necesario. La desnudez borra el uniforme, la jerarquía, incluso durante unos minutos la idea de enemigo, y devuelve a esos hombres a algo mucho más vulnerable. La intención se entiende pronto.


Y aquí la belleza vuelve a tener sentido de otra manera. Los cuerpos, el paisaje, la música o un baile no niegan la violencia que los rodea. La hacen todavía más visible porque recuerdan qué clase de vida intenta seguir abriéndose paso en medio de ella.

La violencia también puede ser educada

Carlos pertenece a otro tiempo y a una violencia diferente. En 1932 no hace falta una guerra para decidir que alguien sobra. Basta una sociedad perfectamente educada, un club, una familia y unas reglas aceptadas por todos. El casino al que aspira a pertenecer no es simplemente un espacio social: también está ligado a la figura del padre, a la autoridad, al apellido y a todo aquello que se espera de un joven de su clase. Y Antonio de la Torre aporta a ese padre el peso suficiente para que entendamos que pertenecer no depende únicamente de lo que Carlos desea, sino también del mundo al que ha nacido obligado a responder.

Ahí aparece la bola negra del título y su fuerza está precisamente en su pequeñez: algo que cabe en una mano puede decidir si alguien pertenece o queda fuera.

A partir de ahí, la bola negra empieza a crecer mucho más allá de ese gesto. Puede convertirse en una norma social, en una familia, en una mirada, en todo aquello que señala lo diferente y decide qué puede mostrarse y qué debe permanecer oculto. La película encuentra en Carlos algunas de sus imágenes más claramente lorquianas: la nieve, la montaña, los relatos que llegan de otro tiempo y esa mezcla de belleza, amenaza y castigo que atraviesa buena parte del universo de Lorca.

Federico García Lorca permanece muy cerca de todo esto sin necesidad de convertirse en protagonista. La bola negra parte de aquellas pocas páginas que dejó de una obra inacabada y las cruza con La piedra oscura, de Alberto Conejero, pero su presencia está menos en la explicación que en la atmósfera: en el deseo, en la exclusión, en determinados paisajes, en las madres, en esa sensación de que algunas vidas quedaron interrumpidas y otras tuvieron que aprender a vivir con una parte de sí mismas fuera de la luz.

Cantabria, la música y el peso de los lugares

El paisaje ayuda mucho cuando la película deja de intentar explicarse. Cantabria tiene peso propio. La humedad, la piedra, el verde, los refugios, la sensación de un territorio cerrado por la guerra aportan una aspereza que contrasta con esa belleza tan pulida de otros momentos. El paisaje no está simplemente detrás de los personajes: a veces parece encerrarlos.

Y la música vuelve a hacer algo parecido. En Sebastián no funciona como acompañamiento, sino como memoria de una vida anterior y como prueba de hasta qué punto algo cotidiano puede cambiar de sentido cuando cambia el mundo que lo rodea.

Ahí también se entiende mejor una de las virtudes de la película: sabe que los lugares y los objetos pueden contar tanto como una explicación. Cuando confía en ellos, cuando permite que un paisaje, una habitación o una melodía se queden simplemente delante de nosotros, La bola negra respira mejor. No necesita convertirlo todo en símbolo porque algunas imágenes ya llegan cargadas de significado.

El presente y todo lo que ahora sí puede nombrarse

El presente entra con otra luz. Alberto puede hacer algo que para quienes vivieron antes no era tan sencillo: preguntar. Buscar. Nombrar. Su historia no interesa únicamente porque mire hacia atrás, sino porque permite medir la distancia entre unas generaciones y otras. En 2017 ciertas vidas pueden mostrarse de una manera que décadas atrás habría tenido consecuencias muy distintas. Ese contraste es mucho más interesante que cualquier explicación del pasado porque coloca una época delante de la otra y deja que veamos cuánto ha cambiado y cuánto sigue viajando de generación en generación.

Ahí aparece también una de las mejores ideas de la película: lo que una familia calla no desaparece necesariamente. Puede dejar de tener nombre y aun así permanecer en la forma de relacionarse, de querer o de hacerse daño. Lola Dueñas aporta precisamente esa parte menos visible de la memoria: el daño que se hereda incluso cuando ya nadie sabe exactamente de dónde viene.

Las mujeres ocupan menos espacio narrativo, pero no están ahí para decorar la historia de los hombres. La maternidad, la pérdida y distintas formas de supervivencia pasan también por ellas. Penélope Cruz introduce algo especialmente necesario: aire. Su presencia cambia la temperatura de la película, aporta descaro, sensualidad y una energía más terrenal en medio de tanta gravedad.

Glenn Close pertenece a otro registro, al de un presente capaz de mirar lo que quedó atrás y reconocer su valor. Y Alana S. Portero aporta quizá el contraste más sencillo y más potente: una mujer trans ocupando hoy un espacio cultural, hablando y siendo visible, después de haber atravesado historias donde mostrarse podía tener un precio enorme.

No hace falta convertir su presencia en un símbolo explicado. Basta verla allí.

Porque una de las cosas que La bola negra va dejando a medida que avanzan sus tres épocas es precisamente esa distancia entre quienes apenas pudieron elegir cómo vivir y quienes, con todas las dificultades que todavía existen, han llegado a un tiempo donde algunas de esas elecciones son posibles.

Y después de todo, vivir

Y quizá por eso, cuando La bola negra deja de empeñarse en construir la gran imagen y se acerca simplemente a una persona, es cuando más verdad encuentra. Debajo de la guerra, los símbolos, Lorca, la memoria y casi un siglo de historia quedan cosas muchísimo más sencillas: alguien que quiere pertenecer, alguien que quiere elegir, alguien que necesita comprender y alguien que solo quiere poder mirar a otro sin miedo.

Porque después de tanta muerte alrededor, la película termina hablando de lo contrario. De la vida. Pero no de la vida como una consigna grandilocuente, sino de algo mucho más elemental: poder vivirla sin pedir permiso, sin convertir una parte de ti en secreto, sin aceptar que otros decidan cuánto de ti puede mostrarse.

Quizá ahí está lo que permanece cuando termina La bola negra. No tanto todo aquello que les fue arrebatado, sino la certeza de que vivir de verdad también consiste en no dejar que nadie viva tu vida por ti.

Una película camino de los Oscar

La bola negra llega además a los cines con un recorrido internacional que ya la ha situado mucho más allá de su estreno. La Academia de Cine la ha elegido para representar a España en los Oscar 2027, donde optará a ser nominada a mejor película internacional. Antes había competido en la Sección Oficial del Festival de Cannes, donde Javier Calvo y Javier Ambrossi recibieron, ex aequo, el premio a la mejor dirección. Un recorrido que confirma la dimensión alcanzada por una película nacida de una obra inacabada de Federico García Lorca y convertida por sus directores en una producción de enorme ambición.

Título: La bola negra
Dirección: Javier Calvo y Javier Ambrossi
Guion: Javier Calvo, Javier Ambrossi y Alberto Conejero
Año: 2026
Género: Drama
Duración: 155 minutos
Nacionalidad: España / Francia
Idioma: español
Fotografía: Gris Jordana
Música: Raül Refree
Reparto: Guitarricadelafuente (Sebastián), Miguel Bernardeau (Rafael Rodríguez Rapún), Milo Quifes (Carlos), Carlos González (Alberto), Antonio de la Torre, Lola Dueñas (Teresa), Penélope Cruz (Nené), Glenn Close (Isabelle Durand) y Alana S. Portero.
Oscar 2027: elegida por la Academia de Cine para representar a España en la categoría de mejor película internacional.

  • La bola negra recorre 1932, 1937 y 2017 a través de personajes marcados por épocas muy distintas.
  • Sebastián, Rafael, Carlos y Alberto sostienen una historia donde pertenecer nunca significa exactamente lo mismo.
  • La película nace de una obra inacabada de Federico García Lorca y dialoga también con La piedra oscura, de Alberto Conejero.
  • Su extraordinaria belleza visual es una de sus grandes virtudes, aunque en algunos momentos dulcifica un dolor que quizá necesitaba más aspereza.
  • Bajo la guerra, la exclusión y la memoria, la película acaba acercándose a una idea mucho más sencilla: la vida y la posibilidad de hacerla propia.

Una película de gran ambición visual que atraviesa casi un siglo, mezcla ficción e Historia y reúne a Guitarricadelafuente, Miguel Bernardeau, Milo Quifes, Carlos González, Antonio de la Torre, Penélope Cruz, Lola Dueñas, Glenn Close y Alana S. Portero.

Quienes busquen un cine que no se quede únicamente en la historia que cuenta, sino que permita detenerse en los personajes, la imagen, los silencios, los cuerpos, la música y todo aquello que cambia cuando cambia una época.

ROSA PASA PÁGINA

Rosa Sánchez de la Vega ha desarrollado su carrera en prensa escrita, digital y, especialmente, en radio, donde ha dirigido, coordinado y colaborado en programas vinculados a la literatura, el arte y la cultura. El micrófono ha marcado buena parte de su trayectoria y una forma propia de entender la entrevista y la divulgación cultural. De esa experiencia nacen proyectos como Rosa Pasa Página y Autoras de palabra con Rosa, en MAGAS (El Español).
 
Rosa Pasa Página da nombre a una revista digital de periodismo literario y actualidad cultural, con la entrevista como uno de sus principales ejes y una mirada abierta al cine y al arte.

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