Una familia toma chocolate alrededor de una mesa. No ocurre nada extraordinario y quizá por eso cuesta tanto dejar de mirar. La habitación, la ropa, la forma de sentarse, la distancia entre unos y otros: todo pertenece a una vida cotidiana que para ellos no tenía nada de excepcional y que, más de siglo y medio después, nosotros observamos como si intentáramos reconstruir algo que ya no sabemos hacer del mismo modo.
El cuadro tiene un título larguísimo: Interior de una casa de un pueblo de Aragón, cuando la familia se reúne por la tarde a tomar el chocolate. Y me gusta que lo tenga porque prácticamente nos abre la puerta. Estamos dentro. Casi podemos imaginar el calor de la estancia y el olor del chocolate. Las mujeres están relajadas, una de ellas deja incluso un hombro al descubierto y sobre la mesa aparecen las cartas con las que se jugaban quién debía pagar la merienda. No están posando para la Historia. Están pasando la tarde.
Y quizá sea precisamente eso lo que empiece a inquietarme. Porque sé perfectamente lo que estoy viendo y, al mismo tiempo, casi todo me resulta lejano.
La vida antes de convertirse en pasado
La exposición dedicada a Valeriano Bécquer en el Museo del Prado es pequeña. Ocho cuadros. Eso obliga a hacer algo que no siempre hacemos en un museo: detenernos.
Valeriano recibió el encargo de recorrer distintos lugares y pintar sus costumbres, sus vestidos, sus trabajos, sus celebraciones. Llegó a hacerlo en Aragón, Soria y Ávila. Podría contarse así y sería cierto, pero delante de los cuadros esa explicación se queda corta. Porque él no conservó solamente trajes o tradiciones. Conservó maneras de vivir.
En el siguiente cuadro cambia todo. Dejamos la intimidad de la casa y salimos a la calle. Es víspera de fiesta en Moncayo y aquí sí parece escucharse el ruido. Hay gente, colores, danzantes, palos de madera, un alcalde que ofrece vino y una joven que lleva el pequeño convite preparado para la celebración. La mirada se mueve de un personaje a otro porque pasan demasiadas cosas a la vez.
Me gusta pensar en ese momento justo antes de que empiece una fiesta. La gente se ha vestido para ella, alguien prepara la comida, otros esperan, otros hablan. Cambian los siglos y, en el fondo, hay cosas que reconocemos inmediatamente. Hasta que volvemos a mirar la ropa, los gestos o ese baile que ya no sabemos bailar. Y ahí vuelve a aparecer la distancia.
Una niña con la nariz roja
Pero es en Soria donde hay un detalle que me atrapa.
En El baile. Costumbres populares de la provincia de Soria podría fijarme en los adultos que bailan, en el tambor, en los troncos cortados que recuerdan que la fiesta sucede después del trabajo. Podría mirar a la pareja de niños que imita a los mayores. Pero termino buscando a una niña sentada en un carro.
Tiene la nariz roja y detrás la montaña está cubierta de nieve. Y de pronto siento frío.
Es una tontería, quizá. Un detalle diminuto dentro de un cuadro lleno de personajes. Pero consigue que deje de mirar una «escena costumbrista» y empiece a mirar a una niña que probablemente lleva demasiado rato allí fuera. El propio comisario de la exposición llama la atención sobre ella para explicar algo fundamental de Valeriano Bécquer: estos cuadros hay que mirarlos de cerca.
Cuanto más me acerco, menos me interesa la etiqueta. No veo «tipos populares». Veo personas. Y después aparecen dos de ellas prácticamente solas.
Las manos que trabajaban
El leñador está apoyado sobre su hacha junto a un tronco recién cortado. Es joven, barbado, lleva el pelo largo y hay algo severo en su manera de mirar. Su ropa es gruesa. No necesito saber cuánto pesa esa herramienta para imaginar las manos que la sostienen después de una jornada entera.
A pocos pasos está la hilandera. También es joven. Está de pie, apoyada en una roca, con el huso en la mano. Lleva ropa humilde y una pañoleta roja sobre el cabello. Si uno pasa deprisa, son dos figuras más. Si se queda, empieza a ocurrir otra cosa.
Pienso en las horas, en cuántas veces habría que repetir un mismo movimiento para llenar una vida de trabajo y en todas esas tareas que ocuparon las manos de generaciones enteras y que hoy necesitamos que alguien nos explique.
Valeriano no los pinta trabajando para nosotros. Los pinta perteneciendo a ese trabajo. Y quizá por eso ninguno de los dos produce lástima. Hay una dignidad muy difícil de explicar en su manera de ocupar el cuadro. Están solos, pero no parecen pequeños.
La hilandera me hace detenerme un poco más. Hay una golondrina cerca de ella. Podría pasar inadvertida. Pero está ahí, diminuta, introduciendo otra historia dentro de la historia. Y vuelvo a pensar que estos cuadros están llenos precisamente de eso: cosas que se pierden cuando miramos demasiado deprisa.
Beber agua
Ávila cambia otra vez el ritmo.
En La fuente de la ermita varias personas se han detenido junto al agua en el camino de la romería de Sonsoles. Hay cántaros, recipientes, animales, gente descansando. Y uno casi siente la tentación de acercarse también.
No necesito imaginar una escena solemne. Me interesa mucho más el cansancio, el camino, la necesidad de parar y ese agua fresca que llega después de haber caminado durante horas. Ese gesto tan elemental de inclinarse para beber termina acercándonos más a ellos que cualquier explicación.
Junto a esta escena aparecen dos figuras vinculadas también a aquella peregrinación. Una aldeana lleva una cesta de huevos destinada a una ofrenda. El hombre, vestido como uno de los encargados de abrir y organizar la procesión, sostiene la alabarda y cruza sobre el pecho las bandas de color.
Y entonces empiezo a mirar de otra manera incluso los objetos: la cesta, el huso, el hacha, el cántaro, las cartas sobre una mesa. Ninguno nació para acabar detrás de la explicación de un museo. Formaban parte de una vida en la que se utilizaban, se ensuciaban, se rompían y se sustituían.
Eso es lo que Valeriano consiguió atrapar.

Lo que un día deja de estar
Quizá lo que más me ha dejado esta exposición sea una sensación muy simple: casi todo lo que vemos en estos cuadros desapareció sin hacer ruido.
No hubo un último día. Nadie anunció que aquella sería la última generación que hilaría de esa manera, que una tarde alrededor del chocolate dejaría de parecerse a esa, que los vestidos cambiarían, que determinados bailes acabarían convertidos en tradición o que ciertos oficios dejarían de formar parte del paisaje cotidiano.
Simplemente ocurrió. Y mientras ocurría, la vida continuó.
Creo que eso es lo que más me emociona de estos cuadros. Sus personajes no saben que están viviendo algo que nosotros llamaremos pasado. La mujer bebe chocolate sin pensar que su taza tendrá algún interés dentro de ciento sesenta años. El leñador sostiene su hacha. La hilandera sigue hilando. Los niños miran bailar a los mayores y los imitan. La niña sigue teniendo frío.
Y quizá por eso resulta tan fácil sentirse dentro. Porque el tiempo que los separa de nosotros desaparece durante unos segundos y queda algo muchísimo más reconocible: personas ocupadas en vivir mientras todavía desconocen qué partes de su mundo están a punto de desaparecer.
Bécquer, pero no el que esperábamos
Y entonces está el apellido: Bécquer.
Es prácticamente imposible leerlo y no pensar primero en Gustavo Adolfo. Yo también lo hago. Valeriano era su hermano mayor y durante demasiado tiempo esa relación ha funcionado casi como presentación obligatoria de su obra.
Pero después de un rato en esta sala ocurre algo curioso. Dejo de pensar en Gustavo Adolfo.
Valeriano está delante. Está en esa nariz enrojecida por el frío, en la postura cansada de quien trabaja, en una habitación a la hora de la merienda, en los pequeños objetos que llenan las escenas y en esa obsesión por mirar antes de pintar.
El encargo que originó estos cuadros tenía una intención muy concreta: conservar las costumbres y los tipos de distintas provincias españolas. Valeriano viajaba, observaba y dibujaba; y acompañaba además sus pinturas con textos en los que explicaba aquello que había querido recoger. Los ocho cuadros realizados terminaron dispersándose y ahora el Prado los ha reunido por primera vez.
Pero yo salgo pensando que conservó bastante más de lo que le encargaron. Conservó el frío, el cansancio, una merienda, la espera antes de una fiesta, el agua después del camino y una forma de colocar el cuerpo cuando las manos llevan horas trabajando.
Y eso ya no pertenece únicamente al siglo XIX.
¿Qué estamos dejando nosotros sin mirar?
Antes de marcharme vuelvo mentalmente a la primera habitación. La familia continúa alrededor de la mesa. El chocolate sigue allí. Y ahora entiendo por qué me había costado dejar de mirar.
Quizá no sea porque esa escena me resulte extraña, sino por todo lo contrario. Reconozco perfectamente lo que significa reunirse alrededor de una mesa, pasar una tarde, hablar, esperar a que algo se enfríe, perder el tiempo con otros sin saber que precisamente ese tiempo terminará siendo uno de los que recordemos.
Lo que cambia son las formas.
Y entonces aparece una pregunta inevitable. Si alguien pudiera pintar hoy nuestra vida con la misma atención con la que Valeriano Bécquer miró la suya, ¿qué cosas aparentemente insignificantes tendría que incluir para que dentro de ciento cincuenta años pudieran saber quiénes fuimos?
Quizá una casa, una mesa, un teléfono, una bolsa de supermercado, una persona esperando el metro o cualquier otra cosa que hoy tenemos demasiado cerca como para comprender que algún día también dejará de estar.
