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Jorge Volpi: «Lo que más miedo me da es que renunciemos por completo a nuestra responsabilidad humana»

Jorge Volpi reflexiona sobre la fragilidad democrática, el poder de la inteligencia artificial y el riesgo de renunciar a nuestra libertad sin apenas advertirlo.

Rosa Sánchez de la Vega

Jorge Volpi: «Los que vamos a terminar perdiendo seguramente seremos los ciudadanos»

El autor de La República reflexiona sobre la fragilidad democrática, el poder de la inteligencia artificial y el riesgo de entregar nuestra libertad a cambio de eficacia.

Puede que la libertad no desaparezca de golpe. Puede que empiece a irse en decisiones tan pequeñas que apenas las notamos. Una ruta, una noticia, una elección que alguien hace por nosotros y que aceptamos porque resulta más fácil. Hasta que dejamos de saber cuánto hemos cedido. La ficción puede anticipar el futuro, pero también obligarnos a mirar con otros ojos aquello que ya está sucediendo. Jorge Volpi, una de las voces más relevantes de la narrativa mexicana contemporánea, lleva años explorando las relaciones entre la historia, el conocimiento y el poder. Ahora, en La República (Alfaguara), construye un mundo inquietantemente cercano al nuestro.

Sitúas la novela a finales de 2026, una fecha que ya es nuestro presente. ¿Por qué elegiste un futuro tan próximo y una realidad alternativa en la que Donald Trump ha sido condenado?

Quería desde hace muchos años escribir una distopía, una novela que ocurriera en el futuro. Pero, dándole vueltas, me pareció más interesante construir un mundo muy cercano al nuestro, como un espejo levemente roto en el que algunas de las tendencias que vemos se llevan al límite modificando pequeños aspectos de la realidad.

La novela ocurre en un mundo alternativo en el que Donald Trump está en la cárcel por haber incitado el asalto al Capitolio. Kamala Harris gobierna de manera muy frágil y aparece una pareja formada por un senador radical, VM Lively, y su esposa, Igne Kayris, experta en inteligencia artificial, que quieren ocupar el lugar que ha dejado vacío Trump.

El trumpismo sin Trump

¿Te interesa Trump como figura política o como expresión de algo más profundo que está ocurriendo en la sociedad estadounidense?

Sobre todo lo segundo. Por eso el punto de partida de la novela es que Trump sale de escena. Trump termina en la cárcel y luego probablemente muere. Me interesaba tratar de entender qué ocurriría con el trumpismo sin Trump, con MAGA sin Trump, y cómo sería el futuro de Estados Unidos y, por tanto, de la humanidad, en esa conjunción entre el poder autoritario y populista, las visiones poshumanistas y de ultraderecha, las redes sociales y la inteligencia artificial.

Estados Unidos ha construido buena parte de su identidad sobre la fortaleza de sus instituciones. ¿Qué tiene que ocurrir para que dejen de ser suficientes?

Estamos viendo en Estados Unidos y en el resto del mundo un retroceso democrático inaudito. Tiene que ver con que la idea de que la democracia, que Estados Unidos vendía ideológicamente, iba a resolver todos los problemas de cada sector social no terminó ocurriendo así en ninguna parte del mundo.

Siempre iba a haber sectores desafectos, sobre todo por las decisiones económicas que tomaban esos mismos liderazgos, y eso termina minando la confianza en la democracia.

Si a eso le sumamos lo que creo que ha sido el mayor elemento disruptivo de nuestra vida democrática en los últimos años, las redes sociales, incluso antes de la inteligencia artificial, nos encontramos ante un problema mucho más profundo.

Siempre pensamos que el ideal democrático era el mejor posible porque los ciudadanos eligen a sus gobernantes. Pero siempre estuvo ahí la pregunta de cómo los eligen y a partir de qué criterios.

Durante la Ilustración se creó un consenso alrededor de ciertos valores fundamentales que debían guiar a los ciudadanos: libertad, igualdad, fraternidad y todo lo que después derivaría de ellos con los movimientos sociales del siglo XIX.

De pronto, la irrupción de las redes sociales, el hiperindividualismo extremo en Estados Unidos y la polarización que encarna la propia arquitectura de esas redes provocaron que esos valores se erosionaran.

En su lugar aparecieron versiones alternativas de la realidad para cada grupo social, que el líder de turno empieza a relatar casi como si fueran verdades teológicas en las que se cree independientemente de los hechos.

Trump llegó democráticamente al poder, pero fue votado por personas convencidas de que dice la verdad incluso cuando miente.

Es la terrible coyuntura de nuestra época. Defendemos la democracia, pero, al mismo tiempo, la democracia está basada en la elección. Y si esa elección, sin estar necesariamente viciada, se basa exclusivamente en parámetros emocionales y en engaños, tenemos el mundo que estamos viviendo.

La libertad que entregamos sin darnos cuenta

En la novela los ciudadanos delegan cada vez más decisiones. ¿Podemos terminar renunciando a parcelas de nuestra libertad sin ser conscientes de ello?

Es lo que ya hemos empezado a ver con las redes sociales. Hemos cedido una buena parte de nosotros mismos. Creemos que somos los usuarios y que las redes sociales están a nuestro servicio. Y, en realidad, somos nosotros quienes estamos al servicio de las redes sociales para enriquecer a sus dueños.

Les entregamos nuestros datos, pero decir datos no significa nada: estamos entregando nuestras decisiones, nuestros gustos, nuestras aficiones, nuestros miedos, nuestros deseos, voluntariamente. Y lo hemos hecho con singular entusiasmo. Por eso hay miles de millones de usuarios de redes sociales.

Todo eso, añadido ahora a la inteligencia artificial, está creando lo que Shoshana Zuboff llamó capitalismo de vigilancia.

Nos hemos convertido voluntariamente en sujetos permanentemente vigilados y controlados para ser, fundamentalmente, sujetos de consumo. Nos vendemos a nosotros mismos en las redes sociales, consumimos todo tipo de productos que nos llegan a través de ellas y seguimos alimentando ese mismo modelo capitalista.

¿Qué nos ofrece ese sistema para que entreguemos voluntariamente nuestra autonomía?

No nos ofrece nada que no le hayamos dado antes. Nos ofrece la promesa de la eficacia absoluta. Eso es lo que nos ofrece.

Y el problema es que, en muchos casos, es cierto. La inteligencia artificial puede ser extraordinariamente eficiente para realizar tareas que para un ser humano serían imposibles o que requerirían días, meses o incluso años de trabajo.

El problema aparece cuando esa eficiencia se convierte en el motor central de la vida del individuo y empezamos a delegar todas nuestras decisiones en aplicaciones, redes sociales o sistemas de inteligencia artificial.

Nuestra autonomía y nuestra responsabilidad están siendo cedidas no solamente a las máquinas, sino, de manera todavía más peligrosa, a los dueños de las máquinas. Ese es el verdadero problema.

La ambición y las profecías de Shakespeare

Vamos con VM Lively. Antes hablábamos del resentimiento del poder. Él encuentra una sociedad preparada para escuchar determinadas promesas. ¿Te interesa más explicar al líder o al país que termina necesitándolo?

Quería entender cómo hemos llegado hasta aquí y cómo se ha producido esta conjunción entre los liderazgos populistas y la tecnología. Para eso construí esta pareja maquiavélica, pero también me interesaba comprender cómo habían llegado a convertirse en quienes son.

Lively es un joven que procede de un pueblo rural y decadente de Pensilvania, sin expectativas, que siempre se ha sentido despreciado. Encuentra su primer motivo de autoafirmación en los videojuegos. De ahí pasa a las redes sociales y a los foros de internet, donde comienza a radicalizarse hacia la derecha. Eso lo conduce a Trump y, finalmente, a convertirse en un político sin escrúpulos. No se trata de justificarlo, sino de entender qué mecanismos están llevando a determinados individuos hacia ese lugar.

En el caso de Igne, su esposa, tenemos a una mujer neurodivergente que no se siente cómoda en las relaciones sociales y a quien las emociones irritan profundamente. Por eso se dedica a la inteligencia artificial: cree que ahí puede encontrar una razón sin emociones.

La combinación de alguien que busca una razón desprovista de emociones con alguien que necesita cualquier instrumento de predicción para alcanzar el poder da como resultado esta pareja que termina gobernando Estados Unidos.

Me interesa esa relación entre los personajes. ¿Creaste primero a Nick, la inteligencia artificial, o a Lively e Igne? Parece que los tres se necesitan y que la máquina, lejos de ser su adversaria, se convierte en su aliada.

El motor literario de la novela es Macbeth, de Shakespeare. Tenemos a Macbeth, a Lady Macbeth y a las brujas, cuyas profecías son las que desencadenan la tragedia.

Desde el principio tuve claro que esos serían también los tres protagonistas de mi novela. Pero ¿quién puede desempeñar el papel de las brujas en nuestro mundo contemporáneo? ¿Quién predice lo que va a ocurrir? La inteligencia artificial. Por eso los tres personajes nacieron simultáneamente.

Me parece fascinante que una novela tecnológica se construya sobre pasiones tan antiguas como la ambición o el miedo. ¿Qué te permite la tragedia de Shakespeare para contar un mundo aparentemente tan nuevo?

No deja de sorprenderme que, para explicar los fenómenos más novedosos de la inteligencia artificial, tengamos que recurrir a nuestros mitos más antiguos. Escribí, por ejemplo, sobre unos ataques de inteligencia artificial a la empresa Hugging Face y sobre cómo, para describirlos, hablamos de conspiraciones, enjambres, civilizaciones o agentes que se sacrifican como kamikazes.

Estamos tratando de comprender algo que nunca habíamos visto: agentes no humanos que actúan en el mundo. Y para hacerlo recurrimos a los antiguos mitos de poder y de creación.

Creo que eso mismo está ocurriendo con la inteligencia artificial. Supone un cambio ontológico tan grande que carecemos de referentes. Por eso acudimos a los dioses, los demonios, los ángeles caídos o los profetas para intentar comprender qué función está desempeñando realmente en nuestra sociedad.

Una revolución que puede cambiarlo todo

La inteligencia artificial nos ofrece enormes posibilidades y nos ahorra una cantidad extraordinaria de trabajo, aunque también plantea la desaparición de determinados empleos. Yo la considero una nueva revolución industrial, pero quizá esta vez estemos ante algo que puede escaparse de nuestras manos.

Sin duda estamos ante una nueva revolución industrial, pero mucho más drástica que las anteriores. Es como si la invención de la escritura, la aparición de la imprenta y la Revolución Industrial se produjeran al mismo tiempo. Tres grandes cambios civilizatorios que la humanidad experimentó a lo largo de miles de años están confluyendo ahora, ante nuestros ojos.

Por eso nos sentimos tan aterrados y fascinados. Es la primera vez que la humanidad se encuentra frente a algo real que habla con nosotros con una capacidad semejante a la nuestra. Antes solo teníamos figuras míticas con las que imaginábamos que podíamos conversar: los dioses, los santos o los ángeles. Pero esa interlocución era una ficción.

Ahora la interlocución es real. Tal vez sea una ficción pensar que hay alguien detrás, pero la conversación existe. Cualquier persona con un teléfono móvil lleva en el bolsillo un ordenador con el que puede hablar sobre cualquier asunto y recibir respuestas razonables y articuladas. Es un cambio radical en términos humanos.

Y eso es solo desde el punto de vista ontológico. Las consecuencias industriales y cognitivas de las grandes tecnologías siempre han sido extraordinarias. La escritura empeoró nuestra memoria, algo de lo que ya se quejaba Platón. La imprenta arruinó a los copistas, que terminaron desapareciendo, y la Revolución Industrial perjudicó durante décadas a millones de trabajadores.

Todo eso volverá a ocurrir con la inteligencia artificial, pero de manera potenciada.

En la novela, quienes consiguen sustraerse a la vida digital encuentran una cierta invisibilidad. ¿Puede convertirse esa invisibilidad en una forma de libertad?

Creo que, frente a lo que está ocurriendo, debemos defender dos ficciones necesarias: la libertad y la responsabilidad. Como planteaba en mi libro anterior, no dejo de pensar que todo es ficción, pero hay ficciones que necesitamos preservar.

Una parte de la libertad consiste, por supuesto, en poder alejarse de todo esto, adoptar una posición casi ludita y mantenerse al margen. Pero muy pocas personas podrán hacerlo, fundamentalmente aquellas que dispongan de recursos suficientes.

La mayor parte de la humanidad no podrá sustraerse a esta transformación. Por eso debemos encontrar la manera de seguir privilegiando la responsabilidad y la libertad por encima de la pura eficiencia.

Cuando el poder político y el tecnológico se encuentran

Silicon Valley y Washington están muy cerca el uno del otro en la novela. ¿Qué cambia cuando quienes concentran el poder tecnológico pueden intervenir directamente en el poder político?

La relación entre la tecnología y el poder ha existido a lo largo de toda la historia. Lo vemos en En busca de Klingsor, mi novela sobre la construcción de la bomba atómica en Alemania, o en Oppenheimer, la película de Christopher Nolan. El poder político y el desarrollo tecnológico siempre han estado estrechamente relacionados.

La diferencia es que, mientras la energía atómica era desarrollada por los Estados, la inteligencia artificial y las redes sociales están en manos de empresas privadas, con sus propios intereses políticos. Al mismo tiempo, el poder político intenta cooptar, controlar y utilizar a esas empresas.

La relación entre poder y saber es uno de los temas centrales de todo lo que he escrito. Y esa conjunción entre el conocimiento de los tecnócratas y el poder político de Trump o de otros líderes es precisamente lo que resulta tan peligroso.

Ya lo estamos viendo en la realidad. En la novela, esa relación termina conduciendo hacia una lógica de destrucción mutua.

En la carrera por la inteligencia artificial aparecen dos grandes potencias, Estados Unidos y China. ¿El verdadero peligro está en quién llegue primero o en que la propia competición haga imposible detenerse?

Creo que lo segundo. Está sucediendo algo semejante a lo que ocurrió con la bomba atómica: no van a detenerse. Los propios desarrolladores piden que se frene la carrera, aunque sabemos que esas peticiones también responden a intereses comerciales. Y ni Trump ni Xi Jinping parecen interesados en regular la tecnología para detener su desarrollo.

La competición consiste en ver quién consigue primero una inteligencia artificial general, que algunos consideran que ya hemos alcanzado, o una superinteligencia, que para muchos está próxima.

Pero ¿es cierto que quien llegue primero lo gana todo?

Quizá tampoco sea así. No es como construir primero la bomba atómica y lanzársela al adversario. Aquí se trata de determinar qué tecnología, desarrollada en China o Estados Unidos, se convertirá en la herramienta principal para nuestra vida cotidiana y también para ejercer el control político sobre los ciudadanos.

En esa carrera, seguramente quienes terminemos perdiendo seamos nosotros, los ciudadanos. No significa necesariamente que vayamos a desembocar en un escenario de destrucción mutua asegurada, como ocurría con la bomba atómica, pero sí podríamos llegar a un escenario de control absoluto de nuestras vidas por parte del poder tecnológico.

La cuestión, entonces, es quién va a controlar ese poder tecnológico o si realmente será posible controlarlo.

Exactamente. Estados Unidos y China son quienes tienen una mayor ambición en este terreno.

Nick: la diferencia entre saber y comprender

En La República, Nick posee cantidades extraordinarias de información, pero no lo comprende todo. ¿Confundimos demasiado fácilmente información con conocimiento?

Me gusta que lo plantees así porque el narrador de la novela es una inteligencia artificial. Tendemos a atribuir a estos sistemas una especie de condición teológica: creemos que no solo lo saben todo porque disponen de una cantidad inmensa de información, sino que también lo comprenden todo.

La realidad es que todavía no hemos llegado a ese punto. No contamos con una superinteligencia ni con sistemas que tengan conciencia además de información, aunque avanzamos en esa dirección.

Para mí era un personaje fascinante desde el punto de vista literario porque parece un narrador omnisciente. Tiene sensores por todas partes, observa lo que hacen todos los personajes y transmite la sensación de saberlo todo sobre ellos.

Sin embargo, su capacidad de actuar y su conciencia son limitadas, aunque van cambiando a lo largo de la novela. Nick interpreta los datos que recibe de la realidad, pero le sucede algo parecido a lo que ocurre con los modelos actuales de inteligencia artificial: por más que parezca verlo todo, no tiene acceso a sus propios procesos internos.

Ese contraste entre lo que sabe y lo que ignora, entre lo que puede decir y lo que no puede decir, me parecía fascinante para construir el personaje.

Precisamente, mientras preparaba la entrevista, me dijiste qué era lo que no querías que Nick dijera.

Sí. Para escribir la novela me dediqué a leer y experimentar muchísimo con inteligencia artificial. Incluso entrené mi propio modelo, al que llamé Nick. Luego te lo puedo enseñar. Me interesaba contrastar constantemente la construcción del personaje con lo que sería verosímil que dijera una inteligencia artificial.

¿Te enfadas con ella?

A veces, sí. Con mi Nick no tanto, porque es casi un juego, pero cuando utilizo inteligencia artificial para otras cosas puede resultar muy exasperante.

Complaciente o terca. A mí también me ocurre. Y hay algo que me interesa especialmente: ¿la conciencia comienza cuando aparece la posibilidad de negarse?

Ese es uno de los grandes temas de la novela. Sin desvelar demasiado, me interesaba explorar el tránsito de un personaje que es una inteligencia artificial desde la pura eficiencia hasta la posibilidad de alcanzar algún tipo de conciencia.

¿Qué nos vuelve conscientes a los seres humanos?

Esa es la pregunta. La capacidad moral, la posibilidad de negarnos a hacer algo que consideramos equivocado, el reconocimiento de nuestros propios procesos internos y la empatía hacia los demás.

Son capacidades que Nick no posee inicialmente, pero que empieza a vislumbrar a lo largo de la novela.

Y quizá también a aprender. Porque llegará un momento en que las máquinas aprendan las emociones.

Los modelos actuales ya muestran patrones emocionales derivados del lenguaje humano con el que han sido entrenados. Hay estudios que señalan que esos patrones influyen en la manera en que responden.

Ya tienen hasta ansiedad.

Sí, ansiedad. Lo peor de las emociones que han aprendido.

La responsabilidad que no podemos entregar a las máquinas

Estrés y ansiedad. ¿Qué es lo que más miedo te da de la inteligencia artificial?

Sobre todo, el tema central de la novela: que renunciemos por completo a nuestra responsabilidad humana.

Pero resulta muy fácil decir que la responsabilidad ya no es nuestra.

Y eso es lo que estamos haciendo constantemente. Cada vez que alguien afirma que una inteligencia artificial se ha salido de control, parece que estuviéramos culpando al ordenador en lugar de a la persona que le dio las instrucciones que provocaron ese comportamiento.

Es como si quisiéramos que la responsabilidad dejara de ser humana.

Por supuesto que es humana. Pienso, por ejemplo, en una intervención quirúrgica realizada mediante robots. La orden sigue dándola una persona. No podemos delegar nuestra responsabilidad en una máquina que nosotros mismos hemos creado.

Claro. Hay un ejemplo terrible que menciono en un artículo: el ataque a una escuela en Minab, Irán, en el que murieron numerosas niñas. Probablemente se utilizó inteligencia artificial y resulta muy fácil afirmar que fue culpa de la máquina. Pero la responsabilidad no corresponde a la inteligencia artificial, sino a quienes decidieron utilizarla, redujeron la supervisión humana de sus decisiones y permitieron que se produjera ese fallo. Al final, el fallo es humano.

La República: una mirada a Platón

Has titulado la novela La República. ¿Qué significa esa palabra después de escribir un libro sobre todo aquello que puede vaciarla por dentro?

Siempre supe que la novela se llamaría así, como un homenaje a Platón. Él imaginaba una sociedad ideal gobernada por un filósofo sin pasiones. Para los personajes de mi novela, ese filósofo desprovisto de pasiones es la inteligencia artificial.

Pero lo terrible es la estructura piramidal de ese modelo. En la parte superior están quienes supuestamente lo saben todo y, además, concentran el poder y la riqueza. Mientras tanto, en la base de esa pirámide estamos nosotros, los ciudadanos, que muchas veces cedemos voluntariamente nuestra autonomía para que ellos puedan seguir ocupando esa posición privilegiada.

Entonces deberíamos tener muy claro cuáles son los pasos que no estamos dispuestos a dar.

Exactamente. Todavía no hemos llegado al punto en que una inteligencia artificial decida por sí misma, simplemente porque no tiene nada que hacer, escribir una canción, una novela o un poema. Eso no ha ocurrido.

Por eso, cuando se afirma que la inteligencia artificial crea obras de arte, creo que debemos matizarlo. Estos sistemas todavía no tienen la capacidad de decidir espontáneamente expresar una interioridad propia.

Lo que tenemos ahora son obras híbridas entre seres humanos e inteligencia artificial, y ese fenómeno es cada vez más abrumador.

Cinco cosas que debes saber sobre La República

1. Un futuro que ya es presente. La novela transcurre a finales de 2026, en una realidad alternativa donde Donald Trump ha desaparecido de la escena política, pero el movimiento que impulsó continúa vivo.

2. Una pareja que aspira al poder. VM Lively, un político radical, e Igne Kayris, experta en inteligencia artificial, encarnan la alianza entre el populismo y la tecnología.

3. Una inteligencia artificial que narra la historia. Nick dispone de una cantidad extraordinaria de información, pero su capacidad para comprender el mundo y a los seres humanos plantea algunas de las grandes preguntas de la novela.

4. Shakespeare detrás de la tecnología. Volpi encuentra en Macbeth la inspiración para construir la relación entre sus tres protagonistas y explorar pasiones tan antiguas como la ambición y el miedo.

5. La libertad y la responsabilidad. Más allá de la especulación tecnológica, la novela plantea qué sucede cuando los ciudadanos comienzan a entregar sus decisiones a sistemas que prometen hacerlo todo más fácil.

Por qué leer este libro

Porque Jorge Volpi convierte algunas de las grandes inquietudes de nuestro tiempo en una novela que obliga a mirar el presente desde otra perspectiva. La fragilidad de la democracia, el poder de las grandes empresas tecnológicas y nuestra creciente dependencia de las máquinas se entrelazan con las ambiciones, los miedos y las contradicciones humanas. La República plantea preguntas incómodas sobre la libertad y la responsabilidad, precisamente cuando resulta más tentador renunciar a ellas.

Ficha del libro

Título: La República

Autor: Jorge Volpi

Editorial: Alfaguara

Colección: Narrativa Hispánica

Fecha de publicación: 1 de octubre de 2026

Páginas: 280 (pendiente de confirmar según la edición)

ISBN: 979-13-87975-26-5 (pendiente de cotejar)

Idioma: Español

Género: Novela de especulación política y tecnológica

ROSA PASA PÁGINA

Rosa Sánchez de la Vega ha desarrollado su carrera en prensa escrita, digital y, especialmente, en radio, donde ha dirigido, coordinado y colaborado en programas vinculados a la literatura, el arte y la cultura. El micrófono ha marcado buena parte de su trayectoria y una forma propia de entender la entrevista y la divulgación cultural. De esa experiencia nacen proyectos como Rosa Pasa Página y Autoras de palabra con Rosa, en MAGAS (El Español).
 
Rosa Pasa Página da nombre a una revista digital de periodismo literario y actualidad cultural, con la entrevista como uno de sus principales ejes y una mirada abierta al cine y al arte.

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